Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

La segunda versión

Gabriel llegó acompañado de su abogado pocos minutos antes de las diez.

Esta vez no hubo videoconferencia ni preguntas preliminares sobre su disponibilidad.

Laura había dejado clara su situación antes de citarlo y volvió a hacerlo al comienzo de la diligencia.

Gabriel conocía el motivo de la declaración, estaba asistido por letrado y sabía que podía no responder a aquello que pudiera perjudicarle.

Mara permaneció a un lado de la mesa. David seguía la declaración desde otra dependencia junto a Sergio, con la cronología a mano por si necesitaban comprobar algún dato. Ella prefería que aquello no pareciera un interrogatorio coral.

Gabriel llevaba el mismo abrigo oscuro que el día de la toma de muestra. Al sentarse, apoyó ambas manos sobre la mesa. La marca junto a la base del pulgar seguía visible, aunque menos marcada que unos días antes.

Su abogado habló primero.

—Antes de empezar, quiero confirmar que esta declaración se refiere específicamente a la muerte del señor Civera.

—Sí —respondió Laura—. Y a las contradicciones que han aparecido durante la investigación.

Gabriel miró a Mara.

—Ya les conté lo que sabía.

Laura no discutió.

—Vamos a revisar algunas partes.

Después de las formalidades comenzó la grabación.

—En su primera declaración situó su llegada a la Sierra de Albarracín aproximadamente entre las seis y diez y las seis y veinte de la tarde. ¿Mantiene esa hora?

Gabriel tardó unos segundos.

—Aproximadamente.

—¿Estuvo en Bronchales o en su entorno durante la tarde?

—Pasé por varios sitios.

—Le pregunto por esa zona.

—Puede ser.

—¿A qué hora?

Gabriel miró brevemente a su abogado.

—No lo recuerdo.

Laura dejó sobre la mesa una impresión de la operación.

—A las 15:46 hizo una compra presencial.

Gabriel leyó la hoja sin tocarla. Después Laura colocó la imagen de seguridad.

La observó durante más tiempo.

—Sí, soy yo.

—Entonces a las 15:46 ya estaba en la comarca.

—Por lo que parece, sí.

Laura esperó.

—Eso contradice su primera declaración.

Gabriel apartó la fotografía.

—Me equivoqué con la hora.

—En más de dos horas.

—No estaba pendiente del reloj.

—Dijo que llegaba desde Zaragoza poco antes de registrarse en el alojamiento.

—Estaba mezclando el viaje con la llegada al alojamiento.

Mara observó la respuesta. Era posible confundir recuerdos de un desplazamiento varios días después. Lo que resultaba más difícil era explicar por qué Gabriel había relatado toda la tarde como un viaje que terminaba poco antes de las 18:31.

Laura no entró en esa discusión.

—¿Qué hizo después de la compra?

—No lo recuerdo con precisión.

—¿Fue a Valdecierna?

—No.

—¿A la Casa de la Umbría?

—No.

—¿Dónde estuvo entre las 15:46 y las 18:31?

Gabriel se tomó más tiempo.

—Conduciendo. Paré. Hice cosas.

—¿Qué cosas?

—No tengo una relación de cada sitio en el que estuve.

—¿Visitó a alguien?

—No que recuerde.

—¿Hizo otra compra?

—Puede.

—¿Alguna gestión que podamos comprobar?

Gabriel dejó escapar aire.

—Han pasado días. No anoté mis movimientos porque no sabía que iban a preguntarme por ellos.

Laura cerró la carpeta.

—Pasemos a Álvaro.

El cambio de asunto no rebajó la tensión.

—A las 13:18 recibió un mensaje suyo en el que le comunicaba que no autorizaría nuevas actuaciones en la Casa de la Umbría hasta aclarar inventario y gastos con usted y con Pilar.

—Sí.

—Lo llamó ocho minutos después.

—Hablábamos bastante.

—¿Discutieron?

—No más de lo normal.

—¿Le molestó que quisiera informar a su hermana?

Gabriel cambió de postura.

—No me molestaba que hablara con Pilar. Me molestaba que frenara la obra cada vez que a ella le entraba una duda.

—Pilar niega haber autorizado algunas ventas y varios gastos.

El abogado intervino.

—Mi cliente no está aquí para resolver una disputa patrimonial con su hermana.

—No —dijo Laura—. Está aquí porque esa disputa guarda relación con su conversación con la víctima el día de la muerte.

Gabriel miró a su abogado, que le indicó que podía responder si quería.

—Pilar y yo tenemos una casa al cincuenta por ciento. Yo adelanté dinero, gestioné obras y tomé decisiones. Algunas se las consulté y otras no porque no podía llamarla cada vez que había que mover un mueble.

Mara habló por primera vez.

—¿Vendió bienes comunes sin decírselo?

Gabriel la miró.

—Vendí algunas cosas que no tenía sentido conservar.

—¿Con autorización de Pilar?

—Con mi criterio como copropietario.

—No le he preguntado eso.

El abogado volvió a intervenir.

—Puede no responder.

Gabriel levantó una mano.

—No tenía un documento firmado por ella para cada cosa.

—¿Sabía Pilar que la cómoda y las lámparas se habían vendido?

—No sé qué sabía exactamente.

—Ha declarado que creía que estaban almacenadas.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Entonces se lo expliqué mal.

Laura continuó.

—Álvaro estaba preparando para Pilar una comparación del inventario, los gastos y las decisiones tomadas sobre la casa.

—Álvaro se estaba metiendo donde no le correspondía.

La respuesta salió con rapidez.

Laura dejó un breve silencio.

—¿Eso le dijo?

Gabriel se reclinó.

—No recuerdo las palabras.

—¿Le pidió que dejara de revisar esas actuaciones?

—Le dije que su trabajo era gestionar la casa, no arbitrar entre mi hermana y yo.

—Y él le respondió que no autorizaría nada más hasta aclararlo con los dos.

—Sí.

Aquello ya aparecía en los mensajes. Negarlo no le habría servido.

Laura sacó el contacto de las 16:26.

—A esa hora pidió a Álvaro que pasara por la Casa de la Umbría.

Gabriel miró el documento.

—Sí.

—En su primera declaración dijo que no habían quedado.

—No lo recordaba.

—También dijo que pensaba hablar con él al día siguiente.

—Era lo que tenía previsto al principio.

—¿Por qué le pidió entonces que fuera esa tarde?

Gabriel señaló el mensaje.

—Porque ya estaba por la zona y quería cerrar el asunto.

Laura levantó la vista.

—¿Dónde estaba cuando lo escribió?

Gabriel guardó silencio.

El abogado se inclinó ligeramente hacia él.

—No tiene obligación de responder.

—No lo recuerdo —dijo Gabriel.

Mara reparó en que la frase aparecía precisamente cuando las preguntas podían situarlo.

—¿Estaba en la Casa de la Umbría?

—No.

—¿Cerca?

—No lo sé.

Laura continuó.

—Álvaro aceptó ir.

—Sí.

—¿Llegó a verlo?

—No.

—¿Fue usted a la casa después de enviar el mensaje?

—No.

—¿Esperó a Álvaro en algún sitio?

—No.

—¿Le escribió para cancelar?

Gabriel no respondió.

—No consta ningún mensaje anulando el encuentro —dijo Laura.

—Que quedáramos en hablar no significa que nos viéramos.

—Usted le pidió que pasara por la casa.

—Y luego no fui.

La versión empezaba a cambiar: había concertado el encuentro, pero ahora sostenía que finalmente no había acudido.

—¿Por qué? —preguntó Laura.

—Por el tiempo.

Mara había esperado aquella respuesta.

Laura abrió la carpeta de vialidad.

—¿Qué ocurrió con el tiempo?

—Empeoró.

—¿A qué hora decidió no ir?

—No lo sé.

—¿Antes o después de las cinco?

—No lo recuerdo.

—¿Antes o después de las seis?

Gabriel dejó escapar aire.

—Les estoy diciendo que el tiempo se puso mal y decidí no meterme por carreteras secundarias.

Laura colocó delante de él el parte de las 18:12.

—La carretera hacia Valdecierna seguía siendo practicable con precaución durante la franja en que Álvaro acudió a la casa. La pasada que modificó de forma importante la embocadura se produjo a las 18:12.

Gabriel leyó el documento.

—Yo no he dicho que estuviera exactamente igual.

—No. Pero utilizó el temporal para explicar por qué no fue.

—Porque estaba nevando.

—Y usted ya estaba en la comarca a las 15:46.

El abogado habló con él en voz baja. Gabriel escuchó y volvió a mirar a Laura.

—Que pudiera llegar no significa que fuera.

—Correcto —dijo Mara.

Gabriel levantó ligeramente las cejas.

—Eso es lo que llevo diciendo.

—Por eso no le preguntamos si podía ir. Le preguntamos si fue.

—No.

Laura cerró la carpeta de vialidad y abrió otra.

—Durante la autopsia de Álvaro se recogieron muestras bajo sus uñas y en distintas zonas de las manos relacionadas con las lesiones defensivas.

El cambio se notó antes de que apareciera el informe.

Gabriel bajó la vista hacia sus manos y volvió a levantarla.

Laura dejó sobre la mesa el documento de Criminalística.

—En una de las muestras subungueales se obtuvo un componente masculino apto para comparación. Se tomó de usted una muestra indubitada con su consentimiento.

—Ya sé lo de la muestra.

—El perfil es compatible con usted.

Hubo un silencio.

—Eso no demuestra que lo matara.

—No —respondió Laura.

Gabriel permaneció quieto un instante.

—Entonces no sé qué quieren que les diga.

—Que explique cómo llegó material biológico compatible con usted debajo de una uña de Álvaro si mantiene que no lo vio aquel martes.

Gabriel miró a su abogado.

Hablaron durante unos instantes. Mara no intentó escuchar.

Cuando terminaron, Gabriel cogió el vaso de agua.

—Nos habíamos visto otras veces.

—¿Cuándo fue la última?

—No sé. Días antes.

—No tenemos acreditado ningún encuentro presencial en los días inmediatamente anteriores.

—Eso no significa que no ocurriera.

—Correcto.

Gabriel dejó el vaso.

—Yo era propietario de la casa. Él la gestionaba. Hemos movido cosas juntos, intercambiado documentos, herramientas... Ese ADN puede ser de cualquier momento.

Mara intervino.

—El material estaba debajo de una uña.

—No sé cómo funciona eso.

—El laboratorio tampoco puede fechar el contacto.

Gabriel la miró.

—Entonces no pueden decir que fuera ese día.

—Por el ADN solo, no.

Mara dejó que la frase quedara clara antes de continuar.

—Pero usted ha declarado que no se vieron el martes. Tenemos un mensaje en el que pide a Álvaro que vaya a la casa, una presencia suya en la comarca más de dos horas antes de lo declarado y material biológico compatible con usted en una muestra recogida bajo una de sus uñas.

Gabriel no respondió.

Laura colocó entonces la valoración de la lesión de su mano.

—También fue examinada la marca que tenía junto al pulgar.

—Ya les expliqué que me la hice trabajando.