Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 8
21%

Capítulo 8

Copias

Irene Ferrer reconoció la copia antes de que Mara terminara de formular la pregunta.

—Sí. Una llave de servicio. Y ya sé que no debía haberla hecho.

Laura había preferido citarla en dependencias de la Guardia Civil en lugar de hablar con ella en alguna de las viviendas donde trabajaba. Sobre la mesa había una reproducción del registro de Cierzo Rural y una relación de las entradas que Irene había firmado durante las últimas semanas.

La mujer rondaba los cuarenta años. Vestía pantalón de trabajo y un jersey grueso bajo la cazadora. Había llegado diez minutos antes de la hora y, desde que se sentó, mantenía las manos juntas sobre la mesa.

—¿De qué vivienda era la copia? —preguntó Laura.

Irene miró la hoja, aunque no necesitaba consultarla.

—De una casa de Valdecierna. No de la Umbría.

David estaba sentado junto a Mara y hasta ese momento no había intervenido.

—¿Qué casa?

Irene dio el código utilizado por Cierzo Rural. Coincidía con el que Marta había mencionado dos días antes.

—¿Cuándo hizo la copia? —continuó Laura.

—Hace unas tres semanas.

—¿Con autorización de Álvaro?

—No.

—¿De Marta?

Irene tardó algo más en responder.

—Marta sabía que a veces me quedaba con una copia unos días cuando tenía varios servicios seguidos.

—Eso no significa que conociera esta copia.

—No. Esta no se la comenté.

—¿Por qué la hizo?

Irene separó por fin las manos.

—Porque estaba harta de perder una hora para recoger una llave, ir a una casa, devolverla y volver a salir al día siguiente.

Hay propietarios que aparecen sin avisar, otros que dejan venir a familiares y otros que no quieren que haya copias fuera de la oficina.

Lo entiendo. Pero luego llaman porque ha saltado una alarma, porque una tubería pierde o porque quieren la calefacción encendida antes de llegar, y esperan que estés allí en veinte minutos.

No parecía estar justificándose tanto ante ellos como ante una forma de trabajar que llevaba tiempo molestándole.

—¿Dónde guardaba esa copia? —preguntó Mara.

—En el coche, dentro de una caja con otras llaves de trabajo.

—¿Estaba identificada?

—Con un código.

—¿Quién sabía que existía?

—Yo.

David se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Solo usted?

Irene lo miró.

—Al principio, sí.

—¿Y después?

La mujer bajó la vista.

Laura esperó.

—Nerea.

David dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Le dio la llave?

—Una vez.

—¿Se la dio para entrar o se la dejó durante un tiempo?

Irene tardó en contestar.

—Se la dejé.

—¿Cuándo se la devolvió?

—No ese mismo día.

La diferencia empezaba a ser importante. No hablaban ya de abrir una puerta en presencia de Irene, sino de una llave que había circulado fuera de cualquier registro.

—¿Cuánto tiempo la tuvo? —preguntó Mara.

—No lo sé exactamente. Dos días. Puede que tres.

—¿Y ahora dónde está?

—La tengo yo.

—¿Aquí?

—No. En casa. Pensé que me la ibais a pedir.

Laura mantuvo el mismo tono.

—No debería haberla manipulado después de saber que había una investigación abierta.

Irene se tensó.

—No la he usado. Estaba en un cajón desde antes.

—La recogeremos como corresponda y dejaremos constancia de cómo se ha conservado. No la saque ni la manipule más.

—Vale.

David volvió al registro.

—En su primera declaración dijo que después del último servicio del martes había devuelto todas las llaves que llevaba asignadas.

—Las oficiales.

—Eso no fue lo que dijo.

Irene lo miró de frente.

—Porque si reconocía que tenía otra llave, tenía que explicar todo esto.

—Precisamente.

—Sí.

Su tono se endureció.

—¿Y qué significa? ¿Que por no contar una copia soy sospechosa de matar a Álvaro?

Mara intervino antes de que David respondiera.

—Significa que mintió sobre una llave y necesitamos saber por qué. Nada más.

Irene se volvió hacia ella.

—Porque podía perder trabajo. Álvaro ya estaba enfadado con este tema. Me dijo que, si volvía a encontrar una llave fuera de control, iba a cambiar la forma de repartir los servicios y darme menos casas.

—¿Cuándo se lo dijo?

—La semana anterior.

—¿Discutieron?

—No exactamente. Él se enfadó y yo también.

—¿Hablaron de la Casa de la Umbría?

—No por las llaves.

—¿Entró allí durante la semana anterior a su muerte?

—Sí. El sábado.

Laura consultó el registro.

—Consta un servicio tres días antes.

—Limpieza después de obra. Estuve algo más de dos horas.

—¿Volvió el martes?

—No.

—¿Conservaba alguna llave de esa casa?

—No.

David señaló la documentación.

—Pero sabemos que podía conservar copias sin registrarlas.

Irene lo miró con cansancio.

—Una copia. De otra vivienda.

—Que sepamos.

El silencio posterior duró apenas unos segundos, aunque bastó para que Mara advirtiera que Laura había dejado de escribir. David estaba acumulando posibilidades como si juntas adquirieran más peso del que tenían.

—Vamos a concretar —dijo Mara—. ¿Hizo alguna copia no registrada de una llave de la Casa de la Umbría?

—No.

—¿Conservó alguna después de la limpieza del sábado?

—No.

—¿Dónde estuvo el martes entre las cuatro y las seis?

Irene respiró antes de responder.

—Terminé una limpieza sobre las cuatro y cuarto, devolví las llaves en la oficina y me fui a casa.

—¿Directamente?

—Paré a comprar pan y algunas cosas.

—¿Dónde?

Dio el nombre de una tienda y explicó el recorrido. No recordaba la hora exacta, aunque sí que había pagado con tarjeta. Poco después de las cinco había hablado con una clienta por teléfono y más tarde había respondido a varios mensajes.

Laura tomó nota de cada dato.

—Lo comprobaremos.

—Claro.

—¿Qué vehículo tiene?

—Un todoterreno.

—¿Con neumáticos de invierno?

—Sí.

David volvió a intervenir.

—Tenía una copia que no constaba, un coche preparado para nieve y había estado en la Casa de la Umbría tres días antes.

Irene se quedó inmóvil.

—Y no maté a Álvaro.

Mara giró la cabeza hacia David.

—¿Cuál de esas tres cosas la sitúa en la casa el martes por la tarde?

David se echó ligeramente hacia atrás.

—Ninguna.

—Entonces sigamos con los horarios.

La tensión bajó después de aquello. Irene explicó con más detalle su jornada del martes, el regreso a casa y el motivo por el que había ayudado a Nerea. No intentó convertirlo en un acto especialmente generoso.

—Me pidió un sitio para dos noches. Unas veces estaba durmiendo con una amiga y otras donde podía. La casa estaba vacía y yo sabía que el propietario no iba a venir esa semana.

—¿Le entregó la copia? —preguntó Laura.

—Sí.

—¿Marta lo sabía?

—Sabía que Nerea tenía problemas. No sé cuánto sabía de esa llave.

La versión no coincidía del todo con la de Marta, aunque tampoco la contradecía de manera frontal. Una podía haber supuesto que la otra conocía más de lo que realmente sabía.

—¿Nerea estuvo en esa vivienda el martes? —preguntó Mara.

Irene dudó.

—Creo que sí.

—¿Por qué?

—Porque me escribió por la mañana para preguntarme si podía quedarse una noche más.

—¿Qué le contestó?

—Que sí, pero que al día siguiente tenía que irse.

—¿Conserva el mensaje?

—Sí.

Laura tomó nota para que se incorporara por el cauce correspondiente.

Saber que Nerea había pedido quedarse era útil, pero no demostraba todavía dónde había pasado la franja horaria que les interesaba. Mara dejó la cuestión ahí.

Cuando terminaron, Laura explicó a Irene que podían volver a citarla si necesitaban ampliar la declaración. También le indicó que no contactara con Nerea para acordar versiones y que no modificara ningún documento relacionado con llaves o servicios.

—No voy a hacerlo.

Antes de levantarse, Irene miró a Mara.

—Álvaro estaba enfadado conmigo, sí. Pero si hubiese querido echarme me lo habría dicho a la cara. Era bastante pesado, no cobarde.

Mara dejó la frase donde estaba. Describía al muerto mejor que cualquier intento de defenderse.

Esperaron a que Irene saliera antes de hablar.

—Me he pasado —admitió David.

—Un poco.

—Tenía acceso, un coche adecuado y una mentira sobre llaves.

—Y ninguna de esas cosas demuestra que estuviera en la Umbría el martes.

—Lo sé.

Mara recogió las hojas.

—Eso es lo importante.

Noelia llamó unos minutos después. Laura le había pedido revisar los registros de Cierzo Rural relacionados con la copia y con la vivienda que Nerea podía estar utilizando.

—Hay más desorden que delito —dijo desde Madrid—. Por ahora.

—Eso suena optimista —respondió David.

—Es descriptivo. Marta ha corregido varias veces a posteriori quién tenía determinadas llaves. No necesariamente para ocultar algo; en ocasiones el sistema se actualizaba tarde.

Mara se apoyó en la mesa.

—¿Aparece la copia de Irene?

—No como copia, pero sí hay una incidencia que explica por qué podía resultarle útil conservarla. Hubo dos avisos en cinco días en esa vivienda: uno por calefacción y otro por mantenimiento. Irene hizo ambos.

—¿Y Nerea?

—No aparece en ningún registro de ocupación.

Laura hojeó sus notas.

—Marta dijo que había tolerado algo parecido en otra vivienda con un familiar.

—Eso sí deja rastro indirecto. Hay mensajes con ese familiar y una omisión en el calendario interno. Todavía estoy ordenándolo.

David frunció el ceño.

—Entonces Marta también manipulaba los registros.

—Yo no utilizaría todavía esa palabra —respondió Noelia—. Tenemos una entrada que no anotó. Eso no convierte todo el sistema en falso.

David miró a Mara y corrigió por sí mismo.

—Vale. Una irregularidad no convierte el registro entero en una ficción.

—Vamos avanzando —dijo Noelia.

Laura sonrió.

—No cuelgues. Necesitamos comprobar también la versión de Irene.

Repasaron las tareas: pago con tarjeta, llamada con la clienta, mensajes posteriores y localización de sus servicios anteriores. La UOPJ asumiría parte de las comprobaciones y Noelia ayudaría a ordenar la información a medida que llegara.

Volvieron a hablar con Marta esa misma tarde en Cierzo Rural.

La coordinadora estaba menos rígida que en la primera entrevista. En cuanto Laura mencionó a Irene, su expresión cambió.

—Ya os ha contado lo de la copia.

—Sí.

—Era cuestión de tiempo.

—¿Sabía que existía? —preguntó Laura.

Marta apoyó las manos en el mostrador.

—Sabía que Irene hacía apaños con algunas llaves. No conocía cada copia.

—¿Y la que utilizó Nerea?

—Supe que Nerea estaba entrando en una casa. No pregunté cómo.

David abrió sus notas.

—El otro día nos dijo que se enteró después.

—Y fue después.

—También dijo que suponía que Irene le había dado una llave.

—Porque era lo lógico.

Mara recordó la conversación anterior. Marta había evitado concretar cuánto sabía y en qué momento, pero no había construido una mentira tan clara como parecía sugerir David.

—¿Cuándo supo con seguridad que Nerea estaba usando esa vivienda? —preguntó.

—El lunes por la tarde.

—¿Quién se lo dijo?

—La propia Nerea. Vino a preguntar si podía quedarse algo más.

—¿Qué le respondió?

—Que no podía convertir aquello en una solución permanente.

—¿La echó?

—No.

—¿Lo anotó?

—No.

—¿Se lo dijo a Álvaro?

—Tampoco.

—¿Por qué?

Marta abandonó el mostrador y ocupó una silla.

—Porque al día siguiente teníamos una reunión con el propietario de otra casa que quizá podía alquilarse por meses. Pensé que podía resolverlo antes de montar un problema.

—¿Y si aparecía el propietario de la vivienda donde estaba Nerea?

—No iba a hacerlo.

—¿Cómo lo sabía?

—Porque estaba fuera y yo llevaba su calendario.

Mara entendió mejor hasta dónde llegaba el control informal de aquella oficina. No hacía falta falsificar contratos ni forzar puertas. Bastaba conocer qué casa iba a permanecer vacía, quién tenía una llave y qué propietario no aparecería durante unos días.

—¿Álvaro sabía que hacíais este tipo de cosas?

—Sabía que alguna vez habíamos buscado soluciones provisionales. Lo de Nerea no.

—¿Lo habría permitido?

Marta negó.

—No así.

—¿Por qué?

—Después de los problemas con las copias estaba mucho más estricto. Además, si ocurre algo dentro de una casa, al final el responsable es quien lleva la gestión.

No era solo miedo a perder autonomía. Había consecuencias contractuales y profesionales suficientes para explicar que Marta prefiriese mantener aquel asunto fuera de los registros.

Laura cambió de dirección.

—¿Dónde estuvo usted el martes después de salir de aquí?

Marta repitió el horario de su primera declaración. Había salido alrededor de las cuatro y veinte, llegó a casa y no volvió a Cierzo Rural. Durante la tarde intercambió varios mensajes con un familiar relacionados con otra vivienda gestionada por la empresa.

David levantó la vista.

—¿Otra ocupación irregular?

Marta cerró los ojos durante un instante.

—Sí.

—¿Tampoco estaba registrada?

—No.

Laura pidió los datos y Marta los facilitó.

La explicación de aquellas evasivas empezaba a resultar más concreta.

Marta e Irene habían ocultado excepciones dentro de un sistema de viviendas vacías y llaves que manejaban con demasiada flexibilidad.

Podían enfrentarse a problemas laborales, contractuales e incluso a reclamaciones de propietarios si todo aquello salía a la luz.

Nada de eso las situaba en la Casa de la Umbría la tarde del homicidio.

Al terminar, David salió con Mara mientras Laura cerraba unas diligencias con Marta.

La nieve había desaparecido de casi toda la calzada. Solo quedaban placas endurecidas junto a las fachadas orientadas al norte y montones grises donde las máquinas habían empujado lo acumulado.

—Hace dos días esto parecía otro sitio —dijo David.

Mara miró una de aquellas acumulaciones.

—Y dentro de una semana volverá a cambiar.

Caminaron unos metros.

—Antes, con Irene, he intentado encajar las piezas demasiado rápido —dijo él.

—Porque había una mentira que parecía relacionada con el caso.

—Sí.

—Nos va a ocurrir más veces.

David sonrió sin demasiado entusiasmo.

—Qué tranquilizador.

—Es más útil asumirlo que pensar que no volverá a pasar.

Siguieron hacia el coche.

Las entrevistas no habían eliminado formalmente a nadie, pero sí habían empezado a separar los motivos de las mentiras.

Irene escondía una copia que no debía tener y Marta había tolerado ocupaciones que no quería explicar.

Ambas tenían razones suficientes para ser evasivas sin necesidad de relacionarlas con la muerte de Álvaro.

La cuestión seguía siendo la misma que había aparecido al revisar el sistema de llaves: saber quién podía abrir una puerta no bastaba.

Había que demostrar quién la había cruzado el martes por la tarde.