Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 1 #9
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CAPÍTULO 1 #9

—Si ya lo capturamos una vez, sé que no tendremos problema en capturarlo de nuevo —me replicó ella con calma mientras abandonábamos la oficina y nos dirigíamos hacia el estacionamiento subterráneo.

Había sido un día de mierda, a decir verdad.

Recibir quejas del gobierno cuando te dejas la piel en las calles no te pone de un excelente humor—.

De Angelis es mucho más vulnerable ahora que sabe que podemos llegar a él.

Todo el trabajo y las horas que invertimos en su caso no van a ser en vano, a fin de cuentas.

Volveremos a tenerlo bajo nuestro poder y no tendrá manera de escapar del país una segunda vez.

Además, él no es el único objetivo de alto perfil en este mundo.

Tal vez deberíamos centrar nuestra atención en otra estructura, porque eso puede aumentar nuestras posibilidades de éxito al cien por ciento y callar bocas en el ministerio.

Puede que sí. Esa es una gran posibilidad táctica, pero yo no quería conformarme con arrestar a los distribuidores de la periferia. Quería ir más allá del papeleo diario.

—Mi mayor deseo es atrapar al pez gordo —comenté, bajando la voz mientras avanzábamos entre las sombras del estacionamiento.

Ludmila enarcó una ceja, deteniéndose junto a la puerta de su vehículo, incapaz de comprender por completo la obsesión que dictaba mis acciones.

—Supongo que sabes a lo que me refiero cuando digo que deseo atrapar al pez más grande de este maldito lago —añadí, fijando mi vista en ella.

—Hay varios peces grandes nadando en este mar de lodo, Dimitri, y sé que tú lo sabes perfectamente —me desafió, buscando las llaves de su auto en el interior de su abrigo largo—.

Entiendo perfectamente que casi todos en esta maldita oficina se la pasen el día entero pensando en el honor, las medallas y el reconocimiento que significaría para su carrera profesional el arrestar a un capo de la altura de Maximiliano Romanov.

Lo comprendo. Sé que Romanov es un hombre de mente fría, dueño de una inteligencia táctica casi inalcanzable, que ha construido un imperio de la nada y que usa cada golpe de las autoridades para hacerse más fuerte.

Conozco la historia de la Bratva roja tanto como tú, y tengo las mismas ganas de lograr que pague el precio de sus crímenes.

Pero ya es momento de que abramos los ojos y nos demos cuenta de que eso está muy lejos de suceder.

Es un sueño inalcanzable, una fantasía de la academia, no un hecho real que vayamos a ver pronto.

—Ludmila, toda investigación criminal de esta envergadura lleva su tiempo.

No solemos obtener órdenes de captura ni desmantelar redes de lavado de dinero de la noche a la mañana, y eso no cambiará nunca.

Aunque somos conscientes de la dificultad de infiltrar el círculo de confianza de los Romanov, no es imposible. Ningún imperio es eterno.

—Y a pesar de que lo logremos en algún momento gracias al esfuerzo conjunto de la FSB, ese día no está en nuestro calendario cercano.

Quizás debas sentarte a esperar por unos cuantos años más, porque la estructura de la mafia rusa no va a caer de repente por el arresto de un par de sicarios.

Hablaré con el director mañana; le diré que necesitamos reforzar el presupuesto de la división y buscar a Maximiliano Romanov hasta debajo de las piedras si es necesario.

Ofreceremos una recompensa federal y sé que a todos nos interesa esto. Incluso a mí.

—Sí, incluso a ti, que sueles ser un poco testaruda y pesimista en ocasiones —señalé, esbozando una sonrisa tensa.

Ella rodó los ojos en respuesta, aunque después asintió con la cabeza, dándome la razón a medias antes de abrir la puerta de su auto.

—Si no buscamos la estrategia correcta para golpear sus finanzas, habremos fracasado y no haremos justicia a la ética que se nos exigió al jurar el cargo —aclaré con seriedad—.

Vamos a atrapar a un criminal que en verdad valga la pena, no importa lo complicado que sea el proceso de vigilancia.

No me quedaré de brazos cruzados en mi escritorio, pensando en cómo el estúpido italiano continúa moviendo sus hilos en Sicilia.

Tampoco quiero desgastarme pensando en el vacío legal que usó para salir.

Prefiero concentrarme en lo que esos delincuentes dejarán de hacer cuando los tengamos tras las rejas de una prisión de máxima seguridad.

Solo quiero hacer mi trabajo, y tú deberías hacer lo mismo.

—Amo mi trabajo y amo hacer justicia en este maldito mundo, Dimitri, sin embargo, a veces sé que es mejor tomar distancia para no volverse loco —suspiró ella, encendiendo el motor del vehículo—.

Debes encontrar el momento adecuado para parar y respirar.

No obstante, si lo que quieres es levantar las alertas nacionales para cercar a Maximiliano Romanov, está bien, cuenta con ello.

Hablaré con el jefe de operaciones mañana a primera hora. Y listo, fin del asunto.

—Gracias, supongo —respondí, bajando el tono de mi voz mientras daba un paso atrás.

La vi alejarse, los neumáticos del auto resonando contra el concreto del estacionamiento.

Bueno, suele suceder que en esta profesión no siempre estamos de acuerdo en los métodos ni en las prioridades de la FSB.

Caminé hacia mi propio auto, sintiendo el cansancio acumulado de la jornada.

Pero mi mente no estaba en los informes, ni en la mafia, ni en las advertencias del gobierno.

Mi mente estaba fija en una cita. En el papel con el número de teléfono que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta. En Luna.

Dasha Romanov

Al fin. Al fin iba a poder encontrarme con Dimitri Korovin una vez más.

La expectativa me causaba una extraña mezcla de alivio y ansiedad, pero cuando me encontraba a punto de abandonar la residencia de mis padres, una voz helada a mis espaldas me detuvo en seco, poniéndome los pelos de punta y haciendo que mi instinto de defensa se activara de inmediato.

—¿A dónde vas a esta hora, Dasha? —Katya preguntó, saliendo de la penumbra del gran vestíbulo.

Lo que me llamó la atención de inmediato no fue su tono de sospecha, sino su aspecto.

Lucía impecable, perfectamente arreglada, con un vestido oscuro y el cabello rojo perfectamente peinado, como si estuviera yendo a algún lugar de etiqueta en secreto.

Era una coincidencia demasiado extraña, y por supuesto que iba a aprovechar la oportunidad para desviar la atención de mis propios pasos y molestarla un poco.

—¿Y tú? ¿A dónde vas a esta hora tan arreglada? —contraqué, cruzándome de brazos y midiéndola con la mirada. Si quería obtener una respuesta clara de mi parte, tendría que darme una explicación real sobre sus movimientos nocturnos.

—Asuntos que resolver de la organización —rodó los ojos, con fastidio, acomodando la correa de su bolso de diseñador con un movimiento firme—. Es una reunión importante con los enlaces logísticos y no puedo permitirme llegar tarde. Ante todo, la puntualidad en los negocios de papá.

—Yo quiero ir a una exposición de arte contemporáneo en el centro —murmuré, tejiendo la mentira con la voz pausada de una abogada civil—.

No se lo dije a nadie porque temía que papá se pusiera paranoico y no me dejase salir de la casa debido a la reciente situación con la liberación del italiano. Ya sabes cómo se pone con la seguridad.

Al parecer, mi fachada fue lo suficientemente sólida. Ella me creyó sin hacer más preguntas y esbozó una pequeña sonrisa de complicidad. Se acercó a mí, cortando la distancia física en el lujoso vestíbulo, y me dio un abrazo rápido pero protector.

—En tal caso, te deseo suerte en esa exposición. Disfruta del arte y, por favor, como siempre, ten mucho cuidado en las calles de Moscú. Nunca sabemos qué peligro puede estar esperándonos a la vuelta de la esquina. Cuídate, hermanita —comentó con seriedad.

—Por supuesto que sí, Katya. Siempre voy con los ojos abiertos. Te veo luego, o mañana por la mañana —le respondí, forzando una sonrisa.

Ella asintió y desapareció por la puerta principal.

Solté un pesado suspiro, dejando que mis hombros cayeran.

La culpa me golpeó por un segundo, pero la soledad que sentía dentro de las paredes de esa mansión, rodeada de secretos de sangre y armas, era mucho más fuerte.

Esperé un par de minutos para asegurarme de que no hubiera moros en la costa y salí en dirección al apartamento de Dimitri.

Habíamos acordado encontrarnos en su residencia por pura necesidad de privacidad.

Él creía que se protegía de la mirada pública por su posición en la FSB; yo me protegía de que mi padre descubriera que estaba durmiendo con la ley.

Necesito admitir que, hasta el día de hoy, sigo muy sorprendida por la actitud tan impulsiva que tomé con Dimitri durante nuestro primer encuentro.

Permitirle tener ese nivel de intimidad conmigo prácticamente de inmediato no era propio de mí.

Sé a la perfección que esto puede sonar extraño, arriesgado e incluso desesperado, pero la verdad, la única verdad que me repetía a mí misma, es que sentía una urgencia ciega por conectar con alguien fuera de mi realidad.

Necesitaba afecto, necesitaba sentirme una mujer normal, lejos del lavado de dinero y del apellido Romanov.

Quería creer que tenía una conexión real con ese hombre y que no me iba a arrepentir de las decisiones que estaba tomando en la oscuridad.

Al llegar a su edificio, el corazón me dio un vuelco. Subí las escaleras, toqué el timbre de su puerta y esperé a que saliera a recibirme. Cuando la puerta se abrió, su presencia física me impactó de inmediato.