CAPÍTULO 13 #19
¿Amor real o simple deseo carnal desbocado?
¿Qué era exactamente todo este caos de sentimientos contrapuestos que estaba experimentando en mi pecho en menos de veinticuatro horas?
¿Qué demonios estaba sucediendo con mi disciplina militar que parece que estoy perdiendo por completo el control operativo de mi propia vida durante este último tiempo de infiltración?
¿Por qué estoy permitiendo con tanta ligereza que un par de mujeres diametralmente opuestas me lleven directo al abismo de la contradicción moral, solo por obtener la validación de su afecto a cambio?
¿Por qué haría una locura de esta magnitud que pone en riesgo mi carrera?
¿En qué clase de hombre manipulador e infiel me he convertido en las sombras de Moscú?
¿Amor o deseo? Amor absoluto... esa era la palabra exacta y correcta que podía definir sin margen de error todo lo que siento por Ludmila y que he albergado en secreto durante años de investigaciones conjuntas.
Había añorado con desesperación compartir un solo beso limpio con la reina de mis sueños profesionales y ahora que finalmente había cumplido con esa ilusión en mi propia cama, estaba dispuesto a mantenerme a su lado por más que ella manifestara no desear un vínculo serio en este momento.
La adoro con devoción, porque admiro de forma infinita cada una de las decisiones que ejecuta todos los días cuando estamos en el terreno, porque respeto lo increíblemente inteligente que es para armar los rompecabezas de la mafia y cómo posee la capacidad de lograr que cualquier investigación estancada salga adelante con éxito si tan solo se toma un par de segundos para analizar los datos y encontrar la solución adecuada para seguir con el caso.
La admiro por quién es ante la ley, una mujer inquebrantable.
Honestamente, consideraría el mayor orgullo de mi carrera que me permitiera ser el hombre definitivo que la acompaña en su vida privada.
Daría cualquier informe, cualquier ascenso con tal de que se quedara conmigo en este apartamento, para obligarla a que se deshaga de la barrera del simple deseo casual y comience a prestarle atención a los latidos de su pecho, para que empiece a sentir un amor real y comprometido por mí.
Pero lo lograré con paciencia, conozco mis cartas operativas.
Nadie puede involucrarse de forma tan íntima y visceral con una persona durante una noche entera y no llegar a sentir ni una sola conexión emocional por él al amanecer; digamos que es una imposición psicológica imposible para un ser humano. Terminará amándome.
¿Amor o deseo? Deseo puro, magnético y oscuro es todo lo que siento en mis venas por la peligrosa Dasha Romanov bajo su falsa identidad de Luna.
Adoro con un fervor casi adictivo sentir el peligro inminente y la descarga de adrenalina que esa mujer atrae a mi rutina de agente; adoro saber en mi fuero interno que estar saliendo con ella y besarla en secreto constituye el pecado operativo más grande, sucio e ilegal que he cometido en toda mi trayectoria en la FSB.
Me fascina la pureza de sus ojos supuestamente inocentes observándome con un cariño jurídico fingido, intentando desesperadamente descifrar quién soy yo en verdad detrás de mi fachada de civil dócil.
Me encanta de forma casi enfermiza el aura de tranquilidad, arte y normalidad que ella emana cuando estamos cenando en la mesa, y vale.
.. ya sé perfectamente mediante los informes de la fiscalía que es una puta criminal de alto vuelo, la lavadora de dinero del clan más buscado del país, y que involucrarme sentimentalmente con ella de esta forma encubierta puede constituir el error táctico más grande y destructivo que jamás he ejecutado en mi hoja de servicio.
Sin embargo, toda esa peligrosidad no hace más que atraerme y obsesionarme cada vez más con su piel, empujándome a su cama el próximo viernes.
No la amo en lo absoluto, ni siento un cariño real por su persona; tan sólo la deseo como se desea un trofeo de caza o una pieza clave de un operativo de infiltración que quiero culminar con éxito.
Pensé por un segundo, o al menos eso intenté creer en mi mente cuando apenas la estaba conociendo en la galería de arte, que había llegado una persona muy especial a mi rutina que iba a cambiar mi destino con su dulzura, pero me equivoqué por completo en mi diagnóstico psicológico.
Lo nuestro es estrictamente un deseo carnal, una obsesión de control que quiero cumplir hasta las últimas consecuencias para desmantelar la Bratva de su padre.
La deseo demasiado, quiero poseer esa alma analítica que se pretende inocente frente a la ley y quiero que se quede a mi lado para usarla como mi informante pasiva en el caso Romanov.
Sí... con el paso de los meses he de aprender a fingir que la quiero con mayor realismo o simplemente me he de acostumbrar a su cálida y sofisticada compañía los fines de semana, dejando de lado la urgencia del deseo.
No obstante, la realidad de mi corazón es inalterable: sigo amando a Ludmila con una devoción absoluta y eso no cambiaría nunca por la presencia de una Romanov.
Estoy pecando contra las reglas de la agencia y contra mi propio juego de infiltración, sí, lo admito con frialdad; pero nadie en su sano juicio dentro de este negocio de sombras puede negarse a sentirse tan endiosado cuando el mismísimo infierno de la mafia te ha entregado todo el poder y la piel que has pedido en bandejas de oro.
Sostendré ambas mentiras hasta que el imperio caiga.
CAPÍTULO 18
Dasha Romanov
Un mes.
Me tomó un mes entero, con sus treinta días y sus treinta agónicas noches, reunir las fuerzas necesarias para volver a cruzar el umbral de esta mansión después de lo sucedido en mi habitación con mamá.
La mente me funcionaba a ráfagas, entumecida por el dolor, pero mi instinto de abogada criminalista logró diseñar una mentira lo suficientemente sólida como para desarmar cualquier sospecha en el clan: le aseguré a mi padre y a mis hermanos que el reciente informe de Luka sobre el supuesto avistamiento de los Lee en Japón me había descolocado por completo, reabriendo traumas del pasado, y que necesitaba con urgencia tomarme un tiempo a solas, lejos de la presión de los tribunales y de las auditorías de la Bratva, para procesar mis emociones en nuestra antigua residencia de verano.
Por supuesto, conociendo mi historial clínico y la profunda depresión que me había arrastrado tres años atrás, todos en la familia pudieron creerme sin titubear.
Me otorgaron ese mes de gracia como quien concede una tregua a un soldado herido en el frente.
Durante esas cuatro semanas de aislamiento absoluto, en las que el silencio del bosque era mi único testigo, regresé de forma obsesiva al lugar que tanto me hizo feliz en algún momento de mi juventud.
Volví a vivir entre recuerdos fantasmas, volví a recordar la textura de una felicidad que ya no me pertenecía, volví a ser feliz de manera artificial a través de la memoria.
Pude ser yo una vez más, despojada por unos días del peso muerto del apellido Romanov y de las redes de lavado de dinero de mi padre.
Pero las treguas, al igual que las mentiras, siempre tienen una fecha de caducidad exacta.
Apenas me había levantado de la cama esa mañana, sintiendo una pesadez de plomo en las extremidades.
La noche anterior me había quedado despierta hasta muy tarde, con la mirada fija en el techo, víctima de un insomnio neurótico que me obligaba a repasar cada conflicto no resuelto de mi existencia.
Con el cuerpo entumecido, me dirigí al cuarto de baño para tomar una ducha larga y caliente, dejando que el vapor empañara los espejos y lavara la fatiga de mi piel.
Luego de un par de minutos de letargo bajo el agua, tuve que vestirme con parsimonia, utilizando prendas oscuras y cómodas, y terminar de arreglarme frente al tocador, forzando a mis facciones a adoptar esa máscara de fría indiferencia que tanto le gustaba al clan.
Bajé las escaleras con paso silencioso hacia la cocina, buscando preparar algo ligero para desayunar antes de recluirme en el despacho de finanzas, pero terminé por encontrarme de golpe con la imponente silueta de mi padre.
Como era su costumbre inquebrantable a cualquier hora del día, llevaba un vaso de cristal con whiskey escocés en su mano derecha; no obstante, lo que detuvo mis pasos en seco no fue el olor a alcohol caro, sino la expresión de su rostro.
Su mirada usualmente severa, implacable y gélida no reflejaba la autoridad del Pakhan, sino que estaba completamente empañada por una profunda preocupación y una tristeza inusual que me encendió todas las alertas psicológicas.
—Buenos días, querido padre... ¿Ha pasado algo de gravedad con las rutas de contrabando en la frontera sur? —pregunté, forzando un tono de voz equilibrado y sereno mientras me acercaba a su flanco para darle un beso de cortesía en la mejilla.
Para mi sorpresa, él no se limitó a recibir el saludo con su habitual frialdad militar.
Dejó el vaso sobre la mesa de mármol y me abrazó con una fuerza descomunal, hundiéndome contra su pecho como si intentara protegerme de un impacto inminente.
Oh, vaya... de verdad que estas muestras de afecto físico y debilidad sentimental no suelen ser para nada seguidas ni naturales en el líder de la mafia rusa.
—Oh, papá... es evidente que está sucediendo algo catastrófico en la organización porque estás empezando a actuar de una manera sumamente extraña conmigo —le susurré, sintiendo que el corazón comenzaba a latir con violencia contra mis costillas.