Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Me quedé en un silencio absoluto el resto de la noche, sentada en una de las sillas de cuero, limitándome a observar la fijeza con la que mi padre trabajaba en sus balances financieros, una actividad operativa que, por cierto, me fascinaba presenciar desde niña.

Me encantaba verlo haciendo lo que mejor sabía hacer, manejando los hilos del imperio ruso; me causaba un extraño alivio estar a su lado en ese despacho silencioso.

Sé perfectamente que me paso los días repitiendo en mi mente que odio la violencia de su mundo y las decisiones crueles de su jefatura, pero ese rechazo ideológico es insignificante al lado del profundo amor y respeto filial que le tengo a su persona.

Estaba dispuesta a hacerlo absolutamente todo, a mover cada rublo del lavado de dinero y a ejecutar las mentiras más complejas con tal de ayudarlo a mantenerse a salvo en la cima del poder.

Amo a mi padre y amo la lealtad de mis hermanos, excepto a la mujer sínica que más supo hacerme daño psicológico en el pasado al arrastrarme a su red de mentiras.

No puedo profesar ningún afecto por la persona que hirió mi confianza de esa manera tan vil; mi psique no me permite esa hipocresía.

No quiero decepcionarme a mí misma intentando perdonar o borrar un pecado que, por su propia naturaleza de traición, es imposible de olvidar en esta vida.

La quietud de la madrugada me otorgó el tiempo suficiente para pensar con frialdad, para recordar detalladamente cada ofensa que ha lastimado mi estabilidad emocional y para ratificar las decisiones drásticas que sabía perfectamente que en algún punto de la partida tendría que ejecutar contra Anastasia.

La mente me transportó de golpe a los días de nuestra última visita oficial a la inmensa propiedad de la familia Lee en Manhattan, tres años atrás.

Habíamos acudido a una cena de gala para celebrar las rutas del Atlántico, y en un momento de la noche, al dirigirme de forma inocente hacia la oficina privada del Capo coreano para solicitar unos documentos de embarque, empujé la puerta entornada y mis ojos registraron una escena que me congeló la sangre: encontré a Lee Jaeyoon besándose con una pasión descontrolada y explícita con mi querida madre, Anastasia Romanov, cuyas manos se enredaban en el cabello del socio de mi padre con una lujuria imperdonable.

El shock fue tan inmenso que retrocedí en silencio, sintiendo que mi mundo de certezas se desmoronaba.

Pero lo peor vino después. Durante el trayecto de regreso al hotel en Nueva York, aprovechando que Luka y Katya se habían quedado rezagados en el auto de seguridad, Anastasia tomó el control del vehículo principal y comenzó a amenazarme de forma gélida en cuanto cruzamos la autopista.

Le agradecí profundamente al mismísimo cielo que en ese cubículo de metal blindado nos encontráramos completamente a solas para poder cantarle las verdades en la cara.

—Vas a tener que prometerme bajo palabra de honor en este mismo instante que no vas a abrir la boca para decirle una sola palabra de lo que viste en la oficina a nadie en Moscú, Dasha.

Ni a tus hermanos, ni a los capitanes...

Si osas romper este pacto de silencio, te doy mi palabra de que yo misma me encargaré de meterte un tiro en la frente y borrarte del mapa operativo de la familia.

¿Te ha quedado claro el nivel de riesgo, niñita?

—elevó el tono de su voz con una agresividad sibilina que denotaba su pánico a ser descubierta por el plomo de mi padre.

Me quedé mirándola de perfil mientras conducía, sintiendo un ardor de rabia y asco en las entrañas. Joder... sí era ella la que la había cagado de forma imperdonable comprometiendo el honor de los Romanov, y ahora pretendía usar la violencia contra su propia hija para salvar el pellejo.

—Ay, madre... puedes usar todas las amenazas de muerte que complazcan a tu paranoia y hacer que mi boca cumpla por pura estrategia con el silencio que me exiges para proteger tu cabeza, pero debes tener muy claro en tu mente que esa violencia no te convierte en una buena esposa ante el Pakhan, y muchísimo menos te posiciona como una buena madre ante tus hijos —le respondí con una voz gélida que cortó el aire del auto—.

Estás extorsionando a tu hija menor, una adolescente que sin buscarlo ha descubierto de forma accidental que te revuelcas y duermes en la misma cama clandestina que Jaeyoon en Manhattan, mientras que en las noches de Moscú corres al despacho de mi padre a besarle los labios y a jurarle una devoción eterna en la Bratva.

Qué nivel de cinismo tan asqueroso manejas, Anastasia.

Eres una gran perra corporativa que no me causa en este momento más que una profunda vergüenza ajena. Me das asco.

Por supuesto que en el fondo de mi psique me dolía profundamente hablarle con esos términos de desprecio a la mujer que me había dado la vida y me había criado con modales caros, no obstante, ella le había fallado a toda la estructura de la familia por puro capricho carnal.

No lograba entender bajo qué lógica destructiva había decidido traicionar al lobo de la Bratva.

—El amor y la atracción física son fuerzas completamente impredecibles dentro del hampa, Dasha —se encogió de hombros con una indiferencia que me revolvió el estómago, manteniendo la vista fija en la carretera—.

No tengo por qué culparme ni flagelarme mentalmente por haberme enamorado de otro hombre con poder que no fuese Maximiliano Romanov.

Esas cosas de alcoba suelen pasar con frecuencia en los círculos altos cuando la rutina te asfixia.

—¿Enamorarte de otro líder criminal que no fuera el hombre con el que has compartido casi treinta años de tu existencia, el padre de tus tres hijos?

—le inquirí, apretando los puños sobre mis rodillas—.

¿Acaso todos esos años de protección, lujos y batallas compartidas no significan absolutamente nada para tu moralidad?

Vaya... veo con total claridad que los códigos de lealtad y el amor real no poseen el más mínimo valor en tu inventario. Eres una cáscara vacía.

De acuerdo, mi mente analítica no podía siquiera concebir la magnitud de la masacre que mi padre sería capaz de desatar si se enterase de la infidelidad.

Me moría de ganas de correr hacia su despacho en cuanto aterrizáramos en Rusia y revelarle la cruda realidad de su matrimonio, porque nadie en este mundo, por más monstruo que sea ante la ley, se merece ser engañado y pisoteado de esa manera tan vil en su propia casa.

Nadie merece entregarlo todo en el frente, amar con locura ciega y recibir una traición de alcoba a cambio de su protección.

—Ninguno de nosotros sabe con certeza matemática lo que el destino nos tiene preparado en las fronteras, Dasha.

No podemos andar jurando fidelidades eternas porque nunca sabemos qué clase de tentación o peligro pasará al día siguiente —murmuró ella con una ligereza pasmosa.

Su actitud displicente estaba completamente fuera de lugar, rompiendo toda mi estructura de respeto hacia su figura.

—Mi padre es un mafioso implacable ante el mundo, un criminal que ejecuta órdenes de muerte sin pestañear, todo lo que quieras criticarle de su jefatura, Anastasia; no obstante, no existe nada en esta tierra que ese hombre ame con tanta fuerza como a su esposa —las lágrimas de impotencia se acumularon de inmediato en mis ojos, nublándome la vista—.

Ese hombre te idolatra, te considera su único cable a tierra y, por asegurar tu bienestar y darte los lujos que exiges, es capaz de mover ejércitos enteros y arriesgar su propia vida en cada operativo.

.. ¡No puedo dar crédito en mi mente a que hayas tenido la vileza de pagarle de esa forma con su mejor amigo! ¡Es una canallada!

—Me aburrí de la monotonía de la relación con Maximiliano, es así de simple y pragmático —continuó excusándose con esa voz corporativa que solo lograba incrementar mi odio hacia ella.

Cuanto más hablaba para justificar su desliz, más profunda se hacía mi repulsión hacia su persona.

No podía creer que mis sentimientos de respeto filial se hubieran transformado en un desprecio absoluto en menos de una hora de trayecto.

Toda la imagen perfecta, pulida y elegante que había mantenido de ella durante mi infancia entera se acababa de ir directo a la basura de la delincuencia.

No podía asimilar que la persona que había sido mi ejemplo de dignidad y rectitud estuviera ejecutando este tipo de bajezas de alcoba.

La gran dama de la Bratva a la que le encantaba exigir seriedad, fidelidad absoluta en las familias y lujos de diseñador; la misma mujer que aseguraba ante los clanes aliados que daría su vida entera por salvaguardar el honor de su esposo. Todo era una farsa.

—¿Te aburriste del Pakhan? Qué excusa tan barata, superficial y patética —rodé los ojos con desprecio, mirándola de reojo—.

Admite de una vez por todas que lo arruinaste por pura lascivia, que no tuviste la madurez para pensar en el peso destructivo que iban a tener tus actos en la geopolítica de las familias.

Entonces, te cansaste de la rutina del matrimonio y fuiste directo a revolcarte entre las sábanas del mejor amigo de tu esposo.

No existe una acción más cruel, baja y traicionera en los códigos del hampa.

—Me aburrí de las limitaciones de esta vida en Moscú, digamos que me cansé del precio que tengo que pagar y el encierro que debo aguantar gracias a las guerras de tu padre —siguió conduciendo el automóvil blindado con una tranquilidad pasmosa, como si hablara del clima.