CAPÍTULO 13 #12
Asentí con la cabeza, permitiendo que una sonrisa de suficiencia todavía más grande se dibujara en mis labios.
Insisto en mi fuero interno en que no estoy de acuerdo del todo con los niveles de criminalidad y peligro que se están gestando en esta habitación de cemento, pero en la realidad de mi dinastía, no me queda otra opción que aceptar las decisiones de mi padre y usar mi inteligencia para que no terminemos todos tras las rejas de una prisión federal.
—Ya has escuchado la postura oficial de nuestra organización, Francesco.
Terminemos de redactar los términos de este acuerdo de palabra antes de que la fiesta de mi hermana haya llegado a su clímax y mi ausencia sea notada por los analistas —sentencié, fijando mis ojos en los suyos—.
Empezaremos a traficar de forma exclusiva con cocaína a través de los canales del sur y, después de evaluar los dividendos del primer trimestre, nos sentamos a discutir sobre el monopolio del tabaco de contrabando. ¿Ha quedado claro el mensaje?
—Se hará exactamente lo que dicte la inteligencia de la señorita Romanov —me dio la razón el Capo siciliano, inclinando la cabeza en un gesto de sumisión comercial que me provocó un profundo suspiro de satisfacción.
No puedo negar que, en el fondo, estaba disfrutando de ese instante de poder absoluto.
En realidad, cuando me detengo a evaluar la madurez de mis pensamientos en noches de insomnio, pienso con un toque de melancolía que soy como un ángel inocente que fue arrojado por el destino al infierno de la delincuencia organizada, un ser que por ética y moralidad no debería pertenecer a este mundo subterráneo de armas y lavado de dinero.
Pero, al mismo tiempo, soy una mujer que posee tanto valor, frialdad y astucia como el más veterano de los sicarios; una mujer a la que le fascina experimentar la descarga del poder real y que adora burlarse de la debilidad de los demás en cierto punto del partido.
Creo, con una lucidez dolorosa, que ya no soy un pequeño ángel indefenso de todos modos, sino un demonio analítico que ha aprendido a amar el pecado de la estrategia y el control absoluto de las vidas ajenas bajo el cielo de Moscú.
Katya Romanov
Lo admito sin el menor rastro de vergüenza en la voz: estaba absolutamente encantada, extasiada y desbordada de alegría con la grandiosa, opulenta y perfecta fiesta de cumpleaños que mi padre había organizado detalladamente para celebrar mis veinticinco años en esta hacienda.
El alcohol de la mejor calidad fluía sin restricciones, los jardines lucían imponentes bajo las luces decorativas y los hombres más peligrosos de Europa mostraban un respeto reverencial al cruzarse en mi camino.
Me encontraba en un lateral del salón principal, observando el movimiento de la masa de invitados.
En ese preciso instante no visualizaba a ningún miembro de mi familia cerca de mi posición operativa; Luka se había alejado a conversar con unos contactos de las fronteras y Dasha se había esfumado hacía rato junto a mi padre.
Me crucé de brazos sobre la tela fina de mi vestido de gala, dejando escapar un suspiro de relajación, y me dispuse a tomar una copa de vodka helado de la bandeja de un mesero para entibiar el cuerpo en medio de la noche.
Cuando me encontraba saboreando el primer sorbo, una presencia masculina se materializó a mis espaldas con una agilidad felina y alguien me susurró directamente al oído con una voz ronca que me provocó un escalofrío eléctrico e inmediato de pies a cabeza:
—Mi amor... te espero en la bodega de suministros que está oculta detrás de la terraza de la piscina. No tardes, preciosa.
Identifiqué las inflexiones aterciopeladas de la voz de Franco De Angelis al primer segundo y una sonrisa inevitable, cargada de una pasión descontrolada, se apoderó por completo de mis labios carmesí.
El hombre de mis sueños, el único dueño de mis pensamientos más oscuros y prohibidos, quería verme a solas con tanta urgencia como yo deseaba devorarlo a él en la clandestinidad.
Esperé un par de minutos estratégicos, moviéndome de forma pausada entre los invitados para no levantar las alertas de los equipos de vigilancia de la Bratva, y me deslicé hacia el lateral de la piscina, cruzando la puerta de madera pesada de la bodega y cerrándola de inmediato detrás de mí, asegurando el cerrojo con un chasquido sutil.
Solté un suspiro profundo que parecía liberar toda la tensión acumulada de la jornada en cuanto tuve al hombre de mi vida frente a mí, su silueta recortada por la tenue luz del almacén.
—Veo con total claridad que últimamente te fascina tentar a la suerte de forma suicida, Franco, invitándome a esta clase de encuentros clandestinos en todas y cada una de las celebraciones de la mafia a las que asistimos juntos —lo molesté con un tono cargado de coquetería y audacia, cruzándome de brazos mientras me apoyaba en uno de los estantes de madera—.
Vaya... de verdad que sigues sorprendiéndome a cada momento con tu falta de miedo, sin importar el tiempo que pase ni el peligro que nos rodee.
Franco no respondió con palabras en ese primer instante.
Se acercó a mí con pasos decididos, invadiendo por completo mi espacio personal con esa presencia dominante que tanto me desarmaba, me rodeó la cintura con la firmeza de sus brazos y dejó un beso húmedo, lento y ardiente sobre la piel expuesta de mi cuello, haciéndome jadear de inmediato.
Por primera vez en varios días de dolorosa separación física, nuestros labios se unieron en un beso cálido, desesperado y hambriento que supo a una promesa de lealtad indestructible.
Lo disfruté con una intensidad visceral, como nunca antes en mi existencia; la verdad es que siempre disfruto compartir mi intimidad con él, porque es el único lugar donde puedo despojarme de la armadura de la "chica de fuego" y ser simplemente una mujer entregada al amor.
Después de un par de segundos de una entrega absoluta que nos dejó sin aliento, nos separamos apenas un centímetro, juntando nuestras frentes sudorosas en medio de la penumbra del cuarto.
—He tenido la certeza de que he estado tentando a la muerte desde el primer segundo en que cometí la locura de enamorarme de ti, Katya, y no me arrepiento en lo absoluto de las consecuencias de mis actos, por supuesto que no —murmuró contra mis labios, sus manos delineando el contorno de mis caderas con una urgencia que amenazaba con hacernos perder la cordura en ese almacén de la hacienda.
—Te odiaba, Franco... te juro que te odiaba como una auténtica loca al principio de nuestra historia —admití con una risa suave, dejando que mis dedos se enredaran en los mechones oscuros de su cabello—.
Claro que cuando nos conocimos por primera vez en aquella gala benéfica fui sumamente coqueta contigo porque me pareciste físicamente deslumbrante y me encantaste desde el primer cruce de miradas, no hay para qué intentar olvidar lo que de por sí es evidente en nuestra biografía.
A pesar de esa atracción magnética inicial, luego comenzaste a comportarte como un estúpido egocéntrico, frío y calculador en todas las reuniones de negocios y celebraciones territoriales, defendiendo los intereses de tu hermano, y llegué a odiar tu arrogancia siciliana con todas mis fuerzas.
Sin embargo, bien dice el dicho popular que del odio al amor más descontrolado hay un solo paso de distancia y supongo que la frustración se transformó en un deseo ferviente que me quemaba las entrañas.
Me pasaba las noches enteras imaginándome junto a ti en escenarios de una intimidad bastante explícita y caliente, te deseé más de lo debido, más de lo que la seguridad de mi familia permitía, hasta que finalmente me di cuenta de que todo ese fuego carnal se había convertido en un cariño profundo y absoluto.
Supe que estaba perdida, enamorada de ti hasta la médula.
Siendo completamente honesta contigo, Franco, jamás pensé que tú albergabas los mismos sentimientos por mí; creía que estaba atrapada en un sueño hermoso pero destructivo y que nuestro romance iba a desaparecer como la niebla de la noche cuando llega la luz del día.
Pensaba que mantener vivo este vínculo prohibido en medio de una guerra de mafias no iba a ser un proceso tan fluido como lo ha sido hasta este instante de nuestra vida.
—¿Realmente consideras en tu mente que ha sido un proceso fácil continuar alimentando este romance en secreto, mi princesa? —preguntó Franco, acariciando mi mejilla con el dorso de los dedos mientras me miraba con una devoción absoluta.
—Sí, claro que sí, mucho más fácil de lo que mi paranoia me hizo imaginar en un principio —le sonreí, dejando que el calor de su cuerpo me envolviera—.
Pensé que se me complicaría de forma catastrófica salir de la mansión de mi padre, que tendría que pasarme el día entero inventando reuniones de negocios falsas o disputas territoriales para justificar mis ausencias, no obstante, hasta el sol de hoy, ambos hemos sabido perfectamente cómo manejar las rutas y los horarios para burlar la seguridad de nuestros clanes. Hemos sido inteligentes.
—Lo sé perfectamente, sé que lo hemos hecho de forma impecable, mi reina —murmuró él, sellando la frase con un corto beso en la comisura de mis labios.
Le devolví la sonrisa con una ternura que solo él era capaz de extraer de mi temperamento de hierro.
Amaba con locura vivir estos breves e intensos momentos románticos a su lado en medio del peligro constante; lo amaba a él por completo, con cada fibra de mi ser, aceptando los riesgos de nuestro pecado.