CAPÍTULO 13 #15
—No necesito en lo más mínimo que te hagas la tonta ni que pretendas jugar el papel de la abogada ingenua conmigo, Dasha.
.. —comenzó a hablar con un tono sibilino que me hizo rodar los ojos con profundo desprecio.
Oh, mierda, me dije internamente, aquí vamos de nuevo con sus manipulaciones psicológicas—.
Ahora que toda la familia se ha visto obligada a escuchar una vez más el apellido de los Lee en la mesa del comedor por culpa del informe de Luka, considero de vital importancia recordarte que tienes la obligación contractual de cumplir con aquellas estrictas palabras de silencio que acordamos hace un par de años en este mismo cuarto.
No puedes permitirte un solo desliz de memoria frente a tu padre.
Las imágenes del pasado se agolparon en mi mente con la fuerza de un trauma no resuelto.
Recordé con una claridad espantosa la tarde en que descubrí su secreto más oscuro, la traición carnal que cometía contra mi padre con el capo coreano Lee Jaeyoon, y cómo me había acorralado en este mismo espacio para proteger su propia cabeza del plomo de los Romanov.
"Ya no tengo el menor interés en continuar con esta conversación moralista, Dasha.
Si aprecias tu vida y no quieres terminar muerta en una fosa común antes de tiempo, más vale que te quedes callada y entierres lo que viste en el bosque, ¿está claro?
", me había amenazado en aquella ocasión con los ojos inyectados en pánico, y yo, siendo una niña desvalida, me había limitado a asentir con la cabeza.
No podía dar crédito a la frialdad de su naturaleza.
—¿De verdad pretendes en tu mente que todavía te debo algún tipo de lealtad de sangre o silencio corporativo, Anastasia?
—interrogué, permitiendo que una sonrisa burlona y cargada de un absoluto desprecio se dibujara en mis labios carmesí—.
Cuando tuviste la osadía de usarme como un peón inocente para encubrir tus deslices sexuales, engañar a mi padre y luego tuviste la cobardía de amenazarme de muerte para que no le revelara al Pakhan la traición que habías ejecutado en sus propias narices, yo era apenas una niña incrédula, tonta y aterrorizada por las dinámicas de la mafia.
Ya no soy esa misma persona indefensa, madre.
El dolor y los años manejando las finanzas me han transformado.
Ya no le temo a nada en esta vida, y mucho menos le tengo miedo a una mujer que debe su supervivencia a mi silencio.
No voy a permitir bajo ninguna circunstancia que intentes usarme a tu antojo una vez más, nunca más en lo que me quede de existencia.
Y, en realidad, analizando la situación de riesgo de forma jurídica, no existe un solo factor por el que deba sentir temor de ti; porque fuiste tú la que se equivocó al romper los pactos de sangre del Pakhan y eres tú, estrictamente tú, la que vive muerta de miedo de ser descubierta y ejecutada por los sicarios de mi padre si yo decido abrir la boca mañana por la mañana. Tú eres la que está acorralada, no yo.
No tuve tiempo físico de prever la violencia de su reacción. No lo esperaba en absoluto de una mujer de su estatus.
No esperaba que mi propia madre, perdiendo por completo el control de su refinamiento aristocrático, se abalanzara sobre mi cuerpo con una furia salvaje, me arrinconara con una fuerza brutal contra la pared de concreto de mi habitación y colocara sus dos manos con una presión asfixiante alrededor de mi cuello, cortándome el flujo de oxígeno en un segundo.
—¿Esto es exactamente lo que soy para ti hoy en día?
¿Una simple amenaza que puedes extorsionar?
¿Esto es lo que represento desde el maldito día en que tuviste la desgracia de descubrir mi secreto en el bosque?
—grité internamente mientras las lágrimas brotaban de mis ojos, no por el miedo físico a la muerte, sino por el dolor lacerante del desengaño y la profunda decepción psicológica que me embargaba el pecho.
La tristeza y el asco no me cabían dentro del alma; nadie en su sano juicio puede llegar a concebir que la mujer que te dio la vida, la que te amamantó y te inculcó modales refinados, sea capaz de agredirte físicamente de esta forma tan desalmada solo por el hecho de haber descubierto uno de sus mayores pecados de alcoba.
Yo no tenía la menor culpa de que ella hubiera tomado la decisión ejecutiva de meterse en la cama de Lee Jaeyoon.
No soy la responsable de sus traiciones, ni de sus facturas de sangre.
—¡Te lo advertí con total claridad hace años, Dasha! ¡Te dije con todas mis fuerzas que te mataría con mis propias manos si osabas abrir la maldita boca frente a tu padre! —gritó Anastasia en mi rostro, con las facciones deformadas por una paranoia homicida que nunca le había visto.
—Si eso es lo que verdaderamente dicta tu naturaleza egoísta.
.. si... si eso es lo que quieres para salvar tu pellejo.
.. adelante, ¡mátame de una vez! —articulé con las pocas fuerzas que me quedaban en los pulmones, sintiendo que la vista comenzaba a nublarse en las esquinas debido a que su agarre se hacía más cerrado y violento con el pasar de los segundos—.
Mátame aquí mismo, Anastasia... demuestra si eres lo suficientemente valiente e implacable como para asesinar a tu propia hija de sangre por el amor de un cadáver coreano. Hazlo.
—¡No te atrevas a tentarme de esa manera, Dasha!
¡No intentes jugar al mártir conmigo porque pierdo el control!
—susurró entre dientes, su aliento golpeando mi rostro.
Ella se había transformado en otra persona por completo en ese microsegundo; definitivamente, me resultaba imposible reconocer en esa criatura violenta a la madre refinada que me había inculcado valores y alta costura a lo largo de mi infancia.
Era un monstruo acorralado por el miedo a Maximiliano.
—¡Mátame de una vez, cobarde! —intenté gritar con un hilo de voz ahogada, reuniendo el último vestigio de adrenalina en mi cuerpo—.
Mátame en este dormitorio y diseña la excusa perfecta para el Pakhan; quiero ver a qué enemigo de la organización vas a culpar por mi cadáver cuando mi padre ordene una autopsia federal.
Sabes perfectamente que no merezco morir, y mucho menos bajo la vileza de tus manos traidoras.
Ejecuta el crimen si te dan las agallas.
Mis palabras, cargadas de una frialdad jurídica destructiva, parecieron golpear su conciencia como un balde de agua fría.
La expresión de locura homicida en su rostro se ablandó de golpe, sus ojos registraron el horror de lo que estaba ejecutando y, con una lentitud trémula, fue aflojando la presión de sus dedos alrededor de mi garganta hasta apartarse de mí de un salto, como si mi piel le quemara las manos.
En cuanto me liberó del yugo de su agarre, mi cuerpo se desplomó sin fuerzas sobre la alfombra del piso, tosiendo violentamente y jadeando de forma desesperada en un intento neurótico por recuperar el aliento y llenar de aire mis pulmones lastimados.
Anastasia se convirtió en un absoluto desastre emocional en cuestión de segundos.
Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar de forma desconsolada, caminando de un lado a otro del dormitorio; supongo en mi fuero interno que lo hacía por una mezcla patética de arrepentimiento tardío, pánico a las consecuencias y orgullo herido ante su propia falta de control operativo.
—Dasha... mi amor, mi pequeña niña... —trató de disculparse con la voz rota por los sollozos, dando un paso vacilante hacia mi posición en el suelo e intentando extender sus brazos para envolverme en un abrazo de consuelo.
Me puse de pie de un salto, reuniendo una fuerza física y un orgullo dinástico que no sabía que existían en mi cuerpo exhausto, y retrocedí dos pasos, negándome rotundamente a recibir su contacto o permitir que sus manos volvieran a tocarme.
La miré con unos ojos fríos que destilaban un desprecio absoluto.
—El egoísmo absoluto y la cobardía se apoderaron por completo de tu ser, Anastasia... no hay otra explicación para tu bajeza —solté con una voz cortante, mientras las últimas lágrimas de decepción se secaban en mis mejillas carmesí.
¿Acaso es exactamente así como se siente recibir un golpe traumático y destructivo de parte de la única persona en la que se supone que debías confiar plenamente desde tu nacimiento?
Yo ya conocía el secreto de su adulterio con el coreano, tampoco había echado al olvido la manera hostil en la que me había amenazado de muerte hace un par de años en este mismo espacio, de igual forma, jamás en mis peores pesadillas analíticas había llegado a concebir que una madre se atreviera a agredir físicamente a su propia hija de esa manera tan vil por un instinto de autopreservación ilícita. Había cruzado una línea de no retorno.
—¡Perdóname, mi niña! ¡Te lo ruego por lo más sagrado, lo siento mucho!
—intentó disculparse de rodillas en el suelo, estirando las manos hacia mí en una súplica patética—.
No estaba pensando con claridad, la presión por el informe de Luka sobre los Lee me hizo perder la cabeza.
.. lo siento de verdad. Por favor, Dasha, tienes que perdonar mi arranque de locura y olvidar para siempre que este incidente ha tenido lugar en tu habitación. Borremos esto de nuestra historia.
Posó una de sus manos trémulas en mi antebrazo en un intento por buscar mi compasión, pero alejé mi cuerpo de su contacto de inmediato con un movimiento violento que la hizo retroceder.