Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

La tarde de Gabriel

David redujo la velocidad antes de llegar al cruce y dejó que el coche avanzara unos metros sin hablar.

Mara llevaba el mapa plegado sobre las rodillas, aunque apenas lo había consultado durante el último tramo.

Quería comprobar la secuencia desde dentro del vehículo, no convertir la carretera en una sucesión de cifras.

El recorrido que estaban haciendo no pretendía reproducir el temporal del martes: el firme estaba limpio en la mayor parte del trayecto y solo quedaban restos de nieve endurecida en las cunetas.

Servía para otra cosa. Necesitaban comprobar que la geografía construida sobre documentos correspondía con una ruta razonable cuando se recorría de verdad.

—Hasta aquí no hay nada especial —dijo David.

—Eso también es información.

—Esperaba una respuesta menos filosófica.

—No era filosófica.

David sonrió y continuó conduciendo.

La carretera descendía durante unos minutos antes de recuperar altura.

Había dos curvas donde un conductor prudente habría reducido con nieve y un tramo expuesto en el que el viento podía acumular más material en un lateral.

Nada obligaba a imaginar una conducción rápida ni una pericia especial.

Incluso utilizando las horquillas más lentas que habían fijado para la tarde del crimen, Gabriel disponía de tiempo suficiente para alcanzar el sector de Valdecierna bastante antes de las cinco.

Eso ya lo sabían sobre el papel. Recorrerlo les permitía entender algo más importante: la mentira de la llegada tardía no ocultaba un trayecto imposible ni una maniobra extraordinaria. Ocultaba horas corrientes.

—Si después de comprar a las tres cuarenta y seis hubiera venido directamente hacia aquí, habría llegado con mucho margen —dijo David.

—Sí.

—Y si hizo alguna parada, también podría encajar.

—Depende de cuánto durara.

—Pero el margen existe.

Mara asintió.

La compra había fijado un punto, no una intención. Gabriel podía haber salido del establecimiento hacia su alojamiento, visitado a alguien, detenido en otro lugar o ido a la Casa de la Umbría. La investigación no podía elegir una de esas opciones solo porque conociera el resultado final.

David tomó el desvío que conducía hacia el sector ficticio de Valdecierna.

—Desde aquí empezaría la parte que el martes podía estar peor.

La carretera se estrechó ligeramente. La nieve acumulada en los lados permitía imaginar mejor el efecto de una nevada persistente, aunque Mara evitó comparar el estado actual con el de ocho días antes. Para eso ya tenían partes de vialidad, fotografías y las declaraciones de Vicente.

Miró la hora del vehículo únicamente como referencia del recorrido presente.

—No uses lo que tardemos hoy.

—Ni pensaba hacerlo.

—Lo has mirado tres veces.

—Porque conduzco y tengo un reloj delante.

Mara dejó el mapa en el asiento trasero.

—Entonces sigue conduciendo.

David se rio.

Llegaron al punto donde se separaba el camino hacia la Casa de la Umbría.

Mara reconoció la embocadura de inmediato, aunque el caballón que había dominado la primera inspección era ya una acumulación deformada y sucia.

La carretera estaba despejada y el acceso privado conservaba nieve en las zonas umbrías.

David detuvo el coche en un lugar seguro.

No bajaron enseguida.

Mara observó el inicio del camino a través del parabrisas. Durante los primeros días, aquel punto había funcionado casi como una frontera: fuera, la carretera; dentro, una casa que parecía haber quedado aislada demasiado pronto. Ahora sabían que esa frontera había cambiado a lo largo de la tarde.

—A las seis y doce pasa la máquina —dijo David—. Antes de eso, este borde todavía no tiene la acumulación que vimos el miércoles.

Mara siguió mirando el acceso.

—Y antes de las cinco la carretera local seguía siendo practicable con precaución. Del camino privado no sabemos el estado exacto, pero Álvaro llegó hasta aquí y decidió continuar andando.

—Gabriel, si vino antes, pudo hacer otra cosa.

—Sí.

—Entrar con el coche.

—O dejarlo fuera. O detenerlo en otro punto. No sabemos dónde estuvo su vehículo.

David asintió.

Habían reconstruido lo suficiente para afirmar que un conductor podía llegar a la zona sin desafiar el temporal. El siguiente salto, suponer cómo lo había hecho Gabriel, seguía dependiendo de pruebas que todavía no tenían.

Bajaron del coche.

La temperatura había subido respecto a los primeros días de la investigación, aunque el aire seguía frío y seco.

Mara caminó unos metros por el acceso sin intención de llegar hasta la vivienda.

Lo había recorrido varias veces y no necesitaba repetir una inspección conocida.

Le bastaba con comprobar el ángulo de la embocadura y recordar cómo conectaba con la carretera local.

David se quedó mirando hacia Valdecierna.

—Si Gabriel sale de la casa antes de las seis, puede alcanzar el núcleo sin encontrar todavía el caballón de vialidad.

—Sí.

—Y desde ahí continuar hacia su alojamiento.

Mara volvió junto a él.

—Con una horquilla amplia.

—Cinco a siete minutos desde la casa hasta la salida de Valdecierna en las condiciones que hemos fijado. Después, entre veintidós y treinta hasta el alojamiento.

—Son referencias de trabajo, no una cronometría.

—Ya lo sé.

—Te lo digo porque dentro de una semana todos empezaremos a recordar los tiempos con más precisión de la que realmente tenemos.

David no discutió.

Volvieron al coche y siguieron hacia el núcleo.

Valdecierna tenía la escala suficiente para entender bien sus movimientos.

No había grandes avenidas ni muchas salidas equivalentes.

Las calles interiores desembocaban en pocos puntos útiles para abandonar el pueblo en vehículo, y la carretera por la que circulaban conectaba con el trayecto hacia el alojamiento de Gabriel.

Mara se fijó en la disposición de las casas, no porque esperara encontrar una pista nueva mirando fachadas, sino porque quería situar algo que hasta entonces había permanecido separado del recorrido de Gabriel.

La vivienda ocupada por Nerea.

—¿Dónde está?

David no necesitó aclarar la pregunta.

—Dos calles más arriba. Sergio localizó la entrada exacta cuando comprobó la copia de Irene.

No aparcaron delante. Dejaron el coche en un ensanche y continuaron a pie por una calle corta, con una pendiente moderada. La vivienda no tenía nada que la distinguiera del resto: fachada rehabilitada, contraventanas oscuras y un pequeño espacio delantero parcialmente protegido por un muro bajo.

David se detuvo sin acercarse.

—Esta es.

Mara miró primero la vivienda y después la calle.

Desde allí no se veía la Casa de la Umbría. Tampoco la embocadura de su acceso. Eso descartaba cualquier posibilidad de convertir a Nerea en testigo directa de lo ocurrido junto a la casa.

Sin embargo, el recorrido para abandonar Valdecierna pasaba cerca.

No delante.

Cerca.

Mara caminó hasta el extremo de la calle y comprobó el ángulo.

Un vehículo que saliera del núcleo hacia la carretera principal podía ser percibido desde distintos puntos del entorno, sobre todo si alguien estaba junto a una ventana, salía a la calle o prestaba atención al ruido.

La distancia no permitía leer una matrícula con facilidad ni identificar a un conductor dentro de un coche en movimiento, especialmente con mala luz y nieve.

Pero sí podía servir para algo más modesto.

—¿A qué hora creemos que Nerea entró aquí? —preguntó.

David consultó las notas.

—La llamada con Irene es a las cuatro y treinta y tantos. Por tiempos y mensajes, antes de las cinco ya podía estar dentro. No tenemos una entrada registrada.

—Y según su primera versión estaba fuera de Valdecierna.

—En casa de la compañera.

—Que nunca la vio.

David guardó el teléfono.

—Si realmente estaba aquí, ocupa esta vivienda durante toda la franja que nos interesa.

Mara tardó en responder.

Hasta entonces habían tratado la ubicación de Nerea principalmente como un problema de sospecha: había mentido, estaba más cerca de Álvaro de lo que decía y tenía un conflicto reciente con él.

Pero si la mentira se explicaba por la ocupación irregular, esa misma presencia podía convertirla en una fuente de información.

—Todavía no sabemos cuánto tiempo permaneció dentro —dijo Mara—. Y aunque lo admita, tampoco sabemos si vio algo.

David observó la calle.

—Pero merece la pena preguntarlo.

—Sí.

Continuaron andando hasta la salida del núcleo.

Mara quiso recorrer el tramo a pie porque necesitaba entender qué podía percibir una persona desde la vivienda sin convertir el ejercicio en una reconstrucción artificial.

El tráfico actual era escaso. En varios minutos pasó una furgoneta y después un turismo.

Ambos se oyeron antes de aparecer al final de la calle, aunque el sonido variaba con la velocidad y la posición.

—Con nieve se oiría distinto —dijo David.

—Y con las ventanas cerradas también.

—Claro.

—No probemos un recuerdo que todavía no sabemos si existe.

David se metió las manos en los bolsillos.

—Solo estoy escuchando.

Mara lo miró.

—Eso está permitido.

Regresaron al coche sin acercarse a la vivienda. No necesitaban llamar a la puerta ni provocar una conversación improvisada. Si volvían a interrogar a Nerea, sería en condiciones controladas y con la documentación delante.

El siguiente recorrido comenzó en la salida de Valdecierna.

David siguió hacia el alojamiento de Gabriel con una conducción normal y prudente. Mara volvió a ignorar el reloj. Le interesaban las características del trayecto: dónde obligaban las curvas a reducir, qué tramos podían haber acumulado nieve y cuántas alternativas razonables existían.

Después de varios kilómetros, la carretera recuperaba mejores condiciones. Las actuaciones de vialidad afectaban de manera distinta a cada sector, de modo que la salida desde Valdecierna podía haber sido más lenta que el último tramo hacia Bronchales.

—Si alguien sale de Valdecierna antes de las seis —dijo David—, incluso usando la parte lenta de la horquilla, puede registrarse a las seis y media sin problema.