CAPÍTULO 13 #16
—A partir de este preciso instante de la noche, Anastasia Romanov.
.. tú estás oficialmente muerta para mí —sentencié con una gélida determinación que no admitía réplicas ni apelaciones jurídicas—.
He borrado tu nombre de mi línea de sangre.
No quiero que vuelvas a atreverte a llamarme hija ni una sola vez en todo lo que me quede de vida en este maldito mundo.
No vuelvas a cruzar palabra conmigo, no te acerques a mi espacio personal ni intentes buscar mi mirada en las mesas de la organización, o te doy mi palabra de honor de que esta vez seré yo misma la que mueva los hilos financieros necesarios para destruirte y hacerte daño ante mi padre, y te aseguro que no tengo el menor deseo de llegar a esos extremos de crueldad. Lárgate de mi habitación ahora mismo.
La vi salir temblando por la puerta, dejando el silencio de mi alcoba como el único testigo de la ruptura definitiva de mi cordura familiar.
Me senté en el borde de la cama, acariciándome las marcas rojas del cuello, sabiendo que en este imperio de los Romanov ya no me quedaba ningún refugio seguro, excepto las mentiras que construía en la oscuridad.
CAPÍTULO 17
Dasha Romanov
—Dile a mis hermanos y a mi padre que he salido de viaje de negocios urgentemente para auditar las cuentas de la frontera —fue lo último que le respondí con una frialdad cortante, antes de guardar un par de cosas estrictamente indispensables en mi bolso de mano, acomodarme el abrigo oscuro y prepararme para salir de la habitación en absoluto silencio.
Sin embargo, mis planes de escape inmediato fueron frustrados de forma abrupta antes de que pudiera cruzar el umbral.
—Dasha... por el amor de Dios, por favor, no hagas esto... no me dejes así —me rogó Anastasia, interponiendo su cuerpo trémulo entre la puerta y yo. A este punto de la madrugada, ya se había cansado de llorar lágrimas de pura desesperación y pánico.
Su voz sonaba ronca, rota, despojada de esa altanería aristocrática con la que solía dominar la mansión.
Sin embargo, ninguna de sus súplicas tardías o sus sollozos teatrales de arrepentimiento podía tener la fuerza suficiente para hacerme ignorar o borrar el simple y espantoso hecho fáctico de que mi propia madre ha intentado matarme, asfixiándome con sus manos alrededor de mi cuello, por el único pecado de ser plenamente consciente de su mentira y haber descubierto su traición adúltera con los coreanos.
Las marcas rojas en mi garganta seguían ardiendo, recordándome la fragilidad de la sangre en este imperio.
—Fuiste tú, Anastasia, la única que tomó la decisión ejecutiva de cruzar la línea de no retorno y desatar esta locura destructiva en mi propia habitación —le espeté, sosteniéndole la mirada con unos ojos fijos y gélidos que reflejaban un desprecio absoluto—.
Ahora, hazme el favor de quitarte de mi camino de inmediato y no vuelvas a molestarme ni a dirigirle la palabra a mi persona en lo que te quede de existencia en esta casa.
Si decido quedarme en esta residencia familiar y no pienso en irme de forma definitiva esta misma noche sin mirar atrás, es única y exclusivamente porque mis hermanos, Luka y Katya, no se merecen pagar por tus pecados; ellos no tienen la culpa de la clase de madre que nos tocó en suerte.
No puedo desaparecer del mapa sin más porque sería traicionarlos a ellos y desestabilizar las finanzas de la Bratva, lo cual nos pondría a todos en peligro operativo, aunque sí poseo la total libertad de irme un par de días de viaje en solitario a pensar con la cabeza fría sobre el intento de homicidio que acaba de suceder aquí dentro.
Mientras tanto, tú deberías sentarte en la oscuridad y reconsiderar seriamente si todo el egoísmo que has arrastrado y cada traición que has ejecutado valen realmente la pena, comparados con el hecho de haber perdido a tu hija menor para siempre. Piénsalo bien.
Le di un pequeño pero firme golpe de desprecio en el hombro al apartarla de la manija, abrí la puerta y salí del lugar a paso rápido, escuchando cómo sus sollozos se ahogaban a mis espaldas.
Bajé las escaleras de mármol descalza, evitando los puestos de la seguridad interna en el vestíbulo principal, y me deslicé hacia las salidas secundarias de la propiedad.
Cuando finalmente logré llegar a la oscuridad del patio trasero de la casa, donde el viento helado de la noche moscovita golpeó mi rostro carmesí, las fuerzas me fallaron por completo.
Me dejé caer de rodillas sobre el césped, apoyando las manos en el piso frío, y me eché a llorar de forma desconsolada, sintiendo que un dolor agudo me partía el pecho mientras repetía en mi mente cada segundo del ataque, cada palabra de amenaza y la presión de sus dedos en mi tráquea una y otra vez, de forma neurótica.
¿Qué demonios he hecho yo en esta existencia para merecer un castigo tan cruel por parte de mi propia estirpe?
¿En realidad merezco ser despreciada, agredida y asfixiada de tal manera por la mujer que me dio la vida y que se supone que debía ser mi primer escudo en el mundo?
La decepción psicológica era un veneno que corría por mis venas, apagando cualquier rastro de la inocencia que me quedaba a mis veintiún años.
Lo único que sé con total certeza matemática en este instante de absoluta desolación es que merezco estar sola, merezco alejarme de las sombras opresivas de este imperio familiar y que no existe nada mejor para salvar mi cordura que ir a refugiarme a mi lugar especial, ese rincón del centro donde nadie me conoce como una Romanov.
Después de todo el calvario que he tenido que experimentar bajo el techo de mi padre, me merezco un respiro de normalidad.
Tengo la necesidad imperiosa de regresar a la calidez de unos brazos que me hagan sentir humana.
Tengo que regresar a ti, Dimitri. Tengo que usar tu cuerpo para olvidar que mi realidad está maldita.
Dimitri Korovin
Había pedido comida china a domicilio a última hora de la noche para paliar el cansancio acumulado tras la jornada en el cuartel general, y apenas había terminado de cenar y de limpiar la mesa del comedor cuando decidí colocarme la pijama para intentar descansar.
El silencio de mi apartamento era absoluto, una paz burocrática que agradecía después de pasar horas analizando los registros financieros de la delincuencia organizada.
Sin embargo, cuando me disponía a apagar las luces del pasillo, el sonido repentino, nítido y agudo del timbre de la puerta principal me hizo volver de golpe a la realidad operativa.
Fruncí el ceño, extrañado por la hora, y me dirigí hacia la entrada con paso cauteloso, verificando la mirilla antes de abrir el cerrojo con cuidado.
Al abrir la puerta, me encontré de frente con la bella Ludmila, mi compañera de equipo y analista táctica en la FSB, quien llevaba una sonrisa sumamente carismática y enigmática dibujada en el rostro, vestida con su abrigo largo de lana.
—Buenas noches, Dimitri. Espero de corazón no estar molestando demasiado tu descanso al haber venido sin avisar hasta tu apartamento a estas horas de la madrugada —sonrió de medio lado, acomodándose un mechón de su cabello rubio detrás de la oreja—.
Pero la verdad es que estaba por fichar la salida e irme directo a mi casa cuando, revisando los servidores antiguos de contrainteligencia, descubrí un detalle histórico de vital importancia acerca de la estructura interna de la familia Romanov.
El hallazgo me pareció tan brutal que quise compartirlo contigo de inmediato para que podamos conversar, cruzar datos y sacar nuestras propias conclusiones de cara al informe que nos pidió el director, ¿te apetece el plan?
Si no estás de acuerdo o estás demasiado cansado, te doy mi palabra de honor de que desapareceré de tu vista más rápido que una puta respiración en el invierno ruso.
Ya sabes perfectamente que soy una mujer de decisiones radicales, no me gusta perder el tiempo.
—Pasa de una vez, Ludmila, no te quedes en el pasillo.
En realidad, me entusiasma enormemente la idea de revisar inteligencia contigo fuera del horario de oficina —le comuniqué con total sinceridad, permitiendo que una sonrisa de complicidad se dibujara en mi rostro mientras me hacía a un lado para dejarla entrar.
Su sonrisa se hizo aún más grande, si es que eso era físicamente posible en sus facciones perfectas. La invité a pasar al comedor y le indiqué que tomara asiento en el sofá de lino gris que presidía mi sala de estar, un espacio sobrio pero cómodo.
—Y bien... me pregunto con urgencia qué es eso tan masivo que descubriste sobre el organigrama de la mafia rusa, especialmente sobre el entorno del clan Romanov, que consideras tan crucial para nuestra división operativa —añadí, sentándome en el sillón opuesto—.
Debe poseer un valor analítico muy alto, de lo contrario no creo que te hubieses tomado la molestia de conducir hasta mi edificio a estas horas solo para contármelo en persona. Habla ya, Ludmila.
—Ah, sí, por poco casi olvido el hilo conductor de la filtración debido al cansancio del trayecto —rodó los ojos con ese ademán divertido, fresco y carismático que tanto la caracterizaba en el cuartel general, una de las tantas razones psicológicas por las que me encantaba tanto su compañía en las largas guardias de vigilancia—.
Estaba en mi cubículo leyendo los expedientes archivados del año setenta y ocho y volviendo a escuchar varias grabaciones periciales de interceptaciones telefónicas hechas a antiguos contadores que trabajaron de forma directa para la Bratva roja en los años noventa.
Analizando los audios con detenimiento, me enteré de un factor de vulnerabilidad que la mayoría de los directores anteriores de la FSB han ignorado por completo, pasándolo por alto como un simple dato folclórico de las mafias eslavas.