CAPÍTULO 20 #4
—Siempre supiste exactamente quién era Maximiliano Romanov antes de estampar tu firma en el acta de matrimonio, siempre, Anastasia.
Además, si verdaderamente te hubieras cansado de la peligrosidad de esta vida clandestina que llevamos en la Bratva, habrías tomado tus maletas, habrías exigido un divorcio discreto y te habrías marchado lejos, a Europa, a vivir como una civil ordinaria; no habrías ido a involucrarte sentimentalmente con otro jefe de la mafia, un capo incluso más sádico, violento y peligroso que mi propio padre.
Tu argumento es una falacia. Ahora, puedes comprar mi silencio temporal utilizando tus amenazas de muerte y yo seré perfectamente capaz de fingir normalidad ante Luka y Katya en las cenas para no desatar una guerra, pero tú y yo sabemos perfectamente en la intimidad de este auto que no eres esa mujer digna que aseguras ser ante los clanes.
Lo mínimo que podrías hacer si te queda un rastro de decencia es confesarle la verdad a mi padre por tu cuenta, y así dejar de engañarlo de una buena vez, debido a que nadie se merece una humillación de este calibre.
—Si tu padre se llega a enterar de una sola palabra de este asunto, Dasha, matará a Jaeyoon en su propio despacho y destruirá la alianza con Nueva York —me advirtió, apretando el volante.
—Siempre tuviste claro el precio de plomo de tu traición —la ataqué sin piedad—.
¿Acaso tu codicia no te permitió calcular el peso destructivo que iban a tener tus actos en nuestra seguridad?
¡Te involucraste en una cama compartida con dos de los capos más poderosos y letales del continente!
Debes poseer una audacia suicida o simplemente tu cerebro no tiene la menor capacidad para medir las consecuencias de lo que haces. Eres una maldita inconsciente...
Sí, definitivamente mi mente jurídica concluía que debía ser esto último. Su ambición carnal la había cegado por completo.
En ese momento de máxima tensión en el auto, Anastasia me lanzó una mirada de soslayo, intentando desviar el foco de su culpabilidad atacando mi propio rincón sagrado.
—¿Y con esa misma boca llena de juicios morales pretendes seguir besando al joven Kang Dae en los jardines de la propiedad? —interrogó con una sonrisa burlona y sibilina, buscando quebrar mi resistencia emocional.
Fue en ese preciso instante del trayecto neoyorquino cuando mi mente retrocedió un par de horas en el tiempo, reviviendo con una nitidez dolorosa el recuerdo sagrado de mi propia entrega afectiva.
Había ocurrido esa misma tarde, en el invernadero oculto de la residencia Lee, lejos de los ojos de los guardaespaldas y de la farsa de la gala.
Kang Dae me había conducido hacia la zona más apartada de las plantas exóticas, allí donde el aroma a tierra húmeda y flores silvestres creaba un ecosistema de paz absoluta.
Su presencia imponente y su mirada oscura flemática me transmitían una seguridad que nunca antes había experimentado bajo el techo de los Romanov.
Se había acercado a mi cuerpo con una lentitud que me aceleró las pulsaciones, tomando mis manos temblorosas entre las suyas para infundirme calma.
—No tienes por qué tener miedo de las sombras de tu familia cuando estás aquí conmigo, Dasha. En este espacio somos libres de las firmas y de los contratos del hampa —me había susurrado con una voz aterciopelada que me desarmó por completo.
Me había mirado con una devoción tan pura, tan limpia de las ambiciones del hampa, que sentí que mi armadura de abogada de la mafia se disolvía por completo, dejándome expuesta como una mujer real.
Con una delicadeza extrema que contrastaba fuertemente con el entrenamiento militar que poseía en sus manos, Dae me había tomado por la nuca, atrayendo mi rostro hacia el suyo de forma inevitable.
Nuestros labios se habían unido en un beso pausado, ardiente y desesperado que encendió cada fibra de mi ser, transportándome a un universo donde no existían los rublos, las traiciones ni las agencias federales.
En esa entrega absoluta en el invernadero, rodeada de la vegetación densa, se había desatado entre nosotros una pasión descontrolada que nos empujó a despojarnos de las prendas con una urgencia sagrada.
Fue allí, sobre la superficie de madera fina del diván oculto, donde decidí entregarle mi virginidad de forma voluntaria y consciente a Kang Dae, el único hombre al que mi alma consideraba su hogar legítimo.
El dolor inicial de la entrega física se había disuelto de inmediato bajo la ternura de sus caricias y la fijeza de sus promesas de amor eterno; Dae me había poseído con una lentitud respetuosa, susurrándome al oído que me amaba con locura y que su mayor anhelo terrenal era convertirme en su esposa legítima en cuanto la madurez nos permitiera escapar de las gentes de mi padre.
Había sido una experiencia visceral, limpia de las canalladas del negocio, un lazo absoluto que marcó mi cuerpo y mi alma para siempre, confirmándome que jamás podría pertenecerle emocionalmente a otro hombre.
Regresando al presente del auto blindado, sostuve la mirada desafiante de Anastasia con una firmeza inquebrantable, blindando mi santuario del ataque de sus palabras venenosas.
—Claro que sí continúo besando sus labios cada vez que el destino me lo permite, Anastasia, y lo hago con la frente en alto y sin el menor rastro de vergüenza o culpabilidad en mis venas —le respondí, guiñándole un ojo con una suficiencia que la descolocó—.
Al menos mi boca y mi lealtad afectiva se ocupan de forma exclusiva en honrar a una sola persona de bien, manteniendo un pacto de honor limpio; mi cuerpo no se vende al mejor postor ni se revuelca con los amigos de mi esposo por pura monotonía.
Mi conciencia está impecable; la tuya está podrida.
—Ya no tengo el más mínimo interés en continuar con esta conversación moralista en mi auto, Dasha.
Si aprecias tu vida y no quieres terminar muerta en una fosa común antes de tiempo por un desliz, más vale que te quedes callada y entierres lo que viste en la oficina, ¿está claro entre las dos?
—volvió a amenazarme con esa voz sibilina mientras se estacionaba frente al hotel, y me limité a asentir con la cabeza para dar por cerrado el conflicto externo.
No podía dar crédito a la bajeza de su naturaleza.
Regresamos finalmente a la mansión de Moscú tras el vuelo y, para mi propia sorpresa analítica, logré desplegar una actuación perfecta ante Luka y Katya, comportándome exactamente igual que siempre en las cenas familiares.
Consumía los alimentos en silencio, respondía los requerimientos financieros de mi padre con precisión y me retiraba a mi cuarto en cuanto el protocolo lo permitía.
Sin embargo, esa noche y las subsiguientes noches de estos tres años no he sido capaz de dormir bien ni de conciliar un sueño limpio, carcomida por una culpa indirecta que me quemaba las entrañas.
Sentía constantemente la urgencia neurótica de correr hacia el dormitorio de mi hermano Luka, revelarle la realidad del engaño de Anastasia y limpiar el honor de los Romanov; pero mi inteligencia jurídica me recordaba que en este negocio del hampa es mucho mejor que un secreto destructivo de esta envergadura permanezca en la absoluta soledad de una sola mente para evitar una masacre.
Guardé el plomo en mi pecho, esperando mi momento.
Voy a encargarme personalmente de acabar con tu influencia y destruir tu estatus en esta organización en cuanto acumule el poder financiero y legal suficiente en la Bratva, Anastasia.
Haber intentado destruir mi cordura y agredir mi cuerpo fue el peor pecado operativo que pudiste cometer en tu miserable vida, y te juro por la memoria de los Lee que no podré perdonar tu traición jamás en lo que me quede de existencia.
Tu tiempo en el trono de los Romanov está contado.
CAPÍTULO 21
Dasha Romanov
Hace cinco meses que conocí a Dimitri en medio de aquella preciosa galería de arte de Moscú.
Hace exactamente cinco meses que conocí al hombre que creí que cambiaría mi destino, el hombre de mi vida.
Hace cinco meses que conseguí firmar mi propia sentencia de muerte al enredarme en sus sábanas bajo una identidad falsa, y hace apenas cinco meses que conocí el verdadero infierno, uno muy diferente, más silencioso y psicológico, al que mis hermanos aseguraban conocer en las balaceras de la frontera.
Creía ilusamente que ya lo había vivido todo en esta vida de opulencia y crimen, y que ya sabía todo, en lo absoluto, sobre la crueldad humana. Qué equivocada estaba.
Nací como la hija de un famoso, temido y buscado jefe de la mafia rusa, Maximiliano Romanov, un hombre que pasó de ser un simple delincuente común como el resto, que se dedicaba a vender droga al menudeo a los chicos de su colegio, y terminó convirtiéndose en uno de los hombres con más poder y alcance transnacional de Europa del Este.
Sus tres hijos heredamos ese imperio y ese poder oscuro, pero quizá de una forma un poco más controlada, más corporativa que la de nuestro padre.
Todos nos parecíamos a él en la frialdad y en el instinto de supervivencia, sin excepción alguna, sin embargo, tampoco éramos idénticos en lo absoluto; cada uno manejaba sus propios demonios en compartimentos estancos.
Y resultaba increíble, casi irónico, ver cómo las acciones despiadadas de nuestro padre llegaban a molestarnos tanto cuando, en realidad, nosotros éramos una verdadera basura del hampa tal y como él, pero vaya que así somos los seres humanos cuando intentamos justificar nuestras propias elecciones.