Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo que falta

A media mañana, Marta dejó sobre la mesa tres carpetas y una caja de cartón llena de fotografías impresas.

—Esto es todo lo que hemos encontrado de la Casa de la Umbría. Al menos en papel.

Noelia se había conectado desde Madrid para trabajar sobre las copias digitalizadas.

Laura y Mara ocupaban una de las mesas del fondo de Cierzo Rural.

David estaba fuera con Sergio comprobando otras diligencias y, por primera vez en varios días, la oficina parecía demasiado silenciosa para la cantidad de documentos que habían reunido.

Mara abrió la primera carpeta. Había presupuestos de obra, facturas, hojas de encargo y una relación de bienes elaborada meses antes.

La segunda contenía fotografías tomadas durante las distintas fases de la reforma.

En la tercera se acumulaban mensajes impresos, anotaciones de Álvaro y documentos posteriores.

—¿Quién hizo el inventario original? —preguntó.

Marta se sentó frente a ellas.

—Álvaro empezó cuando los hermanos decidieron reformar la casa. Yo añadí algunas cosas después. No era un inventario notarial ni nada parecido. Servía para saber qué había, qué se quedaba y qué se retiraba durante las obras.

—¿Gabriel y Pilar recibieron copia?

—Sí.

—¿Los dos?

—Los dos. Se mandó por correo.

Laura buscó la fecha.

—¿Contestaron?

—Pilar hizo algunas observaciones. Gabriel también. Casi todo eran cosas normales: muebles que querían conservar, otros que se podían mover, cajas que todavía no sabían dónde guardar.

Mara pasó las páginas despacio. Había fotografías amplias de las habitaciones y otras tomadas de frente para identificar objetos concretos.

Una cómoda oscura aparecía junto a una pared del salón; dos lámparas de sobremesa descansaban sobre un mueble auxiliar y varias cajas numeradas se apilaban en una estancia de la planta superior.

Ninguna pieza parecía extraordinaria por su valor.

Lo importante era que todas constaban allí.

—¿Cuándo se hizo la última revisión completa?

Marta señaló una fecha varios meses posterior.

—Después de una parte de las obras. Para entonces ya faltaban algunas cosas de las primeras fotos, pero Gabriel nos había dicho que se habían llevado a guardar.

Laura levantó la vista.

—¿Dónde?

Marta dudó.

—Nunca dio una dirección concreta.

—¿Se la pedisteis?

—Álvaro sí.

Noelia intervino desde el altavoz.

—Tengo esos mensajes.

En la pantalla apareció una conversación incorporada a la documentación de Cierzo Rural.

Álvaro preguntaba por el destino de varios objetos porque necesitaba actualizar la relación de bienes.

Gabriel respondía que se habían apartado durante las obras y que estaban guardados hasta decidir qué hacer con ellos.

No figuraba ninguna ubicación.

—¿Pilar sabía que se habían retirado? —preguntó Mara.

Marta negó con cautela.

—No sé lo que Gabriel le contaba a su hermana. Lo que sí sé es que meses después Pilar empezó a preguntar por algunas cosas como si creyera que seguían allí.

Mara recordó las referencias que ya habían aparecido: una cómoda, dos lámparas y varias cajas. Hasta entonces no pasaban de ser una discrepancia administrativa dentro de una propiedad compartida. Con las fotografías delante, la cuestión adquiría más cuerpo.

—Vamos por partes —dijo Laura—. ¿Qué objetos podemos afirmar que estaban en la casa según el inventario inicial?

Marta acercó la primera relación.

Trabajaron casi una hora sin intentar decidir todavía qué significaban las diferencias.

Cada objeto tenía que superar tres comprobaciones: presencia documentada en el inventario antiguo, ausencia en imágenes posteriores y existencia o no de una explicación escrita sobre traslado, retirada o eliminación.

Noelia iba construyendo la comparación desde Madrid.

Cuando una fotografía no permitía asegurar que un objeto faltaba, lo marcaba como dudoso.

Si una nota de obra justificaba que se hubiera movido a otra habitación, salía de la lista.

También descartaron varios objetos pequeños que podían haber cambiado de sitio sin que nadie considerase necesario registrarlo.

Al terminar la primera ronda quedaban menos elementos de los que sugería el desorden inicial, pero los que seguían pendientes tenían un respaldo mejor.

La cómoda era uno de ellos.

—Inventario de abril: salón —dijo Noelia—. Fotografía posterior a la primera fase de obra: sigue allí. En la serie de octubre ya no aparece.

Marta señaló otra imagen.

—La pared se pintó y movieron todos los muebles.

—¿Hay alguna fotografía de la cómoda en otra habitación? —preguntó Mara.

—No.

Noelia continuó.

—Mensaje de Álvaro a Gabriel preguntando dónde la han llevado. Respuesta: «guardada con el resto».

Laura anotó la referencia.

—¿Qué es «el resto»?

—Eso es lo que estoy intentando identificar.

Las dos lámparas presentaban un recorrido parecido. Figuraban en fotografías antiguas, desaparecían después y Gabriel había contestado que se habían retirado temporalmente para protegerlas durante la obra. Tampoco constaba dónde estaban.

Las cajas resultaban más difíciles. Algunas se habían abierto, otras cambiado de sitio y dos aparecían después en un cuarto auxiliar. Sin embargo, varias de las numeradas en el inventario inicial no estaban localizadas en ninguna fotografía posterior.

—¿Qué contenían? —preguntó Mara.

Marta se encogió de hombros.

—No tengo una relación completa. Ropa antigua, vajilla, libros, papeles familiares... cosas así. Los propietarios sabrán mejor qué había dentro.

—¿Álvaro lo sabía?

—No necesariamente. El inventario registraba las cajas, no cada cosa.

Mara dejó una fotografía a un lado. No necesitaban convertir aquello en un catálogo exhaustivo. Bastaba con saber qué había desaparecido del control de Cierzo Rural y quién había dado explicaciones sobre ello.

—¿Hay algún documento donde Pilar autorice esas retiradas?

Noelia respondió después de revisar varias referencias.

—No en lo que tenemos.

—¿Algún mensaje suyo aceptándolas?

—Tampoco.

Laura miró a Marta.

—¿Podría existir una autorización fuera de vuestra documentación?

—Claro. Los hermanos podían haber hablado entre ellos.

Era una posibilidad obvia y necesaria. La ausencia de un documento en Cierzo Rural no demostraba por sí sola que Pilar no hubiese consentido nada.

—¿Cuándo empieza Pilar a preguntar por esos objetos? —preguntó Mara.

Marta buscó entre las hojas impresas.

—A finales de diciembre. Primero de forma general y luego ya menciona cosas concretas.

Noelia localizó los mensajes y los proyectó en pantalla.

Pilar preguntaba si durante las obras se había trasladado mobiliario a otro lugar. Álvaro respondía que revisaría el inventario y hablaría con Gabriel. Días después, ella preguntaba específicamente por las lámparas y por varias cajas que recordaba haber dejado en la casa.

No había acusaciones, solo extrañeza.

Precisamente por eso resultaba útil.

—¿Álvaro llegó a decirle dónde estaban? —preguntó Laura.

—No todavía. Dice que está comprobándolo.

Mara repasó las fechas. Cada documento acercaba aquella duda a los días anteriores a la muerte.

—¿Y Gabriel?

Noelia abrió otra conversación.

En ella, Gabriel afirmaba que parte del mobiliario se había retirado durante las obras para evitar daños y que algunas piezas se habían vendido porque ocupaban espacio y no tenían utilidad para la futura explotación de la casa.

Laura dejó de escribir.

—Eso no es lo mismo que decir que estaban almacenadas.

—No.

Marta miró la pantalla.

—Ese mensaje no lo había visto.

—Álvaro sí. Está en su correo.

Mara leyó de nuevo la frase. La explicación había cambiado: primero los objetos estaban guardados; después, al menos algunos habían sido vendidos.

—¿Hay una relación de lo vendido?

—La estoy buscando. De momento, no.

—¿Facturas, recibos, transferencias?

—Nada que pueda vincular directamente todavía.

Laura se apoyó en el respaldo.

—¿Álvaro preguntó?

—Dos veces.

Noelia abrió los mensajes siguientes. Álvaro pedía detalle de qué piezas se habían retirado definitivamente, cuánto se había obtenido y si Pilar conocía esas decisiones. En una de las respuestas, Gabriel le recordaba que era copropietario y que llevaba meses ocupándose de la reforma.

El intercambio terminaba sin una contestación completa.

Mara entendió mejor por qué la carpeta encontrada entre los efectos de Álvaro incluía la nota confirmación de ambos . No estaba revisando una obra corriente. Intentaba separar decisiones adoptadas por un propietario de las que exigían el acuerdo de los dos.

—¿Gabriel llegó a justificar por escrito que Pilar estuviera de acuerdo?

—No. Al menos no en estos correos.

Marta cambió de postura.

—Álvaro estaba bastante harto de esa casa.

—¿Por los objetos? —preguntó Mara.

—Por todo. Obras que cambiaban, gastos que Gabriel autorizaba y después Pilar preguntaba por ellos, cosas que se movían sin avisar... Decía que no quería seguir trabajando con instrucciones de uno si luego tenía que explicárselas al otro.

Lo que Eva había contado al principio empezaba a sostenerse ahora con documentos.

—¿Llegó a decir que dejaría de gestionar la casa? —preguntó Laura.

—Sí, aunque Álvaro decía cosas así cuando se enfadaba.

—¿Y que pararía nuevas actuaciones hasta hablar con los dos?

Marta respondió con más seguridad.

—Eso sí. Lo había decidido.

Mara la miró.

—¿Cuándo?

—La semana anterior empezó a decirlo. Y el lunes estaba más serio con el tema.

Noelia buscó una anotación.

—Hay una nota de Álvaro que encaja: «No autorizar más hasta aclarar inventario y gastos con ambos».

Mara permaneció unos segundos en silencio.

La línea patrimonial empezaba a adquirir forma, pero todavía les faltaba algo esencial: saber qué había autorizado Pilar y qué creía ella que seguía formando parte de la propiedad.

Hasta ese momento solo tenían los documentos de Cierzo Rural y las explicaciones de Gabriel.

—Tenemos que hablar con Pilar —dijo Laura.

—Sí.

Marta levantó la vista.

—Ella no vive aquí.

—La localizaremos.

—Supongo que Gabriel ya le habrá contado que estáis preguntando.

Mara pensó en la llamada que él había reconocido haber hecho después de conocer la muerte de Álvaro. Era lógico que los hermanos hubieran hablado. No servía para anticipar qué versión daría Pilar.

—Eso no cambia lo que tengamos que comprobar.

Siguieron trabajando hasta después de las dos. La lista inicial se redujo todavía más. Finalmente separaron los bienes en tres grupos: los que tenían una explicación documentada, los que habían cambiado de ubicación y aquellos cuyo destino seguía sin acreditarse.

Noelia insistió en no llamar «desaparecidos» a estos últimos.

—Hasta que Pilar nos diga qué sabe, yo pondría «no localizados en la documentación disponible».

David, que acababa de regresar, dejó la cazadora sobre una silla.

—Suena horrible.

—Suena exacto.

—Lo sé. Por eso suena horrible.

Mara le hizo sitio en la mesa y Laura resumió únicamente lo nuevo. David revisó las fotografías sin precipitarse.

—Entonces Gabriel dijo primero que estaban guardados y después que algunas cosas se vendieron.

—Eso consta —dijo Laura.

—¿Y Pilar?

—Todavía no sabemos qué autorizó.

David devolvió las imágenes.

—Por primera vez tenemos una contradicción de Gabriel que no depende de la carretera.

Mara pensó antes de responder.

—Tenemos dos explicaciones incompatibles sobre el destino de algunos bienes. Para llamarlo mentira necesitamos saber cuál era la verdad.

David asintió y no insistió.

A media tarde, cuando el trabajo se redujo a peticiones pendientes y esperas, Mara salió al pasillo con el teléfono en la mano. Tenía dos llamadas perdidas de Inés desde antes de comer y un mensaje breve preguntando si seguía viva.

La llamó.

Su hija contestó al segundo tono.

—Pensaba mandar una patrulla.

—Te habría costado justificarla.

—Podía decir que llevas tres días respondiendo con monosílabos.

—Eso no es delito.

—Debería.

Inés sonaba cansada, aunque no preocupada. Hablaron unos minutos de Madrid, de un encargo que se le había complicado y de una comida que habían dejado pendiente el fin de semana anterior.

—¿Vas a seguir fuera mucho? —preguntó.

—No lo sé.

—Respuesta muy útil.

—Es la que tengo.

—Pues cuando vuelvas me debes una comida.

—Eso sí puedo confirmarlo.

Inés se rio.

—Lo voy a guardar por escrito.

Mara estuvo a punto de responder con algo sobre la cantidad de documentos que ya tenía delante, pero prefirió dejar el caso fuera de aquella conversación.

—¿Todo bien por lo demás?

—Sí. Solo quería oírte un rato.

Mara miró hacia el patio interior de la comandancia.

—Aquí estoy.

Hablaron un poco más antes de despedirse. Cuando colgó, permaneció unos segundos junto a la ventana pensando en lo fácil que era aplazar cosas pequeñas porque siempre parecían recuperables más adelante.

Regresó a la sala justo cuando Laura terminaba una llamada.

—Pilar puede hablar mañana por la mañana. Prefiere hacerlo en persona. Está fuera de Teruel, pero vendrá.

—Bien.

David levantó una de las fotografías.

—¿Le enseñamos todo desde el principio?

Mara se sentó.

—Primero quiero su versión de la casa y de las decisiones de Gabriel. Después entraremos en los objetos concretos.

—Para ver qué recuerda sin darle la respuesta.

—Para saber qué creía ella que estaba ocurriendo.

Noelia seguía conectada y había avanzado en la relación de bienes. Había encontrado dos referencias más a ventas realizadas durante las obras, ambas comunicadas por Gabriel a Álvaro después de haberse producido. En ninguna aparecía confirmación de Pilar.

Mara cerró la carpeta cuando empezaba a anochecer.

La documentación todavía no les decía si Gabriel había cometido una irregularidad civil, una disposición indebida o algo perfectamente explicable entre dos hermanos. Tampoco relacionaba aquellas decisiones con la muerte de Álvaro.

Pero sí demostraba algo más concreto que el día anterior: varias explicaciones de Gabriel no encajaban entre sí y Álvaro estaba intentando aclararlas justo antes de morir.

Para saber hasta dónde llegaba aquella discrepancia, necesitaban escuchar a Pilar.