Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 1 #18
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CAPÍTULO 1 #18

—De acuerdo, me alegrará que tomes el control de la situación.

.. —susurré antes de levantarme de la mesa.

Observé de reojo cómo mi hermana mayor imitaba mi movimiento.

Nos separamos de nuestros padres y caminamos hacia la salida de la mansión, y fue allí, bajo el frío cielo exterior, cuando me atreví a decirle a Katya en voz baja:

—Voy a estar pendiente de Dasha al cien por ciento en estos días, Katya.

—Me parece perfecto —ella asintió, dándome la razón—. De todos nosotros, ella es la que tiene la psique más sensible. No permitiré que llegue a sentirse demasiado abrumada otra vez ni que se vea sumida en la depresión y la melancolía que casi la destruyen en el pasado.

—Te doy mi palabra de que lograré averiguar la verdad sobre la familia Lee a través de mis contactos en Italia, mientras más pronto mejor.

Porque si esto es una señal real, debemos actuar; y si es una simple mentira de pasillo, será mejor detener su agonía antes de que se haga ilusiones falsas.

No quiero que sufra por un rumor sin fundamentos.

—Sí, tal vez sea lo mejor. Tú y yo estamos hechos de otra pasta, Katya; podemos soportar el plomo, la tortura y permanecer en una guerra sin fin sin quebrarnos por dentro, no obstante, nuestra hermanita menor no posee esa resistencia a la crueldad.

Es nuestro deber protegerla de todo lo que pueda dañarla.

—¿Puedo confiarte un pensamiento secreto sin que se lo repitas a nadie, Luka?

—interrogó ella en un susurro apenas audible.

De inmediato, moví mi cabeza en un asentimiento firme—.

Me alegraría el alma entera saber que Kang Dae continúa con vida.

Me devolvería un poco de fe en este mundo de mierda.

Y sé perfectamente que a Dasha eso le cambiaría la existencia por completo. Le devolvería la luz que perdió.

—Katya, princesa, tan solo vamos a poder averiguar eso investigando los hechos. Si Dae sigue con vida, lo encontraremos; de lo contrario, tendremos que aceptar que su recuerdo es lo único que nos queda —le dije con mi habitual pragmatismo militar.

—Por el bienestar de su mente, espero de corazón que él esté respirando en algún lado.

—Sí, yo le deseo exactamente lo mismo.

Dimitri Korovin

El anuncio oficial de la recompensa federal otorgada por la dirección de la FSB para la captura o información conducente al arresto de Maximiliano Romanov había sido publicado en todos los servidores internos de la agencia.

Era el despliegue de inteligencia más grande de la historia reciente de Rusia.

Al entrar a la zona de oficinas, vi a Ludmila hablando en voz baja con una mujer muy atractiva, de semblante militar serio y uniforme impecable.

En cuanto la desconocida dio por terminada la breve entrevista, se dio la vuelta y desapareció de mi vista por el pasillo de seguridad.

—¿Has terminado de revisar las credenciales de esa mujer? ¿A qué vino exactamente a la división operativa? —corrí a preguntarle a mi compañera, picado por una intensa curiosidad profesional.

—La oficial Annika Vasiliev acaba de aplicar formalmente para un puesto de transferencia a nuestra unidad táctica el próximo año —Ludmila me aclaró, acomodando los expedientes sobre su escritorio—.

Actualmente se desempeña en la policía estatal, pero acaba de sumar un éxito rotundo a su expediente de carrera.

Su perfil capturó de inmediato mi atención, haciéndome dar un paso al frente para evaluar sus datos—.

Sí, ya sé perfectamente lo que estás pensando, Dimitri.

Te preguntas qué hace tan especial a una simple oficial de calle para pretender ingresar a la FSB en menos de un año.

Pues resulta que es una investigadora implacable que influyó directamente en la captura y extradición de varios líderes de mafias latinoamericanas.

En el entorno de inteligencia civil ya se la considera alguien exquisitamente capaz y letal.

Sería una adquisición táctica excelente para cazar a los Romanov.

Evidentemente, su reputación la precedía.

—Nadie en su sano juicio dudaría de sus capacidades operativas cuando ha logrado desmantelar carteles enteros mientras otros oficiales se limitan a patrullar —comenté, analizando el informe de Vasiliev—.

Ningún oficial común y corriente ha demostrado tanta relevancia en un proceso de investigación federal de este calibre. Tiene agallas.

—Entonces, será un verdadero gusto trabajar codo a codo con ella en un futuro cercano para cercar la frontera —respondió Ludmila, enarcando una ceja con ironía—.

Ahora que todo el aparato del gobierno estará pendiente de los movimientos de la mafia roja, va a ser mucho más fácil y coordinado ejecutar los arrestos. Será un proceso muy entretenido de ver.

—Al fin le buscaremos un sentido real a todas estas horas de vigilancia —murmuré.

—Sí, aunque sabes perfectamente que siempre deseé estar en primera línea para este caso en específico —me dijo ella con una sonrisa burlona de superioridad—.

Un oficial común debe atender cualquier altercado que suceda allá afuera, desde un robo menor hasta una persecución de tránsito, mientras que nosotros nos enfocamos exclusivamente en los tiburones grandes que manejan los hilos económicos del país, ignorando a los peces pequeños que nadan a su alrededor.

Nos pasamos el día entero diseñando perfiles psicológicos sobre el gran tiburón ruso y trazamos como único objetivo de nuestra carrera lograr atraparlo algún día para enviarlo a prisión.

—Y puede que tengan que pasar muchos años de rastreo financiero, pero en cualquier momento el imperio de Maximiliano Romanov se va a ir al carajo por un solo cabo suelto —afirmé con frialdad—.

Sería una lástima que sus hijos terminen pagando con penas de cárcel por los errores operativos de su padre, no obstante, esa es la naturaleza del hampa y no hay nada que podamos hacer desde la FSB para cambiar las reglas del juego. Si están en el negocio, caerán con él.

—Sí, en eso tienes toda la razón del mundo... —murmuró ella, guardando su arma de servicio en la cartuchera—. Ya debo retirarme a mi apartamento. Espero que pases una buena noche de guardia, Dimitri.

—Gracias, Ludmila. Te veré mañana en la reunión de análisis —me despedí, observando cómo recogía sus pertenencias de la mesa y desaparecía de la división en un par de segundos.

Imité sus acciones mecánicamente. Recogí mis informes clasificados, apagué el monitor del sistema de vigilancia y salí de la oficina para subir a mi auto.

Al encender el motor, el silencio del vehículo me trajo de vuelta una urgencia personal que no tenía nada que ver con la placa que cargaba en el pecho.

Busqué de inmediato en mis contactos el número de la preciosa Luna.

Deseaba con urgencia escuchar su voz, hablar con ella y aclarar las cosas; sentía que no me había comportado de la manera adecuada ni caballeresca durante nuestra última cita en mi apartamento.

Esa mujer me gustaba con una intensidad que escapaba a mi control, a pesar de que fuera considerablemente joven a sus veintiún años.

Pero quería construir algo real con ella.

No deseaba que lo nuestro se limitara a encuentros casuales de sexo y pasión descontrolada; deseaba permanecer a su lado en los momentos de estabilidad y en las tormentas, disfrutar de los placeres de la vida y ser felices juntos en un entorno normal.

Quería que se convirtiera en mi complemento de vida, no en una diversión pasajera a la que el tiempo terminaría por borrar.

Marcas el número, el tono resonó tres veces en la línea.

—¿Hola? —la voz de Luna llegó a través del auricular tras un leve y pesado suspiro del otro lado de la línea. Se la escuchaba notablemente incómoda, distante.

—Oh, hola, Luna... —respondí, aclarando mi garganta para sonar lo más sincero posible—. ¿Cómo estás, preciosa?

Su voz, incluso con esa barrera de hielo, era la mejor medicina para quitarme el estrés del cuartel.

—Hola, Dimitri... Estoy un poco cansada por el trabajo en el bufete, para ser honesta —contestó, manteniendo esa distancia analítica que tanto la caracterizaba—. ¿Cómo estás tú, guapetón?

—Un poco agobiado por los casos de la agencia, como de costumbre.

.. —me tomé un momento de silencio, respirando hondo antes de continuar con lo que verdaderamente importaba—.

¿Sabes una cosa, Luna? Siento mucho haberte hecho sentir incómoda o presionada durante nuestra segunda cita en mi casa.

Creo que fui un absoluto estúpido y que no supe cómo tratarte de la forma adecuada y respetuosa que mereces.

No quiero por nada del mundo que pienses que mi único interés en ti se basa en temas de satisfacción sexual, porque no es así en absoluto.

Sé que no he sabido demostrarte mis verdaderas intenciones adecuadamente debido a mis impulsos.

Sé que las palabras impresas nunca serán suficientes para borrar una mala impresión, que lo único que realmente posee valor son mis acciones futuras, y te doy mi palabra de honor de que a partir de este instante será de tal manera. Quiero cuidarte.