Bajo La Piel Del Enemigo (Dinastía Romanov nº 1) CAPÍTULO 1 #8
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CAPÍTULO 1 #8

Ambos nos callamos, hundiéndonos en un terrible silencio. Gracias a todo lo que sucede con mi maldita familia dentro de la mafia, es lo que me exige convertirme y actuar como una persona que no soy. La verdad es que no poseo credibilidad alguna debido a los actos cometidos.

Sin quererlo, recordé a Dimitri Korovin, el atractivo agente de la FSB al que había conocido en mi más reciente viaje a Moscú, el mismo que fue causado por los conflictos de mi padre.

Dimitri fue capaz de enamorarme a primera vista y ni siquiera me detuve a pensar en lo que podría pasar si me involucro demasiado con él, porque toda la vida que aparento tener es una triste mentira.

Y más importante, Dae sigue en mi mente.

Ningún hombre podrá compararse a él, porque lo que siento por Dae es un amor insustituible que marca mi alma para siempre.

Katya Romanov

No tuve otra opción que escabullirme de mis hermanos para tener la oportunidad de encontrarme con Franco De Angelis.

Un hombre con el que he empezado a tejer un romance lleno de deseo, mentiras y prohibiciones.

Franco es el hermano de Francesco, quien acaba de convertirse en el enemigo número uno de los Romanov.

Me deslicé hacia una bodega alejada de la música, asegurándome de que nadie fijara su atención en mí.

Una sonrisa inevitable se dibujó en mis labios al tenerlo frente a frente. Su sola presencia me intimidaba y me atraía en partes iguales.

—Buenas noches, mi amor... —susurró, acercándose con lentitud hasta dejar un beso húmedo sobre mi cuello.

Antes de que pudiera profundizar en el tacto, lo alejé con un movimiento brusco. Estaba demasiado furiosa con lo que había hecho su familia como para dejarme llevar por la dulzura.

—¿Qué te sucede? Estás actuando muy extraño, preciosa —preguntó Franco, retrocediendo un paso con una sonrisa desconcertada pero cautivadora.

—¿Por qué no le preguntas al idiota de tu hermano? —prácticamente le grité con furia, cruzándome de brazos—. Joder, solo quiero matarlo con mis propias manos. Me contuve de hacerlo hace un rato por culpa de Dasha, pero te juro que estuve a un segundo de volarle la cabeza.

—¿Acaso hizo algo estúpido? —cuestionó él, enarcando una ceja—. La verdad es que no he podido hablar mucho con él en los últimos días, y el verte tan furiosa con algo que se refiere a mi sangre me llena de sorpresa.

—Le ha dado a la justicia, a la FSB, información privada sobre mi familia a cambio de su liberación.

En este mundo nadie sabía que mi padre tuvo tres hijos.

Tampoco que éramos más peligrosos que el mismo capo y que operamos desde Rusia.

Además, les dio la ubicación exacta de nuestros socios coreanos.

Se ha comportado como una rata. Dime, ¿no piensas lo mismo?

Él se acercó de nuevo, invadiendo mi espacio personal. Su olor a tabaco y madera me desarmaba, pero intenté mantener la compostura.

—Evidentemente no estoy de acuerdo con las acciones de mi hermano, sin embargo, tú sabes que no he participado en ninguna de ellas —dejó un par de besos suaves sobre mi mejilla—.

Hablaré con él en cuanto la fiesta llegue a su fin.

Aunque sabes que es difícil; ese hombre siempre ha sido cínico. Solo piensa en sí mismo.

—Ya lo sé, aunque no puedo evitar que la furia me queme por dentro —dije, rodando los ojos—. He venido a advertirte, y ahora lo único que deseo es largarme de aquí y encender un cigarrillo en la residencia, en completo silencio.

—¿No te quedarás conmigo? —preguntó con un tono coqueto y retador—. ¿Vas a desperdiciar la oportunidad de estar a solas?

Quizás. Pero el riesgo era demasiado alto.

—Cariño, no voy a quedarme aquí cuando sé que hay cientos de ojos observando cada uno de mis movimientos. Sería mi fin si nos encuentran juntos. Cuando mi padre se entere de lo que hizo tu hermano, seremos el blanco de los Romanov. Si descubren lo nuestro, estaremos muertos antes del amanecer.

Él rió ante mi advertencia. A él le gustaba el peligro tanto como a mí.

—¿Y no prefieres tomar un avión e irte a Nueva York? —a estas alturas ya me había arrinconado contra la pared fría de la bodega. Su cuerpo presionaba el mío y la tentación empezaba a pesar—. Podemos desaparecer del mapa.

Franco me había convertido en una mujer que sueña con ser deseada, con tener todo el placer que merezco y darle rienda suelta al corazón, rompiendo todas las reglas.

—Sí, buscaré la forma de tomar un vuelo a Manhattan —murmuré con el aliento corto—. Pero no podemos perder la cabeza aquí. Si alguien nos ve...

—A veces llego a odiar que seas una Romanov —me confesó de forma sincera, mientras pasaba sus dedos por mi cintura—. Nos complica todo.

—Sin embargo, si no fuera parte de esta dinastía de locos, jamás te habría conocido —sonreí con amargura, rozando la comisura de sus labios—. La vida es como es.

—No lo sé —murmuró él—. Si estábamos destinados a encontrarnos, el destino habría hecho su trabajo de cualquier manera.

—Y hubiera pecado de todas formas, porque parece que me encanta jugar con fuego —le dije, provocándolo, sabiendo que la tensión nos consumía—. ¿No crees que soy un pecado que todos quieren cometer?

—Un precioso ángel que es capaz de pecar e ir directo al infierno —susurró en mi oído, provocando que un escalofrío me recorriera.

Cerré los ojos, sintiendo que la ropa me pesaba.

—Un ángel lleno de deseo —gemí cuando su mano bajó por mi muslo.

Nuestra relación empezó por el odio de nuestras familias y se transformó en esta droga que nos devora. No le he dicho que lo amo, pero él sabe el poder que tiene sobre mí.

—Preciosa, si no nos detenemos, juro que no me haré responsable de mis acciones aquí mismo —dijo con voz ronca.

—Salgamos de aquí antes de que te pida que me hagas el amor hasta que salga el sol.

—Vámonos, mi amor... —respondió y le sonreí. Por supuesto que necesitamos irnos de acá antes de perdernos en el otro.

Dasha Romanov

Me alejé de mi hermano porque necesitaba y ansiaba tener un solo momento a solas. Sin embargo, el teléfono sonó de repente, obligándome a responder. Me quedé helada al darme cuenta de quién se trataba:

—Señorita Luna, no imagina lo mucho que deseaba hablar con usted. He estado pensando en ti, y en cuánto me gustaría verte otra vez —susurró al oírlo. Su voz hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo—. No sales de mi mente ni un solo segundo.

—Oh, Dimitri, sí, claro, me encantaría verte de nuevo. He estado pensando en ti, tanto o más de lo que tú lo has hecho en mí. Me alegraría que nos encontráramos muy pronto.

Oh, mierda. Acabo de meterme donde no debía. Y todo eso se lo debo a mi padre.

Padre, gracias a la vida que nos diste, ni siquiera se me permite enamorarme de alguien que yo elija.

Pero la verdad es que mi corazón ya tiene dueño, y nunca pertenecerá a nadie más.

Dae es mi único amor verdadero, y la idea de que su recuerdo me ate a esta vida es la única constante que me mantiene en pie.

Obligaciones que hay que cumplir, supongo. Aunque siempre he preferido ser una criminal que una traidora.

CAPÍTULO 8

Dimitri Korovin

Aún no he terminado de entenderlo.

Todavía no comprendo cómo pudimos dejar que el mafioso italiano, el rey de la mismísima mafia siciliana, se nos escapara de las manos entre los dedos como si fuera agua.

Sabíamos perfectamente lo difícil que fue para nosotros atraparlo, el esfuerzo inhumano que conllevó coordinar los operativos, pinchar sus líneas de comunicación y seguir su rastro de lavado de activos durante meses enteros.

Teníamos a Francesco De Angelis en una celda de aislamiento de la FSB, un trofeo de guerra que habría sepultado a la Cosa Nostra en territorio ruso, y ahora simplemente caminaba libre, amparado por un papel firmado en las altas esferas.

La frustración me carcomía las entrañas. Me ha molestado mucho, tanto que sentía los músculos de la mandíbula tensos y rígidos mientras caminaba a zancadas por el pasillo del cuartel general.

—Te recuerdo que si liberamos a Francesco De Angelis se debió al trato que hicimos con él, Dimitri.

No fue una decisión tomada a la ligera —la voz de mi compañera de equipo, Ludmila, cortó el aire denso del pasillo con una frialdad corporativa que solo me dio más rabia—.

A todo el equipo le convenía que nos diera la geolocalización exacta de las rutas de la mafia coreana.

Si no lo has olvidado todavía, ellos estaban causando demasiados problemas de distribución en los muelles durante los últimos meses.

Además, no podemos dejar de lado que nos entregó un perfil detallado de la estructura interna de los Romanov.

No ha sido un mal trato a fin de cuentas.

Hemos obtenido inteligencia de primer nivel.

—¿Andar a ciegas con descripciones vagas es inteligencia de primer nivel? ¿De qué nos sirve esa información si el criminal más buscado de Italia vuelve a las calles? —cuestioné en voz alta, deteniéndome en seco.

Ludmila desvió la mirada, evitando confrontar el fuego en mis ojos.

Nos encontrábamos discutiendo de manera acalorada sobre los hilos políticos que manejaban nuestro trabajo, especialmente porque esa misma mañana el jefe de la división nos había convocado para informarnos que recibimos una dura advertencia de parte del gobierno ruso.

El Kremlin exigía resultados inmediatos; alegaban que la FSB no estaba realizando un trabajo de calidad y que la delincuencia organizada nos estaba ganando la partida en Moscú.

—Por un poco de información de contrabando, hemos perdido al jefe de una enorme organización transnacional. Es ridículo —espeté, cruzándome de brazos.