Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 28 #2
93%

Capítulo 28 #2

—El forense no puede determinar cómo se produjo. La considera reciente y compatible, entre otras causas, con un arañazo.

Gabriel se echó hacia atrás.

—«Entre otras causas». Eso es lo que pone.

—Sí.

—Podría habérmela hecho con cualquier cosa.

—Sí.

Volvió a mirar a su abogado.

Cada elemento admitía una explicación aislada. La dificultad aparecía cuando todas tenían que convivir sin contradecirse.

Laura apartó los informes.

—Voy a preguntárselo otra vez. ¿Vio a Álvaro Civera el martes doce de enero?

—No.

—¿Estuvo en la Casa de la Umbría?

—No.

—¿Entró en Valdecierna?

—No.

—¿Pasó por alguna de sus calles?

—No.

—Entonces ¿dónde estuvo desde las 15:46 hasta las 18:31?

Gabriel respiró hondo.

—No puedo reconstruirles cada minuto de una tarde.

Laura colocó ante él tres documentos: la compra, el mensaje de las 16:26 y el registro del alojamiento.

—No le pedimos cada minuto. Le pedimos dos horas y cuarenta y cinco minutos.

Gabriel no tocó las hojas.

Mara veía que la primera versión ya no podía mantenerse. Lo que faltaba era saber por cuál la sustituiría: podía admitir que estuvo en Valdecierna por otro motivo, reconocer el encuentro y negar la agresión o seguir sosteniendo una ausencia que los datos hacían cada vez más difícil.

El abogado pidió una pausa.

Laura la concedió.

Cuando reanudaron la diligencia, Gabriel entró con una expresión distinta.

No parecía vencido. Había desaparecido, eso sí, la seguridad con la que había sostenido las primeras negativas.

Se sentó.

—Quiero corregir una parte de mi declaración.

Laura esperó.

—Estuve en Valdecierna.

Mara permaneció inmóvil.

—¿Cuándo? —preguntó Laura.

—Por la tarde.

—Necesitamos una franja.

—Antes de las cinco.

—¿Fue a la Casa de la Umbría?

Gabriel tardó.

—Sí.

La admisión quedó suspendida en la sala.

Laura mantuvo el mismo tono.

—¿A qué hora llegó?

—No lo sé. Cuatro y cuarto, cuatro y media.

La franja encajaba de forma aproximada con la reconstrucción. No había necesidad de empujarlo hacia una hora más concreta.

—¿Por qué fue?

—A revisar unas cosas de la casa.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Esperaba a Álvaro?

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Después le escribí.

—A las 16:26.

—Sí.

—Y le pidió que fuera.

—Sí.

Laura no aceleró.

—¿Llegó Álvaro?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Sobre las cinco.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿De qué?

Gabriel bajó la mirada.

—De la casa. Del inventario. De Pilar.

—¿Discutieron?

—Sí.

La nueva versión empezaba a tomar forma.

—¿Hubo contacto físico? —preguntó Laura.

Gabriel levantó la cabeza.

—Hubo un momento.

—Descríbalo.

—Álvaro se puso muy agresivo.

—¿De qué manera?

—Me acusó de vender cosas a espaldas de Pilar. Dijo que iba a mandarle todo y que dejaba de trabajar con nosotros. Yo le dije que no tenía derecho a hablarme así. Quiso irse, me apartó y yo lo agarré.

—¿Dónde?

Gabriel señaló de manera imprecisa el torso.

—Por la ropa.

—¿Y él?

—Me empujó y me arañó.

Mara miró la mano.

La explicación acababa de cambiar. Gabriel ya no situaba el ADN en un contacto indeterminado de días anteriores. Admitía ahora un forcejeo aquella misma tarde.

—¿Cuánto duró? —preguntó Laura.

—Nada. Segundos.

—¿Cayó alguien?

—No.

—¿Álvaro estaba herido?

—No.

—¿Lo agarró del cuello?

Gabriel negó de inmediato.

—No.

—¿En ningún momento?

—No.

—¿Le apretó el cuello con una o ambas manos?

—No.

No hubo confesión.

Mara tampoco la esperaba.

—¿Cómo terminó la discusión? —preguntó Laura.

—Me fui.

—¿Y Álvaro?

—Se quedó dentro.

—¿Vivo?

Gabriel miró directamente a Laura.

—Sí.

—¿Consciente?

—Sí.

—¿Hablando?

—Sí.

—¿Qué fue lo último que le dijo?

Gabriel dudó.

—No lo recuerdo.

—¿Salió usted primero?

—Sí.

—¿Por qué dejó a Álvaro en una casa a la que había ido precisamente a revisar asuntos con él?

—Porque estaba harto.

—¿Cerró la puerta?

—Creo que sí.

Laura le mostró el esquema de la planta baja.

—¿Por cuál salió?

Gabriel señaló la lateral.

Mara observó la posición en el plano. Era la misma puerta que comunicaba la estancia con el recorrido hacia el murete.

—¿Vio el cuerpo en el exterior? —preguntó Laura.

—No había ningún cuerpo.

—¿Movió a Álvaro?

—No.

—¿Salió él detrás de usted?

—No lo sé. Yo me fui.

—¿A qué hora?

—Cinco y media. Quizá algo más.

La respuesta seguía dejando margen.

—¿Pasó por Valdecierna al salir?

—Sí.

—¿En qué dirección?

—Hacia la carretera.

—¿Se detuvo?

—No.

Mara pensó en Nerea. No había motivo para introducirla todavía.

Laura miró sus notas.

—¿Por qué ocultó todo esto desde la primera declaración?

Gabriel tardó más en responder.

—Porque cuando supe que Álvaro estaba muerto entendí cómo iba a parecer.

—¿Qué iba a parecer?

—Que habíamos discutido y que yo había sido el último en verlo.

—¿Sabía que era el último?

Gabriel vaciló.

—No sabía quién lo había visto después.

—Entonces ¿por qué estaba tan seguro de que aquella discusión podía perjudicarle?

Apretó los labios.

—Porque había acabado mal.

—¿Y por eso desplazó más de dos horas su llegada, negó haber estado en Valdecierna y negó un encuentro que había concertado usted mismo?

—Sí.

La mentira ya estaba admitida.

No el homicidio.

Mara intervino.

—Cuando salió de la Casa de la Umbría, ¿cómo estaba la embocadura?

Gabriel la miró.

La pregunta pareció sorprenderlo más que el resultado genético.

—Con nieve.

—¿Había ya un caballón alto delante del acceso?

Dudó.

—No tanto como después.

Mara dejó un breve silencio.

—¿Después de qué?

Gabriel desvió la mirada hacia su abogado antes de contestar.

—Después del temporal.

—¿Volvió a ver la entrada?

—No.

—Entonces ¿cómo sabe que después estaba peor?

—Por las noticias. Por lo que ustedes han dicho. No sé.

Mara no insistió.