Capítulo 22
Nerea aceptó volver al día siguiente con menos resistencia de la que Mara esperaba.
La entrevista anterior había cambiado su posición dentro del caso. Ya no necesitaban averiguar por qué había mentido: la ocupación irregular explicaba la historia de la compañera, el uso de la llave y su empeño en situarse fuera de Valdecierna. Ahora quedaba una cuestión mucho más estrecha.
La hora del coche.
Mara había pedido que prepararan solo los registros necesarios.
Nada de fotografías de vehículos, mapas con rutas marcadas ni referencias a Gabriel.
Si Nerea conseguía situar el recuerdo alrededor de una referencia externa, tendría valor.
Si la hora aparecía porque ellos se la sugerían, no serviría.
Laura empezó recordándole que querían aclarar un momento concreto de aquella tarde.
—No vamos a volver sobre la vivienda salvo que haga falta. Esa parte ya la tenemos.
Nerea dejó el abrigo en el respaldo.
—Mejor.
David permanecía algo apartado, con una copia del registro telefónico delante. Sergio había confirmado durante la mañana las comunicaciones de Nerea y Noelia había ordenado las horas sin interpretarlas. Entre ellas destacaba una llamada recibida a las 17:55.
Mara no quiso empezar por ahí.
—Ayer dijiste que, mientras estabas en la casa, viste pasar un coche hacia la salida de Valdecierna.
—Sí.
—No supiste decirnos a qué hora.
—No.
—Hoy tampoco quiero que adivines. Vamos a reconstruir qué estabas haciendo alrededor de ese momento y veremos si el coche encaja en una secuencia que recuerdes de verdad.
Nerea asintió.
—Vale.
—Después de entrar en la vivienda, ¿dónde pasaste más tiempo?
—En el salón y en la cocina.
—¿Hiciste algo que te obligara a mirar la hora?
—No.
—¿Cocinaste?
—Calenté algo.
—¿Antes o después de que anocheciera?
Nerea tardó un momento en responder.
—Antes de que estuviera completamente oscuro.
La respuesta no ayudaba demasiado, pero Mara la dejó seguir.
—¿Usaste mucho el teléfono?
—Bastante.
—¿Recuerdas alguna llamada concreta?
—Hablé con mi madre.
—Ayer no sabías si te llamó ella o llamaste tú.
—No.
Mara miró a Laura.
Era el momento.
—Tenemos los registros. Hay una llamada que recibes a las 17:55.
Nerea frunció el ceño.
—¿De mi madre?
—Sí.
La mujer permaneció unos segundos en silencio.
—Puede ser.
—No necesitamos que recuerdes la hora. Esa ya la conocemos. Lo que queremos saber es qué recuerdas de la llamada.
Nerea se apoyó en el respaldo.
—Me preguntó dónde estaba.
—¿Sabía lo de la vivienda?
—Sabía que tenía problemas para encontrar dónde dormir, pero no dónde estaba esa noche.
—¿Se lo dijiste?
—Le dije que ya estaba arreglado y que no se preocupara.
—¿Cuánto duró?
David consultó el registro.
—Algo más de cuatro minutos.
Nerea pareció sorprendida.
—Pensaba que menos.
—¿Hablaste desde el salón?
—Sí.
—¿Sentada?
—Creo que al principio estaba de pie. Luego me senté.
Mara siguió sin mencionar el coche.
—¿Qué hacías justo antes de que sonara el teléfono?
Nerea miró hacia la pared.
—No lo sé.
—Inténtalo sin completar lo que no recuerdes.
La mujer cerró los ojos durante unos segundos.
—Estaba cerca de la ventana.
Mara mantuvo el tono neutro.
—¿Por qué lo recuerdas?
—Porque el teléfono estaba en la mesa del salón y tuve que girarme para cogerlo.
—¿Qué hacías junto a la ventana?
Nerea tardó más.
—Mirando fuera.
David levantó la vista, pero no intervino.
—¿Por alguna razón concreta?
—No sé.
—¿Esperabas a alguien?
—No.
—¿Habías oído algo?
Nerea volvió a pensar.
—Puede que un coche.
La inseguridad de la respuesta era suficiente para no empujarla.
—¿Recuerdas eso de verdad o lo estás relacionando ahora porque ayer hablamos del vehículo?
Nerea abrió los ojos.
—No lo sé.
—Entonces déjalo aparte de momento.
La mujer asintió.
Mara buscó otro camino.
—Cuando empezó la llamada con tu madre, ¿seguías junto a la ventana?
—No. Cogí el teléfono y me aparté.
—¿Durante la llamada volviste a mirar fuera?
—No lo recuerdo.
—¿Y después?
—Fui a la cocina.
Laura consultó sus notas.
—Ayer dijiste que viste el coche desde el salón.
—Sí.
—¿Antes o después de hablar con tu madre?
Nerea respiró despacio.
—Antes.
Mara la observó.
—¿Lo recuerdas ahora o lo deduces porque estamos hablando de la llamada?
Nerea tardó en contestar.
—Lo recuerdo porque cuando sonó el teléfono ya había visto el coche.
David bajó la mirada al registro.
—¿Cuánto tiempo antes? —preguntó Mara.
—Muy poco.
—¿Un minuto? ¿Diez?
—Diez no.
—No hace falta que elijas una cifra. ¿Qué ocurrió entre ver el coche y que sonara el teléfono?
Nerea apretó los labios.
—Nada.
—¿Nada?
—Me quedé mirando un poco más, me giré... y sonó.
Mara dejó pasar unos segundos.
Aquello era distinto de una estimación arbitraria. Nerea empezaba a describir una secuencia continua: estaba junto a la ventana, percibió el vehículo, permaneció allí brevemente, se giró y recibió una llamada cuya hora estaba documentada.
—¿Te sentaste entre una cosa y otra?
—No.
—¿Fuiste a otra habitación?
—No.
—¿Cogiste algo?
—No que recuerde.
—¿Podría haber pasado media hora sin que te dieras cuenta?
Nerea negó.
—No.
—¿Cinco minutos?
La mujer dudó.
—Puede.
—¿Diez?
—No creo.
Mara no estrechó más.
Laura miró el registro de las 17:55.
—Podemos trabajar con una franja si conseguimos otra referencia. No necesitamos convertir esto en un minuto exacto.
David asintió.
Mara siguió con la secuencia.
—Dices que viste el coche, te quedaste junto a la ventana un momento, te giraste hacia la mesa y poco después sonó el teléfono.
—Sí.
—¿La llamada te sorprendió mientras todavía estabas pensando en el coche?
Nerea frunció el ceño.
—No sé si «pensando» es la palabra. Lo había visto pasar. Ya está.
—¿Lo recordaste durante la llamada?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tenía importancia.
Precisamente eso reforzaba el carácter incidental del recuerdo. El vehículo no se había convertido en relevante hasta días después, cuando ellos empezaron a preguntar.
Laura consultó la duración de la llamada.
—Después de colgar, ¿volviste a la ventana?
—No. Fui a la cocina.
—¿Viste otro coche parecido?
—No que recuerde.
—¿Algún vehículo circulando en sentido contrario?
—Puede, pero no sabría deciros.
Mara avanzó un poco.
—Ayer describiste un coche que te pareció oscuro y que iba hacia una de las salidas del núcleo. ¿Sigues segura de la dirección?
—Sí.
—¿De la marca?
—No.
—¿Del modelo?
—No.
—¿De la matrícula?
Nerea negó.
—Nada de eso.
—¿Podría haber sido un coche claro que con esa luz te pareciera oscuro?
La pregunta la hizo dudar.
—Sí. Supongo que sí.
—Entonces lo dejaremos como oscuro o percibido como oscuro en esas condiciones.
Nerea pareció aliviada.
—Mejor.
David tomó nota.
Cuanto menos intentaran convertirla en una testigo perfecta, más fiable sería lo que realmente recordaba.
—¿Viste nieve sobre el coche? —preguntó Laura.
—No puedo asegurarlo.
—¿Faros?
—Ayer dije que creía que sí, pero tampoco lo sé.
—¿Velocidad?
—Despacio.
—¿Más despacio que otros vehículos?
Nerea negó.
—Con la nieve, todos iban despacio.
—Entonces eso tampoco lo distingue.
—No.
Mara volvió a la hora.
La llamada de las 17:55 era un anclaje objetivo. No podían fijar la percepción del vehículo a las 17:52 solo porque encajara con la reconstrucción que estaban manejando. Necesitaban una segunda referencia independiente.
—¿Qué dijo tu madre al empezar la llamada? —preguntó.
Nerea la miró, sorprendida por el cambio.
—Que por fin contestaba.
—¿Por qué?
—Me había escrito antes.
—¿Cuánto antes?
—No lo sé.
David buscó en el registro.
—Hay un mensaje a las 17:51.
Mara levantó la vista.
—¿Qué dice?
David leyó solo lo necesario.
—Le pregunta si está bien y si ha encontrado dónde dormir.
Nerea asintió.
—Sí. Ese lo vi.
Mara se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Lo viste antes o después de mirar por la ventana?
Nerea se quedó inmóvil.
Esta vez pareció reconstruir algo más sólido que una sensación temporal.
—Antes.
—¿Contestaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estaba levantada y fui a mirar fuera.
—¿Fuiste a la ventana por el mensaje?
—No. Creo que oí pasar algo.
Mara mantuvo la voz neutra.
—¿El coche?
—Sí. Creo que sí.
—Cuéntalo despacio.
Nerea cerró los ojos.
—Estaba con el móvil. Vi el mensaje de mi madre y no contesté. Oí un coche o el ruido de las ruedas fuera, me acerqué a la ventana y lo vi pasar. Me quedé un momento mirando. Después me giré hacia la mesa y luego me llamó.
Laura acercó el registro.
—El mensaje de tu madre es a las 17:51. La llamada empieza a las 17:55.
Mara esperó antes de preguntar.
—¿Estás segura de que viste el mensaje antes del coche?
Nerea abrió los ojos.
—Sí. Eso sí.
—¿Y de que la llamada fue después?
—Sí.
Ahora tenían una franja construida con dos referencias externas y una secuencia recordada.
No necesitaban forzarla hasta un único minuto.
—¿Podemos afinar algo más sin que tengas que adivinar? —preguntó Mara.
Nerea guardó silencio unos segundos.
—Leí el mensaje y después oí el coche. No fue justo seguido. Pasó un poco.
—¿Hiciste algo entre medias?
—Miré alguna cosa en el móvil. Muy poco.
—¿Un par de minutos?
—Sí. Puede ser.
Mara observó el registro.
El mensaje había llegado a las 17:51 y la llamada había comenzado a las 17:55. Si Nerea había consultado brevemente el teléfono, escuchado después el vehículo, mirado por la ventana y recibido la llamada poco más tarde, la percepción quedaba razonablemente situada en los minutos intermedios.
Pero eso era una reconstrucción, no una hora observada.
—Lo que podemos decir —explicó— es que viste el coche después del mensaje de las 17:51 y antes de la llamada de las 17:55. Probablemente en los minutos intermedios.
Nerea asintió.
—Eso sí.
—No que miraras el reloj a una hora concreta.
—No.
—Ni que puedas distinguir si fueron las 17:52, las 17:53 o las 17:54.
—No.
Laura dejó constancia de la diferencia.
David consultó su cronología.
—La pasada de vialidad es a las 18:12.
Esta vez no dirigió el dato hacia Nerea.
Laura miró la hora.
—Así que el vehículo circulaba hacia la salida antes de que la máquina modificara la embocadura.
—Sí —dijo Mara.
Nerea los observó.
—¿Eso es importante?
—Puede ayudar a reconstruir movimientos —respondió Laura—. No significa que sepamos de quién era el coche.
—Porque yo no lo sé.
—Exacto.
Mara quiso fijar ese límite antes de terminar.
—Aunque más adelante vieras el coche de Gabriel Montalbán o una fotografía suya, no quiero que intentes decidir que era ese vehículo solo porque estamos investigándolo.
—No podría.
—Bien.
Nerea dudó.
—¿Él tiene un coche oscuro?
Mara no respondió.
—No necesitas saberlo.
—Vale.
La entrevista continuó apenas diez minutos más.
Repasaron la posición de Nerea en el salón, la orientación de la ventana y el tramo de calle visible.
Su descripción coincidía con la comprobación realizada por Mara y David: desde allí podía percibir un vehículo desplazándose hacia la salida, pero no saber de qué calle procedía ni seguirlo después de que rebasara determinado punto.
Tampoco veía la Casa de la Umbría.
Eso impedía cualquier relato cómodo en el que Nerea hubiese visto al culpable abandonar el escenario.
Lo único que tenía era un vehículo sin identificar, circulando en una dirección compatible con la salida del núcleo después de las 17:51 y antes de las 17:55.
Cuando terminaron, Laura permitió que Nerea leyera con calma la parte esencial de la declaración. La mujer se detuvo en la franja horaria.
—Aquí pone «aproximadamente entre las 17:52 y las 17:54».
—Es una horquilla reconstruida a partir del mensaje de las 17:51, la llamada de las 17:55 y el orden que recuerdas —explicó Laura—. También queda escrito que tú no miraste la hora.
Nerea volvió a leerlo.
—Mientras eso quede claro.
—Queda claro.
—Entonces sí.
Firmó.
Después recogió el abrigo y el bolso.
—¿Ya no tengo que volver?
Laura no hizo promesas.
—Puede que necesitemos alguna aclaración más, pero de momento tenemos suficiente.
Nerea miró a Mara.
—Y sigo sin saber de quién era el coche.
—Sí.
La mujer pareció agradecida por la respuesta.
Cuando salió, David dejó el registro telefónico junto al mapa temporal.
—Entre las 17:52 y las 17:54.
Mara asintió.
—Como horquilla reconstruida. No como hora observada.
—Sí.
Laura colocó la declaración junto al parte de vialidad.
La secuencia tenía ahora una pieza nueva.
Un vehículo había sido percibido circulando hacia una de las salidas de Valdecierna antes de las 18:12, cuando la embocadura todavía no había sufrido la modificación que después haría parecer mucho más difícil cualquier movimiento desde la Casa de la Umbría.
—Encaja con una salida de Gabriel —dijo David.
—Encaja con una salida posible —respondió Mara—. No identifica a Gabriel.
—Pero ya no es solo una posibilidad dibujada en un mapa.
Mara concedió el punto.
—No.
Habían obtenido una observación independiente: débil en identificación, útil en tiempo y dirección. Lo bastante limitada para no resolver nada por sí sola y lo bastante coherente para reforzar una secuencia que hasta entonces dependía sobre todo de carreteras y horarios.
Laura abrió la cronología general.
—Lo incorporo como vehículo no identificado percibido por Nerea aproximadamente entre las 17:52 y las 17:54, circulando hacia una salida de Valdecierna. Sin matrícula, modelo, conductor ni procedencia confirmada.
—Así —dijo Mara.
David añadió:
—Y después podemos relacionarlo temporalmente con la pasada de las 18:12.
—Separado del testimonio.
—Entendido.
Noelia recibió la información pocos minutos después. Al conectarse pidió primero la declaración exacta y luego los registros utilizados para construir la franja.
—Bien —dijo cuando terminó de revisarlos—. Así sí.
David sonrió.
—Gracias por el entusiasmo.
—Eso ha sido entusiasmo en Noelia.
Mara dejó que terminaran.
Noelia incorporó el dato a la cronología sin unirlo gráficamente con Gabriel. Colocó una marca separada entre las 17:52 y las 17:54 y otra, más adelante, a las 18:12.
—La observación no demuestra de dónde venía el vehículo —dijo—. Solo que hubo un movimiento hacia una salida del núcleo antes de la pasada de vialidad.
—Eso es suficiente —respondió Mara.
—Y nada más.
—Nada más.
Cuando terminó la conexión, Laura permaneció mirando el conjunto de horas.
—Motivo, oportunidad, mentira sobre la llegada, el encuentro con Álvaro y ahora un movimiento de salida compatible.
Mara sabía qué seguía faltando.
Todo aquello construía una hipótesis cada vez más fuerte, pero todavía era posible explicar cada elemento por separado sin colocar físicamente a Gabriel en el forcejeo.
Habían estrechado los tiempos, desmontado su relato y encontrado una razón concreta para impedir que Álvaro entregara la documentación a Pilar.
Lo que necesitaban ahora no estaba en las carreteras.
Tenía que haber quedado dentro de la casa.
O en las manos de Álvaro.