Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Pilar

Pilar Montalbán no quiso empezar por los muebles.

Había llegado poco después de las diez, tras conducir desde Valencia, donde vivía desde hacía años.

Laura le había ofrecido la posibilidad de hablar por videoconferencia, pero ella prefirió desplazarse a Teruel.

Según explicó al concertar la cita, no quería seguir respondiendo preguntas sobre la Casa de la Umbría sin saber antes qué estaban intentando aclarar.

Mara entendió la prevención. Gabriel ya había declarado y, aunque ignoraban cuánto habían hablado los hermanos desde la muerte de Álvaro, Pilar sabía que la investigación estaba revisando decisiones tomadas sobre una propiedad compartida.

Tendría unos cincuenta años. Se parecía a Gabriel lo suficiente para que el parentesco resultara evidente, aunque sus formas eran distintas. Hablaba despacio, corregía las fechas cuando no estaba segura y llevaba una carpeta propia que dejó cerrada junto al bolso.

Laura abrió la entrevista con las cuestiones formales y después le pidió que explicara desde el principio cuál era su relación con la Casa de la Umbría.

—Es de Gabriel y mía a partes iguales —respondió Pilar—. La heredamos de nuestros padres. Durante mucho tiempo la usamos poco y acabamos decidiendo arreglarla.

—¿Para venderla? —preguntó Laura.

—Nunca llegamos a decidir eso. La idea era conservarla y que, al menos durante una temporada, pudiera alquilarse para cubrir gastos. Gabriel quería darle más uso. Yo prefería hacer lo imprescindible y no meternos en una reforma eterna.

La diferencia coincidía con lo que ya habían encontrado en los mensajes, pero Mara dejó que Pilar la explicara con sus propias palabras.

—¿Quién se ocupaba de la reforma?

—Los dos, en teoría. En la práctica, Gabriel mucho más.

—¿Por qué?

—Está más pendiente de esas cosas. Presupuestos, industriales, materiales... A mí me agotaba. Además, él iba con más frecuencia por la zona.

—¿Le parecía bien que tomara decisiones por los dos?

Pilar inclinó ligeramente la cabeza.

—Depende de qué decisión.

Era casi la misma respuesta que había dado Gabriel.

Mara intervino.

—Pónganos un ejemplo.

—Si se rompe una persiana y hay que cambiarla, no necesito que mi hermano me llame para pedirme permiso. Si vamos a gastar ocho mil euros o vender una cómoda que era de nuestros padres, sí espero que me lo diga.

—¿Habían acordado algún límite de dinero?

—No por escrito.

—¿Verbalmente?

—Habíamos dicho que los cambios importantes se consultaban. No llevábamos una comunidad de propietarios.

Pilar parecía incómoda con la necesidad de convertir una relación familiar de años en una lista de reglas exactas.

—¿Tenían problemas por dinero? —preguntó Laura.

—Teníamos discusiones por la casa. No es lo mismo.

—¿Con qué frecuencia?

—Últimamente más.

—¿Por qué?

Pilar miró la carpeta que había traído, pero no la abrió.

—Porque cada vez que preguntaba por una cosa aparecía otra.

Mara esperó.

—Primero eran trabajos que costaban más de lo que yo recordaba haber aceptado.

Después, muebles que no estaban donde debían.

Gabriel siempre tenía una explicación razonable si la escuchabas por separado: que una obra había subido, que una pieza estaba guardada para que no se estropeara, que había hecho falta cambiar otra cosa.

El problema era que yo me enteraba cuando ya estaba hecho.

Laura dejó pasar unos segundos.

—¿Pensaba que su hermano estaba quedándose con dinero de la casa?

Pilar negó.

—No pensaba en esos términos.

—¿Qué pensaba?

—Que estaba haciendo lo que le daba la gana porque creía que al final yo acabaría aceptándolo.

Había enfado, pero no dramatismo. Pilar parecía esforzarse por mantener aquella disputa dentro de sus verdaderas dimensiones.

—¿Tenían mala relación? —preguntó Mara.

—No. Es mi hermano. Hemos discutido toda la vida y seguimos hablando.

—¿Incluso estos últimos meses?

—Sí.

—¿Llegó a plantearse reclamarle algo judicialmente?

Pilar se tomó unos segundos.

—No. Primero quería saber qué había hecho.

Laura abrió una de las carpetas de la investigación.

—Háblenos de los objetos de la casa.

Colocó varias fotografías sobre la mesa. Pilar reconoció la cómoda del salón inmediatamente.

—Esta era de mi madre.

—¿Sabe dónde está ahora?

—No.

—¿Cuándo la vio por última vez?

—En verano, creo. Quizá antes.

—¿Autorizó que se retirara?

—Durante las obras, sí. Que se vendiera, no.

Laura mantuvo la expresión.

—¿Quién le dijo que la habían retirado?

—Gabriel. Me explicó que habían guardado algunas cosas para trabajar con más espacio y evitar que se dañaran.

—¿Dónde estaban guardadas?

—Yo entendí que en un almacén.

—¿Qué almacén?

Pilar frunció el ceño.

—No me dio una dirección. Dijo «almacenadas» o «guardadas». No recuerdo la palabra exacta.

Mara sacó la fotografía de las lámparas.

—¿Y estas?

—También pensaba que estaban guardadas.

—¿Dio permiso para venderlas?

Pilar la miró con atención.

—No.

—¿Está segura?

—Completamente.

Laura puso delante de ella una copia del mensaje en el que Gabriel había explicado a Álvaro que algunos bienes se habían vendido durante la reforma.

Pilar leyó sin tocar el papel. Su expresión apenas cambió, aunque tuvo que volver al principio una segunda vez.

—No sabía esto.

—¿Nunca hablaron de vender muebles?

—Claro que hablamos de deshacernos de cosas. Había muebles sin valor, colchones viejos, cacharros que no tenía sentido conservar. Pero no de vender esto sin decírmelo.

—¿Qué entiende por «esto»?

Pilar señaló las fotografías.

—La cómoda, esas lámparas y cualquier cosa del inventario familiar que hubiéramos marcado los dos para conservar.

Mara reparó en la precisión. Pilar no estaba reclamando cada objeto retirado durante la reforma; distinguía entre enseres prescindibles y bienes sobre los que habían tomado una decisión conjunta.

—¿Y las cajas de la planta superior?

Pilar suspiró.

—Eso es más complicado.

—¿Por qué?

—Porque ni yo misma podría decirles qué había dentro de todas. Cuando vaciamos la casa de mis padres metimos muchas cosas deprisa: papeles, vajilla, libros, ropa, fotografías... Algunas cajas estaban identificadas y otras no.

—¿Autorizó que se retiraran?

—Que se movieran durante la obra, sí. Que desaparecieran, no.

—¿Sabe si alguna se vendió?

Pilar levantó las cejas.

—¿Quién compra una caja de papeles familiares?

—No lo sabemos. Le pregunto si Gabriel le dijo algo.

—No.

El enfado de Pilar no aumentaba a medida que aparecían nuevos datos. La información parecía producirle más desconcierto que indignación. No había acudido esperando descubrir un gran expolio, sino intentando entender por qué llevaba semanas sin conseguir una explicación completa.

—¿Cuándo empezó a preocuparse? —preguntó Mara.

—En diciembre.

—¿Por algo concreto?

—Fui a la casa y vi que habían hecho más cosas de las que yo recordaba haber aprobado. No necesariamente cosas malas. Ese era parte del problema. Había cambios que podían tener sentido, pero nadie me había preguntado.

—¿Como cuáles?

—Carpintería, una parte de la instalación, algunos acabados. Gabriel decía que si parábamos a consultarlo todo no terminábamos nunca.

—¿Y usted?

—Que una cosa era cambiar un grifo y otra gastar dinero de los dos.

Laura buscó otra hoja.

—¿Quién pagaba las obras?

—Habíamos puesto dinero los dos. Después Gabriel adelantó alguna cantidad porque quería acelerar la reforma.

—¿Cuánto?

—No tengo ahora la cifra exacta.

—¿Le reclamaba su parte?

—Sí.

—¿Se la pagó?

—Una parte. Otra seguía pendiente porque yo quería ver las cuentas completas.

Aquello añadía un matiz importante. Gabriel no solo había dirigido trabajos: también había adelantado dinero y esperaba recuperar parte de lo invertido. Podía explicar decisiones apresuradas sin convertirlas automáticamente en apropiaciones.

—¿Su hermano tenía problemas económicos? —preguntó Mara.

Pilar negó con rapidez y después matizó.

—No que yo sepa. No estaba arruinado ni nada parecido. Sé que tenía gastos y que estaba poniendo más dinero del previsto en la casa, pero nunca me dijo que tuviera un problema serio.

—¿Le pidió dinero con urgencia?

—Me pidió que le transfiriera mi parte de algunas facturas. Urgencia... depende de lo que entiendan por urgencia. Gabriel es de los que mandan un mensaje un viernes y el lunes preguntan por qué todavía no lo has hecho.

Laura cambió de documento.

—¿Conocía a Álvaro Civera?

—Sí, aunque no mucho. Hablábamos por teléfono y por correo por la casa.

—¿Confiaba en él?

Pilar tardó unos segundos en responder.

—Me parecía serio. A veces demasiado prudente, porque para cualquier cosa quería confirmación, pero ahora entiendo por qué.

—¿Habían hablado últimamente?

—Sí.

—¿Sobre los objetos?

—Entre otras cosas.

Mara dejó que siguiera.

—A finales de diciembre le pregunté dónde estaban algunas cosas. Me dijo que revisaría las fotos y el inventario. Después empezamos a hablar también de los gastos porque había partidas que yo no reconocía.

—¿Álvaro acusó a Gabriel de quedarse con bienes?

—No.

—¿De venderlos?

—Tampoco me lo dijo así.

—¿Qué le dijo exactamente?

Pilar desvió la mirada, buscando la frase.

—Que había diferencias entre la documentación de Cierzo Rural y lo que Gabriel le estaba contando. Que antes de seguir preparando la casa para alquilar necesitaba que los dos propietarios estuviéramos de acuerdo.

Aquello encajaba con la decisión que habían encontrado en las notas de Álvaro.

—¿Le habló de parar trabajos? —preguntó Laura.

—Sí. Me pareció lógico.

—¿Gabriel lo sabía?

—Supongo que sí.

Mara no aceptó la suposición.

—¿Álvaro le dijo que se lo hubiera comunicado?

—No recuerdo que me lo dijera expresamente.

—Entonces dejémoslo ahí.

Pilar asintió.

Laura pasó al martes, el día de la muerte.

—¿Tuvo contacto con Álvaro esa mañana?

—Le escribí.

—¿Por qué?

—Porque llevaba varios días esperando unas fotos y unos presupuestos.

—¿Qué le pidió?

Pilar abrió finalmente la carpeta que había traído. Contenía impresiones de correos y varias notas propias.