Capítulo 9 #2
—¿Álvaro le dijo cuándo pagaría el resto? —preguntó Mara.
—Cuando diera por buenos los trabajos.
—¿Le preocupaba que negara haberle entregado los mil quinientos?
Julián la miró con franqueza.
—Sí.
—¿Discutieron por eso?
—No. Todavía no.
—¿Todavía?
—Yo pensaba reclamar el resto. Si luego él decía que no me había dado nada, tenía un problema.
—¿Por qué aceptó entonces el efectivo sin recibo?
Julián dejó escapar aire.
—Porque necesitaba cobrar.
La explicación no requería más.
—¿Tiene trabajadores a su cargo?
—Dos. Y uno por días cuando hace falta.
—¿Problemas económicos?
—Los normales en una empresa pequeña. No estaba arruinado.
Laura volvió al martes.
—Con una llave de la Casa de la Umbría en su poder, podía entrar cuando quisiera.
—Podía. No entré.
—¿Llevaba esa llave el martes?
—Estaba en la furgoneta.
—¿Y la furgoneta estaba con usted?
—Sí.
David habló después de varios minutos en silencio.
—Entonces tenía la posibilidad física de entrar sin pedir una llave a nadie, mantenía un conflicto económico con Álvaro y además había ocultado una visita a la casa el lunes.
Julián lo miró.
—Sí. Todo eso junto suena peor que por separado.
—Por eso lo estamos separando —dijo Mara.
Julián frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Tener acceso no demuestra que estuviera allí el martes. Una deuda tampoco demuestra un homicidio. Y ocultar un pago en efectivo puede tener una explicación distinta de ambas cosas.
—Entonces ¿me creen?
—No estamos aquí para creerle. Estamos para comprobarlo.
La respuesta pareció tranquilizarlo más que cualquier gesto de confianza.
Laura retomó su recorrido del martes. La visita a Bronchales podía verificarse con la persona que le había pedido presupuesto.
También mencionó una llamada a un proveedor sobre las cinco y veinte y un pago posterior con tarjeta en una estación de servicio.
Nada se daría por bueno hasta comprobarlo, pero por primera vez su tarde ofrecía una secuencia concreta.
—¿Pasó por Valdecierna? —preguntó Mara.
—No.
—¿Por la carretera de acceso a la Casa de la Umbría?
—No.
—¿Sabe cómo estaba por la tarde?
—Solo por lo que se decía. Empezó a ponerse feo.
—¿Vio alguna máquina de vialidad?
—Una, más tarde. No sé dónde exactamente.
Mara no insistió. Un recuerdo impreciso podía contaminar más que ayudar.
La entrevista terminó cerca del mediodía. Julián aceptó acompañar a Sergio para entregar la llave y facilitar las comprobaciones documentales correspondientes. Antes de salir se detuvo en la puerta.
—Álvaro y yo discutíamos, pero yo necesitaba que siguiera trabajando conmigo.
Laura lo miró.
—¿Por qué?
—Porque me daba trabajo. Si rompía con él, perdía más de lo que me debía.
La afirmación podía ser cierta, pero no lo exculpaba por sí sola.
Cuando quedaron solos, David abrió la carpeta de los informes preliminares de Criminalística.
—Si aparecen huellas suyas dentro, ya sabemos que estuvo el lunes.
—Y antes muchas veces —dijo Mara.
—También tenía llave el martes y dinero de por medio.
—Sí.
David sonrió sin humor.
—Estás esperando a que diga que todo encaja demasiado bien.
—¿Ibas a decirlo?
—Hace unos días, seguro.
Laura sonrió.
—Algo estás aprendiendo.
David pasó al informe.
—Criminalística dice que varios rastros de calzado de la planta baja son parciales y no tienen valor temporal. Hay uno compatible en talla y dibujo general con botas de trabajo del tipo que usa Julián, pero el modelo es bastante común.
—Y ahora sabemos que entró el lunes —dijo Mara—. Aunque fuera suyo, no lo situaría allí el martes.
—Eso reduce bastante su valor incriminatorio —añadió Laura.
—Pero no lo descarta —dijo David.
—No.
Mara volvió a mirar la relación de pagos. El efectivo explicaba por qué Julián había sido poco transparente desde el principio: reconocerlo implicaba admitir una operación que no aparecía en sus cuentas y rebajar considerablemente la deuda que llevaba días reclamando.
—Comprobad Bronchales —dijo—. La visita, los horarios y el pago posterior. Y que Noelia cruce las facturas con cualquier referencia a esos mil quinientos en Cierzo Rural.
Por la tarde empezaron a llegar las primeras respuestas.
La persona de Bronchales confirmó que Julián había estado en su vivienda para revisar una reforma.
No recordaba el minuto exacto de llegada, pero conservaba dos fotografías enviadas a su pareja durante la visita.
Los metadatos tendrían que incorporarse y verificarse de la forma correspondiente, aunque inicialmente situaban el encuentro dentro de la franja que Julián había dado.
El proveedor confirmó la llamada posterior y la estación de servicio tenía registrado el pago con tarjeta.
No formaban una coartada minuto a minuto, pero reducían mucho el margen para situarlo en la Casa de la Umbría durante el periodo que manejaban para la muerte de Álvaro.
Noelia llamó al final de la tarde.
—He encontrado el hueco de los mil quinientos.
Mara puso el teléfono en manos libres.
—¿En las cuentas de Álvaro?
—No aparece como un pago a Julián, pero el viernes hay una retirada de efectivo compatible en cantidad y horario. Eso no demuestra que el dinero acabara en sus manos, aunque encaja con su versión.
—¿Marta sabía algo?
—Dice que no. Y hay otra cosa: en una nota privada de Álvaro aparece «J. 1.500 entregados; descontar cierre».
David levantó las cejas.
—Eso lo confirma bastante.
—Confirma que Álvaro dejó anotada esa entrega —corrigió Noelia—. El resto tendrá que valorarse con el conjunto.
Mara casi podía imaginar su expresión al otro lado.
—¿Algo sobre la entrada del lunes?
—Marta no la tenía registrada e Irene no estaba allí. En las fotografías del sábado todavía aparecen las cajas de Julián dentro. En cambio, una imagen de inspección tomada por Álvaro el martes por la mañana ya no las muestra.
Mara se quedó unos segundos en silencio.
—¿Álvaro estuvo en la casa el martes por la mañana?
—Sí. Consta una revisión breve. Acaba de llegar con otra documentación de Cierzo Rural.
Era un dato nuevo, aunque no alteraba necesariamente la cronología del homicidio.
Álvaro podía haber pasado por la casa por la mañana y regresar después.
Para la línea de Julián, lo importante era que sus cajas estaban allí el sábado y ya no aparecían el martes, lo que encajaba con la visita del lunes que había terminado admitiendo.
—Añádelo a la secuencia y avisa a Laura.
Cuando terminó la llamada, David miró el tablón donde habían empezado a ordenar las comprobaciones.
—Entonces la mentira de Julián tiene dos motivos bastante claros.
—La llave y el pago —dijo Mara.
—Y los rastros dentro tienen contexto.
—Eso sí.
Fuera, la temperatura había vuelto a bajar. En algunos bordes de las calles empezaba a formarse una película fina de hielo sobre el agua del deshielo.
Dentro de la Casa de la Umbría, cada rastro tenía que competir con semanas de obras, limpiezas y entradas que nunca se habían documentado del todo. En la carretera, en cambio, los cambios del martes habían ocurrido en apenas unas horas y quizá pudieran reconstruirse con mayor precisión.
Aquella diferencia empezaba a importar cada vez más.