Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 1 #20
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CAPÍTULO 1 #20

—Lo que pasa es que me he inscrito a un taller intensivo de arte y restauración en el centro de Moscú, ya sabes que es mi gran pasión —mentí sin pestañear, sosteniéndole la mirada con una serenidad ensayada—.

Pero ya sabes perfectamente cómo es mi padre de controlador; no le gusta en lo absoluto que salga de la propiedad estos días, usando como pretexto mi reciente estado de salud y el accidente de la motocicleta.

Sin embargo, el encierro me estaba asfixiando, no he podido evitarlo y ahora mismo estaba tratando de dirigirme hacia allí para adelantar unos lienzos sin que nadie se diera cuenta en la casa.

Pablo... ¿podrías hacer un enorme favor y guardar este pequeño secreto por mí? Te lo pido de mujer a hombre.

—¿Quieres que finja demencia y no le diga a nadie que acabo de verte salir por la puerta trasera?

¿Quieres que lo mantenga en el anonimato absoluto frente al jefe?

—se acercó un poco más a mí, entornando los ojos de esa forma burlona y paternal que solía usar cuando sabía que las travesuras de los hermanos Romanov cruzaban el límite, y yo me limité a asentir con una súplica silenciosa en los ojos—.

Sí, claro, supongo que está bien por esta vez, señorita Dasha.

No tendré ningún problema en guardar el secreto porque sé que no es nada malo ni peligroso, y el jefe no debería impedir que vayas a hacer algo que te distrae y te gusta mucho después de tanto tiempo encerrada.

Vaya tranquila, pero use el auto blindado del taller.

—¡Eres el mejor hombre de esta casa, de verdad!

—le grité en voz baja, dándole un abrazo rápido que demostraba la enorme confianza afectiva que existía entre nosotros.

Le estaba verdaderamente agradecida por su silencio cómplice—.

Que tengas una excelente noche de guardia, Pablo.

Ya veré la forma de recompensarte adecuadamente por el gran favor que me estás haciendo hoy, en serio sí que estoy muy agradecida por tu lealtad conmigo.

—No tienes por qué agradecerme nada, señorita. No es nada, bonita. Solo cuídese de las patrullas en la carretera —se despidió con un asentimiento respetuoso y siguió su camino hacia el despacho de mi padre.

Tomé un respiro hondo para llenar mis pulmones de aire frío antes de subir al automóvil utilitario que había seleccionado, encender el motor en modo silencioso y empezar a manejar por la autopista oscura que conectaba nuestra periferia con los rascacielos de cristal de Moscú.

Durante más de dos horas de trayecto solitario, me limité a encender la radio y escuchar música contemporánea a un volumen moderado, permitiéndome bailar un poco sobre el asiento y mover los dedos contra el volante al compás de la melodía.

Era un mecanismo de defensa psicológico, una forma burda de disociarme para no pensar en el peligro real de lo que estaba haciendo.

Al llegar al edificio residencial de Dimitri, un complejo moderno custodiado por cámaras que me obligaron a bajar la visera de mi gorra, estacioné en el sótano, subí por el ascensor privado hasta su piso y toqué el timbre con dedos temblorosos.

Él me abrió la puerta de inmediato, como si hubiera estado esperando pegado a la mirilla.

—Buenas noches, bonita. Agradezco mucho el que hayas podido venir a mi apartamento a estas horas, aunque te encuentres tan ocupada con los casos de tu bufete jurídico.

Sé perfectamente que tu trabajo como abogada de la justicia es algo sumamente difícil, absorbente y estresante, y te doy las gracias de corazón por haberte tomado el tiempo de venir a verme —se acercó a mí con suavidad, rodeándome la cintura con un brazo para plantar un beso cálido y pausado sobre mi mejilla—.

Estás increíblemente guapa esta noche, Luna. La noche te sienta de maravilla.

—Te agradezco mucho por el cumplido, Dimitri... —murmuré en su dirección, alzando las manos de forma mecánica para acariciar la línea de su rostro, obligándome a sostenerle la mirada azul y profunda.

En lo más oscuro de mi mente, un pensamiento retorcido me golpeó: ojalá pudiera escuchar mi verdadero nombre, Dasha, saliendo de esos carnosos labios en lugar de la mentira que representaba "Luna".

Necesitaba verlo físicamente. Necesitaba desesperadamente tener contacto físico con él, sentir la presión de sus brazos y el calor de su cuerpo ahora que legalmente soy su novia ante sus ojos.

En este preciso instante de mi existencia, soy un maldito desastre interno, un caos de contradicciones que no puedo evitar, y me asusta darme cuenta de que estoy convirtiéndome en la misma persona vulnerable del pasado.

No quiero volver a ser esa versión desvalida; no quiero ser la persona que se mostró tan frágil y rota frente a los demás durante uno de los días más oscuros de su juventud, el día que marcó su destino para siempre en la mansión familiar.

El recuerdo de esa fecha fatídica se desplegó en mi mente con la fuerza de un trauma no resuelto. Habían pasado tres años, pero las voces de mis hermanos y padres seguían resonando en mi cabeza con una claridad espantosa.

—Lo siento mucho, mi niña, pero la familia Lee está oficialmente desaparecida del mapa —mi madre me había anunciado en cuanto tomé asiento en uno de los lujosos muebles de piel de la sala, su voz carente de emoción real pero cargada de una tensión que delataba la gravedad del asunto.

En cuanto esas palabras golpearon mis oídos, sentí que el alma abandonó mi cuerpo por completo y me sentí como la misma mierda, vacía, despojada de todo sustento vital.

Todo el mundo que conocía se me vino encima en un par de segundos y mi mente se desconectó de la realidad ambiental por un tiempo indefinido; lo único que registraban mis sentidos de forma borrosa eran los brazos de Luka y Katya rodeándome, apretándome contra ellos en un intento desesperado por generar un poco de empatía y consuelo conmigo, a pesar de que todos en la Bratva se encontraran profundamente tocados e intimidados por la magnitud de la noticia.

—¿Cómo fue? —me atreví a preguntar en aquel entonces, en el instante en que acumulé las pocas fuerzas que me quedaban para tragarme las lágrimas que me quemaban la garganta y mirar a mi propio padre directo a los ojos.

Sabía perfectamente lo mucho que Maximiliano Romanov apreciaba a esa organización coreana, porque el asesinado capo Lee Jaeyoon era su mejor amigo desde la juventud, un hermano de armas al que adoraba con su vida entera.

Yo entendía que el amor que genera una amistad de décadas en este negocio del crimen es enorme y valioso, pero también sabía que es un sentimiento muy distinto al amor absoluto, posesivo y desgarrador que sentimos por la persona con la que consideramos que queremos compartir cada minuto de lo que nos queda de vida.

El amor tiene matices distintos, pero siempre es precioso, aunque a veces nos duela tanto que desees no haberlo conocido jamás.

—Luego de la ejecución de Jaeyoon en su propio despacho de Manhattan, no se ha vuelto a registrar un solo movimiento de sus cuentas ni de sus hombres de confianza —explicó mi padre, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros fijos en el suelo—.

Simplemente se desvanecieron en el aire.

Los cuatro hermanos Lee huyeron solos en medio de la noche.

La inteligencia de la Bratva no sabe si están vivos o si están muertos bajo el cementerio de Nueva York; no sabemos si han salido del territorio en busca de un poco de tranquilidad y seguridad internacional después del sufrimiento indecible que ha experimentado su familia por las traiciones internas, o si alguna de las mafias rivales los ha secuestrado para extinguir el apellido de una vez por todas.

No sabemos nada en lo absoluto, Dasha, y eso es lo que más me preocupa como Pakhan.

Es casi imposible saber cómo se encuentran o si siguen respirando.

Cerré los ojos con fuerza en aquel sofá, incapaz de asimilar que la realidad pudiera ser tan cruel. Kang Dae estaba desaparecido. Él, justo el hombre que un día antes me había jurado amor eterno, se había evaporado de la faz de la tierra.

—¿No puedes hacer absolutamente nada para rastrearlos, papá? —le cuestioné al hombre que me crio con severidad y varios errores de juicio, sin embargo, lo hizo lo mejor que pudo y ha hecho un trabajo de protección impecable con nosotros al final del día.

Puede que en ese momento yo fuera una joven ingenua que quizás no tuviera ni la más mínima idea de cómo funcionaba la geopolítica del crimen organizado a gran escala, y es que tan solo tenía dieciocho años recién cumplidos, no obstante, sabía perfectamente que mi padre gozaba de un poder tan inmenso como para tener a casi todas las autoridades de la frontera comiendo de su mano.

Si él verdaderamente quisiera mover sus hilos por mí, podría averiguar qué estaba sucediendo detrás de ese telón de sangre.

Necesitaba saber la verdad sobre Dae y necesitaba que mi padre hiciera ese milagro operativo por mí, por el amor que decía tenerme.

—Querido padre, por favor, te lo ruego, tienes que movilizar a tus mejores hombres en el extranjero para tratar de saber qué sucedió con ellos —le supliqué, tomándolo de las manos.

—Mi querida Dasha, todavía eres una niña inocente que no sabe nada de lo que significa esta vida de sombras en realidad, y eso no tiene nada de malo, es mi deber protegerte de la verdad —respondió él, suavizando su mirada severa—.

Yo, que he vivido el triple que tú en las calles, tan solo puedo decirte que hay guerras que no nos corresponden y huidas que son definitivas.