Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Dimitri Korovin

Luna mentía, y aquello era una certeza matemática gracias a las sutiles pero erráticas reacciones de su lenguaje corporal.

Por alguna razón de peso que en ese preciso instante yo pretendía ignorar en voz alta, ella estaba sumamente nerviosa.

Sus manos, usualmente firmes, temblaban levemente al intentar sostener el hilo de nuestra conversación, y la rigidez de sus hombros delataba una tensión defensiva absoluta.

—Sé perfectamente que estás ocultando algo de gran magnitud, bonita.

.. —susurré directamente en su oído, dejando que el calor de mi aliento contrastara con la rigidez de su postura.

En cuanto me alejé un par de centímetros para evaluar su rostro, noté cómo sus facciones se habían puesto pálidas de inmediato, perdiendo todo el color natural bajo la luz tenue de mi sala de estar.

Sí, vaya que mi instinto de cazador tenía toda la razón—.

Te tengo una muy mala noticia, Luna: la verdad es que eres una pésima mentirosa cuando te encuentras acorralada.

Se quedó en completo silencio, bajando la mirada de inmediato hacia el suelo de madera, asimilando mis palabras con la pesadez de quien entiende que ha caído en una trampa sin salida y que no tendría otra opción real que hablarme con la verdad.

Yo la observaba desde mi posición de superioridad, manteniendo una calma ensayada que ocultaba el verdadero motor de mis acciones.

Fingía ser el hombre enamorado y ciego, el civil apasionado que se descolocaba ante el misterio de su novia, pero la realidad era infinitamente más oscura, más fría y calculada.

Yo no estaba adivinando. Yo no era un observador casual que tropezaba con sospechas de alcoba.

La verdad es que yo sabía exactamente quién era ella mucho antes de que cruzara el umbral de mi apartamento esa noche, e incluso mucho antes de que nuestros ojos se encontraran fingiendo un azar idílico en aquella galería de arte de Moscú.

Había pasado meses enteros de mi carrera en la FSB investigando las ramificaciones financieras de la Bratva roja, desenterrando registros clasificados, cuentas fantasma en paraísos fiscales y cruzando bases de datos internacionales.

Había seguido el rastro de la escurridiza lavadora de dinero del clan Romanov hasta ponerle un nombre, un rostro y una rutina.

Sabía que "Luna" era una fantasía jurídica; sabía, mediante informes periciales que guardaba bajo llave en mi caja fuerte del cuartel, que la mujer que dormía en mi cama era Dasha Romanov, la hija menor de Maximiliano Romanov, el Pakhan más peligroso y buscado de toda Rusia.

Me había acercado a ella con un propósito estrictamente operativo, diseñando cada encuentro, cada sonrisa y cada palabra para infiltrarme en su psique y usarla como el caballo de Troya que destruiría el imperio de su padre desde las entrañas.

Pero en este instante del juego psicológico, necesitaba que ella ejecutara la confesión por su cuenta.

Necesitaba que rompiera su propia seguridad para evaluar su nivel de vulnerabilidad emocional.

Fingí una rigidez moral, adoptando el papel del novio decepcionado que exige transparencia para salvaguardar el futuro de una relación idílica.

—¿Andando? ¿Qué es lo que tienes que decirme entonces para justificar este engaño? —volví a preguntarle, endureciendo el tono de mi voz mientras cruzaba los brazos.

Ella tragó saliva con dificultad, un gesto involuntario que delató su pánico. Fue cuando supe que el conflicto interno que experimentaba su mente era grave y que tendríamos una conversación sumamente seria e irreversible a continuación.

—Dimitri, es que tú simplemente no lo entiendes.

.. —negó con la cabeza, con un hilo de voz ahogada, y las primeras lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos con una rapidez increíble, surcando sus mejillas pálidas—.

No lo entiendes en lo absoluto, por supuesto que no lo haces.

.. Si yo hablara contigo acerca de la verdad de mi vida, sin tapujos ni máscaras, tengo la certeza de que ya ni siquiera querrías volver a mirarme a los ojos, mucho menos estar conmigo.

Y ese es mi mayor temor en este momento, Dimitri.

Siento que todo lo que he tenido que perder en esta existencia maldita, todo el dolor que arrastro, se lo debo a las decisiones de mi padre y a la naturaleza de mi familia en sí.

Nos rodea una oscuridad que lo contamina todo.

Y no, claro que no quiero perderte, porque en este corto tiempo he llegado a tenerte un gran cariño, un afecto real que me asusta.

.. Sé que no sería justo arrastrarte a esto, pero sí podría llegar a comprender perfectamente que tomaras la decisión de marcharte y no quisieras volver a saber de mí debido a la gravedad de lo que oculto.

Voy a comprender tu rechazo, en serio. Nadie en su sano juicio querría estar conmigo después de enterarse de la realidad de mi apellido.

—Puedo llegar a entender perfectamente cualquier escenario si tan solo me otorgas la oportunidad de conocerlo —mentí con una suavidad aterciopelada, dando un paso al frente para juntar nuestras manos y plantar un beso tierno sobre su mejilla húmeda, fingiendo una empatía absoluta que no sentía.

Mi mente seguía registrando cada palabra como una anotación en un informe criminal—.

Todo el mundo posee secretos oscuros en este mundo, Luna, y no somos malas personas por el simple hecho de protegernos.

Todos cometemos errores de cálculo y podemos remediarlos porque somos seres humanos y nos equivocamos constantemente. Confía en mí.

Dasha me miró a través del velo de sus lágrimas, buscando desesperadamente un rastro de falsedad en mis ojos azules. Mi entrenamiento en contrainteligencia de la FSB me permitía sostenerle la mirada con una inocencia perfecta, una máscara inquebrantable de civil enamorado.

—Dimitri... ¿Hasta qué punto podrías soportar el peso de una verdad ilegal?

¿Cuándo pensarás que ya es suficiente y que debes huir de mí?

—preguntó en un susurro, su cuerpo temblando levemente—.

Tan solo deseo saber si estás realmente listo para el infierno que voy a contarte, sin embargo, también necesito que me prometas por tu vida que, aunque tomes la decisión de no seguir conmigo después de esto, vas a guardar un silencio absoluto.

No puedes hablar con nadie de lo que escuches en esta habitación, no puedes decirle a nadie del exterior.

.. —colocó uno de sus dedos temblorosos sobre mis labios, sellando la petición de manera física—.

Tienes que prometerlo, Dimitri. Tienes que jurármelo.

De igual manera, ya te dije que comprenderé perfectamente si tomas la decisión de cruzar esa puerta e irte, porque la verdad es que no tienes la menor obligación de ganar un boleto personal al infierno que comparto con mi sangre.

No quiero obligarte a hacer lo que no quieres o que sientas lo que no quieres sentir por compromiso.

—Quiero estar contigo por encima de cualquier circunstancia, te quiero a ti con todo lo que eso implique —señalé, forzando una sonrisa afectuosa mientras besaba con delicadeza la punta de su nariz y la rodeaba con mis brazos, estrechándola contra mi pecho con una fuerza fingida pero convincente—.

Y tengo la fortaleza para soportarlo todo por ti, bonita.

Te quiero a ti, porque te has convertido en la niña de mis ojos, el único refugio que me importa.

Dasha soltó un suspiro trémulo, apoyando la cabeza en mi hombro por un segundo antes de distanciarse, como si mis palabras le dieran el valor definitivo para saltar al vacío.

—Dimitri, vas a dejar de pensar de esa manera tan idílica en cuanto opte por decirte la verdad sin más —se puso de pie, rompiendo el abrazo, y caminó con paso lento hasta el corredor, deteniéndose frente a la enorme ventana de cristal que mostraba los rascacielos iluminados de Moscú.

La oí suspirar con una pesadez que parecía cargar el peso de un imperio—.

Vale... te diré la verdad de una vez por todas.

Tan solo... tan solo espero de corazón que no esté cometiendo el peor error de mi vida al hablar de estas cosas tan estrictamente confidenciales contigo, porque ese estúpido error de confianza puede costarme la vida de forma literal.

Mi padre no tiene el más mínimo miedo de ejecutar a sus propios hijos si detecta una traición; él considera que lo único que realmente posee importancia en este mundo es el bienestar y la seguridad de su asociación, de su imperio.

A veces, en mi fuero interno, sí que lo entiendo y justifico, porque bueno, al final del día soy consciente de todo lo que le ha costado llegar hasta donde está, de toda la sangre que ha tenido que derramar para consolidar su posición.

A pesar de su ambición desmedida y de la crueldad de su trabajo, no puedo negar que ha sido un buen hombre con nosotros en ciertos aspectos y un buen padre, que nunca nos ha abandonado en las crisis financieras.

Asentí en silencio desde el centro de la sala, fingiendo sorpresa y confusión ante sus palabras abstractas.

No sabía qué decir en mi papel de civil, pero a estas alturas de la actuación ya había empezado a cuestionarme externamente si esto era un asunto de seguridad nacional, permitiendo que ella viera en mi rostro la duda que esperaba encontrar.

—¿De verdad puedo confiar en ti, Dimitri?

—cuestionó, volviéndose hacia mí con una mirada desesperada, sus ojos fijos en los míos—.

Dime que puedo confiar en ti de forma absoluta, solo necesito escuchar que vas a proteger este secreto y que esto no va a causar mi propia ruina ni la destrucción de mi mente.

Quiero asegurarme con todas mis fuerzas de que no estoy equivocándome al entregarte mi vida.