Capítulo 7
La hora de llegada
Gabriel Montalbán pidió declarar por videoconferencia.
La solicitud no tenía nada de extraño. Vivía fuera de la provincia, alegaba obligaciones laborales y, por el momento, la UOPJ quería fijar su primera versión antes de decidir si necesitaba comparecer personalmente.
Laura organizó la entrevista desde Teruel.
Mara y David la siguieron con ella, procurando que la presencia de la UCO no convirtiera aquello en un interrogatorio a tres voces.
En la pantalla, Gabriel aparentaba poco más de cincuenta. Llevaba una camisa oscura y tenía detrás un fondo neutro. La conexión era buena. Había empezado dando el pésame por Álvaro antes de que nadie se lo pidiera.
—Lo conocía desde hacía algo más de dos años —dijo—. Desde que mi hermana y yo empezamos a poner en condiciones la casa.
Laura permanecía frente a la cámara.
—¿Qué relación tenía con él?
—Profesional. Correcta. A veces discutíamos por presupuestos, como cualquiera que lleva una reforma.
—¿Cuándo habló con él por última vez?
Gabriel respondió sin pensarlo demasiado.
—El martes. Por teléfono.
—¿A qué hora?
—Por la tarde. No sabría decirle exactamente.
Laura deslizó una hoja sobre la mesa.
—Tenemos una anotación de Cierzo Rural que sitúa una llamada a primera hora de la tarde.
—Puede ser. Hablábamos bastante.
Mara observó la respuesta sin intentar leer en los gestos algo que no podía demostrar. Gabriel parecía cómodo hablando de llamadas, gastos y obras. Lo importante era qué versión estaba dispuesto a dejar fijada.
—¿De qué hablaron? —preguntó Laura.
—De la casa. Álvaro quería revisar varios gastos y yo quería saber cuándo iban a terminar unos trabajos.
—¿Hablaron de veros ese mismo día?
La pausa fue breve.
—No.
—¿Quedaron en la Casa de la Umbría?
—No.
Laura dejó pasar unos segundos.
—¿Estuvo usted allí el martes?
—No.
Esa respuesta sí quedaba clara.
Mara anotó la negativa.
—¿Estuvo en la Sierra de Albarracín? —preguntó Laura.
—Sí. Llegué por la tarde.
—¿A qué hora?
Gabriel se pasó una mano por la barbilla.
—No miré el reloj al entrar en la zona. Sobre las seis y diez, seis y veinte. Algo así.
—¿Desde dónde venía?
—De Zaragoza.
—¿Directamente?
—Sí. Bueno, con alguna parada normal. Gasolina, café... No recuerdo todos los sitios.
Mara levantó la vista hacia David. Él ya había anotado algo y no hizo ningún comentario.
—¿Dónde se alojó? —preguntó Laura.
Gabriel dio el nombre del establecimiento.
—Tenía reserva.
—¿A qué hora llegó?
—Poco después. Sobre las seis y media.
—¿Puede acreditarlo?
—El alojamiento tendrá el registro. Yo firmé o me apuntaron al entrar, no recuerdo cómo lo hicieron.
Laura consultó otra hoja.
—La entrada figura a las dieciocho treinta y uno.
Gabriel pareció relajarse.
—Pues eso. Llegaría a la sierra unos minutos antes.
Mara anotó también esa diferencia. Las 18:31 eran una hora documentada en un lugar concreto. Gabriel la estaba utilizando para sostener otra afirmación distinta: que hasta poco antes no había estado en la comarca.
En una conversación podía parecer una diferencia menor. En una cronología no lo era.
—¿Por qué viajó ese día? —preguntó Laura.
—Tenía asuntos de la casa y otras cosas personales. Iba a quedarme un par de días si el tiempo lo permitía.
—¿Qué asuntos?
—Hablar con Álvaro, revisar unas partidas y decidir con mi hermana qué hacíamos con varios muebles.
Laura mantuvo el mismo tono.
—Antes ha dicho que no había quedado con Álvaro.
—No había quedado para ese día. Pensaba verlo al siguiente.
—¿Se lo dijo por teléfono?
—Le dije que iba a estar por la zona.
—¿Él sabía que llegaba el martes?
Gabriel dudó.
—Supongo que sí.
—¿Se lo dijo usted?
—No recuerdo la frase exacta.
Saber que alguien iba a desplazarse no equivalía a concertar un encuentro, pero tampoco significaba que no existiera ninguna intención de verse.
Laura pasó a la vivienda.
—¿Cuándo estuvo por última vez en la Casa de la Umbría?
—En otoño. Quizá noviembre.
—¿Tiene llave?
—Claro. Es mi casa.
—¿Su hermana también?
—Sí.
—¿Y sabía quién más tenía copias?
Gabriel hizo un gesto impreciso.
—La gestora, la gente de limpieza, los de las obras... Eso lo llevaba Álvaro.
—¿Le preocupaba?
—A veces. Había demasiadas llaves para una casa que está vacía gran parte del año.
La frase encajaba con lo que Marta había descrito desde el otro lado: propietarios que delegaban el control cotidiano sin querer perderlo por completo.
—¿Discutió con Álvaro por ese asunto? —preguntó Laura.
—No por las llaves.
—¿Por qué sí?
—Por dinero, sobre todo. Presupuestos, trabajos que se alargaban y cosas que él quería consultar con mi hermana aunque yo ya las hubiera autorizado.
Mara se fijó en la última parte.
Laura también.
—¿Por qué le molestaba que consultara con su hermana?
—No me molestaba. Solo retrasaba todo. Pilar vive lejos y tiene poco interés por la reforma hasta que llega una factura.
—¿La casa es de los dos al cincuenta por ciento?
—Sí.
—Entonces algunas decisiones necesitaban el consentimiento de ambos.
Gabriel inclinó la cabeza.
—Depende de la decisión.
No parecía interesado en discutir cuestiones de copropiedad con una teniente de la Guardia Civil. Cambió ligeramente de tono.
—Mire, Álvaro era muy meticuloso cuando le convenía. Si había que mover una lámpara de doscientos euros, pedía tres confirmaciones. Si un albañil añadía una jornada, a veces me enteraba al recibir la factura.
Mara no sabía todavía si aquella queja tenía fundamento. Tampoco importaba en ese momento.
—¿Había algo concreto pendiente entre ustedes el martes? —preguntó Laura.
—Varias cosas.
—¿Puede enumerarlas?
Gabriel empezó por trabajos de carpintería, repasos de pintura y una factura de mantenimiento. Después mencionó el inventario.
—Había objetos que mi hermana creía que seguían en la casa y que ya no estaban allí.
—¿Dónde estaban?
—Algunos se retiraron durante la obra.
—¿Con qué autorización?
—La mía.
—¿Su hermana lo sabía?
Gabriel se recostó.
—No sé qué sabía exactamente Pilar. Tendrá que preguntárselo a ella.
Mara anotó la respuesta. Los desacuerdos entre dos copropietarios podían generar discusiones serias sin tener ninguna relación con un homicidio. Necesitaban saber qué había ocurrido realmente con aquellos objetos antes de concederles más importancia.
Laura volvió al martes.
—Después de llegar al alojamiento a las dieciocho treinta y uno, ¿salió de nuevo?
—No. El tiempo estaba empeorando. Cenamos allí.
—¿Solo?
—Había más huéspedes.
—¿Antes de las dieciocho treinta y uno estuvo con alguien que pueda confirmarlo?
Gabriel miró un instante fuera de la pantalla.
—No creo. Venía conduciendo.
—¿Hizo alguna compra, repostó o paró en algún establecimiento?
—Ya le he dicho que alguna parada haría. No recuerdo dónde.
David anotó otra línea.
Mara pensó en el trabajo que supondría comprobar aquel tramo: tarjetas, tickets, cámaras que quizá ya no conservaran imágenes y empleados que atendían a decenas de personas. Nada extraordinario, solo tiempo.
Laura preguntó por el temporal.
—¿Cómo encontró la carretera al llegar?
—Mal.
—¿Qué significa mal?
—Nevaba, había zonas con acumulación y no era momento de meterse por carreteras secundarias.
—¿Pasó por Valdecierna?
—No.
—¿Vio el desvío de la Casa de la Umbría?
—No.
—¿Sabía si se podía acceder?
Gabriel dejó escapar una respiración breve.
—Con lo que estaba cayendo, yo no lo habría intentado.
Laura no dejó pasar la respuesta.
—No le pregunto si usted lo habría intentado. ¿Sabía si era posible?
—No.
Hasta entonces había hablado de las condiciones generales del temporal, no del estado real del acceso. La diferencia importaba.
—¿Cuándo supo que Álvaro había muerto?
—Ayer por la mañana. Me llamó Marta.
—¿Y cuándo supo dónde había aparecido?
—En esa misma llamada o después. No recuerdo.
—¿Qué hizo?
—Llamé a mi hermana.
—¿A alguien más?
—A un abogado. La casa estaba relacionada con un homicidio. Me pareció prudente.
No había nada extraño en eso.
—¿Entró en la Casa de la Umbría después de saberlo?
—No.
—¿Envió a alguien?
—Tampoco.
La entrevista continuó durante casi media hora.
Gabriel explicó el origen de la propiedad, la reforma y varios encargos.
Reconoció que Álvaro le había pedido aclaraciones sobre bienes retirados, aunque presentó el desacuerdo como una cuestión administrativa entre copropietarios.
Negó amenazas, deudas personales y cualquier encuentro presencial con Álvaro el martes.
Cuando Laura terminó, le explicó que probablemente volverían a citarlo y que necesitaban comprobar algunos datos de su recorrido. Gabriel respondió que colaboraría.
La pantalla se apagó.
David fue el primero en hablar.
—Las dieciocho treinta y uno le vienen muy bien.
—Le sirven para demostrar dónde estaba a las dieciocho treinta y uno —dijo Mara—. Nada más.
—Y sostiene que llegó a la zona solo diez o veinte minutos antes.
—Eso sostiene.
Laura se levantó y fue hasta la mesa lateral.
—La cuestión es si podía haber estado en la casa antes.
David miró el croquis del acceso.
—Si la carretera estaba como la vimos el miércoles, no.
Mara volvió la cabeza hacia él.
—El miércoles.
David rectificó enseguida.
—Sí. No sabemos cómo estaba el martes.
La nieve acumulada junto a la embocadura había condicionado la primera impresión de todos. Un turismo habría tenido dificultades para atravesar el caballón que encontraron después, pero ya sabían que el estado del lugar durante el hallazgo no podía proyectarse sin más hacia la tarde anterior.
Laura recuperó las notas de vialidad.
—Tenemos constancia de varias actuaciones durante el temporal. Falta que nos envíen los partes detallados.
—Y hablar con Vicente con calma —dijo Mara.
—Sergio lo tiene previsto.
David abrió su portátil.
—Mientras tanto puedo comprobar la ruta de Gabriel. Alojamiento, gasolineras, bares, tiendas. Si entró a las 18:31, deberíamos poder encontrar algo anterior.
—Comprueba la ruta sin decidir de antemano qué esperas encontrar.
—De acuerdo.
No sonó molesto. Simplemente ajustó el enfoque.
Laura regresó a la mesa.
—La versión de Gabriel tiene una ventaja sobre las demás.
—¿Cuál?
—Es fácil de entender. Llegó tarde, nevaba, entró en el alojamiento y no volvió a salir.
Mara observó la hora escrita en su libreta: 18:31. Una versión sencilla podía resultar convincente precisamente porque no exigía demasiadas explicaciones. También podía ser cierta.
—Y tiene un punto débil —dijo Laura.
David levantó la vista.
—Que depende de cómo estaba la carretera antes de las seis y media.
Mara negó ligeramente.
—Depende de dos cosas: de cuándo llegó realmente y de cómo estaba el acceso en el momento en que pudo haber llegado.
Laura asintió.
Tenían una hora documentada y, antes de ella, dos preguntas abiertas.
A mediodía, David empezó las comprobaciones con Sergio. Noelia recibió desde Madrid la petición de ordenar las comunicaciones y la documentación que pudiera incorporarse legalmente sobre Gabriel y la Casa de la Umbría. Laura coordinó las siguientes entrevistas.
Mara permaneció unos minutos frente al croquis.
La casa estaba a poco más de trescientos metros de la carretera. Álvaro había dejado el coche abajo y había subido a pie. Gabriel aseguraba que no había pasado por Valdecierna y que, cuando llegó a la comarca, el temporal desaconsejaba meterse por carreteras secundarias.
Por el momento, nada demostraba que mintiera.
En otra parte de la mesa estaban los nombres de Marta, Irene, Julián y Nerea. Cada uno arrastraba un conflicto o una irregularidad distinta: una llave fuera de registro, un pago discutido, una vivienda ocupada sin permiso o una promesa incumplida.
Gabriel había aportado algo diferente: una hora concreta que podía comprobarse. El registro de las 18:31 demostraba dónde estaba entonces. La investigación tendría que averiguar dónde había estado antes.