Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El caballón

El sábado amaneció despejado y sin nieve nueva, aunque la temperatura había bajado durante la noche y en los márgenes de la carretera persistían placas de hielo donde el sol tardaba en entrar.

Mara había pedido volver a Valdecierna antes de continuar con las comprobaciones sobre Nerea. No porque aquella línea hubiera perdido importancia, sino porque todavía necesitaba una respuesta sobre el acceso a la Casa de la Umbría.

Desde el primer día, el caballón que cerraba parcialmente la embocadura había influido más de lo que le gustaba admitir.

Cuando lo vio por primera vez, aquella masa compactada de nieve y gravilla hacía difícil imaginar que un turismo normal hubiera podido entrar o salir por allí pocas horas antes.

No había convertido esa impresión en una certeza, pero tampoco había conseguido apartarla por completo de su análisis.

Laura estacionó varios metros antes del desvío. Sergio ya esperaba junto a Vicente Marco, el operario de vialidad que había encontrado primero el coche de Álvaro y después el cadáver.

David bajó y miró hacia la carretera, donde ahora se distinguía mucho mejor el firme.

—Al menos hoy se ve por dónde pasaba la calzada.

Mara se colocó junto a él. El deshielo, el tránsito y las máquinas habían vuelto a transformar el lugar. Ninguna de las fotografías que conservaban coincidía ya exactamente con el paisaje que tenían delante.

—Se ve más —dijo—. No necesariamente mejor.

David asintió. Durante aquellos días habían comprobado que la carretera no había tenido un único estado durante el temporal, sino una sucesión de cambios que podía resultar mucho más importante que la cantidad total de nieve caída.

Vicente se acercó a saludarlos. Llevaba ropa de trabajo y chaleco reflectante, y observaba la calzada con la atención de quien llevaba años fijándose en detalles que para otros no eran más que asfalto, cunetas y nieve.

—No se parece mucho a como estaba el miércoles.

—Por eso hemos vuelto —dijo Mara—. Queremos separar lo que vemos ahora de lo que ocurrió el martes.

Vicente miró hacia el resto del caballón que todavía permanecía junto al acceso.

—Eso sí se puede intentar.

Sergio entregó a Laura una carpeta con varias fotografías.

Había imágenes de Criminalística, fotografías tomadas durante el hallazgo y algunas remitidas por el dispositivo de vialidad.

Los partes completos aún no habían llegado, pero ya disponían de registros parciales de las actuaciones realizadas durante el temporal.

Mara señaló la acumulación pegada al borde de la calzada.

—Cuando llegamos el miércoles esto era bastante más alto. ¿Toda esa nieve se había acumulado de forma natural?

Vicente negó.

—No. Una parte sí. Aquí el viento mueve bastante la nieve y la entrada recoge lo que baja desde el margen. Pero el borde más compacto lo forma la máquina al limpiar la carretera.

David se acercó.

—¿La cuña?

—Sí. Despeja el carril y empuja la nieve hacia un lado.

Si delante hay una entrada privada que no se limpia al mismo tiempo, una parte queda justo en la embocadura.

Con otra pasada aumenta. Si después sigue nevando y hiela, a la mañana siguiente puede parecer una barrera que lleva ahí desde el principio.

Mara volvió a observar el caballón.

Ya había notado que la mezcla de nieve endurecida, gravilla y suciedad del borde de la calzada tenía una textura distinta de la acumulación más limpia del interior. Lo que no había sabido establecer era cuándo se había formado cada parte.

El error no estaba en haber visto un obstáculo real, sino en haberle atribuido demasiadas horas de existencia.

—¿La máquina entra por el camino de la Casa de la Umbría? —preguntó.

—No durante una pasada normal. Nosotros limpiamos la carretera local. Ese acceso es privado y queda fuera, salvo emergencia o una instrucción concreta.

Laura consultó sus notas.

—Y el martes no consta ninguna orden de entrar.

—Que yo sepa, no.

Mara señaló la carretera.

—Cuando una pasada crea ese borde, ¿un turismo puede salir después?

Vicente se tomó unos segundos.

—Depende de la altura, del vehículo y de lo compactada que esté la nieve. Un todoterreno puede intentarlo. Un turismo normal tendría problemas si el borde ya estuviera como lo encontramos el miércoles. Pero yo no diría que fuera imposible.

—¿Por qué? —preguntó David.

—Porque con nieve he visto coches salir de sitios donde yo no habría entrado y quedarse atrapados donde parecía que no había nada.

La respuesta le resultó a Mara más útil que una afirmación tajante. Una carretera difícil podía seguir siendo transitable durante bastante tiempo, y la distancia entre prudente, complicado e imposible dependía de demasiadas variables para resolverla con una fotografía tomada horas después.

—Hablemos del martes —dijo—. ¿Cómo estaba este tramo por la tarde?

Vicente apoyó una mano en el lateral del vehículo.

—Empezó a empeorar bastante después de comer. Al principio la nieve caía sobre la carretera, se deshacía en algunas zonas y volvía a cubrir. Más tarde empezó a agarrar de verdad.

—¿Antes de las seis ya era difícil?

—Sí, pero difícil no significa cerrado.

Laura levantó la vista.

—Eso necesitamos que quede claro.

—Pues claro está. Una carretera puede tener nieve, mala visibilidad y estar sin limpiar, y aun así seguir siendo practicable. Después llega un momento en que ya no conviene meterse con un turismo, pero no ocurre de golpe.

Mara observó el tramo que se alejaba hacia Valdecierna. Esa evolución gradual era precisamente lo que había faltado en su primera lectura del lugar. El miércoles había encontrado una entrada bloqueada por un obstáculo real y había pensado en términos demasiado estáticos.

—¿Recuerda cuándo dejó de considerarlo practicable para un turismo normal?

Vicente frunció el ceño.

—Sin el parte delante no os doy una hora.

—No necesitamos una exacta. Una horquilla nos sirve.

—Después de una de las pasadas de la tarde empeoró aquí, porque al limpiar la carretera dejamos más nieve en la entrada y después siguió cayendo. Antes de esa pasada se podía circular, aunque ya con cuidado.

David señaló el camino privado.

—¿Y hasta la casa?

Vicente miró los primeros metros.

—Ahí no puedo ayudaros igual. Yo no entré. Puedo hablar de la carretera y de la embocadura, no de los trescientos metros hasta la vivienda.

Mara asintió.

—Eso nos sirve. Carretera, embocadura y acceso privado son tres cosas distintas.

Sergio tomó nota.

Laura extendió después sobre el capó varias fotografías del miércoles. Vicente fue señalando zonas concretas: una franja compacta mezclada con gravilla, otra acumulación empujada hacia el borde y una parte más limpia que, según él, correspondía mejor a nieve caída después.

—Esto de aquí no lo forma solo la nevada —dijo—. Aquí ha trabajado una cuña.

Mara se inclinó sobre la imagen. Ahora podían formular la pregunta de otra manera: una parte importante del obstáculo se había creado durante las labores de vialidad.

—Necesitamos saber cuándo pasó la máquina exactamente por esta entrada.

—Estará en los partes y en las comunicaciones —respondió Vicente—. Mi memoria puede orientaros, pero no debería ser la base.

—Ya los hemos pedido —dijo Laura.

Mara volvió entonces al descubrimiento del cadáver.

—Cuando encontró el coche de Álvaro, ¿qué fue lo que le llamó la atención?

—Que estaba ahí y no lo recordaba de la pasada anterior.

Mara levantó la vista.

—¿Qué pasada anterior?

Vicente miró a Sergio.

—La de la noche. Ocho y pico, más o menos. Pero mirad el parte antes de darlo por bueno.

Sergio revisó sus notas.

—Tenemos referencia a una segunda pasada en esa franja. Falta el documento completo.

—¿Hubo otra antes? —preguntó Mara.

—Sí.

—¿Durante la tarde?

—Sí.

—¿Pasó por esta embocadura?

Vicente observó la carretera mientras intentaba reconstruir el recorrido.

—Casi seguro, porque este tramo estaba dentro de la ruta, pero no quiero asegurar la hora sin verlo.

David señaló el caballón.

—¿Esa primera pasada pudo dejar ya suficiente nieve para dificultar mucho la salida?

—Pudo dejar acumulación. La cuestión es cuánto había entonces y cuánto se añadió después. Lo que encontramos a la mañana siguiente era el resultado de todo: la máquina, más nieve, viento y hielo.

La imagen inicial terminaba de deshacerse. El caballón existía y había podido condicionar el acceso, pero no había aparecido completo en un instante ni permanecido igual durante toda la tarde.

Laura recibió una llamada y se apartó unos metros. Mara caminó hasta el borde de la embocadura.

La carretera principal todavía conservaba restos de sal y huellas del paso de vehículos.

Apenas veinte metros dentro del camino privado, el firme se mantenía más frío y la nieve aguantaba en las zonas de sombra.

Dos superficies separadas por unos pocos pasos podían haber estado en condiciones distintas a la misma hora.

David se quedó a su lado.

—Álvaro dejó el coche abajo. Eso significa que el acceso ya estaba mal cuando llegó.

Mara miró hacia la primera curva.

—Significa que decidió no entrar con el coche.

David aceptó la corrección.

—No es exactamente lo mismo.

—No.

La pendiente no era fuerte, pero el camino perdía enseguida las ventajas de la carretera tratada. Álvaro podía haber preferido caminar por prudencia o porque supiera que, si seguía nevando, sacar el coche después sería más difícil.

—Si lo dejó aquí sobre las cinco menos diez, el camino probablemente estaba peor que la carretera —dijo David.

—Probablemente. Pero no sabemos cuánto peor ni si otro conductor habría tomado la misma decisión.

Laura regresó con el teléfono en la mano.

—Nos acaban de enviar una fotografía de uno de los partes provisionales. El original llegará esta tarde.

Sergio se acercó.

—¿Hay hora?

—La primera actuación en esta ruta figura entre las seis y ocho y las seis y cuarto.

David miró hacia Mara, pero ella mantuvo la atención en Laura.

—¿Esa franja corresponde al paso por esta embocadura o al inicio y final de un tramo?

—Al tramo.

—Entonces todavía no tenemos la hora de paso por aquí.

Vicente se aproximó para ver el documento.

—Podría ser la pasada que os decía.

—¿Podría o es? —preguntó Mara.

—Podría. Hasta que vea el recorrido completo no voy a asegurarlo.

Mara asintió. Prefería una duda reconocida a una precisión inventada.

David volvió a mirar el acceso.

—Gabriel dijo que llegó a la zona entre las seis y diez y las seis y veinte.

—Sí.

—Y tenemos una máquina trabajando en la ruta prácticamente a esa hora.

—Tenemos una horquilla de trabajo en un tramo —dijo Mara—. Todavía no sabemos cuándo pasó por aquí.

David se pasó una mano por la nuca.

—Pero cambia bastante la situación.

—Cambia la pregunta. No la respuesta.

Laura guardó el teléfono.

—Las comunicaciones del operativo deberían permitirnos situar mejor la pasada. Había avisos por radio y partes de tramo.

—Que Sergio lo cierre con ellos.

Vicente señaló hacia el interior del camino.

—Y no olvidéis otra cosa. Aquí dentro la nieve aguanta más. La orientación, la sombra y la falta de sal hacen que el acceso empeore de manera distinta a la carretera. Si intentáis reconstruir la tarde solo mirando cómo estaba el miércoles, os vais a equivocar.

Mara dirigió la vista hacia la ladera. La orientación de la Casa de la Umbría hacía que el sol tardara en alcanzar buena parte del camino, lo que explicaba que allí la nieve persistiera cuando la carretera principal ya empezaba a limpiarse.

Habían utilizado expresiones como «la carretera estaba cerrada» o «el acceso era difícil» para describir superficies que podían encontrarse en condiciones diferentes a la misma hora. Necesitaban mayor precisión.

—En la reconstrucción quiero carretera, embocadura y camino hasta la casa por separado —dijo Mara—. Y cada estado con una hora o una horquilla. Si no podemos fijarla, que quede claro.

Sergio anotó la indicación.

Después recorrieron a pie únicamente los primeros metros del acceso. Mara no necesitaba llegar de nuevo hasta la vivienda. Quería comprobar cómo cambiaban la pendiente, el firme y la exposición en cuanto se abandonaba la carretera.

A poca distancia desaparecían los restos de sal. Entre árboles y taludes persistían placas de hielo que ya no existían sobre la vía principal.

Al regresar junto a los vehículos, Laura y Sergio completaron con Vicente la ampliación de la declaración.

No intentaron obligarlo a reconstruir de memoria lo que los registros podrían establecer mejor.

El operario explicó qué máquinas solían cubrir el sector, qué partes cumplimentaban y de qué manera podía identificarse el recorrido de cada pasada.

Antes de marcharse, Vicente miró a Mara.

—No sé si os he aclarado mucho.

—Más de lo que parece. Nos ha ayudado a dejar de tratar la nieve como si hubiese estado quieta toda la tarde.

El hombre sonrió.

—Eso no suele hacerlo.

Cuando se alejó, David abrió la puerta del coche y se quedó unos segundos sin entrar.

—Entonces la versión de Gabriel ya no parece tan cómoda.

Mara guardó las fotografías en la carpeta.

—El caballón del miércoles ya no puede utilizarse para demostrar que antes era imposible entrar. Eso es lo que sabemos.

—Y si la máquina lo formó después...

—Primero averigüemos cuándo pasó.

Laura arrancó.

Durante el regreso, Mara repasó lo que acababan de comprobar. No le molestaba haber interpretado mal una parte del escenario. Le habría preocupado más mantener aquella interpretación después de que los datos empezaran a contradecirla.

El miércoles había leído correctamente el caballón como un obstáculo importante para un turismo. El error había sido trasladar hacia atrás aquel estado del camino sin saber cuándo se había formado.

No era el espacio lo que había interpretado mal.

Era el tiempo.

Al llegar a Teruel, ordenó sobre la mesa las fotografías de la embocadura. La del miércoles mostraba la acumulación más alta; las posteriores permitían ver cómo el deshielo y el tráfico habían ido deformándola. A un lado dejó el parte provisional con la horquilla de la primera actuación.

Debajo escribió dos preguntas: a qué hora había pasado la máquina por aquella embocadura y qué parte del caballón podía atribuirse a esa pasada.

Hasta responderlas, las 18:31 de Gabriel seguirían demostrando únicamente una cosa: dónde estaba a las 18:31.