Capítulo 9
El pago pendiente
Julián Lázaro llegó con veinte minutos de adelanto y preguntó si podía esperar fuera.
Sergio le dijo que no hacía falta. Habían habilitado una sala pequeña en dependencias de la Guardia Civil, apartada del trasiego de la entrada, y Julián aceptó sentarse allí mientras terminaban de preparar la entrevista. Cuando Mara entró con Laura y David, él seguía con la cazadora puesta.
Tendría cerca de sesenta años. Tenía las manos grandes, las uñas con restos oscuros difíciles de eliminar del todo y una cicatriz antigua en el índice izquierdo. No parecía haber acudido directamente desde una obra: llevaba ropa limpia y las botas no tenían barro.
Se levantó al verlos.
—Capitana.
Mara le indicó que volviera a sentarse.
—Gracias por venir.
—Me dijeron que era mejor hoy.
—Queremos aclarar algunos trabajos que hizo en la Casa de la Umbría y su relación con Álvaro Civera.
Julián dejó escapar una respiración breve.
—Eso ya se lo conté a los compañeros.
Laura ocupó la silla frente a él.
—Dio una primera declaración. Ahora tenemos más información y necesitamos concretar algunos puntos.
—Vale.
No protestó, aunque tampoco parecía encantado de repetirlo todo.
Mara había revisado aquella mañana los partes de obra y las fotografías anteriores de la casa.
El nombre de Julián aparecía en reparaciones de carpintería, pintura, pequeños trabajos de albañilería y varios remates que Álvaro todavía no había dado por buenos.
Criminalística había encontrado en la planta baja rastros compatibles con el tipo de materiales utilizados durante esas actuaciones.
Eso demostraba que Julián había estado allí en algún momento. No cuándo.
Laura empezó por lo más sencillo.
—¿Cuándo entró por última vez en la Casa de la Umbría?
Julián respondió demasiado deprisa.
—La semana anterior.
—¿Qué día?
—El miércoles.
—¿Seguro?
—Sí.
Laura consultó una hoja.
—El registro de Cierzo Rural lo sitúa allí el jueves.
Julián bajó la vista.
—Pues el jueves. Me bailan los días.
—¿Qué hizo?
—Remates. Una puerta que rozaba, unas molduras y una pared que había quedado mal después de una instalación.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Tres horas. Quizá cuatro.
—¿Solo?
—Sí.
David permanecía a un lado, sin intervenir.
—¿Usó materiales de obra? —preguntó Laura.
Julián la miró como si la respuesta fuera evidente.
—Sí.
—Pintura, yeso, masilla.
—Masilla, lijado y algo de pintura. Yeso no recuerdo. Puede que quedara de antes.
Mara intervino.
—Criminalística ha encontrado restos de esos materiales en la planta baja y partículas compatibles en la ropa de Álvaro.
Julián se encogió ligeramente de hombros.
—Normal. La casa estaba en obras.
—También hemos encontrado huellas y otros rastros que pueden corresponder a personas que trabajaron allí.
—También normal.
No parecía estar a la defensiva, sino cansado de que le explicaran algo que, desde su punto de vista, resultaba obvio.
—Necesitamos separar lo normal de lo que ocurrió el martes —dijo Mara.
Julián asintió.
—Yo el martes no estuve allí.
—¿Dónde estuvo?
—Trabajando por la mañana. Después comí en casa y por la tarde fui a ver un presupuesto en Bronchales.
Laura revisó sus notas.
—¿A qué hora?
—Sobre las cuatro y media.
—¿Con quién?
Dio un nombre y una dirección.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Una hora larga.
—¿Después?
—Me fui a casa.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Mi mujer llegó más tarde. Yo ya estaba allí.
No era una coartada cerrada, pero ofrecía puntos concretos que podían verificarse.
Laura pasó a la relación con Álvaro.
—Habían discutido por dinero.
Julián apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Eso ya lo sabe todo el mundo.
—Queremos su versión.
—Mi versión es que me debía dinero.
—¿Cuánto?
Por primera vez vaciló.
—Dos facturas.
—Eso consta —dijo Laura—. Le pregunto la cantidad.
—Unos cuatro mil.
—¿Unos?
—Cuatro mil y pico. Tendría que mirarlo.
David abrió una carpeta.
—Cuatro mil setecientos ochenta euros entre las dos facturas.
Julián asintió.
—Pues eso.
—Álvaro decía que había partidas pendientes de revisar.
—Álvaro podía decir lo que quisiera. Los cambios los pidió él.
—¿Los autorizó por escrito?
—Algunos sí. Otros, de palabra.
—¿Y por eso discutieron?
—Por eso y porque llevaba semanas dando largas.
Mara recordó lo que Eva había dicho sobre su hermano: podía discutir con medio mundo y tomarse un café con ellos dos días después.
—¿Hasta dónde llegó la discusión? —preguntó.
—Le dije que no volvía a tocar esa casa hasta cobrar.
—¿Le amenazó?
Julián soltó una risa sin humor.
—¿Con qué? ¿Con dejarle la moldura torcida?
Laura no respondió.
Él rectificó.
—No. No le amenacé.
—¿Le insultó?
—Seguramente.
—¿Qué le dijo?
Julián se tomó unos segundos.
—Que era un listo. Que me estaba haciendo financiarle los trabajos. Alguna cosa más.
—¿Y él?
—Que no pagaría lo que no estuviera bien hecho.
—¿Qué respondió usted?
—Que entonces buscara a otro.
Hasta ahí, el conflicto coincidía con lo que ya sabían. Lo que no encajaba del todo era otra cosa.
Mara abrió la carpeta que llevaba consigo.
—El registro de llaves dice que devolvió su juego el jueves al terminar.
—Sí.
—Pero una fotografía de mantenimiento tomada el sábado muestra material suyo dentro de la casa.
Julián no respondió.
La imagen procedía de las fotografías que Irene había hecho durante la limpieza de obra. En una esquina se veían dos cajas de consumibles con el logotipo comercial que Julián utilizaba y una herramienta que Marta había identificado como suya.
—¿Dejó material allí? —preguntó Mara.
—Sí.
—¿Cuándo lo recogió?
Julián se frotó el pulgar contra la cicatriz del índice.
—Después.
—¿Cuándo?
—No sé.
—Inténtelo.
—El lunes.
Laura se inclinó ligeramente.
—En su primera declaración dijo que no había vuelto desde el jueves.
—Porque fui cinco minutos.
—Pero volvió.
—A recoger dos cajas y una herramienta.
—Sin registrarlo.
—Sí.
—¿Con qué llave entró?
Julián se quedó quieto.
La entrevista cambió de dirección sin necesidad de que nadie elevara el tono.
—¿Conservaba una copia? —preguntó Mara.
—No.
—Entonces ¿cómo entró?
Julián miró hacia la mesa.
—La puerta no estaba cerrada con llave.
David levantó la vista.
—¿Qué puerta?
—La lateral.
Laura dejó el bolígrafo.
—¿Estaba abierta?
—Cerrada, pero sin llave.
—¿Cómo lo sabía?
—Porque probé.
—¿Fue hasta la casa sin llave confiando en encontrarla abierta?
—No exactamente.
—Entonces explíquelo exactamente.
Julián guardó silencio varios segundos.
—Marta me dijo que Irene iba a limpiar el sábado —acabó diciendo—. Yo tenía material dentro y quería recogerlo. El sábado no pude ir. El lunes pasé por allí por si habían dejado abierto el acceso lateral durante los trabajos.
—¿Marta le dijo que la puerta estaría abierta?
—No.
—¿Irene?
—Tampoco.
—¿Y si hubiera estado cerrada?
—Me habría ido.
Laura lo observó.
—¿Eso es lo que quiere que conste?
Julián se pasó ambas manos por la cara.
—No.
La respuesta salió baja.
Mara esperó.
—Tenía una llave vieja.
Laura mantuvo la expresión.
—¿De la Casa de la Umbría?
—Sí.
—¿Una copia no registrada?
—Una que se hizo durante la obra, antes de que montaran el sistema nuevo.
—¿Por qué no la devolvió?
—Se me quedó.
—¿Se le quedó o decidió conservarla?
—Se me quedó.
—¿Y el lunes la utilizó?
—Sí.
Aquello ampliaba la lista de accesos reales, pero seguía sin situar a Julián en la casa el martes.
—¿Dónde está esa copia ahora? —preguntó Mara.
Julián apretó la mandíbula.
—En mi furgoneta.
—¿La ha usado después del lunes?
—No.
—¿Puede entregarla?
—Sí.
Laura anotó la recogida para realizarla con las garantías correspondientes.
—¿A qué hora entró el lunes?
—Después de comer. Tres y media, cuatro menos cuarto.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Diez minutos.
—¿Vio a alguien?
—No.
—¿Movió algo además de sus cajas?
—No.
—¿Entró en otras habitaciones?
—Solo abajo.
La planta baja era precisamente el lugar donde Criminalística situaba la agresión como hipótesis principal. Si Julián había estado allí el lunes con su calzado de trabajo, cualquier huella o partícula suya podía proceder de esa visita o de cualquiera de las anteriores.
Los rastros seguían siendo relevantes, pero ya no podían leerse sin contexto temporal.
—¿Por qué ocultó esa entrada? —preguntó Mara.
Julián alzó las cejas.
—Porque tenía una llave que no debía tener y porque había dicho que no volvería hasta cobrar.
—¿Eso era todo?
La pregunta lo incomodó más que las anteriores.
—Sí.
Mara mantuvo la mirada.
—Si mañana aparece otro dato que contradice esta versión, tendremos que empezar otra vez. Es mejor que terminemos ahora.
Julián se echó hacia atrás.
—Álvaro me había pagado algo.
Laura consultó las facturas.
—No figura.
—Porque fue en efectivo.
David volvió a coger el bolígrafo.
—¿Cuánto?
—Mil quinientos.
—¿Cuándo?
—El viernes anterior.
—¿Por qué?
—Para que siguiera con unos remates aunque las facturas todavía no estuvieran cerradas.
—¿Le dio recibo?
Julián negó.
—¿Factura parcial?
—No.
—¿Lo declaró en la contabilidad?
El silencio bastó.
Laura dejó aparte la cuestión fiscal.
—¿Por qué Álvaro iba a darle mil quinientos euros en efectivo sin documentación?
—Porque necesitaba que terminara varias cosas y yo le dije que, hasta que no viera dinero, no volvía.
—¿Sabe de dónde salió el efectivo?
—No.
—¿Dónde se lo entregó?
—En la oficina de Cierzo Rural, cuando Marta ya se había ido.
Mara recordó que Marta había hablado de la discusión de la semana anterior, pero no de aquel pago. Probablemente no lo conocía.
—¿Por qué lo ha ocultado hasta ahora?
—Porque no está declarado.
—¿Y porque cambia la cantidad que realmente le debía Álvaro?
—También.
—¿Cuánto le debía cuando murió?
Julián hizo el cálculo.
—Algo más de tres mil.
—No cuatro mil setecientos ochenta.
—No.
La apariencia inicial empezaba a corregirse. Julián no era simplemente un profesional enfadado por casi cinco mil euros impagados. Había aceptado dinero en efectivo, había ocultado ese pago y seguía hablando de la deuda formal como si la entrega nunca hubiese existido.
Tenía una razón clara para mentir. Otra cuestión era si esa razón tenía algo que ver con el homicidio.