Capítulo 10
Donde durmió Nerea
Nerea Calomarde llegó con una mochila pequeña y el abrigo todavía húmedo en los hombros.
Había aceptado acudir aquella misma mañana, aunque durante la llamada dejó claro que entraba a trabajar al mediodía y no podía perder el turno. Laura le había asegurado que intentarían no retenerla más de lo necesario.
Mara agradeció el límite. Una entrevista no mejoraba necesariamente por durar más.
Nerea tenía treinta y un años y llevaba meses enlazando trabajos de hostelería hasta conseguir cierta estabilidad.
Su nombre aparecía en los mensajes de Álvaro con menos frecuencia que los de Marta, Julián o los propietarios de la Casa de la Umbría, pero las últimas conversaciones entre ambos destacaban por el tono.
David había impreso únicamente los fragmentos incorporados a la investigación. Mara los había leído dos veces antes de que Nerea entrara.
Me dijiste que estaba hecho.
No puedes jugar así con la gente.
Para ti es una casa. Para mí es poder quedarme aquí.
Y, dos días después:
Algún día alguien te va a hacer entender lo que estás haciendo.
Fuera de contexto, la última frase podía interpretarse de muchas maneras. Dentro de él tampoco resultaba tranquilizadora.
Nerea se sentó frente a Laura y dejó la mochila junto a una pata de la silla.
—Ya hablé con un guardia el miércoles.
—Lo sabemos —respondió Laura—. Hoy queremos concretar algunas cosas.
—¿Otra vez lo de Álvaro?
—Sí.
La mujer miró a Mara y después a David.
—No sé qué más puedo contaros.
Mara permaneció en silencio. Prefería comprobar qué decidía contar Nerea antes de enseñarle lo que ellos ya sabían.
Laura abrió la entrevista.
—¿Cuándo vio a Álvaro por última vez?
—La semana pasada.
—¿Qué día?
—No me acuerdo. El jueves o el viernes.
—¿En persona?
—Sí. En Orihuela.
—¿Dónde?
—En su oficina.
—¿Por la vivienda?
Nerea dejó escapar aire.
—Sí.
—Explíquenos qué ocurrió.
Apoyó las manos sobre las piernas.
—Me había dicho que había una casa que podía alquilar todo el año. No era barata, pero podía pagarla si seguía con las horas que tengo ahora. Fui a verla, hablamos del precio y me dijo que el propietario estaba de acuerdo.
—¿Firmaron algo?
—No.
—¿Entregó dinero?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué estaba acordado exactamente?
Nerea miró a Laura con irritación.
—Que iba a alquilarla.
—Necesito distinguir lo que Álvaro le aseguró de lo que estaba formalmente cerrado.
—Para mí estaba cerrado.
Apartó la mirada hacia la ventana.
Mara comprendía parte de aquella resistencia. Después de meses buscando dónde vivir, una promesa verbal podía significar mucho para quien dependía de ella y muy poco para un propietario que todavía no había firmado nada.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó.
Nerea volvió la cabeza.
—El dueño cambió de opinión.
—¿Por qué?
—Porque podía sacar más dinero alquilando por fines de semana y vacaciones.
—¿Se lo dijo Álvaro?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El lunes.
—¿Y discutieron?
—Claro que discutimos.
—¿Por teléfono?
—Primero. Luego fui a buscarlo.
—¿A Cierzo Rural?
—Sí.
Mara recordó lo que Marta había contado. Nerea también había aparecido allí por la vivienda que estaba utilizando de manera provisional, aunque esa parte todavía no figuraba en su versión.
—¿Qué le dijo a Álvaro?
—Que me había hecho perder otras oportunidades. Llevaba meses diciéndome que esperara porque esa casa iba a salir.
—¿Era verdad?
—Sí.
—¿Qué respondió él?
—Que lo sentía.
Nerea pronunció la frase con un cansancio que se parecía al desprecio.
—¿Le creyó?
—Me daba igual que lo sintiera.
Laura pasó a los mensajes.
—¿Le amenazó?
Nerea se irguió.
—No.
David deslizó hacia ella la hoja impresa.
—¿«Algún día alguien te va a hacer entender lo que estás haciendo» no le parece una amenaza?
Nerea leyó la frase.
—No.
—¿Qué quería decir?
—Que no podía ir prometiendo casas y después quitárselas a la gente como si nada.
—Eso explica el enfado. No la frase.
Nerea sostuvo la mirada de David.
—Estaba cabreada.
—¿Quería asustarlo?
—Quería que se sintiera mal.
La respuesta salió con demasiada rapidez para parecer calculada.
Mara intervino.
—¿Pensó en hacerle daño?
Nerea la miró de frente.
—No.
—¿Fue a buscarlo el martes?
—No.
—¿Habló con él?
—No.
—¿Le escribió?
—Creo que no.
Laura consultó sus notas.
—Tenemos un mensaje suyo del martes por la mañana.
Nerea frunció el ceño.
—¿Qué pone?
Laura leyó:
Cuando puedas, llámame. No pienso dejarlo así.
Nerea hizo un gesto de fastidio.
—Vale. Entonces sí le escribí.
—¿La llamó?
—No.
—¿Volvió a escribirle?
—No me acuerdo.
—Lo comprobaremos.
—Pues comprobadlo.
El tono no ayudaba a Nerea, pero tampoco demostraba nada. Mara se obligó a mantener esa diferencia presente. Estar enfadada con un muerto no convertía a nadie en culpable ni obligaba a mostrarse amable con quienes investigaban su muerte.
Laura cambió de asunto.
—¿Dónde estuvo el martes por la tarde?
Nerea juntó las manos antes de responder.
—Trabajé hasta las cuatro.
—¿Dónde?
Dio el nombre del establecimiento de hostelería.
—¿A qué hora terminó exactamente?
—Sobre las cuatro menos cuarto. Cuatro. Depende de cuándo acabamos de recoger.
—¿Y después?
—Me fui.
—¿Adónde?
—A casa de una compañera.
—Nombre.
Nerea se lo dio.
Laura ya lo tenía.
—¿Dónde vive?
—Fuera de Valdecierna.
—¿Pasó allí la tarde?
—Sí.
—¿Y la noche?
La pausa fue breve, pero suficiente.
—Sí.
Mara observó el cambio sin asignarle todavía un significado.
—¿Hasta cuándo? —preguntó Laura.
—Hasta el día siguiente.
—¿Salió en algún momento?
—No.
—¿Su compañera puede confirmarlo?
—Sí.
David intervino.
—¿Cómo llegó?
—Me llevó ella.
—¿La recogió en el trabajo?
—No. Nos encontramos después.
—¿Dónde?
Nerea tardó.
—En Orihuela.
—¿A qué hora?
—No sé. Sobre las cuatro y media.
—¿En qué punto?
—Por el centro.
David consultó la hoja.
—Usted no tiene coche.
—No.
—Entonces ¿cómo llegó desde el trabajo hasta allí?
—Andando.
—¿Y después fueron directamente a casa de su compañera?
—Sí.
La secuencia era posible, pero tenía pocos detalles para algo ocurrido apenas tres días antes, durante un temporal que había alterado la rutina de todos.
—¿Por qué había quedado con ella? —preguntó Mara.
Nerea apretó los labios.
—Porque iba a dormir allí.
—¿Lo habían hablado antes?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ese mismo día.
—¿Por teléfono?
—Por mensajes.
—¿Los conserva?
—Supongo.
Laura tomó nota.
—Se incorporará lo que corresponda.
Nerea cambió de postura.
—¿Y todo esto qué tiene que ver con Álvaro?
—Estamos reconstruyendo los movimientos de las personas que tenían un conflicto reciente con él.
—Pues yo no estaba con él.
—Eso es lo que tenemos que comprobar.
—Mi compañera os lo dirá.
Mara la observó unos segundos.
—¿Por qué se fue a dormir fuera de Valdecierna?
Nerea frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tenía que trabajar al día siguiente. No tiene coche y había un temporal anunciado. Llevaba meses intentando quedarse cerca del trabajo. ¿Por qué desplazarse fuera precisamente esa noche?
Nerea permaneció quieta.
—Porque podía dormir allí.
—¿No tenía a nadie más cerca?
—No a tanta gente como parece.
—¿Y el miércoles cómo regresó?
—Me acercaron.
—¿La misma compañera?
—Sí.
Toda la versión dependía de una sola persona.
Laura no insistió y cambió de asunto.
—Háblenos de Irene Ferrer.
Nerea pareció sorprendida.
—¿Qué pasa con Irene?
—¿La conoce?
—Sí.
—¿De qué?
—Hemos trabajado juntas alguna vez.
—¿Le ha dado alguna llave?
La pregunta abrió un silencio distinto.
—No sé a qué os referís.
David la miró.
—Es bastante concreta.
—Depende de para qué.
Mara sabía ya que Irene había reconocido haberle prestado una copia para entrar en una vivienda vacía. Nerea ignoraba cuánto conocían ellos.
—¿Ha entrado alguna vez en una vivienda gestionada por Cierzo Rural con una llave que le facilitó Irene? —preguntó.
Nerea bajó la vista hacia la mochila.
—Alguna vez he ayudado a limpiar.
—No te he preguntado eso.
Levantó otra vez la cabeza.
—Sí.
—¿En qué vivienda?
Dio un código distinto al de la Casa de la Umbría. Coincidía con el de la casa que habían mencionado Marta e Irene.
—¿Cuándo? —preguntó Laura.
—Hace unos días.
—¿Para trabajar?
—Entré a ayudar a Irene.
—¿Ella estaba allí?
—Al principio.
La respuesta evitaba justo la parte que importaba.
—¿Después te quedaste sola? —preguntó Mara.
Nerea tardó.
—Un rato.
—¿Conservaste la llave?
—No.
—Irene dice que la tuviste dos o tres días.
La expresión de Nerea cambió apenas un instante.
—Pues si ella lo dice...
—¿Es verdad?
—No me acuerdo de cuántos días.
—¿Dormiste en esa casa?
Nerea levantó la cabeza.
—No.
La negación salió más fuerte que las anteriores.
Laura dejó pasar unos segundos.
—¿Alguna vez? —preguntó Mara.
—No.
—¿Ni el lunes?
—No.
—¿Ni el martes?
—He dicho que dormí en casa de mi compañera.
Nerea cruzó los brazos.
—No entiendo por qué seguimos con esto.
David volvió a mirar los mensajes.
—Porque estaba buscando vivienda, acababa de perder una posibilidad, tenía acceso irregular a una casa vacía y estaba muy enfadada con Álvaro.
—A una casa que no tiene nada que ver con donde apareció muerto.
—Está en Valdecierna.
—¿Y?
—Que usted dice que estaba fuera.
Nerea miró a David y después a Mara.
—Porque estaba fuera.
Mara no permitió que la acumulación de circunstancias sustituyera a un dato que todavía no tenían.
—¿A qué distancia está esa vivienda de la Casa de la Umbría?
Laura respondió.
—Está en el entorno de Valdecierna, pero no comparte acceso. Desde el núcleo hay que salir hacia la carretera local de la casa.
—Entonces estar en una no sitúa a nadie en la otra —dijo Mara.
Nerea aprovechó la frase.
—Eso llevo diciendo.
Mara se volvió hacia ella.
—Pero sí haría falsa su versión sobre dónde estaba.
La mujer volvió a cerrarse.
—No estaba allí.
—De acuerdo.
No tenía sentido presionarla hasta obtener una versión diferente solo porque aquella resultara incómoda. Si mentía, los hechos tendrían que demostrarlo.
Laura siguió reconstruyendo la tarde.
—¿Usó el teléfono entre las cuatro y las siete?
—Sí.
—¿Habló con alguien?
—Con gente.
—Necesitamos nombres.