Capítulo 14
Casas vacías
Noelia había convertido una mesa de Madrid en una reproducción bastante fiel del desorden de Cierzo Rural.
Mara no habría utilizado esa frase delante de ella, pero la impresión resultaba difícil de evitar.
En la pantalla compartida aparecían calendarios de ocupación, hojas de entrega de llaves, encargos de limpieza, mensajes incorporados a las diligencias y anotaciones internas que no siempre coincidían entre sí.
Lo que en la oficina de Marta había parecido un sistema imperfecto empezaba a mostrar una lógica reconocible: no estaba diseñado para delinquir, sino para resolver problemas cotidianos demasiado deprisa.
Laura tenía delante las copias remitidas por Cierzo Rural. David revisaba desde otra mesa las últimas comprobaciones de movimientos mientras Mara seguía el esquema que Noelia había preparado.
—He separado lo que sabemos de cada vivienda —dijo Noelia—. Si seguimos hablando de «la casa vacía», acabaremos mezclando tres distintas.
—Buena idea.
—Gracias por el entusiasmo.
David levantó la vista.
—Eso ha sido entusiasmo en Mara.
—Entonces retiro la queja.
La pantalla cambió y apareció una tabla sencilla.
Noelia había colocado por un lado la Casa de la Umbría y, por otro, dos viviendas de Valdecierna gestionadas también por Cierzo Rural.
Una era la que Nerea había utilizado sin autorización formal.
La otra estaba relacionada con una omisión distinta de Marta.
La separación tenía más valor del que parecía.
Durante varios días, las llaves habían conectado personas y lugares de una manera demasiado amplia: Irene tenía copias, Marta controlaba entregas, Nerea había accedido a una vivienda vacía y Julián conservaba una llave antigua.
Todo junto parecía formar una red de accesos incontrolados.
Distribuido por casas y fechas concretas, una parte de esa impresión empezaba a desaparecer.
—Empieza por Nerea —dijo Laura.
Noelia abrió la primera secuencia.
—La vivienda que utilizó está dentro del entorno de Valdecierna. El propietario no tenía prevista ninguna estancia durante esos días y Marta controlaba el calendario. Irene disponía de una copia de servicio no registrada y se la facilitó a Nerea.
—Eso ya lo sabemos —dijo David.
—Sabíamos las partes. Ahora sabemos cómo encajan.
Noelia mostró los mensajes incorporados a la investigación.
Irene había escrito a Nerea dos días antes del temporal para avisarle de que podía usar la casa durante un tiempo muy limitado.
No aparecía ninguna referencia a la Casa de la Umbría ni a Álvaro.
Más tarde, Nerea pidió quedarse una noche adicional y Marta terminó sabiendo que estaba allí.
—¿Cuándo lo sabe Marta con seguridad? —preguntó Mara.
—El lunes por la tarde. Hay un mensaje de Nerea pidiéndole directamente que no la eche todavía. Marta no responde por escrito, pero después intercambia dos mensajes con Irene y modifica una incidencia interna de la vivienda.
Laura consultó la copia que tenía delante.
—¿Modifica o completa?
—Buena pregunta. Completa una incidencia para que la casa figure como pendiente de revisión y no aparezca disponible para otro encargo. En la práctica protege la presencia de Nerea sin escribir que hay alguien dentro.
David se acercó.
—O sea, altera el uso real.
—Sí, pero no borra una entrada anterior ni crea una estancia falsa a nombre de otra persona.
Mara observó la línea temporal. Aquello explicaba mucho mejor la actitud de Marta durante la primera entrevista. No necesitaba estar encubriendo un homicidio para preocuparse por los registros. Bastaba con saber que había tolerado una ocupación que nunca debió producirse.
—¿Y la otra vivienda?
Noelia cambió de documento.
—Es la que Marta omitió por un familiar. No tiene relación con Nerea. Hay una incidencia parecida unas semanas antes: casa vacía, ocupación breve no reflejada como tal y un cruce de mensajes para evitar que entrara un servicio de mantenimiento durante esos días.
Laura apoyó un codo en la mesa.
—¿El mismo método?
—Parecido. No existe un procedimiento formal porque, evidentemente, no debería hacerse. Lo que hay son pequeños ajustes administrativos para que nadie entre cuando no conviene.
David soltó aire.
—Entonces Marta no estaba protegiendo a Nerea porque tuvieran una relación especial. Ya había hecho algo parecido antes.
—Eso parece —respondió Noelia—. Y la repetición explica por qué intentó restar importancia al tema de las llaves desde el principio. Si empezábamos a mirar ahí, salían más cosas.
Mara recordó la primera conversación en Cierzo Rural. Marta había hablado de desorden, urgencias, propietarios ausentes y soluciones provisionales. Entonces había sonado a una defensa demasiado amplia; ahora empezaban a encontrar hechos concretos detrás.
—¿Hay algo que la sitúe en la Casa de la Umbría durante la franja crítica?
—Nada nuevo. Sus mensajes y el resto de comprobaciones encajan con la secuencia que ya teníamos. Esto afecta a otra vivienda y explica la omisión.
Laura asintió.
—Entonces esa línea pierde bastante peso.
—Pierde peso —dijo Mara—. No la cierres del todo todavía.
David sonrió.
—Nunca cierras nada a la primera.
—Porque después hay que volver a abrirlo.
Noelia pasó al siguiente bloque.
Con Irene, la documentación resultaba todavía más clara.
Los encargos del martes, la devolución de las llaves oficiales y las comunicaciones posteriores coincidían con lo declarado.
La copia que había conservado fuera del sistema también tenía una utilidad concreta: evitar desplazamientos innecesarios y, finalmente, permitir que Nerea entrara en una vivienda vacía.
—La copia no registrada sigue siendo una irregularidad —dijo Noelia—, pero no hay ningún dato que la relacione con la Casa de la Umbría el martes. Su última entrada allí continúa siendo la limpieza del sábado.
—¿Y su vehículo? —preguntó David.
—Lo tenía. Eso no cambia. Pero los tiempos que hemos comprobado y sus comunicaciones la mantienen lejos de la casa en la franja que manejamos.
David aceptó el dato sin buscar una excepción inmediata.
—Entonces Irene ocultaba la copia porque podía comprometer su trabajo y porque había ayudado a Nerea.
—Eso es lo que sostiene la documentación.
Laura miró a Mara.
—Y si Nerea estaba realmente en esa vivienda, su mentira también empieza a tener una explicación.
Mara no respondió todavía. La presencia de Nerea seguía siendo el punto menos cerrado. Que pudiera entrar no demostraba que permaneciera allí durante toda la tarde.
—¿Tenemos algo más sobre eso?
David respondió.
—El turno está confirmado. Sale dentro de la franja que dijo. Después deja de aparecer en los registros normales porque no hace compras ni usa transporte. No tiene coche y nadie la ve ir a casa de su compañera.
—Eso ya lo sabíamos.
—Hay una llamada.
Mara lo miró.
David abrió una hoja.
—No la de las cinco cincuenta y cinco. Otra anterior, con Irene. Muy corta. Irene dice que Nerea le preguntó si podía entrar y que le recordó dónde estaba la llave.
Laura frunció el ceño.
—¿A qué hora?
—A las cuatro y treinta y tantos. Después del trabajo.
Noelia intervino.
—Y en el teléfono de Irene aparece un mensaje posterior de Nerea agradeciéndoselo. No demuestra cuánto tiempo permaneció allí, pero hace difícil sostener que no entró.
Mara se inclinó hacia la pantalla.
—¿La vivienda estaba vacía de verdad?
—Sí. El propietario llevaba semanas fuera y ese día no había otros servicios programados.
—¿Algún motivo documentado para que se marchara después?
—Ninguno.
Eso tampoco bastaba para convertir ausencia de datos en permanencia probada. Pero la mentira de Nerea empezaba a adquirir una forma mucho más concreta: había negado quedarse en una vivienda a la que las comunicaciones la situaban intentando acceder aquella misma tarde.
—Cuando volvamos a hablar con ella —dijo Mara—, empezaremos por esa casa. Nada más.
—Sin enseñarle todavía qué hora nos interesa.
—Ni por qué.
Laura consultó la agenda.
—Podemos citarla mañana.
Mara asintió. Prefería ordenar toda la documentación antes de una segunda entrevista.
Noelia abrió otra carpeta digital.
—Hay algo que conviene ver ahora, aunque no pertenece a estas tres líneas.
—¿Qué?
—La Casa de la Umbría.
En la pantalla apareció un inventario fotográfico fechado meses antes. Mara reconoció algunos objetos por las imágenes que ya había visto en la carpeta de Álvaro: muebles, lámparas, cajas de almacenaje, piezas decorativas y otros elementos sin un valor extraordinario por separado.
El interés estaba en el conjunto y, sobre todo, en que la propiedad pertenecía a dos personas.
—He cruzado tres versiones del inventario —explicó Noelia—. Una antigua, otra posterior a unas obras y la relación que Álvaro estaba revisando cuando murió.
Laura acercó la silla.
—¿Y?
—No coinciden.
David esbozó una media sonrisa.
—En esta oficina eso podría significar casi cualquier cosa.
—Por eso no estoy diciendo que haya habido un robo.
Noelia amplió varias filas. Algunas piezas aparecían en el inventario inicial y desaparecían después sin una anotación clara de traslado. Otras constaban como «almacenadas» sin que figurara dónde. En fotografías recientes también faltaban determinados objetos.
Mara recordó lo que Marta había contado sobre Pilar. La copropietaria había preguntado por una cómoda, unas lámparas y varias cajas. Gabriel había dado instrucciones sobre algunas retiradas y Álvaro empezaba a exigir confirmación de ambos propietarios.
—¿Quién actualizaba los inventarios? —preguntó.
—Cierzo Rural cuando había cambios de gestión, obras o peticiones de los dueños. En la práctica, Álvaro revisaba y Marta incorporaba datos, pero también recibían información de los propietarios.
Noelia volvió a la versión más antigua.
—Algunas diferencias aparecen después de trabajos concretos.
Otras todavía no puedo situarlas. Y hay que mantener una cautela: que un objeto no aparezca en una fotografía no significa que haya desaparecido.
Puede haberse trasladado a otra habitación, a un almacén o haberlo retirado legítimamente uno de los propietarios.
—¿Con autorización de los dos? —preguntó Laura.
Noelia tardó un instante.
—Ahí empieza el problema. En varias anotaciones recientes solo aparece Gabriel.
Mara permaneció mirando las imágenes.
Por primera vez desde que habían empezado a ordenar las viviendas vacías, la Casa de la Umbría volvía a diferenciarse del resto.
Las irregularidades de Marta, Irene y Nerea explicaban llaves, accesos y silencios.
Aquello afectaba directamente a una vivienda compartida cuyos propietarios no parecían estar recibiendo la misma información.
—¿Tenemos constancia de que Pilar autorizara esas retiradas?
—Todavía no. Álvaro escribió varias veces que necesitaba confirmación de ambos. También hay referencias a fotografías que Pilar pidió y a objetos por los que preguntó después.
David dejó la hoja que tenía entre las manos.
—¿Y Gabriel sostenía que estaba autorizado?
—En algunos mensajes, sí. Pero habla de su propia autorización, no de un acuerdo entre los dos.
Mara recordó una frase de su primera declaración: depende de la decisión . Gabriel había presentado la copropiedad como un marco flexible en el que algunas cuestiones necesitaban consultar a Pilar y otras podían resolverse unilateralmente.
Ahora esa diferencia empezaba a importar más.
—No quiero que llamemos a esto motivo todavía.
Laura la miró.
—Pero podría serlo.
—Podría. Primero necesitamos saber qué falta realmente, dónde está y quién tenía capacidad para decidir sobre ello.
Noelia cerró las fotografías y abrió una relación de documentos.
—Estoy preparando una comparación limpia: inventario inicial, cambios documentados, fotografías, mensajes de Gabriel y preguntas de Pilar. Si consigo ordenarlo, podremos separar qué piezas tienen explicación y cuáles no.
—Hazlo. Y distingue lo que falta de lo que simplemente cambió de sitio.
—Ya lo estoy haciendo.
—Claro.
—Otro arranque de entusiasmo.
David sonrió. El comentario no interrumpió el trabajo.
Durante la siguiente hora revisaron las líneas que empezaban a perder fuerza.
Marta había omitido ocupaciones y utilizado los calendarios para impedir que determinados servicios coincidieran con personas que no debían estar allí.
Irene había conservado una copia fuera del sistema y se la había facilitado a Nerea.
Nerea había mentido sobre dónde pasó al menos parte de la tarde y de la noche porque admitirlo podía costarle trabajo, vivienda y una reclamación del propietario.
Todo eso era real. También explicaba por qué las primeras declaraciones habían estado llenas de evasivas y medias verdades.
El error habría sido exigir que todas ocultaran el mismo secreto.
Mara volvió a mirar las tres viviendas dibujadas en la pantalla. Durante varios días, las llaves las habían unido. Ahora la documentación empezaba a separarlas.
La vivienda ocupada explicaba buena parte de las mentiras de Nerea.
La otra casa explicaba las omisiones de Marta.
La copia no registrada explicaba la conducta de Irene.
La Casa de la Umbría planteaba un problema distinto.
Antes de terminar, Noelia envió el primer cuadro comparativo del inventario. Mara lo abrió sin intención de detenerse demasiado, pero una de las columnas la retuvo.
En varias filas se repetía la misma observación:
Confirmación de ambos propietarios pendiente.
Todavía no era un motivo ni una prueba relacionada con el homicidio.
Pero demostraba que Álvaro había empezado a tratar aquella casa de manera distinta a las demás.