Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 13 #17
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CAPÍTULO 13 #17

—¿De qué se trata con exactitud? Pon las cartas sobre la mesa —interrogué, feliz de poder disfrutar de su agudeza intelectual en la tranquilidad de mi hogar.

Su sonrisa era capaz de iluminar el salón entero y poseía la capacidad magnética de alterar el orden de mis pensamientos, haciendo que me olvidara por completo de las presiones de la fiscalía federal.

Ludmila era, sin duda alguna, la estrella principal en mi sistema solar de la agencia, la única colega a la que respetaba de forma ilimitada por su brillantez táctica.

—La dinastía de los Romanov es sumamente reconocida en Europa del Este por saberse mantener firmemente en la cima del negocio transnacional a través de la ejecución de pactos de sangre y tratados comerciales impecables con los carteles internacionales —explicó ella, inclinándose hacia adelante de forma analítica—.

Pero la verdad histórica es que, aunque sostienen contactos frecuentes con decenas de personajes de alta relevancia política y judicial en el Kremlin, son extremadamente paranoicos y muy pocos individuos han sido considerados jamás dignos de ingresar a su círculo cercano de confianza real.

Revisando las declaraciones de los arrepentidos que trabajaron para el Pakhan, casi todos coinciden en confesar que solo existía una organización criminal en todo el planeta que compartía una intimidad real con ellos; de hecho, los Romanov los consideraban parte de su propio hogar y existía una adoración mutua entre los líderes, sobre todo por parte del jefe máximo.

Maximiliano Romanov sí que los consideraba hermanos de armas intocables en la estructura.

—¿De qué clan transnacional estás hablando, Ludmila?

¿Qué nombre figura en los reportes archivados?

—pregunté, picado por la curiosidad profesional.

A ella le fascinaba de forma casi neurótica rastrear hasta los detalles más pequeños, oscuros e insignificantes de la biografía de los criminales a los que perseguimos, construyendo perfiles psicológicos perfectos.

No negaré jamás que aquella es una excelente táctica operativa para cercar a un objetivo de alto valor.

—La mafia coreana instalada en Nueva York, es decir, la línea de sangre de la familia Lee —soltó con una dureza técnica en la voz.

En cuanto pronunció ese apellido, las piezas de mi mapa mental encajaron y de inmediato recordé la trágica historia de violencia que había sacudido los tabloides internacionales tres años atrás.

No he podido olvidar de ninguna manera cómo, en medio de una transmisión de emergencia de un noticiero de Manhattan, se anunció de forma oficial que el líder histórico del clan coreano, Lee Jaeyoon, había sido ejecutado a sangre fría en su propio despacho, y que sus cuatro hijos herederos habían escapado de la jurisdicción americana a causa de la persecución de las facciones rivales, esfumándose en la clandestinidad.

Siempre me había sentido extrañamente apenado e interesado por esa noticia en particular desde el punto de vista puramente humano.

No me interesaba el hecho de que se tratara de otra organización de criminales que llevaba un gran peso de delincuencia sobre sus hombros, sino que pensaba de forma empática en lo difícil, traumático e insoportable que sería cargar con una situación de violencia como aquella si se analiza desde la perspectiva estrictamente sentimental.

Me lastimaba la mente imaginar cómo se estarían sintiendo esos muchachos jóvenes al haber perdido a su progenitor de una forma tan violenta, porque ningún ser humano, por más imperfecto, cruel o delincuente que este sea ante las leyes del Estado, se merece morir de una forma tan despiadada, patética y desoladora en su lugar de trabajo. Pensaba en el dolor de los hijos.

—¿Hay algo más específico que se detalle en esas grabaciones archivadas sobre el vínculo entre los Lee y la Bratva? —inquirí, manteniendo la fijeza en su relato.

—Maximiliano Romanov los consideraba su único punto de anclaje emocional y, durante toda su trayectoria como Pakhan, esa alianza es lo único que ha poseído el poder real de afectarlo psicológicamente, al igual que al resto de su descendencia de sangre —continuó Ludmila, gesticulando con las manos—.

El capo coreano, Jaeyoon, era su mejor amigo desde los años de juventud en las prisiones de la frontera, y tal y como debes estar deduciendo en este momento, el cariño y el respeto que el viejo sentía por él era inmenso, absoluto; estaba dispuesto a movilizar todo el ejército de la mafia roja para ayudarlo en lo que fuera necesario si su seguridad peligraba.

Sus tres hijos, Luka, Katya y la menor, Dasha, se criaron compartiendo una infancia muy estrecha con los coreanos; crecieron juntos en las residencias de verano, técnicamente eran una sola familia extendida.

No puedo ni siquiera dimensionar el dolor de cabeza y el vacío que deben haber experimentado los hermanos Romanov cuando se enteraron de la carnicería en Nueva York.

No quiero imaginar todo lo que deben haber intentado ejecutar de forma clandestina para hallar al menos una sola pista de su paradero en estos tres años de silencio absoluto.

—¿Y a qué viene toda esta lección de historia criminal antigua, Ludmila?

¿En qué se supone que va a ayudarnos concretamente este dato del pasado en las investigaciones de la fiscalía contra la mafia de Romanov hoy?

—llegué a cuestionarle de golpe, dándome cuenta con total frustración de que no estaba comprendiendo del todo la proyección táctica de lo que ella trataba de comunicarme en mi sala de estar.

No lo entendía. Pensaba en mi fuero interno que desenterrar los lazos afectivos de un capo muerto no nos estaba llevando a ningún lado factible para ejecutar un arresto inmediato por lavado de activos.

—Existe un axioma militar clásico en la contrainteligencia que dicta que conocer al milímetro los puntos débiles emocionales y los traumas no resueltos de tu rival es la única clave que puede ayudarte a ganar una guerra de desgaste —me replicó ella, endureciendo la mirada con una brillantez gélida—.

Me encantaría con el alma que esa sea la nueva estrategia de penetración que empleemos en nuestra división para cercar y apresar a Maximiliano Romanov de una vez por todas.

Ya nos hemos dado cuenta a través de las auditorías fallidas de que el tipo luce como un hombre invencible ante los tribunales ordinarios, y si seguimos ejecutando los mismos métodos de siempre, persiguiendo solo sus camiones de contrabando, es casi imposible que logremos meterlo en una celda algún día de nuestra carrera profesional.

Nuestra investigación actual es un verdadero fracaso burocrático porque parece que estamos peleando contra un dios del hampa y no contra un simple ser humano de carne y hueso.

Por lo tanto, o cambiamos radicalmente la estrategia y atacamos sus conexiones familiares y sus debilidades psicológicas, o nos quedamos estancados en el mismo rincón del cuartel para siempre, archivando expedientes muertos.

Solo tienes que pensarlo de forma fría, Dimitri; yo me encontré exactamente en la misma disyuntiva mental que tú hace un par de horas en la oficina antes de ver la luz de este enfoque.

—Sí... mirándolo desde esa perspectiva de inteligencia psicológica, quizás toda la razón del mundo la tienes tú, Ludmila.

Puede que lo que verdaderamente necesitemos en la unidad sea cambiar nuestra proyección analítica por completo, debido a que de lo contrario no vamos a conseguir un solo resultado sólido ante los jueces de la federación.

Debemos emplear una nueva estrategia de infiltración, usar un nuevo enfoque más agresivo sobre sus debilidades afectivas.

—Exactamente. Es tal y como funciona en el arte de la fotografía, Dimitri. Debemos probar diferentes ángulos de enfoque y luces hasta encontrar el encuadre exacto que se ajuste más para revelar la debilidad de la captura —añadió ella con una sonrisa suave, rompiendo la distancia profesional.

Asintió con la cabeza, reduciendo el espacio físico que nos separaba en el sofá de lino, y se inclinó hacia mí para envolverme en un abrazo pausado.

Sentir la cercanía de su cuerpo, el aroma de su perfume y la calidez de su piel en medio de la madrugada era, sin duda alguna, uno de los mejores regalos y desahogos que la vida misma pudo otorgarme en este día de tensiones laborales.

No sabía, hasta ese preciso instante de debilidad, lo mucho que necesitaba disfrutar de su increíble y magnética compañía para apagar el ruido de mi cabeza.

De pronto, deteniendo el movimiento del abrazo, giró su rostro hacia el mío, fijó sus ojos claros en mis labios y plantó un beso corto pero cargado de una intencionalidad innegable.

Joder... esto era algo que verdaderamente no me esperaba en absoluto dentro de mi apartamento.

Sentí que el pulso se me aceleraba en un segundo, descolocando todas mis defensas de agente entrenado.

¿Acaso Ludmila albergaba sentimientos románticos reales por mí desde hacía años en la agencia, o simplemente se había dejado llevar por la adrenalina, la pasión del momento y la complicidad de la madrugada compartida en secreto?

El dilema ético me golpeó la mente con fuerza.