Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 13 #20
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CAPÍTULO 13 #20

—Mi pequeña niña... de verdad que lamento con el alma que ahora mismo, justo cuando intentas recuperar tu estabilidad, tengas que atravesar por este dolor tan inmenso.

Lo siento de todo corazón, Dasha... en verdad, lo siento mucho.

.. —susurró directamente sobre mi oído, con una voz ronca que delataba una derrota absoluta.

A este punto del intercambio, me estaba poniendo muchísimo más nerviosa de lo que mi cordura podía soportar.

Mi padre estaba actuando de un modo demasiado inusual para su psicología de hierro, y ese quiebre emocional había despertado una curiosidad alarmante y una preocupación real en mi mente.

Sentía que el suelo comenzaba a tambalearse bajo mis pies descalzos.

—¿Qué es lo que pasa de una vez por todas, papá? —pregunté, apartándome un poco de su agarre para obligarlo a mirarme de frente.

Ni siquiera sabía qué estaba sucediendo en la realidad exterior de la Bratva, pero a estas alturas de la tensión, las primeras lágrimas de impotencia empezaban a acumularse en mis ojos debido a la frustración y al presentimiento gélido que me oprimía el pecho.

Sí, tengo que admitir que me he vuelto demasiado sensible, reactiva y vulnerable últimamente, el dolor acumulado me ha vuelto quebradiza.

—¡Te estoy preguntando qué carajos pasa! —le exigí con un hilo de voz que amenazaba con romperse en un sollozo—. Joder, papá, te pido de favor que hables claro y que no me pongas mucho más nerviosa de lo que ya me encuentro. Dime la verdad de una vez.

Maximiliano Romanov cerró los ojos por un instante, respirando hondo antes de soltar la bomba informativa que destruiría mi cordura de forma definitiva.

—Nuestros equipos de reconocimiento en Tokio han cerrado la investigación de campo, Dasha.

Hemos confirmado de forma fáctica y verídica que toda la familia Lee está muerta —soltó mi padre con una frialdad dolorosa—.

El informe de Luka sobre el avistamiento de Hyori en territorio japonés fue una falsa alarma, una cruel confusión de identidad provocada por un informante ineficiente.

La realidad es que todos los hijos de Jaeyoon murieron ejecutados a manos de sus enemigos de la facción Shin hace poco más de un año y medio en un ajuste de cuentas en el extranjero.

Están muertos, Dasha. Están bajo tierra y no van a regresar nunca a Manhattan ni a Moscú, y no importará en lo absoluto cuántas llamadas hagamos, cuántos millones de rublos invirtamos o cuántas veces tratemos de hacer algo al respecto para cambiar el destino.

La línea de sangre de los Lee se ha extinguido por completo. El caso está cerrado para la Bratva.

En cuanto esa última frase golpeó mis sentidos, sentí como si el mundo entero se desmoronara sobre mi cabeza en un segundo, reduciendo mis ilusiones a escombros.

Una opresión insoportable me cerró los pulmones y creí con total certeza fáctica que estaba a punto de desmayarme o fallecer ahí mismo en el suelo de la cocina, porque la simple y cruda verdad de mi psique es que sentía que acababa de perder la última razón sagrada por la cual me había mantenido de pie, respirando y luchando durante tantos años de oscuridad en la mafia.

La pequeña llama de esperanza que alimentaba mis noches de insomnio se había apagado de golpe, dejándome en una absoluta penumbra espiritual.

Es cierto. El destino ha dictado su veredicto más cruel. Te he perdido para siempre, Kang Dae, y no podré volver a mirar tus ojos oscuros nunca más en esta miserable vida de mentiras.

—Está bien, papá. Entonces, ellos están oficialmente muertos y punto... ese es el veredicto final de nuestra historia y no hay más apelaciones que hacer al respecto —fue lo único que mi boca fue capaz de responder de forma mecánica, forzando una calma artificial que no sentía en absoluto.

Le di un último y apretado abrazo a mi padre, a manera de silencioso agradecimiento por haber tenido la honestidad de comunicarme esta tragedia tan pronto como llegaron los cables de Japón, y me alejé de su presencia con paso rápido, regresando directo a la soledad de mi habitación de la planta alta.

Me sentía profundamente lastimada, mutilada por dentro, quizás muchísimo más herida de lo que he estado nunca en toda mi trayectoria vital.

Al cerrar la puerta con seguro y quedar a solas con mi reflejo, comprendí mi verdadera naturaleza actual: soy como un lobo herido en la estepa, un lobo que ha perdido el rastro de su camino, un lobo que se ha alejado por completo de su manada y que, en medio de la tormenta de nieve, no tiene la menor idea de cómo tomar el sendero de regreso a la seguridad del hogar.

Estaba completamente desahuciada por el dolor.

Caminé hacia el escritorio de caoba con movimientos lentos, como si el cuerpo me pesara el doble.

Busqué una hoja de papel en blanco, tomé un bolígrafo de tinta negra y solté un pesado suspiro que pareció vaciar mis pulmones antes de darle inicio a una estupidez monumental que estaba a punto de cometer por pura necesidad terapéutica; un acto prohibido por las leyes de la seguridad de la Bratva, pero del cual tengo la certeza absoluta de que no creo arrepentirme ni en cientos de años de olvido.

Necesitaba vaciar mi alma en el papel para poder sepultarte de una vez por todas, Dae.

Comenzó a escribir con mano temblorosa, dejando que la tinta plasmara mi rendición definitiva ante la crueldad del destino:

Querido Kang Dae,

Hoy te he perdido de forma oficial y definitiva ante las leyes del mundo real; te he perdido para siempre.

Y sí, soy plenamente consciente de que han transcurrido ya varios años de silencio absoluto desde tu trágica partida de Nueva York, desde aquel fatídico momento en que la vida de lujos que conocimos y todas esas hermosas promesas de futuro que nos hicimos de adolescentes se fueron directo por la borda en un abrir y cerrar de ojos debido a la violencia de nuestras familias.

Puede que ante los ojos del clan yo ya me haya acostumbrado por inercia a tu dolorosa ausencia diaria, de igual forma, eso no significa en lo absoluto que mi alma desee continuar viviendo sin tu presencia protectora en este mundo de sombras.

Puedo sobrevivir sin ti a mi lado, claro que puedo hacerlo, porque al fin y al cabo toda esta existencia diaria no es más que una maldita y monótona costumbre biológica que te obliga a respirar por instinto de conservación; sin embargo, no quiero hacerlo de esta manera, no quiero vivir una vida donde tú no seas el destino final de mis esfuerzos.

He rezado en el más absoluto silencio durante tres largos años, elevando súplicas desesperadas al universo y deseando con todas mis fuerzas que te encontraras sano, a salvo y oculto en algún puerto seguro, para que eventualmente tuvieras la oportunidad de continuar con nuestra historia y regresar conmigo.

Pensé genuinamente que lo había superado todo, me convencí a mí misma frente al espejo de que poseía la fortaleza mental para vivir dejando atrás las heridas sangrientas del pasado con mucha facilidad y madurez; no obstante, la realidad fáctica es que no fue así en lo absoluto, porque me engañé de la forma más cruel a mí misma por muchísimo tiempo para no volverme loca de dolor.

La verdad es que intenté por todos los medios mantenerme ocupada, trabajando sin descanso al lado de mi padre en las auditorías, fingiendo ser una abogada inofensiva, disfrutando de fiestas opulentas y exposiciones de arte contemporáneo en Moscú, e incluso buscando la adrenalina extrema y teniendo accidentes graves en motocicletas de alta velocidad; todo ese ruido externo solo constituyó una estrategia burda que me mantuvo muy distraída de todo lo que estaba experimentando mi corazón en la realidad.

El mes pasado, cuando mi hermano Luka vino a casa a decir en la mesa del comedor que sus informantes habían registrado un supuesto avistamiento de Hyori en Japón, pensé con terror que había llegado mi fin absoluto.

Me asusté porque me di cuenta de que por un instante, tan solo por un par de miles de minutos perdidos en la rutina del lavado de dinero, me había olvidado de la fijeza de tu simple existencia, dejándome llevar por la compañía de otro hombre.

Pero en cuanto esa noticia coreana llegó a mis oídos, mi mente se reconectó de golpe con la realidad y recordé con una fuerza destructiva que tú existías y que toda mi estabilidad emocional dependía enteramente de ti; que toda mi alma, mi lealtad afectiva y mi ser seguían encadenados a tu recuerdo.

Vino a mi memoria, con una nitidez que me desgarró el pecho, cada uno de los recuerdos perfectos que tuve el privilegio de compartir a tu lado en Manhattan, y me destruí a mí misma una vez más en la soledad de mi alcoba.

Recordé que fuiste mi pilar principal, mi único refugio verdadero durante mucho más tiempo del que mi orgullo me permitía admitir.