CAPÍTULO 13 #10
Dasha: Dimitri, mi amor... sin duda alguna yo también te extraño demasiado en la distancia y deseo con todas mis fuerzas volver a tenerte cerca, pero debes comprender de una vez por todas que mi realidad cotidiana no es libre ni común como la tuya.
He estado sumergida ayudando a mi padre a cerrar un par de transacciones financieras internacionales de alta prioridad, así que el lavado de activos ha ocupado mi tiempo por completo estas semanas.
En este preciso instante nos encontramos celebrando el cumpleaños veinticinco de Katya en una hacienda blindada, sin embargo, ten por seguro que buscaré el momento logístico adecuado para escapar de la vigilancia de mis hermanos y vernos de nuevo en secreto.
La respuesta del cazador de la FSB no tardó en iluminar la pantalla digital de mi dispositivo móvil.
Dimitri: ¿Acaso nuestra relación va a manejarse bajo esos términos de clandestinidad siempre, Dasha?
Vas a tener que diseñar la forma indicada de encontrar tiempo exclusivo para mí en tu agenda, porque yo sí he movido mis turnos en la agencia para dártelo a ti en específico cada fin de semana. Necesito constancia.
Sonreí con un toque de amargura ante su inocencia civil simulada, sabiendo que detrás de su reclamo de hombre enamorado operaba el agente que pretendía cercar a los Romanov.
Dasha: ¿Realmente crees en tu mente que no deseo estar contigo en este instante?
Por supuesto que quiero ver tu rostro y sentir tus manos, Dimitri, no obstante, debes entender que cada uno de mis movimientos externos depende estrictamente de las directrices que mi padre dicte para la seguridad de la familia.
Si él me ordena que debo quedarme en la residencia principal ayudándolo con los balances y el cobro de un par de trabajos financieros pesados, claro que tengo la obligación de quedarme a su lado para no levantar sospechas internas.
Mira, hagamos una tregua... Te prometo bajo palabra que buscaré la manera de evadir la seguridad y verte en tu departamento el próximo viernes por la noche, no importa si tengo que inventar una mentira legal o escapar de la mirada de mi padre. Te veré sin falta, te lo prometo.
Dimitri: Está bien, mi cielo... confío plenamente en tu palabra de honor y sé que cumplirás la promesa el viernes.
Confío en ti de forma absoluta y lo último que deseo en este mundo es iniciar una pelea o una discusión contigo por mensajes; no me agradan las confrontaciones en lo absoluto cuando se trata de nosotros dos.
Dasha: Sí, está bien. No hay ningún problema con eso, Dimitri. Mantengamos la paz por el momento.
Anclada en la oscuridad del jardín, vi cómo ingresaba un último párrafo de su parte, un mensaje que elevó mis pulsaciones y me obligó a analizar la situación con la frialdad de una estratega.
Dimitri: Dasha, he estado analizando la situación y me gustaría que empezáramos a diseñar un plan estratégico a futuro para blindar nuestra relación amorosa, evitando inconvenientes o filtraciones de cualquier tipo con tu entorno familiar.
Necesitamos localizar y adquirir un lugar seguro, un apartamento neutral en Moscú en el que podamos encontrarnos siempre sin que los hombres de tu padre sospechen de tus rutas habituales.
De igual manera, necesitamos implementar un dispositivo telefónico exclusivo con encriptación militar en el que podamos hablar el uno con el otro para evitar que la inteligencia de la Bratva o de la policía rastree nuestras frecuencias y se den cuenta de la relación que existe entre nosotros.
Tenemos que ser extremadamente cuidadosos, Luna; no queremos cometer un solo error de cálculo y terminar pagando el precio en el infierno.
Al leer la última palabra, guardé el teléfono con una sonrisa helada en los labios.
En mi mente, la advertencia de Dimitri sobre el peligro de terminar en el infierno sonaba casi idílica en comparación con la realidad de mi apellido.
Yo no le temo en lo absoluto a conocer el infierno de la violencia, ni mucho menos me asusta la idea de tener que conquistarlo para asegurar mi propia supervivencia.
Como una auténtica Romanov, soy perfectamente capaz de ejecutar las acciones más frías y despiadadas por asegurar mi propio beneficio operativo.
Al alzar la vista del dispositivo, la realidad me golpeó de frente.
Me encontré con que mi padre, Maximiliano Romanov, caminaba a pocos metros de mi posición en los jardines, conversando en voz baja con sus jefes de seguridad operativa.
Apagué el teléfono privado de inmediato, deslizándolo con agilidad oculta entre los pliegues sedosos de mi vestido azul cobalto, y me esforcé por relajar por completo cada facción de mi rostro para borrar cualquier rastro de agitación o sospecha.
Caminé con paso firme y grácil hacia su imponente figura y le dije con voz clara:
—Buenas noches, padre. La gala está resultando un éxito absoluto para las relaciones de la organización —le sonreí de forma encantadora, adoptando mi papel de la hija menor devota, y él imitó mi acción con ese rostro severo que rara vez se suavizaba ante el mundo.
—Dasha, mi niña... qué bueno que te encuentro en los jardines, apenas te estaba buscando entre la multitud de invitados porque necesito con urgencia que me ayudes a revisar unos balances financieros de la ruta de los muelles —me comunicó mi padre con seriedad, evaluando mi lenguaje corporal en segundos.
Le guiñé un ojo con complicidad, un código gestual privado que compartíamos desde hacía años y que le daba a entender que poseía el control absoluto de las cifras y que podía continuar hablando con total tranquilidad frente a sus guardaespaldas sin levantar sospechas.
Era un mecanismo de sincronización perfecto que hacíamos los dos para mantener el orden económico de la Bratva.
—Por supuesto que sí, padre. Estoy completamente a tu disposición para revisar los números de inmediato —respondí, siguiéndole el paso con elegancia hacia el despacho privado de la hacienda.
La sonrisa que adornaba mi rostro en ese instante frente a los invitados de la mafia era enorme y convincente, pero la verdadera naturaleza de mi satisfacción interna no se debía a los millones de rublos del lavado de dinero, sino a la adrenalina que me provocaba el juego de espejos en el que me había metido voluntariamente con el hombre que había capturado mis sentidos desde nuestro primer encuentro en Moscú.
Dimitri Korovin era un peligro tan ardiente e implacable como el mismo infierno, un apuesto y letal agente de operaciones especiales de la FSB que poseía una inteligencia estratégica brillante detrás de su fachada de civil noble y comprensivo.
Sin embargo, aunque la atracción carnal y la necesidad psicológica de afecto fueran tan inmensas en mis noches de soledad, la realidad fáctica de la mafia roja seguía dictando las leyes de mi destino: yo era Dasha Romanov, la hija menor y el cerebro financiero del Pakhan más buscado de Rusia, lo que convertía nuestro idilio en una imposición imposible, una traición directa que la Bratva pagaba con plomo.
Aunque Dimitri creyera que me tenía acorralada bajo su investigación encubierta y que yo era una civil inofensiva llamada Luna entregándole los secretos de mi padre por puro amor, la realidad es que yo ya había conquistado las leyes de su agencia mediante el engaño, y no sentía el menor temor de tener que conquistar el infierno de la traición para salvaguardar mi propio espacio de libertad.
Estoy dispuesta a hacerlo absolutamente todo, a mover las finanzas y a utilizar mis conocimientos jurídicos para sostener este juego con Dimitri Korovin, y no me interesa en lo absoluto el precio de sangre que deba pagar ante la jerarquía de mi familia cuando las cartas caigan sobre la mesa.
¿O acaso mi propia arrogancia analítica me traicionará, obligándome a quemarme en las llamas de mi propia mentira antes de que sea capaz de cumplir con mi cometido de supervivencia?
El tablero de ajedrez estaba en llamas, y yo me disponía a mover la siguiente pieza con la frialdad de un verdugo.
CAPÍTULO 16
Dasha Romanov
Acompañé a mi padre a través de los senderos de piedra que serpenteaban por los jardines de la hacienda, alejándonos del estrépito de la música, las risas de los invitados y el tintineo constante de las copas de champán.
El aire fresco de la noche moscovita no lograba disipar la densidad que se asentaba en mi pecho.
Nos detuvimos frente a una estructura sobria, una especie de cuarto de cemento y hormigón armado que mi padre utilizaba como búnker de reuniones exprés cuando el negocio familiar exigía un entorno completamente hermético, libre de micrófonos y ojos indiscretos.
Al cruzar el umbral, mis ojos registraron de inmediato la silueta de Francesco De Angelis, flanqueado por dos de sus hombres de confianza.
Su sola presencia en ese espacio privado me provocó un rechazo visceral que me costó disimular bajo mi máscara analítica.
No he olvidado en absoluto, ni por un solo segundo, que mi familia y la del señor De Angelis se encuentran atravesando un bache profundo y hostil por todo lo que sucedió después de aquella fatídica vez en la que el Capo siciliano fue apresado en la frontera por la unidad de inteligencia de la FSB.
En nuestro mundo, el hampa tiene una memoria de elefante y un código de honor de hierro; podemos gesticular de forma hipócrita ante las cámaras, estrechar las manos y emitir discursos corporativos asegurando que hemos perdonado las ofensas del pasado en beneficio del mercado, pero, en el fondo de nuestra psique, seguimos recordando cada filtración con una furia sorda y calculadora.
Nos limitamos a sonreír mientras diseñamos la estrategia de venganza perfecta para ejecutarla en cuanto la oportunidad se presente y el tablero juegue a nuestro favor.