CAPÍTULO 1 #10
—Buenas noches, preciosa. No imaginas el gusto que me causa verte otra vez aquí —Dimitri sonrió, tomando mi mano con delicadeza para plantar un beso suave sobre mis nudillos.
El contacto de sus labios envió un escalofrío directo de pies a cabeza, encendiendo la piel que recordaba su tacto de la noche anterior.
En verdad, era un placer físico volver a tenerlo cerca.
—Dimitri... no imaginas lo mucho que he estado pensando en ti durante los últimos días. No has dejado de dar vueltas en mi mente, eso puedo asegurártelo —le mentí con suavidad, matizando mis palabras mientras me acercaba para besar la punta de su nariz.
Nos fundimos en un fuerte abrazo en el umbral.
Mis brazos se aferraron a su espalda con una fuerza casi desesperada, buscando el calor humano que me faltaba en casa, queriendo refugiarme en su pecho como si fuéramos una pareja real que se necesitaba mutuamente para sentirse completa.
En ese instante de debilidad, quise convencerme de que esto era algo idílico, que tal vez había encontrado a mi alma gemela en el lugar menos pensado, aunque una parte fría de mi mente me recordara que Kang Dae seguía siendo el dueño absoluto de mi alma y que lo que sentía aquí era una suplantación obligada por la soledad.
Me invitó a pasar, cerrando la puerta tras de nosotros.
Al dirigirnos al comedor, noté que la mesa estaba perfectamente dispuesta y que había preparado una cena elaborada para los dos.
El olor a especias y vino inundaba el lugar.
Me quedé helada. Jamás en mi vida nadie me había tratado de esta forma, nadie se había tomado el tiempo de cocinar o planificar un detalle exclusivo para mí.
En mi mundo, los hombres exigen y toman lo que quieren; nadie se detiene a consentir a la hija menor del Pakhan.
Este era un detalle sumamente bonito, si era completamente honesta conmigo misma.
—¿Hiciste todo esto para mí? —cuestioné, sintiendo una emoción genuina en el pecho al recibir ese tipo de atención desinteresada.
—Sí, de hecho, he estado pensando en ti a cada instante de la semana —respondió Dimitri, acercándose para besar mi mano de nuevo mientras me miraba con fijeza.
Le devolví una de mis mejores sonrisas, dejando que la calidez del momento me envolviera—.
Pensé que una cena tranquila podría gustarte después de una semana pesada en tu bufete, así que quise prepararlo yo mismo.
—Me ha gustado más de lo que imaginas —admití, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas por la vergüenza—. Gracias por tomarte la molestia, de verdad significa mucho para mí.
—No es ninguna molestia, lo hago con mucho gusto, Luna —sirvió un poco de vino tinto en nuestras copas y le agradecí con un leve asentimiento de cabeza, tomando asiento frente a él.
—¿En qué tipo de caso estás trabajando ahora en la agencia? —pregunté, estirando mi mano sobre la mesa para delinear la línea de su mandíbula, buscando mantener el control de la conversación y saber qué tanto se acercaba la FSB a mis hermanos.
—Nada en concreto por el momento. A veces el trabajo se estanca y solo dejamos que el mar de la burocracia nos lleve en la dirección que le plazca —contestó, restándole importancia al asunto con una sonrisa ligera—.
El proyecto actual para desmantelar las mafias locales está resultando un dolor de cabeza, así que prefiero centrar mi mente en cosas más agradables esta noche. Como tú.
Asentí, bebiendo un sorbo de vino para pasar el trago amargo del miedo. Estaba sentada frente al cazador de mi familia.
—Este es apenas nuestro segundo encuentro, Dimitri, pero sé perfectamente que no va a ser el último —confesé, entrelazando mis dedos con los suyos y buscando su cercanía física para acallar el ruido en mi cabeza.
Quería demostrarle afecto, necesitaba desesperadamente que este hombre me diera el cariño que mi madre me había negado desde que descubrí su traición—.
Te quiero, Dimitri. Es la segunda vez que nos vemos, lo sé, pero siento que no quiero alejarme de tu lado.
Mis palabras sonaban románticas, pero dentro de mí, el panorama era desolador. "Te quiero" era el grito de una mujer hambrienta de protección, una mentira piadosa para justificar el alivio que me provocaba su cuerpo. No era amor, era la necesidad imperiosa de no sentirme sola en el mundo.
—Querida Luna... tu nombre es tan especial e inolvidable como tú —pronunció él con la voz ronca.
Se levantó de su silla y me atrajo hacia su cuerpo con una brusquedad cargada de deseo, buscando mis labios para devorarme en un beso profundo, demandante y cargado de una lujuria que no pretendía disimular.
Sus manos bajaron por mi espalda con posesión, buscando la entrega física inmediata a la que lo había acostumbrado la noche anterior.
Apreté los dientes contra sus labios, evitando gemir.
Un balde de agua fría me cayó encima. El beso no tenía la ternura que mi alma buscaba; estaba lleno de la urgencia del sexo.
En ese microsegundo, la realidad me abofeteó la cara.
No necesitaba sexo en este momento; no quería que mi cuerpo fuera usado de nuevo como una moneda de cambio o un objeto de placer.
Me moría por un abrazo largo, por una conversación donde me hicieran sentir segura, por un afecto limpio que no tuviera que solucionarse o demostrarse desnudándose dentro de una habitación.
No quería convertirme en su juguete sexual de los fines de semana, ocultándome bajo el pseudónimo de Luna.
La desconexión fue total. El deseo de Dimitri era evidente, pero mi corazón estaba completamente frío, anclado al recuerdo inalcanzable de Kang Dae. Esto era solo pasión carnal, un escape físico que me dejaba el alma vacía.
—Maldición, Dimitri, espera... —lo detuve, apoyando mis manos contra su pecho firme para distanciar nuestros cuerpos—.
Sé que nos deseamos más de lo debido, lo entiendo, pero no quiero que toda esta noche se resuma únicamente a tener sexo.
¿Me entiendes? Quiero que podamos cenar, disfrutar de la compañía del otro y que nos conozcamos un poco más allá de una cama.
Dimitri se detuvo, sorprendido por mi freno de mano. Su mirada cambió de repente, perdiendo la chispa de la lujuria y volviéndose analítica, un poco distante, como si evaluara el cambio de reglas en el juego. Su postura se volvió rígida.
—Sí, claro, no tengo ningún problema con eso. Respeto tus decisiones, Luna —respondió con una cortesía un tanto ensayada, dando un paso atrás para romper el contacto físico y regresar a la cocina a servir la lasaña de carne que había preparado.
—Gracias... —murmuré, sintiendo cómo el aire en el comedor se volvía denso y frío.
Miré el pedazo de papel con su número sobre el escritorio.
El desencanto me llenó el pecho. Comprendí, con una claridad dolorosa, que acababa de arruinar el ambiente y que nuestro segundo encuentro se estaba yendo al carajo por mis exigencias emocionales.
Dimitri no buscaba un alma que rescatar ni una compañera con quien hablar de inseguridades; buscaba la piel de Luna para saciar su adrenalina.
Lo que estaba surgiendo entre nosotros no era amor, ni cariño, ni un refugio contra la tormenta de la Bratva.
Era deseo puro, un contrato implícito de pasión física que no iba a llenar mi soledad, y no sabía si estaba dispuesta a seguir pagando el precio de esa dolorosa fantasía.
CAPÍTULO 9
Katya Romanov
Trataba de contenerme. Todas las emociones que estaba sintiendo estaban por hacerme perder la poca cordura que me quedaba.
La adrenalina, el peligro de que nos descubrieran en pleno hotel controlado por la mafia siciliana, y el amor feroz y desesperado que sentía por Franco se mezclaban en un cóctel explosivo.
No había odio entre nosotros en este momento, solo una pasión descontrolada que nos consumía a ambos.
—¡Ah, sí! ¡Sí! —Gemí alto cuando Franco comenzó a aumentar la rapidez de sus embestidas, el sudor perlaba su frente mientras se movía sobre mí con una determinación feroz.
Me mordí el labio en un intento vano de contener el placer que estaba sintiendo, un placer que amenazaba con hacerme gritar hasta que las paredes temblaran—.
Oh, mierda, Franco... qué bien lo haces. ..
Estábamos en una suite oculta, lejos de los ojos curiosos de la fiesta que celebraba la liberación de su hermano Francesco.
Sabíamos que estábamos jugando con fuego.
Si mi padre, Maximiliano Romanov, o su hermano Francesco De Angelis descubrieran que la "chica de fuego" de la mafia rusa y el heredero de la Cosa Nostra estaban revolcándose entre sábanas de seda, la guerra entre las mafias roja y siciliana sería inevitable.
Pero en este momento, no nos importaban las consecuencias.
Solo existíamos nosotros, y la necesidad urgente de poseernos mutuamente.
—¿Te gusta, muñeca? —Preguntó después de soltar un pequeño gruñido ronco, su voz llena de una posesividad que me hacía temblar.
Sus manos bajaron para acariciar mis senos, sus dedos retorciendo mis pezones con una mezcla de dulzura y exigencia que me hacía jadear.
Sí que este sabía darme el placer que tanto me gustaba.
—Sí... Sí... Me gusta... —confesé, cerrando los ojos y dejando que su cuerpo se moviera a su gusto, entregándome por completo a la sensación de su piel contra la mía.
Amaba follar con Franco, más de lo que amo cualquier cosa en este mundo desalmado en el que vivíamos—.
Más rápido... Mi amor, más rápido... No te detengas. ..