Capítulo 21 #2
—Eso no lo convierte automáticamente en importante.
—Ya.
—¿Sabes si era el coche de Gabriel Montalbán?
—No.
—¿Has visto alguna vez su coche?
—No que recuerde.
—¿Podrías reconocerlo si te enseñáramos una fotografía?
Nerea negó.
—Si es un coche oscuro normal, no. Sería engañaros.
Mara no pensaba enseñarle ninguna imagen. Hacerlo solo serviría para sugerir una identificación que el recuerdo no permitía.
—¿Podría haber sido el vehículo de cualquier vecino o visitante? —preguntó Laura.
—Claro.
—¿Y por qué dices que te llamó la atención?
—Porque iba despacio y yo estaba mirando. No tengo una explicación mejor.
Eso delimitaba bien el valor de lo que acababan de obtener. Nerea había recordado un vehículo antes de saber por qué podía interesarles, pero no podía asociarlo a Gabriel, a la Casa de la Umbría ni siquiera al homicidio.
Un recuerdo testimonial.
No una identificación.
—¿Algo más? —preguntó Mara.
Nerea cerró los ojos durante un instante.
—Pasó de izquierda a derecha desde donde yo estaba. Las ruedas hacían ruido sobre nieve sucia. Creo que eso es lo que recuerdo mejor.
—¿Viste de dónde salía antes de entrar en tu calle?
—No.
—¿Y hacia dónde siguió?
—Hacia la carretera. Lo perdí cuando pasó las casas de abajo.
—¿Podría haber girado después?
—Sí. Desde mi ventana ya no se ve.
La descripción coincidía con la geometría que Mara había comprobado.
Laura regresó al motivo de la mentira.
—Si hubieras dicho desde el principio que estabas en esa vivienda, nos habrías ahorrado bastante trabajo.
Nerea bajó la mirada.
—Lo sé.
—También habríamos podido preguntarte antes por lo que viste.
—No sabía que importara.
—Aún no sabemos si importa —dijo Mara.
Nerea la miró.
—Entonces ¿por qué tantas preguntas?
—Porque estamos reconstruyendo una tarde. Algunas cosas terminan siendo útiles y otras no. Solo podemos saberlo después de comprobarlas.
La entrevista continuó unos minutos más.
Nerea explicó cómo había entrado en la vivienda, dónde había dejado la llave y cuándo se la devolvió a Irene.
Reconoció también que su principal temor era perder el trabajo y provocar una reclamación del propietario.
Si Álvaro hubiese descubierto la ocupación, estaba convencida de que habría puesto fin a la situación y endurecido todavía más el control de las viviendas.
Su mentira empezaba a tener una explicación suficiente sin necesidad de relacionarla con la muerte.
Al terminar, Laura le recordó que quizá tendrían que volver a hablar con ella para precisar algún aspecto de aquella tarde. Nerea recogió el bolso y permaneció unos segundos junto a la silla.
—¿Voy a tener problemas por la casa?
—Eso no depende solo de esta investigación —respondió Laura—. Lo relacionado con la vivienda se tratará por la vía que corresponda.
Nerea asintió.
Antes de salir miró a Mara.
—El coche no lo puedo reconocer.
—Lo sabemos.
—No quiero que después parezca que he dicho otra cosa.
—No parecerá.
La puerta se cerró.
David fue el primero en mover la carpeta que había mantenido cerrada durante toda la entrevista.
—Entonces tenemos un coche oscuro saliendo de Valdecierna.
Laura negó ligeramente.
—Tenemos un coche oscuro que Nerea vio circular hacia una de las salidas.
David miró a Mara.
—Sí. No sabemos de dónde venía.
—Ni quién conducía —añadió Mara—. Ni si tiene relación con Álvaro.
—Pero Nerea estaba allí.
—Eso sí podemos sostenerlo mejor.
Durante días, su mentira la había acercado geográficamente al crimen y había aumentado las sospechas sobre ella.
Ahora empezaba a producir el efecto contrario: explicaba por qué había mentido y, al mismo tiempo, la situaba dentro de una vivienda desde la que podía haber percibido parte del movimiento de aquella tarde.
David abrió por fin la hoja que llevaba reservada.
—Tenemos las 17:55.
Mara lo miró.
—Todavía no le pongas esa hora al coche.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
David señaló el registro.
—Pero quizá podamos utilizar esa comunicación como punto de referencia para reconstruir qué estaba haciendo Nerea alrededor de ese momento.
Laura acercó la hoja hacia sí.
La comunicación existía y estaba documentada. El problema era relacionarla con el recuerdo del vehículo sin inducirle una secuencia que acabara aceptando por sugestión.
Nerea ni siquiera había sabido asegurar si lo vio antes o después de hablar con su madre.
Habían hecho bien en detenerse.
—Si volvemos a preguntarle —dijo Mara—, empezaremos por la comunicación y por lo que recuerde de esos minutos. No por el coche. Si el vehículo aparece dentro de la secuencia sin que se lo sugiramos, podremos estrechar la hora.
—Y si no aparece —dijo David—, seguirá siendo un coche sin hora.
—Exacto.
Laura guardó la declaración.
—¿Nerea baja como sospechosa?
Mara pensó antes de responder. Todavía tenían que comprobar a la compañera que la había llevado a trabajar al día siguiente y terminar de cruzar las comunicaciones, pero el núcleo de la mentira estaba ya respaldado por Irene, Marta y los mensajes.
—Mucho. Su mentira protege la ocupación de una vivienda. No tenemos ningún movimiento suyo hacia la Casa de la Umbría ni ningún dato que la sitúe con Álvaro. Cerremos lo que falta antes de apartarla del todo.
David guardó el registro de las 17:55.
La tarde de Nerea ya no era un espacio vacío dentro de la investigación. Tenía una casa, una razón para mentir y un recuerdo limitado que todavía no podían relacionar con la salida de Gabriel.
Para saber si servía de algo, primero tendrían que situarlo en el tiempo sin ponerle la hora en la boca.