CAPÍTULO 13 #4
Ella ya se encontraba completamente lista para la gala de la noche.
Había optado por un vestido azul cobalto que le caía con una sofisticación impecable hasta un poco antes de las rodillas, complementado de forma clásica con un collar de perlas finas que resaltaba la blancura de su cuello.
Llevaba el cabello oscuro perfectamente recogido en una coleta alta y tirante, y sus labios estaban pintados de un nítido color rojo carmesí que contrastaba fuertemente con la palidez de sus facciones analíticas.
Dulce en su apariencia externa y preciosa en sus ademanes, dos adjetivos superficiales que el resto del mundo usaba para describirla a la perfección, ignorando por completo al cerebro financiero y calculador que se escondía detrás de esa fachada de abogada inofensiva.
—¿Qué es exactamente esa joya que traes ahí con tanto misterio? —le pregunté, dándome la vuelta frente al espejo mientras acomodaba los puños de mi camisa.
Dasha caminó con paso ligero, se sentó con naturalidad en el filo de mi cama y me extendió la caja con un gesto de suficiencia. La abrí con cuidado, encontrándome con un imponente anillo de rubí engarzado en oro blanco, una pieza que despedía un brillo sangriento bajo la luz artificial.
—Vaya... esto sí que encaja perfectamente con la estética y el temperamento de la chica de fuego —admití, cerrando la tapa con un chasquido sutil—.
Pero me temo, mi querida hermana, que el regalo que he seleccionado para ella este año va a superar las expectativas de todos en la mesa principal.
He conseguido algo que realmente apela a su naturaleza operativa.
Dasha me lanzó una sonrisa cargada de un sano escepticismo y, con una agilidad felina, me arrebató la caja de terciopelo de las manos.
—Como tú digas, Luka. Supongo que la validez de tu arrogancia la comprobaremos dentro de muy pocas horas, cuando comiencen los brindis —me guiñó un ojo con complicidad antes de levantarse de la cama y acercarse para plantar un beso afectuoso sobre mi mejilla—.
Muévete de una vez, que la comitiva de seguridad ya está lista, la celebración está por empezar y tenemos que estar allá antes que los invitados internacionales.
No estarás pensando en llegar tarde y hacer que el Pakhan pierda la paciencia, ¿o sí?
—Evidentemente no planeo cometer un error logístico tan básico como llegar tarde al evento del año —le contesté, acomodándome el saco del traje de alta costura.
Dasha asintió, manteniendo esa sonrisa ligera y enigmática que nunca desaparecía de su rostro cuando se movía dentro de los hilos de la familia.
—¿Y qué hay de Katya? ¿Quién se va a encargar de custodiarla y llevarla directamente hasta la hacienda? —interrogué, deseando que ella aclarara ese detalle del protocolo de traslado, sabiendo que mi hermana mayor era un blanco de alto valor en este momento.
—No se trata de ninguna fiesta sorpresa de la que ella deba enterarse a último minuto, por si eso es lo que estás asumiendo en tu mente militar, Luka.
Ella coordinó los perímetros —me aclaró Dasha, encaminándose hacia la salida—.
Ahora, respondiendo formalmente a tu pregunta.
.. voy a ser yo misma la que se encargue de conducir el vehículo principal y trasladar a Katya bajo mi propia responsabilidad.
Me regaló una última mirada de suficiencia y desapareció de mi vista por el pasillo. No me quedó más opción que acelerar mis movimientos, ajustar el arma de servicio en la cartuchera oculta de mi traje elegante y salir de la propiedad rumbo al convoy blindado.
Al llegar al casco principal de la hacienda donde se realizaba el evento, tuve que admitir internamente que el diseño arquitectónico y la iluminación ornamental creaban un espacio verdaderamente imponente y estético.
Aquello me causó un leve alivio, porque mi hermana mayor siempre se ha preocupado de forma casi neurótica por la perfección visual y el impacto de las cosas que llevan su nombre.
Sin embargo, cualquier atisbo de tranquilidad se disolvió por completo de mi rostro apenas registré el área VIP.
Mis ojos captaron de inmediato las facciones cínicas de los líderes de la mafia siciliana moviéndose entre nuestros hombres.
La presencia de la Cosa Nostra en una celebración familiar de los Romanov, especialmente después de las recientes tensiones con la FSB, encendió todas mis alertas tácticas.
Decidí tragarme el orgullo, mantener la diplomacia obligatoria y acercarme a saludar de la forma más cordial y protocolaria que fuera posible dentro de los códigos del hampa.
Aunque, para ser honesto, mis verdaderas intenciones eran medir el terreno y entender qué clase de juego estaba permitiendo mi padre.
—Francesco, Franco... la verdad es que no creí que el destino nos obligaría a vernos las caras una vez más tan pronto, luego de los delicados sucesos de la frontera —señalé al aproximarme a su mesa, manteniendo una postura rígida.
El mayor de los hermanos, Francesco De Angelis, quien ostentaba el título de Capo absoluto de su organización, enarcó una ceja con arrogancia y dejó escapar una risa seca y carente de humor real antes de responder.
—Buenas tardes a los dos —añadí, sosteniéndole la mirada fija.
—Luka, mi estimado heredero, yo había asumido exactamente el mismo escenario de distancia.
Sin embargo, ya ves perfectamente cómo se manejan las alianzas de alto nivel en este negocio —declaró Francesco, propinándome un golpe palmario en el hombro con una familiaridad forzada que logró que frunciera el ceño con disgusto.
Estaba profundamente molesto y contrariado.
En mi esquema mental, Maximiliano Romanov no podía haber perdonado de forma tan simple y displicente al italiano sin haber recibido una compensación masiva a cambio.
Mi padre no podía ser tan descuidado como para ceder de esa manera frente a un hombre que nos había expuesto ante las autoridades federales, a menos que estuviera tejiendo una trampa mortal.
—Nos han invitado formalmente a celebrar las veinticinco primaveras de la chica de fuego de la mafia roja —continuó el Capo siciliano, acomodándose el reloj de oro—.
Y, por supuesto, ni mi hermano ni yo íbamos a dejar pasar una oportunidad tan lucrativa para saludarla en persona, estrechar lazos comerciales y entregarle un obsequio a la altura de su reputación.
Nadie en su sano juicio dentro de la jerarquía se perdería una gala de esta magnitud, cabe recalcar. Es una demostración de estatus.
—Pues les agradezco el detalle de estar presentes para respaldar a Katya en su día —respondí, modulando el tono para no desatar un conflicto en medio del salón—.
No obstante, mi inconformidad personal y mi extrañeza se deben estrictamente a que yo suponía que tenías asuntos severos que resolver con mi padre debido a las filtraciones con la FSB, y que debido a ese factor de riesgo.
.. —no pude concluir la frase analítica debido a que fui interrumpido de golpe por la prepotencia de Francesco.
—Crees que posees una enorme cuota de poder absoluto en esta mesa solo por el apellido que cargas, ¿no es así, Luka?
—soltó de repente, dejando caer la frase como un insulto velado que puso a prueba toda mi disciplina militar.
Tuve que apretar los puños en los bolsillos del pantalón y contener el impulso violento de golpearlo hasta romperle la mandíbula.
Qué demonios se creía este pedazo de imbécil egocéntrico—.
Ay, Luka... sé perfectamente que es prácticamente un hecho consumado e inevitable que te convertirás en el mayor heredero del imperio de tu padre, que las finanzas de la Bratva pasarán a tus manos y que serás el siguiente Pakhan de la mafia rusa.
Todo el mundo en Europa lo sabe. Sin embargo, sí me gustaría otorgarte un consejo profesional de hombre a hombre: mientras ese cargo supremo no te pertenezca de forma directa y legal, no te tomes tan a pecho ni te desgastes con los problemas operativos de tu padre.
Al final de cuentas, es él quien está tomando las decisiones estratégicas, y si sus errores no afectan directamente tu libertad en este instante, todo está marchando bien para ti, campeón.
Cuando te conviertas en el jefe absoluto de la Bratva y cada bala que se dispare en Rusia afecte directamente tus ganancias, entonces te lo tomas en serio y actúas con esa rigidez.
Tienes que relajarte un poco, disfrutar del vodka y dejar que sea tu padre el que cargue con el peso de sus propias malas decisiones.
Me quedé en silencio, analizando sus palabras de forma fría.
A pesar de su tono condescendiente, mi mente analítica empezaba a comprender el trasfondo de su punto de vista pragmático.
Puede que tuviera razón en que me estaba tomando las crisis familiares de forma demasiado personal y visceral, no obstante, el desapego era una imposición imposible para mí cuando pasas las veinticuatro horas del día trabajando en el núcleo táctico de la organización.
—Comprendo lo que intentas decir, Francesco, a pesar de que la estructura de los Romanov es sustancialmente más compleja y vertical de lo que imaginas desde fuera.
Mi padre nos involucra de forma directa en sus movimientos más importantes —respondí, manteniendo la compostura—.
Siempre estoy en medio del fuego cruzado, independientemente de si estoy de acuerdo o no con sus directrices.