Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Fotografías actualizadas de la casa, la relación de ciertos objetos y varios presupuestos. Quería comparar lo que se había hecho con lo que yo tenía apuntado.

Mara reconoció el contenido general del mensaje que Noelia ya había recuperado. La hora constaba en la documentación: 10:40.

—¿Le contestó? —preguntó Laura.

—Sí, pero no con todo. Me dijo que lo estaba ordenando y que hablaríamos.

—¿Ese mismo día?

—No fijamos una hora.

—¿Le dijo que iba a enviarle documentación?

—Sí.

—¿Qué documentación?

—Fotos, gastos, encargos y lo que tuviera sobre los muebles.

—¿Le dio a entender que Gabriel había actuado sin su consentimiento?

Pilar negó.

—No utilizó esas palabras. Álvaro no quería meterse entre nosotros. Parecía preocupado por dejar claro qué había pedido uno y qué había aprobado el otro.

Mara encontró coherente la descripción. Álvaro no necesitaba ponerse de parte de Pilar; bastaba con negarse a seguir trabajando sobre órdenes contradictorias.

—¿Habló con Gabriel el martes antes de saber que Álvaro había muerto? —preguntó.

Pilar bajó la vista hacia sus papeles.

—Sí.

Laura no se movió.

—¿A qué hora?

—No lo recuerdo. Por la tarde.

—¿De qué hablaron?

—De la casa.

—Necesitamos algo más concreto.

Pilar cerró la carpeta.

—Me llamó por otro asunto y acabamos hablando de Álvaro. Le dije que estaba esperando documentación y que quería aclarar de una vez los gastos.

Mara notó un cambio de tono. No era miedo, pero sí una cautela que no había aparecido al hablar de muebles o dinero.

—¿Cómo reaccionó su hermano?

—Se enfadó.

—¿Con usted o con Álvaro?

—Con la situación.

—Eso es demasiado amplio.

Pilar miró a Mara.

—Dijo que Álvaro estaba complicando todo, que hacía falta terminar la casa y dejar de revisar cada decisión como si hubiéramos cometido un delito.

—¿Utilizó esa palabra?

—«Delito», sí. O algo muy parecido.

—¿Por qué?

—Porque yo le pregunté directamente si había vendido cosas sin decírmelo.

La sala quedó en silencio unos segundos.

Era la primera vez que podían situar una pregunta tan concreta de Pilar antes de la muerte de Álvaro.

—¿Qué respondió Gabriel? —preguntó Laura.

—Que no dramatizara. Que habían quitado cosas que no servían, que parte del dinero había vuelto a la casa y que me lo explicaría cuando todo estuviera cerrado.

—¿Admitió ventas?

Pilar se tomó unos segundos.

—No como lo estoy viendo ahora. Admitió que se había deshecho de algunas cosas.

—¿Le dijo cuáles?

—No.

—¿Cuánto había obtenido?

—No.

—¿Dónde estaba ese dinero?

—Dijo que se había usado para gastos de la reforma.

Mara repasó lo que ya conocían. Gabriel había dado a Álvaro explicaciones distintas según el momento: primero bienes almacenados y después ventas de algunas piezas.

Con Pilar había mantenido durante meses la idea de que los objetos importantes seguían guardados y solo empezó a admitir retiradas cuando ella preguntó de forma directa.

—¿Le creyó? —preguntó Mara.

Pilar dejó pasar unos segundos.

—Creí que tenía que comprobarlo.

Era una respuesta más útil que un sí o un no.

Laura colocó varias facturas delante de ella.

—¿Reconoce estos trabajos?

Pilar las revisó una a una. Algunos los identificó enseguida. Otros le resultaban conocidos en términos generales, aunque no recordaba importes. En tres partidas aseguró no haber dado autorización previa y en una cuarta recordó haber rechazado expresamente el presupuesto porque le parecía excesivo.

Mara no convirtió cada discrepancia en una pregunta. Lo importante estaba en el patrón: Gabriel había asumido una capacidad de decisión mayor de la que Pilar creía haberle concedido.

—¿Cuánto dinero podían representar las actuaciones que usted no había autorizado? —preguntó Laura.

—Tendría que sumarlo.

—¿Miles de euros?

—Sí. Varios miles, seguro.

—¿Decenas de miles?

Pilar negó.

—No creo.

La escala importaba. No necesitaban una fortuna escondida para que existiera un conflicto patrimonial serio.

—¿Y los bienes vendidos? —preguntó Mara—. ¿Tenían mucho valor?

—Algunos poco. La cómoda podría valer algo; las lámparas, no sé. Había piezas antiguas, pero no una colección de museo. Para mí el problema no es si sacó dos mil o cinco mil euros.

—¿Cuál es?

Pilar apoyó las manos sobre la carpeta.

—Que eran de los dos.

Laura dejó las facturas a un lado.

—Si Álvaro le hubiera enviado toda esa documentación el martes, ¿qué habría hecho?

Pilar tardó más en responder que con cualquier otra pregunta.

—Hablar con Gabriel.

—¿Nada más?

—Depende de lo que hubiera encontrado.

—¿Podría haberle reclamado dinero?

—Claro.

—¿Podría haber pedido que se parara la explotación de la casa?

—Sí.

—¿Tomar medidas legales?

Pilar miró las fotografías antes de contestar.

—Si había vendido bienes comunes sin mi autorización y no podía justificar el dinero, supongo que habría tenido que asesorarme. Pero esa mañana no estaba pensando en llevar a mi hermano a un juzgado.

Mara agradeció la ausencia de dramatización. La amenaza para Gabriel no necesitaba consistir en una denuncia inmediata. Bastaba con que una situación que llevaba meses gestionando mediante explicaciones parciales dejara de estar bajo su control.