Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 13 #14
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CAPÍTULO 13 #14

—Hermanita... Katya, de verdad que no tienes la menor idea de lo increíblemente feliz que me haces sentir con tu sola presencia protectora en esta casa —apenas pronuncié aquellas palabras con una sinceridad inusual en los discursos de la mafia, vi cómo ella esbozaba una sonrisa enorme desde su asiento de honor, sus ojos negros brillando con intensidad—.

Tú y Dasha representan lo mejor y lo único valioso que poseo en este maldito mundo de sombras y desalmados, y no tengo la menor idea de qué dirección tomaría mi vida si algún día llegaran a faltarme en el frente de batalla.

Durante este cumpleaños número veinticinco, que por supuesto constituye una fecha sumamente especial e importante para el legado de todos los Romanov, he decidido utilizar mis propios recursos para comprarte un obsequio que tengo la certeza absoluta de que vas a adorar desde el primer segundo.

Conozco a la perfección tus gustos exigentes por la velocidad y la estética refinada y claro, me resultaba completamente inevitable conseguir algo de esa magnitud para ti.

Quiero que nunca olvides el profundo afecto que te profeso y que tengas siempre presente que puedes contar con el apoyo incondicional de tu hermano para cualquier operativo o problema que debas resolver en el futuro. Felicidades.

Las lágrimas de emoción contenida se acumularon de inmediato en los ojos de Katya, y la observé con una atención meticulosa desde la tarima elevada que se había montado para los oradores del evento.

Todos los jefes de clanes y capitanes presentes comenzaron a aplaudir con fuerza, llenando el salón de un ruido ensordecedor, mientras yo bajaba los escalones con una sonrisa satisfecha en el rostro.

Estaba completamente listo y coordinado para ejecutar la sorpresa que había estado planificando durante todo el día.

—Ven conmigo afuera, acompáñame al estacionamiento principal de la entrada —le indiqué al acercarme a su silla, y ella asintió con curiosidad.

Rápidamente nos dirigimos a paso apresurado hacia la zona adoquinada donde se encontraba estacionado el vehículo de exhibición, custodiado por dos de mis hombres.

En cuanto Katya divisó la silueta del automóvil bajo las luces ornamentales de los jardines, se emocionó más de la cuenta, perdiendo por completo su postura rígida de asesina de la Bratva y comenzando a dar pequeños saltitos de alegría como una niña pequeña.

—¡Luka! ¡Por el amor de Dios, esto es absolutamente bellísimo!

¡Es una maldita obra de arte! —continuó gritando con entusiasmo desbordado mientras se acercaba a gran velocidad para observar cada detalle de la carrocería de fibra de carbono y los acabados interiores de alta gama.

Una sonrisa radiante y genuina apareció en su rostro al acariciar el volante—.

Este es, sin duda alguna, el mejor regalo que me han entregado en toda mi puta vida, hermanito.

Gracias de corazón, en verdad te la has rifado.

El automóvil era una verdadera maravilla de la ingeniería moderna.

Un modelo deportivo exclusivo, de un lujo desmedido y blindaje ligero de nivel tres, tal y como a ella le fascinaba coleccionar los autos para sus traslados de alta prioridad.

Era su cumpleaños veinticinco y yo no era absolutamente nadie para negarle el derecho de disfrutar de lo que le apasionaba tanto en este mundo de encierro.

—No tienes por qué agradecerme nada, bonita.

Quería entregarte algo que tuviera la certeza de que te encantaría desde el primer instante y que usarías de forma constante en tus trayectos por Moscú —le sonreí con un afecto paternal y ella se acercó un poco más a mí, abrazándome por el cuello con una fuerza que demostraba la solidez de nuestro lazo de sangre.

Sus ojos brillaban como dos luceros bajo la noche rusa.

Nada en este mundo me causaba mayor satisfacción personal que verla feliz y segura.

—Sé perfectamente que no tenías ninguna necesidad de buscar un regalo de estas proporciones económicas para mí, Luka, pero lo valoro e internalizo más de lo que imaginas.

Te amo con toda mi vida entera, hermanito menor.

Estoy profundamente agradecida contigo por haberme entregado algo que se alinea de forma tan perfecta con mis pasiones —me confesó con la voz rota por la emoción en cuanto terminamos de dar un breve recorrido de prueba por los senderos internos de la hacienda en el asombroso deportivo—.

Soy plenamente consciente de que soy una persona sumamente complicada, hostil e intratable la mayor parte del tiempo en el día a día y que busco de forma obsesiva la soledad absoluta, porque en verdad la privacidad es una de las pocas cosas que más aprecio y protejo en este entorno de la mafia.

Solo que, a pesar de todos mis defectos de carácter y mis arranques de violencia, debes tener siempre por sentado en tu mente que te quiero con todo mi corazón de hermana, y que tienes a Katya a tu lado para librar cualquier guerra que se te presente de forma permanente.

Si en algún momento necesitas que ejecute una acción drástica por tu seguridad o por tus intereses personales, ten por seguro que lo haré con gusto y sin pestañear —añadió, plantando un beso tierno en mi mejilla—.

Siempre vas a ser mi hermanito menor, el niño que adoraba pasar las tardes enteras jugando videojuegos en el búnker y que de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se transformó en un gran hombre de honor, frío y estratégico.

Mi único deseo real para ti es que un día, cuando la tormenta de la Bratva se calme, puedas encontrar a una mujer brillante que te merezca por la inmensa calidad de persona que eres por dentro; una mujer que sepa aceptarte tal y como eres, con tus sombras y tus códigos, y que sea capaz de darte la estabilidad que te mereces.

Espero que encuentres a alguien que logre extraer la mejor parte de ti, Luka.

—Te amo con la misma fuerza, Katya Romanov. Y aunque admito que a veces eres un verdadero dolor de cabeza logístico y estratégico para mí, eres la mejor hermana que cualquiera pudiese desear tener en este negocio de traiciones —susurré, estrechándola en un abrazo final—. Te amo, chica de fuego.

—Y yo a ti, Luka. Siempre.

Dasha Romanov

Apenas di por concluida mi participación técnica en el despacho de cemento, ayudándole a mi padre a cerrar el delicado trato de los porcentajes de cocaína con Francesco De Angelis, tomé la decisión ejecutiva de regresar de inmediato a la residencia principal de Moscú.

Me acerqué a Katya para pedirle una disculpa formal por no permanecer en su fiesta de cumpleaños hasta el último brindis de la madrugada, alegando que un dolor de cabeza insoportable me estaba mermando las capacidades; sin embargo, la verdad fáctica era que me encontraba psicológicamente agotada por el juego de espejos con Dimitri y, a esas alturas de la noche, la mayoría de los invitados internacionales solo se concentraban en consumir grandes cantidades de alcohol y bailar de forma vulgar en el salón, actividades que no se alineaban en lo absoluto con mis características analíticas.

Ingresé a la enorme y silenciosa mansión familiar en mitad de la madrugada, descalzándome en el vestíbulo de mármol negro para aliviar el fatal y agudo dolor que sentía en los pies tras horas de caminar sobre tacones altos.

No obstante, cualquier atisbo de paz doméstica se disolvió en un segundo en cuanto la silueta de mi madre, Anastasia Romanov, emergió de la penumbra del pasillo central con una sonrisa gélida y fingida dibujada en el rostro.

Muy bien, me dije a mí misma sintiendo un ardor en el estómago, esto era exactamente lo único que me faltaba para perder por completo la poca paciencia jurídica que me quedaba en esta noche de tensiones.

—Buenas noches, madre —saludé de forma automática, irguiendo la postura de inmediato para recuperar mi máscara defensiva—.

Tenía la firme suposición de que seguías instalada en la mesa principal de la hacienda celebrando el cumpleaños de Katya, aunque parece evidente que me he equivocado en mis cálculos logísticos.

¿Hay algún asunto financiero o doméstico en el que pueda ayudarte a estas horas?

—Quiero que tú y yo tengamos una conversación seria e irreversible ahora mismo en este pasillo, Dasha.

.. ¿O acaso consideras en tu mente que es mucho pedir de parte de la mujer que te dio la vida?

—inquirió ella, enarcando una ceja con esa altanería aristocrática que solía usar para amedrentar a la servidumbre.

—No, no es mucho pedir en absoluto, Anastasia. Pero te pido de favor que traslademos este intercambio a la privacidad de mi habitación; considero que allí dispondremos de la reserva necesaria para hablar sin testigos —comuniqué con una frialdad corporativa que pareció molestarle.

Ella asintió con la cabeza y me siguió en silencio escaleras arriba hasta ingresar a mi dormitorio. En cuanto cruzó el umbral, cerré la pesada puerta de madera detrás de ella y deslicé el seguro metálico con un chasquido firme que selló el espacio. Me volví hacia su posición, cruzándome de brazos.

—Entonces... ¿En qué puedo ayudarte con exactitud? Habla de una vez.