CAPÍTULO 20 #7
—¿Tu juventud fue verdaderamente tan difícil y sanguinaria, papá?
Nunca me has contado demasiado sobre tus inicios en las prisiones ni sobre cómo construiste la Bratva roja, en realidad.
.. —descubrí con astucia que esta era mi oportunidad perfecta para indagar en su psique, saber quién era mi padre realmente y cómo pavimentó con cadáveres el camino que lo trajo hasta el trono donde está establecido hoy en día.
—No era más que un joven desesperado y ambicioso que trató de salir adelante en las calles de la Unión Soviética, pero no de la mejor ni más legal manera en este mundo hostil —rememoró, mirando al vacío—.
Siempre fui una persona movida por una ambición muy grande, a la que le fascinaba el control, el dinero y los lujos caros; y después de permanecer una temporada como un simple traficante de drogas al menudeo, aposté todo mi capital por el negocio del contrabando a gran escala, jugué la carta más grande de toda mi vida y lo gané todo.
Entonces, con el paso de los años y eliminando la competencia, fui ganando terreno operativo en el negocio gracias a los grandes y despiadados tratos que lograba conseguir para mí mismo.
Pronto, me convertí en el hombre poderoso que soy en la actualidad, ganándome el respeto y el temor de todo el mundo en el proceso del hampa.
Ay, querido padre... supongo en mi mente analítica que tuviste una vida bastante difícil, violenta y traumática, y que ninguno de tus hijos puede llegar a entender ese peso por completo.
Además, tienes que cargar en tu honor con el peso invisible de una infidelidad corporativa de alcoba por parte de tu esposa, aunque puede que eso no lo sepas fácticamente todavía, lo que hace que me sienta terriblemente culpable, sucia y miserable por guardarte el secreto de Anastasia para que no te destruyas.
—Es solo... tan solo me preocupo profundamente por ti, por tu salud y por tu bienestar general, padre —me limpié las lágrimas de simpatía del rostro lo más pronto que pude con los dedos y le sonreí dulcemente para reconfortarlo—.
Eres mi padre, un hombre con errores y manchas de sangre como todos en este negocio, pero mi padre al fin y al cabo, y siempre lo serás.
Te amo, papá, y quiero que eso lo tengas claro en tu mente por encima de cualquier crisis.
—Siempre voy a estar bien y en la cima, mi niña, no te preocupes por el viejo lobo —se acercó a mí para abrazarme de nuevo con una fuerza protectora—. Cuidaré de mí mismo en las reuniones con Sicilia y tendré extremo cuidado con las cosas que hago y los pactos que firmo, te lo prometo por mi honor.
—Lo siento, padre, solo deseo con el alma que estés bien y a salvo.
No alcanzo a imaginar en mi mente qué sería de mi destino si no te tengo a mi lado guiando el clan o si te pasa algo trágico en una balacera —en este punto de la conversación, mi estabilidad emocional era un verdadero desastre, el recuerdo de mi soledad y de la muerte de Dae mezclándose con el miedo a perder a mi padre.
—Ahora soy un hombre feliz con el hogar que tengo y eso es lo único que posee importancia fáctica, así que ya no le des más vueltas melancólicas al pasado que ya no podemos cambiar —Maximiliano sentenció, recuperando su tono firme—.
Vivamos el presente de la Bratva, juntos, como debe ser en una familia unida.
Siempre juntos, mi niña, vamos a ser capaces de superar todas las pruebas operativas y las investigaciones que se nos presenten en el camino.
Te quiero mucho, mi pequeña Dasha, y me alegra el alma entera saber que eres el ser más inocente, limpio y honesto que he conocido y que forma parte de esta maldita familia de criminales —dejó un beso tierno en mi mejilla y asentí con el corazón encogido—.
Espero de corazón que nunca, a pesar de todo el plomo y la crueldad que pueda llegar a suceder en el negocio, cambies el maravilloso y puro ser humano que eres por dentro. ..
Sus palabras sobre mi supuesta inocencia actuaron como un puñal de culpa, recordando que bajo mi identidad de "Luna" estaba entregando mi piel al agente de la FSB que buscaba su cabeza.
—¿Me prometes aquí a solas, papá, que nunca el imperio de los Romanov va a caer ante las autoridades federales?
¿Me prometes bajo palabra que siempre vamos a estar bien y a salvo del peligro?
—le pregunté, sintiendo que las lágrimas se desbordaban sin control.
Ni siquiera puedo comprender con claridad cuál es la razón exacta de mi llanto desesperado en este momento; he sentido una nostalgia espantosa cuando mi padre ha empezado a contarme más sobre sus debilidades del pasado, al pensar en todo lo que ha cambiado en nuestra vida durante los últimos meses y en cómo, en algún momento del juego, los errores ocultos que cometemos causarán problemas masivos dentro de la mafia Romanov.
—Maximiliano Romanov es un hombre de palabra y te aseguro por mi vida que nada malo va a pasarnos mientras yo respire —dejó un último beso lleno de una promesa de protección en mi frente.
Asentí en silencio, aferrándome a la solapa de su saco por unos segundos, buscando una seguridad que el hampa nunca te concede de forma definitiva.
—El imperio Romanov nunca va a caer ante la justicia porque somos expertos en conquistar la ley a través del dinero y el miedo —concluí con una firmeza gélida.
—Te veré después de mi viaje, papá... volveré en una semana —fue lo último que dije antes de separarme de su abrazo y salir de su despacho con el bolso en la mano.
Caminé con paso rápido hacia el vestíbulo, dispuesta a subir a mi auto y abandonar la propiedad rumbo al apartamento de Dimitri.
Sin embargo, antes de que pudiera cruzar la puerta principal de la mansión, una de las mucamas de la casa me interceptó en el pasillo, sosteniendo una pequeña caja alargada envuelta en papel oscuro, sellada con cera negra y sin ninguna etiqueta de mensajería comercial.
—Señorita Dasha, disculpe la interrupción antes de su viaje —me dijo la mujer, entregándome el paquete—.
Un mensajero anónimo dejó esto en la garita perimetral hace unos minutos.
Dijo explícitamente que era de alta prioridad que se le entregara a usted en sus propias manos antes de que abandonara la casa.
No dejó ninguna nota con su nombre, el remitente es completamente desconocido.
Fruncí el ceño con una intensa curiosidad y una alarma analítica.
Tomé el paquete misterioso, sintiendo el peso frío del objeto en su interior.
Movida por un impulso tenso, me aparté hacia un rincón oscuro del pasillo, rompí el sello de cera negra con los dedos y abrí la caja.
En cuanto aparté el papel de seda del interior, el aire se me congeló por completo en los pulmones y sentí que el corazón se me detenía en la garganta.
Dentro de la caja reposaba un objeto que reconocí al primer milisegundo: era una pequeña brújula de plata antigua con inscripciones en caracteres coreanos grabadas en los bordes, el mismo amuleto personal que Kang Dae siempre llevaba consigo en el bolsillo de su chaqueta en Nueva York, la misma brújula que me había mostrado la tarde en que me entregó su amor en el invernadero.
Junto al objeto, no había cartas extensas, sino un trozo de papel quemado en las esquinas con una sola frase escrita a mano con una caligrafía firme que me hizo temblar las manos:
"La aguja siempre encuentra el norte, Dasha. Espera por mí en las sombras de Moscú."
Me quedé completamente paralizada en medio del pasillo, mi mente jurídica entrando en un torbellino de pánico y confusión absoluta.
¿Qué significaba esto? ¿Acaso era una trampa cruel diseñada por los asesinos de la facción Shin para burlarse de mi dolor y desestabilizar mis defensas financieras, o significaba algo infinitamente más masivo y descolocante para mi realidad?
Mi padre me acababa de asegurar en la cocina que los informes federales confirmaban la muerte de toda la línea de sangre de los Lee en Japón; me había dicho que estaban bajo tierra.
Pero este objeto... este amuleto era real, era el suyo, y la frase apelaba a una promesa privada que nadie más en el hampa conocía.
La sospecha de que Kang Dae pudiera estar respirando bajo este mismo cielo, oculto en las sombras de la capital y moviendo sus hilos en secreto sin que la Bratva lo hubiera detectado, encendió una chispa de adrenalina destructiva en mis venas.
La tensión por los próximos meses se volvió insoportable en mi pecho; no sabía en quién confiar, ni qué creer, pero guardé la brújula de plata en lo más profundo de mi bolso, junto a mi arma de servicio, obligándome a recuperar mi máscara fría antes de que los guardias notaran mi conmoción.
Si él estaba vivo, el tablero de ajedrez de la mafia iba a explotar en un giro de trescientos sesenta grados, y yo tenía que mantener el secreto a salvo del plomo de mi padre y de la placa de Dimitri.
Salí de la mansión con el pulso desbocado, subí a mi auto y manejé durante dos horas por la autopista oscura, mi mente dividida entre el misterio de la brújula y la farsa que debía sostener.
Al llegar al edificio residencial de Dimitri en el centro de Moscú, estacioné en el subterráneo, subí por el ascensor y caminé por el pasillo.
Pero antes de que pudiera sacar mis llaves, la puerta de su apartamento se abrió de golpe desde el interior.
Anastasia Romanov, mi madre, cruzó el umbral a paso rápido, acomodándose el abrigo de piel con una agitación evidente en sus facciones.
Al registrar mi presencia física en el pasillo, detuvo sus pasos en seco, su rostro tornándose de una palidez tensa al verse descubierta por segunda vez en una situación comprometedora.
La confrontación era inevitable en la penumbra del pasillo.