Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 21
67%

Capítulo 21

La vivienda ocupada

Nerea tardó en empezar.

Tenía las manos apoyadas sobre el bolso y miraba hacia la mesa, no hacia ellos. Era la misma sala donde había sostenido durante casi una hora que había pasado aquella tarde y la noche en casa de una compañera. Ahora sabía que esa versión ya no se sostenía.

—Salí del trabajo y fui a Valdecierna —dijo al fin.

Laura no la interrumpió. Mara tampoco.

—Llamé a Irene porque no sabía si la llave seguía donde me había dicho. Me explicó que sí y fui a la casa.

—¿A qué hora llegaste? —preguntó Laura.

—No lo sé exactamente. Después de salir del trabajo y de ir andando hasta allí.

—¿Antes de las cinco?

Nerea tardó unos segundos en responder.

—Sí. Creo que sí.

Mara prefirió no estrechar más la hora. Tenían la llamada con Irene y el mensaje posterior; esos datos permitirían situarla mejor que obligándola a escoger un minuto que no recordaba.

—Sigue —dijo.

—Entré y no salí durante bastante rato.

David permanecía a la derecha de Mara. No había abierto la carpeta de rutas. La entrevista tenía que empezar por la mentira de Nerea, no por la información que ellos esperaban obtener de ella.

—¿Por qué mentiste sobre la casa de tu compañera? —preguntó Laura.

Nerea levantó la mirada.

—Porque no podía decir dónde estaba.

—Podías decirlo.

—Sí. Y al día siguiente tenía al propietario, a Álvaro muerto, a Irene metida en un problema por haberme dado una llave y a Marta diciendo vete tú a saber qué.

—Marta sabía que estabas utilizando una vivienda —dijo Mara.

—Lo sé ahora. Entonces no sabía qué iba a contar.

—¿Te había autorizado?

Nerea negó.

—No de verdad.

—Explícalo.

—El lunes hablé con ella y le pedí quedarme un poco más. No me echó, pero tampoco me dijo que pudiera instalarme allí. Me dijo que aquello tenía que acabar y que intentaría buscar otra solución.

—Y el martes seguiste entrando.

—Sí.

—Con la copia de Irene.

—Sí.

Laura dejó que la respuesta quedara asentada antes de continuar.

—¿El propietario sabía que estabas allí?

—No.

—¿Pagabas algo?

—No.

—¿Tenías cosas tuyas dentro?

—Una mochila, ropa, el neceser y algo de comida. No había llevado todo porque se suponía que eran unos días.

Mara recordaba la vivienda que Álvaro le había prometido y que después había desaparecido de sus posibilidades. Entender por qué Nerea había aceptado una solución precaria no cambiaba la necesidad de comprobar lo ocurrido.

—¿Dormiste allí la noche del lunes? —preguntó.

Nerea asintió.

—¿Y la del martes?

—Sí.

Era la primera vez que lo admitía con claridad.

—Entonces, cuando dijiste que estabas fuera de Valdecierna desde media tarde, sabías que era falso.

—Sí.

—Y cuando te preguntamos expresamente si habías dormido en esa vivienda.

Nerea bajó la vista.

—También.

Laura esperó un momento.

—¿Por qué inventaste una historia tan concreta con tu compañera? Dijiste que habíais quedado, que te recogió y que pasaste la noche en su casa.

Nerea cambió de postura.

—Porque al principio sí iba a ir.

—Eso lo sabemos.

—Le escribí para preguntarle si podía quedarme y me dijo que sí. Después pensé que no tenía sentido ir tan lejos con el tiempo que hacía si tenía la llave de la otra casa. Le dije que ya lo había arreglado.

—Y utilizaste esa primera parte para explicar dónde habías dormido.

Nerea hizo una mueca.

—No pensé «voy a fabricarme una coartada». Pensé que, si decía que había dormido con ella, nadie preguntaría por la casa.

—Tu compañera podía desmentirlo.

—Sí.

—¿No lo pensaste?

—Pensé que no la llamaríais por eso.

Sonaba menos a una estrategia calculada que a una mentira improvisada que después había tenido que sostener. Cuanto más precisas se hicieron las preguntas, más detalles había añadido para evitar que se viniera abajo.

—¿Irene sabía que te quedabas a dormir? —preguntó Mara.

—Sí.

—¿Marta?

—Creo que lo sospechaba. Yo no se lo dije así.

—¿Y Álvaro?

—No.

—¿Seguro?

Nerea levantó la cabeza.

—Seguro. Si lo hubiera sabido, me habría hecho salir.

No había resentimiento en la respuesta. Nerea parecía considerarlo evidente.

—¿Por qué? —preguntó Laura.

—Porque después del lío de las llaves estaba muy encima de todo. Una cosa es que alguien de la oficina mire hacia otro lado y otra que el gerente sepa que tienes a una persona metida en una casa sin permiso.

Mara recordó lo que Marta había contado. Álvaro intentaba endurecer el control porque las excepciones habían dejado de ser excepcionales.

—¿Seguías enfadada con él el martes por lo del alquiler?

—Sí.

—¿Querías verlo?

—No.

—Le habías escrito por la mañana.

—Porque quería que me llamara.

—¿Para qué?

Nerea soltó aire.

—Para discutir otra vez, supongo. Para que me dijera qué pensaba hacer. No sé.

—¿Ibas a buscarlo si no te llamaba?

—No.

—¿Sabías que iba a la Casa de la Umbría?

—No.

Mara dejó la respuesta donde estaba.

—Desde que entraste en la vivienda, ¿qué hiciste?

La pregunta pareció desconcertar a Nerea.

—Nada especial.

—Cuéntalo igualmente.

—Me cambié, comí algo, puse la calefacción un rato y estuve con el móvil.

—¿Televisión?

—Un poco.

—¿Música?

—No.

—¿Hiciste llamadas?

—Sí. Supongo.

—No supongas. Las comunicaciones las comprobaremos. Dinos solo lo que recuerdes.

Nerea asintió.

—Hablé con una amiga y respondí mensajes del trabajo. Después hablé con mi madre. No recuerdo quién llamó a quién.

David abrió una hoja, pero no la giró hacia ella.

Mara sabía qué buscaba. El registro de las 17:55 podía resultar útil más adelante, pero no quería introducirlo antes de saber qué recordaba Nerea sin ayuda.

—¿Estuviste todo el tiempo dentro? —preguntó.

Nerea dudó.

—Casi.

—¿Saliste?

—Una vez al patio de delante.

—¿Para qué?

—A tirar una bolsa pequeña. Había un cubo fuera.

—¿A qué hora?

—Ni idea.

—¿Todavía había luz?

Nerea guardó silencio un instante.

—Sí, aunque estaba bastante oscuro por el tiempo.

La respuesta servía de poco para fijar una hora. Una tarde de enero bajo una nevada podía alterar demasiado la percepción de la luz.

—¿Volviste a salir?

—Creo que no.

—¿Miraste por las ventanas?

Nerea la observó con recelo.

—Supongo. Estaba en una casa. Miraría.

—No intento llevarte a ninguna respuesta. Quiero saber qué recuerdas.

—Estuve en la cocina y en el salón. Desde el salón se ve una parte de la calle.

—¿Qué parte?

Nerea describió la orientación.

Coincidía con lo que Mara y David habían comprobado: desde la vivienda no se veía la Casa de la Umbría ni la embocadura de su acceso, pero sí parte de la calle y del movimiento hacia una de las salidas del núcleo.

Mara no se lo dijo.

—¿Viste a alguien conocido?

—No.

—¿Algún vehículo que recuerdes?

Nerea respondió tras una breve pausa.

—Pasó alguno.

—¿Hay alguno que te llamara la atención?

—Uno.

David mantuvo la vista en la hoja.

—¿Por qué? —preguntó Mara.

Nerea se quedó callada un momento.

—Porque iba despacio.

—¿Eso era raro con la nieve?

—No mucho.

—Entonces ¿por qué lo recuerdas?

—No sé. Igual porque estaba mirando justo entonces.

Esperaron.

—Era oscuro —añadió Nerea—. O gris oscuro. No sabría decir.

—¿Turismo, furgoneta, todoterreno?

—Coche. Creo.

—¿Marca?

—No.

—¿Modelo?

—Tampoco.

—¿Matrícula?

Nerea negó con la cabeza.

—No vi nada así.

—¿Al conductor?

—No.

—¿Cuántas personas había dentro?

—No lo sé.

El recuerdo era limitado. Podía resultar útil si conseguían situarlo temporalmente, pero no permitía identificar a nadie.

—¿En qué dirección iba? —preguntó Laura.

Nerea señaló sobre la mesa como si tuviera delante la calle.

—Hacia la salida.

—¿La salida a la carretera?

—Sí.

—¿Venía desde el interior del pueblo?

—Sí.

Mara pensó en la disposición de Valdecierna. Desde aquella ventana era imposible saber si un vehículo procedía de la Casa de la Umbría. Podía haber salido de cualquier calle o encontrarse allí por cualquier otro motivo.

—¿Se detuvo?

—No.

—¿Aceleró?

—No.

—¿Hizo alguna maniobra?

—No. Pasó y ya está.

—¿Recuerdas si llevaba nieve encima?

—No.

—¿Los faros estaban encendidos?

—Creo que sí.

—¿Estás segura?

Nerea se tomó unos segundos.

—No. Me parece que sí porque estaba oscuro, pero igual lo estoy completando ahora.

—Entonces no lo fijamos.

David levantó la vista.

—¿Recuerdas si lo oíste antes de verlo?

Nerea frunció el ceño.

—Puede ser. No sé.

—¿Motor fuerte, ruedas patinando, algún golpe?

—No.

—¿Solo pasó?

—Sí.

Mara dejó que la descripción terminara ahí. No había ninguna razón para convertir un vehículo corriente en un acontecimiento memorable.

—¿A qué hora fue? —preguntó.

Nerea soltó una risa breve.

—Ni idea.

—¿Antes o después de cenar?

—Antes.

—¿Antes o después de hablar con tu madre?

Nerea permaneció unos segundos en silencio.

—No sé. Quizá antes.

Mara vio el esfuerzo por ordenar recuerdos que no estaban anclados y cortó antes de que las preguntas empezaran a construir una secuencia por ella.

—Déjalo.

Nerea la miró.

—¿No importa?

—Importa si podemos fijarlo bien. Si no, es mejor no inventar una hora.

David cerró la hoja.

Laura regresó a la estancia en la vivienda.

—¿Te quedaste allí hasta el miércoles por la mañana?

—Sí.

—¿Saliste durante la noche?

—No.

—¿Recibiste a alguien?

—No.

—¿Entró alguien más?

—No.

—¿Sabes si había otras copias de la llave?

—Irene tenía una. Marta supongo que también tendría acceso por otro medio.

—¿Escuchaste algo fuera de lo normal?

Nerea negó.

—Nevaba. Pasaban coches de vez en cuando y después cada vez menos. Nada más.

—¿A qué hora te acostaste?

—Sobre las once.

—¿Cómo fuiste a trabajar al día siguiente?

—Me llevó una compañera de un bar de Valdecierna. Vive cerca y sabía que yo estaba allí.

Laura levantó la vista.

—Eso no lo habías dicho.

—Porque significaba admitir dónde dormía.

—¿Podrá confirmarlo?

—Sí.

Aquella comprobación sería sencilla.

—¿Sabía que estabas en la casa sin permiso del propietario? —preguntó Mara.

—Sabía que me la habían dejado unos días. No le expliqué todo.

Mara volvió al vehículo.

—¿Lo relacionaste con Álvaro cuando supiste que había muerto?

Nerea pareció sorprendida.

—No.

—¿Por qué no lo mencionaste en tu primera declaración?

—Porque no me pareció importante. Pasan coches.

—¿Y ahora?

Nerea miró a David y después a Laura.

—Me habéis preguntado.