Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 1 #14
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CAPÍTULO 1 #14

—¿Por qué tendría que delatarnos ante las autoridades?

—yo había intervenido en esa ocasión, encogiéndome de hombros en un intento ingenuo por buscar una lógica de honor dentro del hampa—.

Al fin y al cabo, somos sus socios comerciales más lucrativos.

No creo que tenga una sola razón válida para romper los códigos de silencio y entregar información confidencial sobre los Romanov.

—¿Por qué no habría de hacerlo, Dasha? —papá se había vuelto hacia mí, con los ojos inyectados en rabia y desprecio por mi aparente inocencia—.

En este negocio, la lealtad es un mito corporativo que se disuelve en cuanto te muestran una celda de aislamiento en Siberia.

Nadie le debe lealtad a nadie cuando se pertenece a bandos diferentes o cuando tu propia libertad está en juego.

La policía y los agentes federales siempre ofrecen tratos de inmunidad o reducciones de condena ridículas a cambio de cabezas más grandes.

Si Francesco puede comprar su salida entregando el organigrama de la mafia roja, nos venderá sin dudarlo un segundo.

—Es imposible que el sistema judicial le permita a un criminal de la talla de De Angelis un trato de ese tipo —Katya había farfullado, poniéndose de pie de un salto, con la mirada encendida—.

Es uno de los hombres más buscados por la Interpol.

La justicia no va a permitir que se les escape de las manos como si nada a cambio de simples testimonios.

De cualquier manera, el nombre de nuestra familia siempre ha estado bajo escrutinio.

Mientras no posean coordenadas exactas o pruebas materiales de nuestras transacciones, no pienso ponerme nerviosa ni alterar mi agenda por un italiano bajo arresto.

—Como sea, no voy a arriesgar el legado de esta dinastía por sus especulaciones —había sentenciado nuestro padre, cortando la discusión con una frialdad militar—.

Quiero que preparen sus maletas de inmediato y salgan del país por rutas separadas.

Cada uno por su lado hasta nuevo aviso. En menos de dos horas los quiero fuera de esta propiedad.

Regresando al presente, el contraste de sus palabras me resultaba insoportable. Mi padre se estaba contradiciendo de una manera flagrante, guiado únicamente por el orgullo herido y la codicia.

—Papá, recuerdo a la perfección que fuiste tú mismo quien nos dio ese discurso sobre la relatividad de la lealtad —le reclamé, caminando de un lado a otro de la oficina, sintiendo que las alfombras caras no lograban amortiguar la tensión de mis pasos—.

También recuerdo que dijiste que te aterraba pensar hasta dónde sería capaz de llegar Francesco para salvar su propio pellejo ante la FSB.

Ahora que sabemos que negoció su salida, considero que deberías ponerte en sus zapatos por una vez en tu miserable vida y entender que hizo lo que cualquiera de nosotros habría hecho en su lugar para evitar la cárcel.

Aprende a perdonar, al menos por los intereses económicos que compartimos.

Me crucé de brazos, deteniéndome frente a su imponente escritorio de caoba, esperando que mis palabras no desencadenaran uno de sus arranques de violencia destructiva.

Sabía que estaba furioso, pero no tenía la menor intención de quedarme callada ni de permitir que desquitara su frustración con sus propios hijos.

No tengo energía para pelear con nadie, simplemente no poseo esa naturaleza belicista que define al resto de mi linaje.

—Lo que me molesta profundamente, Dasha, y creo que ninguno de ustedes posee la madurez comercial para entender todavía, es que el tejido de la confianza se ha roto irremediablemente —explicó mi padre, entrelazando sus dedos texturizados sobre la mesa—.

Tomar distancia de la Cosa Nostra en este momento crítico paralizará los puertos.

He consolidado un mercado de distribución masiva en Medio Oriente en conjunto con la logística de Francesco, y me enfurece que todo ese imperio financiero vaya a tambalearse por su indiscreción con los federales.

No estoy dispuesto a permitir que, por primera vez en mi trayectoria como Pakhan, una inversión de millones de rublos se vaya a la basura por la cobardía de un tercero.

Era un argumento sólido dentro de su retorcida lógica empresarial, pero la violencia no iba a recuperar el terreno perdido.

—Todo ese entramado comercial no tiene por qué terminar en una guerra de sangre —le aconsejé, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza en la mirada—.

Te sugiero que utilices la cabeza y busques la manera de renegociar los términos con De Angelis.

Encuentra un nuevo punto de acuerdo para que puedas continuar con tus operaciones financieras sin desatar un conflicto que llame la atención de la FSB.

Y no lo hagas por consideración al italiano; hazlo estrictamente por la salud del negocio.

Maximiliano Romanov se me quedó mirando en silencio durante unos segundos que parecieron eternos, evaluando mis palabras con la frialdad de un ajedrecista.

Para mi sorpresa, una leve y casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios, una acción que mi padre casi nunca cometía con sus subalternos ni con su familia.

—Puede que tengas una mente analítica brillante para las finanzas, Dasha. Puede que tengas razón en que el flujo de dinero no debe detenerse por una vendetta —admitió, inclinando la cabeza.

Sin embargo, cualquier atisbo de tregua en la habitación se desintegró por completo en cuanto la puerta de la oficina se abrió de golpe.

Luka entró en el comedor anexo a la oficina, con los ojos desorbitados y el rostro completamente pálido, desprovisto de cualquier rastro de su habitual seguridad táctica.

Su lenguaje corporal transmitía una alarma tan genuina que me estremecí de pies a cabeza.

—¡Tenemos una emergencia informativa de primer nivel! —anunció mi hermano, con la respiración entrecortada y una expresión de temor que encendió todas mis alarmas psicológicas.

—¿Qué carajos sucede, Luka? Habla claro antes de que pierda la paciencia —exigió mi padre, poniéndose de pie de inmediato.

—Los analistas de la red acaban de interceptar un reporte confidencial de los movimientos de la FSB.

Francesco De Angelis no solo habló de nosotros para comprar su libertad.

.. El precio de su salida fue entregar la ubicación exacta de las células de la mafia coreana en Nueva York —la mención de la mafia coreana hizo que mi corazón se detuviera por completo en el pecho.

Sentí un zarpazo helado en las entrañas, obligándome a tragar saliva con dificultad mientras el suelo parecía moverse bajo mis pies.

Por favor, imploré en mi mente, esto es lo que menos necesito escuchar.

No ahora. No de esta manera. No quería volver a abrir esa caja de recuerdos que me destrozaba el alma.

—La organización coreana dejó de ser una prioridad estratégica para la Bratva en cuanto el clan Shin tomó el control de los muelles de Manhattan mediante traiciones —comentó mi padre, restándole importancia al asunto con un ademán frío de la mano—.

Lo que suceda con la nueva administración de esos asiáticos me tiene sin cuidado.

A quienes realmente respetaba y consideraba aliados de honor era a la familia Lee.

Pero desde que su estructura colapsó y ellos se desvanecieron de la faz de la tierra, el territorio americano perdió su brillo.

Su padre, Lee Jaeyoon, era mi hermano de armas, mi mejor amigo en este maldito negocio, y hasta el día de hoy sigo estando profundamente agradecido por la lealtad que nos demostró.

El resto de las facciones coreanas no me interesan.

Aquellas palabras de mi padre fueron un golpe bajo directo a mi estabilidad emocional.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y que el entorno comenzaba a desdibujarse, transportándome de golpe a los pasillos oscuros de un pasado que me empeñaba en enterrar bajo toneladas de indiferencia fingida.

Hablar de los Lee, recordar la existencia de esa familia, era revivir mi herida más profunda, la herida que sangraba en silencio cada noche.

El recuerdo de Kang Dae se materializó en mi mente con una nitidez dolorosa.

Recordé la calidez de su mano entrelazada con la mía en los jardines de su antigua residencia, la forma en que su mirada oscura parecía descifrar cada una de mis inseguridades sin necesidad de palabras.

Él no había sido un simple romance de adolescencia, ni el hijo de un socio comercial de mi padre; Dae había sido mi ancla, mi refugio absoluto en medio del caos sangriento de la mafia.

Su pérdida había dejado un vacío tan inmenso en mi pecho que, desde el día de su desaparición, me había sentido como una carcasa vacía, una mujer incompleta que caminaba por la vida simulando una madurez que solo ocultaba un dolor crónico e insoportable.

—Pues creo que vamos a tener que empezar a preocuparnos por la dinastía Lee una vez más —Luka continuó, interrumpiendo mis pensamientos mientras se rascaba la nuca en una clara señal de nerviosismo extremo.

Me lanzó una mirada cargada de una lástima tan evidente que confirmó mis peores temores—.

Nuestros informantes en Asia Oriental acaban de confirmar un avistamiento de alta prioridad.

Han visto a Lee Hyori operando activamente en territorio japonés, bajo la protección de un sindicato local.

Entré en un estado de shock tan profundo que las piernas me fallaron por completo. Tuve que dejarme caer en una de las sillas del comedor, respirando de manera entrecortada bajo la mirada atenta y preocupada de mi familia.