CAPÍTULO 13 #24
Mis palabras de afecto forzado parecieron calar profundo en su necesidad psicológica de protección. Vi cómo la rigidez de sus hombros disminuía levemente y sus labios se curvaban en una sonrisa enigmática que aceptaba la tregua emocional.
—Agradezco tu paciencia y tu discreción más de lo que imaginas, Dimitri —confesó con un hilo de voz que transmitía una vulnerabilidad genuina—.
En mi mundo, los hombres solo entienden el lenguaje de la violencia y la exigencia material; nadie se detiene a consentir mis necesidades o a escuchar mis silencios.
Siento que contigo puedo respirar una normalidad que la casa de mi padre me prohíbe desde mi nacimiento.
Sostener esta mentira frente a mis hermanos es un riesgo letal, pero el alivio que me provoca tu cercanía física hace que valga la pena jugar con fuego.
—Estoy plenamente dispuesto a asumir cualquier riesgo o tormenta legal por mantener la solidez de esta relación formal, bonita —le aseguré, sosteniendo su mirada azul simulada con una inocencia perfecta que validaba mi infiltración contundente—.
Buscaremos la mejor estrategia táctica para seguir encontrándonos en la clandestinidad, moviéndonos en las sombras de la FSB sin que los analistas de tu padre sospechen de tus rutas habituales de lavado.
Te daré la estabilidad que tanto necesitas.
La cena transcurrió entre risas ligeras y confidencias superficiales que me permitieron extraer datos marginales sobre el comportamiento de Katya y la terquedad de Maximiliano Romanov ante las recientes presiones territoriales de la Cosa Nostra.
Dasha se mostraba aliviada, consumiendo los alimentos con una parsimonia que delataba lo segura que se sentía en mi terreno.
Al filo de la medianoche, se puso de pie con elegancia, acomodándose el vestido azul cobalto frente al espejo del pasillo con movimientos fluidos que denotaban el retorno de su compostura de reina del hampa.
—Tengo que regresar de inmediato a la residencia familiar antes de que el convoy de seguridad de Luka registre mi ausencia prolongada de la propiedad, Dimitri —mencionó con seriedad, abrochándose el abrigo largo—.
El Pakhan exige que esté presente en la oficina a primera hora de la mañana para auditar las transferencias de la ruta del sur.
Cumplí mi promesa de venir a verte, pero los deberes de la Bratva no toleran retrasos logísticos.
—Te veré el próximo viernes en este mismo espacio sin falta, Dasha. Cuídate de las patrullas en la autopista —le respondí, plantando un último beso tierno en su frente para sellar el compromiso sentimental.
Ella asintió con una mirada cargada de una determinación gélida, tomó su bolso de mano y desapareció por la puerta principal, dejándome a solas con el eco de sus mentiras en el pasillo de mi apartamento.
Durante los últimos días de esa semana de alta tensión investigativa, no he podido dejar de pensar de forma obsesiva en la figura analítica de Dasha Romanov y en lo mucho que me atrae la peligrosidad que emana de su apellido ilícito, al igual que no he dejado de pensar de ninguna manera en Ludmila y en lo mucho que la quiero y la respeto por su brillantez intelectual dentro del cuartel de la FSB.
Mi mente se ha convertido en un absoluto caos de contrainteligencia; me resulta una imposición psicológica imposible ser capaz de abandonar a alguna de las dos mujeres en este momento del operativo, simplemente no me considero capaz de borrar de mis sentidos la existencia de una de ellas sin volverme completamente loco de la cabeza y pensar con total certeza que estoy perdiendo la cordura y el control operativo de mi propia vida.
El Dimitri que se infiltra y juega al gato y al ratón con la lavadora de dinero de la Bratva existe de forma real, alimentado por la adrenalina del pecado ilegal; al igual que existe con la misma fuerza el Dimitri real que comparte trinchera, informes clasificados y patrullas con Ludmila en la división federal.
No soy capaz de ejecutar una elección drástica que rompa este equilibrio de espejos, así que ni siquiera pienso intentar ponerles un freno racional a mis impulsos biológicos en las próximas semanas.
Sé perfectamente que las quiero a ambas en registros psicológicos diametralmente opuestos, y he tomado la fría decisión de disfrutar al máximo de esta doble aventura secreta hasta que el destino se cumpla o una de las dos mujeres se dé cuenta fáctica de lo que estoy ejecutando en las sombras y se harte por completo de mis manipulaciones emocionales.
¿Soy acaso una mala persona por moverme en este entramado de engaños de alcoba?
No, me repetía a mí mismo frente al espejo del baño para acallar los vestigios de mi moral civil; simplemente soy un agente ejecutando una estrategia de penetración extrema.
¿Soy un mal hombre con las mujeres que confían en mi palabra?
Sí, por supuesto que soy un pésimo hombre que tan solo juega con los sentimientos ajenos, utiliza la seducción como un arma de reglamento y no se basta con la entrega de una sola piel para saciar su necesidad de control absoluto.
Pero sea como fuera la calificación ética de mis actos en los manuales de la academia, lo disfruto de forma visceral; la adrenalina de sostener ambas mentiras bajo el cielo gris de Moscú me hace sentir superior a las leyes que juré defender.
De repente, mientras me encontraba sumergido en estos pensamientos oscuros en medio de la sala, el sonido agudo y repetitivo del timbre de la puerta principal me trajo de golpe de regreso a la cruda realidad del presente, interrumpiendo el silencio de la madrugada.
Fruncí el ceño, poniéndome de pie de inmediato con una tensión militar que me puso los músculos rígidos, y me dirigí hacia la entrada principal para atender el llamado con total cautela.
Apenas abrí el cerrojo de seguridad y tiré de la madera, mis ojos registraron una silueta que me dejó completamente paralizado en el umbral, descolocando por completo mis esquemas tácticos y provocándome una sorpresa mayúscula que me heló la sangre en las venas.
—¿Dasha? ¿Qué carajos haces aquí de regreso a estas horas de la madrugada?
—cuestioné de inmediato, forzando a mi voz a mantener un tono de civil desconcertado mientras mis ojos captaban las marcas rojas que aún se vislumbraban bajo el cuello de su abrigo y la palidez extrema de sus facciones analíticas.
Estaba claro dentro de mi lógica de contrainteligencia que no me esperaba en lo más mínimo, ni en mis peores previsiones de riesgo, que la hija menor del Pakhan rompiera sus propios protocolos de seguridad familiar de esa manera tan desesperada para venir a visitarme de imprevisto por segunda vez en una sola noche, exponiendo el operativo a un cabo suelto catastrófico si Luka la venía siguiendo con sus sicarios blindados.
—Quería verte, Dimitri... no podía quedarme encerrada en esa mansión ni un minuto más sin volverme loca por dentro —respondió ella con un hilo de voz que destilaba una rendición emocional absoluta, dando un paso al frente para invadir mi apartamento sin esperar mi invitación—.
Te he extrañado de una forma tan dolorosa en este mes que ya no me importa el peligro de que mi padre descubra que estoy aquí.
Necesito refugiarme en ti, más de lo que puedas llegar a imaginar en tu vida.
Necesito tu calor para olvidar quién soy.