CAPÍTULO 13 #7
—Buenas noches, padre. La gala está resultando un éxito absoluto para las relaciones de la organización —le sonreí de forma encantadora, adoptando mi papel de la hija menor devota, y él imitó mi acción con ese rostro severo que rara vez se suavizaba ante el mundo.
—Dasha, mi niña... qué bueno que te encuentro en los jardines, apenas te estaba buscando entre la multitud de invitados porque necesito con urgencia que me ayudes a revisar unos balances financieros de la ruta de los muelles —me comunicó mi padre con seriedad, evaluando mi lenguaje corporal.
Le guiñé un ojo con complicidad, un código gestual privado que compartíamos desde hacía años y que le daba a entender que poseía el control absoluto de las cifras y que podía continuar hablando con total tranquilidad frente a sus guardaespaldas sin levantar sospechas.
Era un mecanismo de sincronización perfecto que hacíamos los dos para mantener el orden económico de la Bratva.
—Por supuesto que sí, padre. Estoy completamente a tu disposición para revisar los números de inmediato —respondí, siguiéndole el paso con elegancia hacia el despacho privado de la hacienda.
La sonrisa que adornaba mi rostro en ese instante frente a los invitados de la mafia era enorme y convincente, pero la verdadera naturaleza de mi satisfacción interna no se debía a los millones de rublos del lavado de dinero, sino a la adrenalina que me provocaba el juego de espejos en el que me había metido voluntariamente con el hombre que había capturado mis sentidos desde nuestro primer encuentro en Moscú.
Dimitri Korovin era un peligro tan ardiente e implacable como el mismo infierno, un apuesto y letal agente de operaciones especiales de la FSB que poseía una inteligencia estratégica brillante detrás de su fachada de civil noble y comprensivo.
Sin embargo, aunque la atracción carnal y la necesidad psicológica de afecto fueran tan inmensas en mis noches de soledad, la realidad fáctica de la mafia roja seguía dictando las leyes de mi destino: yo era Dasha Romanov, la hija menor y el cerebro financiero del Pakhan más buscado de Rusia, lo que convertía nuestro idilio en una imposición imposible, una traición directa que la Bratva pagaba con plomo.
Aunque Dimitri creyera que me tenía acorralada bajo su investigación encubierta y que yo era una civil inofensiva llamada Luna entregándole los secretos de mi padre por puro amor, la realidad es que yo ya había conquistado las leyes de su agencia mediante el engaño, y no sentía el menor temor de tener que conquistar el infierno de la traición para salvaguardar mi propio espacio de libertad.
Estoy dispuesta a hacerlo absolutamente todo, a mover las finanzas y a utilizar mis conocimientos jurídicos para sostener este juego perverso con Dimitri Korovin, y no me interesa en lo absoluto el precio de sangre que deba pagar ante la jerarquía de mi familia cuando las cartas caigan sobre la mesa.
¿O acaso mi propia arrogancia analítica me traicionará, obligándome a quemarme en las llamas de mi propia mentira antes de que sea capaz de cumplir con mi cometido de supervivencia?
El tablero de ajedrez estaba en llamas, y yo me disponía a mover la siguiente pieza con la frialdad de un verdugo.
CAPÍTULO 15
Luka Romanov
Todo se nos salió de las manos. El complejo engranaje de la Bratva roja no se detiene por dilemas morales ni por las sombras que acechan en las fronteras, y la vida en la cima de la pirámide criminal exige que las apariencias se mantengan con una frialdad matemática.
Hoy era el día en el que mi hermana mayor, Katya, estaba cumpliendo veinticinco años, un hito dinástico que nuestro padre, Maximiliano Romanov, decidió celebrar a lo grande, despojando la jornada de cualquier rastro de paranoia operativa.
Ordenó confiscar y blindar una preciosa hacienda de arquitectura imponente, ubicada en una zona rural profundamente alejada del bullicio vigilado de Moscú.
Para demostrar su vigencia y autoridad como Pakhan, invitó, de forma literal, a todo aquel líder que poseyera un nombre de relevancia en el circuito del hampa internacional.
Iba a ser una celebración de proporciones descomunales, un despliegue de opulencia y poder que funcionaba como un mensaje directo a nuestros enemigos de la FSB: a pesar de todos los problemas y las investigaciones federales que nos agobian a diario, los Romanov seguían dictando las reglas del juego.
Queríamos y necesitábamos dejar todo lo malo a un lado por lo menos durante veinticuatro horas.
Me encontrábamos en mi habitación terminando de ajustar los últimos detalles de mi vestimenta cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
—¿Qué tienes pensado entregarle a Katya este año, Luka? —mi hermana menor, Dasha, apareció en el umbral, rompiendo el silencio del cuarto mientras sostenía una elegante caja de terciopelo oscuro en una de sus manos.
Ella ya se encontraba completamente lista para la gala de la noche.
Había optado por un vestido azul cobalto que le caía con una sofisticación impecable hasta un poco antes de las rodillas, complementado de forma clásica con un collar de perlas finas que resaltaba la blancura de su cuello.
Texturas de seda, llevaba el cabello oscuro perfectamente recogido en una coleta alta y tirante, y sus labios estaban pintados de un nítido color rojo carmesí que contrastaba fuertemente con la palidez de sus facciones analíticas.
Dulce en su apariencia externa y preciosa en sus ademanes, dos adjetivos superficiales que el resto del mundo usaba para describirla a la perfección, ignorando por completo al cerebro financiero y calculador que se escondía detrás de esa fachada de abogada inofensiva.
—¿Qué es exactamente esa joya que traes ahí con tanto misterio? —le pregunté, dándome la vuelta frente al espejo mientras acomodaba los puños de mi camisa.
Dasha caminó con paso ligero, se sentó con naturalidad en el filo de mi cama y me extendió la caja con un gesto de suficiencia. La abrí con cuidado, encontrándome con un imponente anillo de rubí engarzado en oro blanco, una pieza que despedía un brillo sangriento bajo la luz artificial.
—Vaya... esto sí que encaja perfectamente con la estética y el temperamento de la chica de fuego —admití, cerrando la tapa con un chasquido sutil—.
Pero me temo, mi querida hermana, que el regalo que he seleccionado para ella este año va a superar las expectativas de todos en la mesa principal.
He conseguido algo que realmente apela a su naturaleza operativa.
Dasha me lanzó una sonrisa cargada de un sano escepticismo y, con una agilidad felina, me arrebató la caja de terciopelo de las manos.
—Como tú digas, Luka. Supongo que la validez de tu arrogancia la comprobaremos dentro de muy pocas horas, cuando comiencen los brindis —me guiñó un ojo con complicidad antes de levantarse de la cama y acercarse para plantar un beso afectuoso sobre mi mejilla—.
Muévete de una vez, que la comitiva de seguridad ya está lista, la celebración está por empezar y tenemos que estar allá antes que los invitados internacionales.
No estarás pensando en llegar tarde y hacer que el Pakhan pierda la paciencia, ¿o sí?
—Evidentemente no planeo cometer un error logístico tan básico como llegar tarde al evento del año —le contesté, acomodándome el saco del traje de alta costura.
Dasha asintió, manteniendo esa sonrisa ligera y enigmática que nunca desaparecía de su rostro cuando se movía dentro de los hilos de la familia.
—¿Andando? ¿Y qué hay de Katya? ¿Quién se va a encargar de custodiarla y llevarla directamente hasta la hacienda? —interrogué, deseando que ella aclarara ese detalle del protocolo de traslado, sabiendo que mi hermana mayor era un blanco de alto valor en este momento de transiciones inminentes.
—No se trata de ninguna fiesta sorpresa de la que ella deba enterarse a último minuto, por si eso es lo que estás asumiendo en tu mente militar, Luka.
Ella coordinó los perímetros —me aclaró Dasha, encaminándose hacia la salida—.
Ahora, respondiendo formalmente a tu pregunta.
.. voy a ser yo misma la que se encargue de conducir el vehículo principal y trasladar a Katya bajo mi propia responsabilidad.
Me regaló una última mirada de suficiencia y desapareció de mi vista por el pasillo. No me quedó más opción que acelerar mis movimientos, ajustar el arma de servicio en la cartuchera oculta de mi traje elegante y salir de la propiedad rumbo al convoy blindado.
Al llegar al casco principal de la hacienda donde se realizaba el evento, tuve que admitir internamente que el diseño arquitectónico y la iluminación ornamental creaban un espacio verdaderamente imponente y estético.
Aquello me causó un leve alivio, porque mi hermana mayor siempre se ha preocupado de forma casi neurótica por la perfección visual y el impacto de las cosas que llevan su nombre.
Sin embargo, cualquier atisbo de tranquilidad se disolvió por completo de mi rostro apenas registré el área VIP.
Mis ojos captaron de inmediato las facciones cínicas de los líderes de la mafia siciliana moviéndose entre nuestros hombres.
La presencia de la Cosa Nostra en una celebración familiar de los Romanov, especialmente después de las recientes tensiones con la FSB, encendió todas mis alertas tácticas.
Decidí tragarme el orgullo, mantener la diplomacia obligatoria y acercarme a saludar de la forma más cordial y protocolaria que fuera posible dentro de los códigos del hampa.
Aunque, para ser honesto, mis verdaderas intenciones eran medir el terreno y entender qué clase de juego estaba permitiendo mi padre.