CAPÍTULO 13 #21
Apareciste en mi vida a una edad muy temprana, cuando el mundo de la mafia todavía parecía una fantasía lejana, y comenzaste siendo mi amigo, mi mejor amigo, el único que no me juzgaba por el apellido Romanov.
Cuando los años pasaron, la violencia nos rodeó y me convertí en una persona mucho más vulnerable, expuesta y frágil que en el pasado debido a las crisis de la Bratva, fue cuando al fin mis ojos se abrieron y pude darme cuenta de la magnitud de mis verdaderos sentimientos hacia ti.
Me estaba volviendo loca de amor en secreto, pensando en el peligro y en lo que significaba haberme enamorado del hijo del socio de mi padre, de mi mejor amigo, el único hombre que me había contenido en cada ataque de pánico y me ayudó en todo lo que en algún momento necesité para no derrumbarme.
Al principio de nuestra cercanía, actué con una timidez absurda, como si nunca te hubiese conocido con tanta intimidad.
.. como si fueras un extraño. Simplemente actué como una persona común que conoce a otro en una sala y que se siente atraída de inmediato por su magnetismo, olvidando mis principios de protección como una tonta jovencita ilusionada.
Por fortuna para mi propia cordura, mis sentimientos de adoración fueron plenamente correspondidos por ti y, en medio de aquel primer beso romántico bajo las estrellas de la terraza, descubrí el verdadero significado de la devoción real, esa conexión absoluta que solo puede existir entre dos seres humanos que sienten con honestidad y se dejan llevar por el peso de sus emociones sin medir los riesgos del hampa.
En ese instante de felicidad pura, juraba con inocencia que se trataba simplemente de un primer amor juvenil debido a que jamás alguien me había gustado con tanta intensidad en la vida; pero con tus acciones diarias, con la forma en que arriesgabas tu seguridad por verme, me demostraste tanto compromiso que supe que lo nuestro era una devoción indestructible.
Entendí que tú eras el único y verdadero amor de mi vida entera y que mi mayor deseo terrenal era no perderte nunca.
Te amé, Dae... te amé con la desesperación de alguien que se aferra a amar en medio de un campo de batalla, como un alma herida a la que no le queda absolutamente nada más que amor en su inventario para sobrevivir, y me aferré a tu recuerdo como si mi propia vida biológica dependiera enteramente de ello.
Juro por mi sangre que nos encontrábamos en nuestro mejor momento evolutivo la noche antes de la tragedia, esa noche en la que me confesabas al oído que me amabas como un loco descontrolado, que para tu propia estabilidad mental era una simple necesidad vital contar con mi compañía diaria y que, de igual manera, deseabas con todo tu corazón que me convirtiera en tu esposa en un futuro muy cercano, legalizando nuestro lazo en cuanto cumpliera la mayoría de edad.
Yo era una chica que estaba por convertirse en una mujer muy pronto y que, al igual que tú, necesitaba madurar bajo los códigos de nuestras familias para heredar el imperio.
Nos amábamos con una pureza irreal dentro de este infierno y estoy completamente segura de que, en caso de que estuvieras aquí todavía protegiéndome con tus brazos, continuaríamos amándonos cada día más por todo lo que nos queda de vida en esta tierra.
Pero ahora estás muerto. Me gusta fingir frente a todo el mundo en Moscú, frente a mis hermanos y mis socios, que me siento perfectamente bien, que soy una mujer de negocios implacable y que en realidad no sucede nada anómalo conmigo; sin embargo, la verdad absoluta e indudable que me carcome las entrañas es que no tengo la menor idea de qué hacer con mi destino sin tu guía.
Te amo, Dae... te amo con una fidelidad destructiva y, si por los avatares del destino o por pura necesidad de supervivencia física llego a entablar una relación formal o a enamorarme de otra persona que no seas tú en el futuro, puedo jurarte ante Dios que mi amor no será jamás el mismo que el que siento por ti.
Mi amor real y mi devoción se quedan congelados en el tiempo, guardo mi corazón exclusivamente para ti de forma eterna y espero con ansias tener el privilegio de verte de nuevo algún día en el otro lado.
Cuando llegue mi momento definitivo de fallecer, de cerrar los ojos y marcharme para siempre de este mundo de mafias y mentiras, me iré con una sonrisa de absoluta paz en el rostro porque me habré dado el lujo supremo de esperar toda una vida entera con tal de volver a tenerte a mi lado, y me he prometido a mí misma en la intimidad de mi mente que en esa eternidad vamos a ser muy felices, libres de los Romanov y de los Lee.
Te amo, Dae... y a partir de hoy, aceptando que estás bajo tierra, intentaré construir y tener una vida muy lejana a todo lo que nos prometimos en el pasado.
Lo lamento con el alma por fallar de esta manera a esa promesa de felicidad compartida que nos hicimos; sé perfectamente que siempre has querido que yo fuera una mujer feliz, plena y fuerte, con o sin tu presencia a mi lado, y te he fallado por completo.
Soy una criatura débil, estúpida y dependo enteramente del amor para encontrarle un sentido a las cosas, aunque esto último tal vez no esté tan mal en un mundo tan desalmado.
A mis veintiún años, no he terminado de entender del todo cómo funciona este entorno hostil en el que tuve la desgracia de nacer.
Sé que la vida que tengo por delante en la Bratva es sumamente difícil, peligrosa y fría, y sé perfectamente que muy pronto mi padre se va a cansar de estar al frente de todo este infierno de contrabando y decidirá retirarse a los cuarteles de invierno; sé con total certeza que Luka será quien deba hacerse cargo de la corona de Pakhan debido a que fue criado y adiestrado de forma militar para eso exactamente.
Y de igual manera, quiero que sepas, Dae, que no voy a irme del lado de mi hermano varón en esa transición; me quedaré en Moscú manejando sus finanzas porque soy la única persona en este mundo que lo comprende tanto en sus dilemas internos, incluso mucho más de lo que lo hace Katya con su temperamento de fuego.
No pienso abandonarlo a su suerte en la jefatura, jamás lo haré.
Y si al menos puedo hacerte una última y letal promesa en esta carta, una promesa que juro por mi vida que sí voy a cumplir con una precisión quirúrgica, es que moveré cielo y tierra, utilizaré cada rublo de la organización y encontraré a las personas exactas que te asesinaron a ti y a toda tu familia en el extranjero.
Los cazaré uno a uno y los destruiré. Es el último tributo que haré por tu memoria.
Te amo, te amo, te amo por siempre, mi rey coreano.
Con las lágrimas corriendo libres por mis mejillas e inundando mis facciones, doblé la hoja de papel con cuidado, la enrollé sobre sí misma y la dejé a un lado del escritorio.
Me arrodillé con lentitud al lado de mi cama, apoyando las rodillas en la alfombra, y busqué en el fondo del doble fondo del armario la pequeña caja de madera donde guardaba celosamente cada objeto, nota y detalle que me diste durante nuestros meses de idilio en Nueva York.
Al levantar la tapa, sentí de forma literal que el alma se me partía en pequeños pedacitos sangrientos en el pecho en cuanto mis ojos se fijaron en esa preciada y desgastada fotografía en la que aparecíamos los dos abrazados, besándonos con una felicidad radiante bajo el cielo de Manhattan.
En aquella época dorada, todo el mundo en el circuito de las familias pensaba con certeza que íbamos a casarnos en cuanto alcanzáramos la mayoría de edad, porque el amor y la devoción que nos profesábamos públicamente era incomparable, un lazo absoluto; y por supuesto que lo habríamos hecho, habríamos unido nuestros destinos legales, pero falleciste de repente por la espalda, dejándome sola en el abismo.
Traté de limpiar las lágrimas de mis ojos con las manos temblorosas, cerré la tapa con un chasquido sutil y puse la caja de madera dentro de una botella de vidrio grueso para protegerla de la humedad de la tierra.
Con la botella y la carta en la mano, salí de la mansión con paso firme, adentrándome en la espesura del bosque que colindaba con la propiedad familiar hasta llegar a nuestro rincón secreto.
Tomé una pala de servicio, comencé a cavar un hueco un tanto profundo entre las raíces de un viejo roble y escondí la botella bajo la tierra rusa.
De esta manera tan dolorosa, drástica e irreversible, consideraba en mi fuero interno que estaba dejando atrás el pasado con Kang Dae, uno de los herederos legítimos del famoso mafioso coreano, Lee Jaeyoon; un hombre que además de ser físicamente hermoso y poseer una presencia imponente, era una grandiosa persona, un ser humano noble atrapado en una red de monstruos.
De esta forma definitiva, lo estoy dejando ir de mi presente, cerrando la herida con tierra y deseando con toda mi alma que pueda descansar en paz en su fosa.
Volví a limpiarme los rastros de las lágrimas con los filos de las mangas de mi camisa oscura y, después de percatarme con minuciosidad jurídica de que el hueco estuviese perfectamente cubierto con hojas secas y tierra para no dejar ningún rastro visible para los equipos de vigilancia, me levanté de las rodillas y dejé la pala apoyada en medio del bosque.
El ritual de mi rendición emocional había concluido. Estaba vacía.
—¿Señorita Dasha? ¿Qué está haciendo sola en este sector del perímetro a estas horas de la mañana?
—la voz profunda y alerta de Pablo apareció de repente de entre los árboles, causándome un tremendo susto que me hizo dar un respingo, obligándome a recuperar mi postura rígida de inmediato—.
¿Se encuentra bien de salud? ¿Necesita que la acompañe a la casa?