CAPÍTULO 13 #5
—No te lo tomes como un ataque personal, hombre, tan sólo estoy intentando darte un consejo de supervivencia corporativa —intervino Franco, el hermano menor, mostrando una actitud considerablemente más calmada y reflexiva—.
Es mejor que aprendas a tomar una sana distancia emocional de las decisiones del Pakhan mientras esas responsabilidades penales no caigan legalmente sobre ti.
Usa este tiempo de transición para aprender las sutilezas del contrabando internacional y la diplomacia.
Sabes perfectamente que esos conocimientos te van a servir de mucho en un futuro muy cercano, cuando tengas que sentarte en la cabecera de la mesa.
Más aún si estás destinado a ser el siguiente gran líder del hampa ruso.
Escuchar el recordatorio de mi futuro dinástico me causó un vacío en el estómago. Franco hablaba de ello como si ese fuera mi mayor sueño de infancia, el pináculo de mis aspiraciones personales en la vida.
—Francesco... —me acerqué un paso más a él, reduciendo el espacio físico entre nosotros para que los guardaespaldas de la Cosa Nostra no captaran el tono confidencial de mis palabras—.
Lo que verdaderamente menos deseo en este maldito mundo es convertirme en el Pakhan de la mafia roja.
Si pudiera elegir, jamás habría formado parte de esta estructura.
En realidad, nunca me ha terminado de agradar este entorno lleno de sangre, traición y clandestinidad, pero tú más que nadie conoces la mentalidad de hierro de mi padre.
Es evidente que Maximiliano Romanov jamás aceptaría que su único hijo varón se negara a seguir sus pasos en la Bratva.
Estoy atado de manos a los negocios de la familia por un contrato de sangre, al igual que mis dos hermanas. No tenemos una salida limpia.
—¿Y por qué no intentas simplemente decírselo de frente?
—Franco habló de nuevo, fijando sus ojos oscuros en mí con una honestidad que no esperaba de un De Angelis—.
Sé que debe ser una carga psicológica espantosa ser el hijo de Maximiliano Romanov, el hombre más temido y poderoso de Rusia en los últimos treinta años, y entiendo que debas cargar con una cantidad absurda de responsabilidades operativas sobre tus hombros desde muy joven.
No obstante, considero que es mucho más destructiva y compleja la idea de pasar el resto de tus días fingiendo ser alguien que verdaderamente no quieres ser en tu fuero interno.
Te sentirás aliviado si tienes las agallas de hacer lo que deseas, sin tener que ocultar tus verdaderos pensamientos detrás de un uniforme de la mafia.
Estaba a punto de articular una respuesta jurídica y fría cuando uno de los capitanes de la Cosa Nostra se acercó con urgencia al oído de Francesco, interrumpiendo nuestro intercambio.
—Les pido disculpas a ambos, pero los negocios no esperan.
Voy a tener que retirarme a la zona restringida para atender una llamada de Sicilia —declaró el Capo, ajustándose el saco—.
Ustedes dos sigan con su interesante charla filosófica.
Ya nos veremos más tarde durante el banquete principal de Katya.
Con un ademán de la mano se despidió, dejándome a solas con su hermano menor.
Sabía perfectamente que Franco, debido a las jerarquías de la Cosa Nostra y al respaldo de sus capitanes veteranos, estaba diseñado para ser el siguiente Capo indiscutible en caso de que una catástrofe borrara a Francesco del mapa.
Y vaya que ese es un logro de magnitudes titánicas cuando estás plenamente de acuerdo en formar parte de esa maquinaria de violencia y ambición.
Me quedé observándolo en silencio, preguntándome qué pasaba por su mente. ¿Quién en su sano juicio dentro de nuestro entorno no desearía con todas sus fuerzas heredar un imperio de esa relevancia global? Exactamente: soy yo el único extraño que no lo quiere.
—Intenta hablar con tu padre de forma directa, Luka.
La verdad es que no importa si el viejo es un cabeza dura con una mentalidad del siglo pasado; algún día, por puro desgaste biológico, terminará por comprender tus razones al cien por ciento —me comentó Franco con una notable delicadeza y empatía—.
Y que no te importe, en lo absoluto, la opinión condenatoria de tu padre sobre tus elecciones, porque es tu vida, tu libertad y el destino de tu existencia entera lo que está en riesgo sobre esa mesa, no la de él.
Si Maximiliano decidió por su cuenta convertirse en el monstruo criminal que es en la actualidad para llenar su ambición, ese es estrictamente su problema operativo, no el tuyo.
No tienes por qué pagar sus facturas con tu futuro.
Agradecí sus palabras con un asentimiento silencioso, pero la realidad de los Romanov era muy distinta a la de los clanes sicilianos.
Mi padre no pensaba de esa manera liberal.
Él no creía en la libre elección de sus vástagos.
El simple hecho biológico de haber nacido como su hijo varón me convertía, de forma automática e inmediata, en un aprendiz de la mafia, un activo de la organización que poseía el poder suficiente para tomar decisiones de vida o muerte y establecer tratados comerciales de millones de rublos.
Eso es exactamente lo que Katya, Dasha y yo somos ante los ojos implacables de Maximiliano Romanov, el lobo de la Bratva.
A mi padre le llaman "El lobo Romanov" en todo el circuito de Europa del Este y la explicación analítica es sumamente sencilla: un lobo es un líder alfa implacable, un estratega de la manada a quien debes profesar un miedo reverencial debido a sus habilidades de caza y su frialdad para eliminar cualquier disidencia interna.
No existe un alias criminal que se ajuste mejor a su naturaleza destructiva que ese.
No hay otro hombre en la federación rusa que pueda llenar el vacío de ese nombre con tanta propiedad como mi padre.
—Franco... ¿puedo hacerte una pregunta de carácter estrictamente personal? —inquirí, modulando el tono de la voz—. Espero que no te lo tomes como una ofensa o una invasión a tu privacidad; tan sólo me ha generado una profunda curiosidad tu postura frente al poder.
—Está bien, adelante con tu interrogante, no tengo ningún inconveniente en responder —contestó Franco, encendiéndose un cigarrillo con parsimonia—.
Que quede claro entre nosotros que no comparto la personalidad problemática ni los arranques de soberbia de mi hermano mayor.
Honestamente, soy muy distinto a él en todos los sentidos de la gestión del negocio, prefiero la discreción.
Aquello era una verdad fáctica que cualquiera con un mínimo de entrenamiento en análisis de perfiles podría notar de inmediato al entablar un diálogo con él.
El Capo principal de la mafia siciliana, el señor Francesco De Angelis, era un hombre prepotente, dominado por un egocentrismo patológico que se alimentaba de los millones de euros que manejaba y de su innegable inteligencia táctica, la cual lo había caracterizado durante toda su trayectoria en el hampa.
De su vida privada se rumoreaban muchas leyendas en los pasillos de la Interpol, aunque nadie poseía la verdad absoluta sobre sus inicios.
Lo único verídico que se sabía con certeza sobre su biografía es que todo el imperio que controlaba actualmente lo había construido gracias a su propio esfuerzo e instinto criminal, debido a que comenzó en las calles vendiendo sustancias al menudeo para poder alimentar y sacar adelante a su hermano menor.
Sus padres los habían abandonado a su suerte cuando Francesco tenía apenas doce años y Franco siete.
Una historia de supervivencia cruda y triste, que nos dejaba como enseñanza la valentía y la fortaleza que demostró Francesco para tomar las riendas del asunto a una edad tan temprana, a pesar de que el único camino disponible para salvar a su hermano lo convirtiera en un criminal despiadado.
Lo único que verdaderamente debía admirarse de él era esa resiliencia inquebrantable.
—¿Realmente estarías de acuerdo en asumir el cargo de Capo máximo cuando Francesco falte, o en verdad te agrada ser parte activa de esta vida criminal? —le interrogué de frente.
—Sí, sinceramente me agrada el control y el poder operativo que te otorga este entorno —respondió Franco sin vacilar, expulsando el humo del cigarrillo antes de beber un sorbo de su copa de vino tinto—.
He crecido respirando este ambiente de pólvora y dinero al igual que tú, y la única diferencia sustancial entre nuestras posturas es que a mí sí me entusiasma ejecutar este tipo de operaciones estratégicas.
No siento el menor remordimiento ni me arrepiento de mis actos delictivos en lo absoluto.
Así que, analizando tu situación, te deseo la mejor de las suertes cuando decidas plantarle cara a tu padre y manifestarle tus verdaderas intenciones de abandonar la línea de sucesión.
No dudes en tomar una decisión drástica al respecto antes de que sea tarde; mereces tener la vida que tú elijas diseñar, mas no la existencia esclava que otros quieren imponerte por pura conveniencia dinástica.
Te deseo el mayor de los éxitos en esa confrontación con el viejo, y procura. ..