Capítulo 28 #3
La respuesta era discutible y no la necesitaban como trampa. Gabriel ya había reconocido lo importante: estuvo allí antes de que la embocadura adquiriera el aspecto del miércoles.
Laura volvió al recorrido.
—¿A qué hora llegó al alojamiento?
—A la que consta.
—18:31.
—Sí.
—¿Qué hizo entre que salió de la casa y ese momento?
—Conduje. Paré un rato.
—¿Dónde?
Gabriel volvió a callarse.
—No lo recuerdo.
La memoria fallaba otra vez en el tramo intermedio.
Laura apartó los papeles.
—Su nueva versión explica cómo pudo llegar material biológico suyo debajo de una uña de Álvaro y cómo pudo producirse la lesión de su mano.
—Porque me arañó cuando me empujó.
—También explica por qué ocultó haber estado en la Casa de la Umbría.
—Sí.
—Pero no explica cómo murió Álvaro poco después de ese forcejeo.
Gabriel apretó las manos sobre la mesa.
—Yo no lo maté.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé.
—¿Entró alguien mientras usted estaba allí?
—No.
—¿Vio llegar a otra persona?
—No.
—¿Otro vehículo cerca de la casa?
—No.
—¿Oyó a alguien?
—No.
—¿Dejó alguna puerta abierta?
—No.
La nueva versión resolvía las contradicciones anteriores a costa de abrir un hueco distinto. Gabriel admitía el encuentro, la discusión y el contacto físico, pero sostenía que Álvaro seguía vivo cuando se marchó.
Para que aquello fuera cierto, alguien tendría que haber llegado después.
Laura no formuló esa conclusión por él.
—¿Tenía alguna razón para pensar que Álvaro esperaba a otra persona?
—No.
—¿Algún mensaje que se lo indicara?
—No.
—¿Le mencionó algún conflicto con alguien que fuera a acudir allí?
—Tenía muchos problemas.
—¿Le dijo que alguien fuese a ir a la casa?
—No.
Mara observó a Gabriel.
Durante días habían comprobado precisamente a las otras personas que podían haber llenado ese hueco: Marta, Julián, Irene, Nerea. Cada una había tenido secretos y razones para mentir, pero sus líneas se habían debilitado a medida que avanzaban las comprobaciones.
Mara todavía no le había mostrado cuánto habían conseguido cerrar.
—Cuando dejó a Álvaro supuestamente vivo —preguntó Mara—, ¿sabía de alguien que pudiera aparecer después?
—No.
La sala quedó en silencio.
Laura repasó los horarios, volvió sobre varios puntos y permitió que Gabriel corrigiera dos detalles menores. No hubo fotografías del cadáver sobre la mesa ni acusaciones teatrales. Tampoco mencionaron el vehículo percibido por Nerea.
No hacía falta.
Gabriel había cambiado de manera sustancial su versión porque la anterior ya no podía convivir con los datos.
Ahora reconocía que estaba en Valdecierna, que había ido a la Casa de la Umbría, que citó a Álvaro, que discutieron y que tuvieron contacto físico.
Solo negaba el acto que había causado la muerte.
La declaración terminó casi dos horas después de empezar.
El abogado pidió revisar varios pasajes y se hicieron pequeñas correcciones para reflejar con precisión lo dicho por Gabriel. Él leyó el documento completo antes de firmarlo.
Cuando terminó, miró a Mara.
—Sé lo que piensan.
Mara no respondió.
—¿Tienen suficiente para detenerme?
Su abogado le tocó el brazo, pero la pregunta ya estaba hecha.
Laura contestó.
—Las decisiones procesales se tomarán con la autoridad competente y sobre el conjunto de las diligencias.
Gabriel se levantó.
—Yo lo dejé vivo.
Mara sostuvo su mirada.
—Eso es lo que ha declarado.
Gabriel recogió el abrigo y salió con su abogado.
La puerta se cerró sin ruido.
Laura permaneció sentada unos segundos. Después apartó el vaso de agua que Gabriel había dejado casi lleno y colocó la declaración en el centro de la mesa.
David entró desde la sala contigua.
—Ahora admite casi todo.
—Ha cambiado su versión —dijo Mara.
Laura abrió la última página.
—Compra, llegada temprana, Casa de la Umbría, cita, discusión, contacto físico y salida por Valdecierna.
David miró hacia la puerta.
—Y para que lo que cuenta sea verdad, alguien tiene que llegar después.
Mara asintió.
—Esa es la consecuencia. Él solo ha dicho que dejó a Álvaro vivo.
Se acercó al esquema de la planta baja.
La nueva declaración eliminaba varias explicaciones alternativas que Gabriel había ofrecido hasta entonces.
El material bajo la uña ya no tenía que proceder, según él, de un contacto impreciso ocurrido días antes.
Acababa de admitir que Álvaro lo había arañado durante el enfrentamiento de aquella tarde.
El contacto físico quedaba fijado por su propia versión.
Lo que faltaba era determinar si podían sostener que el forcejeo no había terminado donde Gabriel decía.
Laura llamó para informar de la nueva declaración. Mientras hablaba, Mara volvió a mirar la cronología.
Gabriel había entrado por fin en la tarde que llevaba días intentando borrar.
Ya no estaba fuera de Valdecierna ni protegido por una llegada tardía. Estaba dentro de la Casa de la Umbría, discutiendo con Álvaro y forcejeando con él poco antes de su muerte.
A partir de ahí, el caso no necesitaba una confesión.
Necesitaba comprobar si quedaba una alternativa razonable entre el hombre que Gabriel decía haber dejado vivo y el cadáver que apareció detrás del murete.