Capítulo 6
Las llaves
Marta Pina había preparado el archivo de la Casa de la Umbría con un orden que no coincidía del todo con el que utilizaba Álvaro. Noelia fue la primera en detectarlo.
La llamaron desde la oficina de Cierzo Rural poco después de las diez.
Marta había dispuesto sobre una mesa presupuestos, fotografías, partes de mantenimiento y registros de llaves.
Mara esperaba encontrar la clasificación imperfecta de una empresa pequeña que había crecido sobre la marcha, pero el desorden resultó tener cierta lógica.
—No es que esté mal llevado —dijo Noelia desde Madrid—. Es que conviven dos formas de trabajar.
Marta, sentada al otro lado de la mesa, miró hacia el teléfono en manos libres.
—La nueva y la que teníamos antes.
—Eso parece. Álvaro intentó centralizarlo todo durante el último año. Antes hay más anotaciones en papel y mensajes; después, los registros se vuelven más uniformes.
Noelia había recibido por vía reglamentaria las copias que la UOPJ estaba incorporando a las diligencias. No podía trabajar sobre los originales desde Madrid, pero sí ordenar fechas, entradas y relaciones.
Marta soltó aire por la nariz.
—Llevaba meses diciendo que, si seguíamos funcionando como cuando teníamos veinte casas, acabaríamos perdiendo una llave o algo peor.
Mara miró el llavero mural instalado detrás del mostrador. Cada juego estaba identificado con un código, no con la dirección completa de la vivienda. A simple vista, el sistema parecía razonable.
—¿Y funcionaba?
—La mayor parte del tiempo.
—No te he preguntado eso.
Marta sostuvo su mirada durante un instante.
—No siempre.
La respuesta resultaba más útil que cualquier defensa automática.
David se acercó al panel sin tocarlo.
—Explícanos quién podía retirar una llave.
—Álvaro y yo. Irene también, cuando tenía trabajos programados, pero se anotaba. Si Julián estaba haciendo una obra, recibía una copia temporal o alguien le abría. Y los propietarios tenían sus propios juegos.
—¿En la Casa de la Umbría?
Marta señaló una de las fichas.
—Álvaro tenía un juego y yo otro en la oficina. Irene había entrado para limpiar, Julián durante las obras y Gabriel y Pilar tenían llaves desde antes porque la casa es suya.
—¿Cuántas copias hay?
Marta tardó en contestar lo suficiente para que Mara reparara en la pausa.
—Registradas, seis juegos en total a lo largo del último año. Algunas se devolvieron y después se reasignaron.
—¿Y las no registradas?
—Si supiera cuántas son, estarían registradas.
David la miró.
—Eso ha sonado ensayado.
—Porque Álvaro me lo decía cada vez que discutíamos por este tema.
Marta no parecía especialmente incómoda por reconocerlo. Contestaba deprisa cuando conocía bien el terreno y se tomaba más tiempo cuando la pregunta alcanzaba algo que no controlaba.
Noelia continuó desde el altavoz.
—Tengo una entrega de llave a Irene hace nueve días, otra devolución cuatro días después y una anotación manual de «copia servicio» sin firma.
Marta cerró los ojos un instante.
—Esa será de Irene.
—¿Será?
—Probablemente.
—Necesito algo más que probablemente.
—Lo sé.
Noelia no elevó el tono. Le bastaba con dejar el hueco delante del interlocutor y esperar.
—¿Irene hacía copias por su cuenta? —preguntó Mara.
—No debería.
—Eso no responde.
Marta miró hacia el llavero.
—Alguna vez pidió duplicados porque tenía varias viviendas seguidas y no quería venir a la oficina a recoger y devolver una llave cada vez. Álvaro se enfadaba bastante con eso.
—¿Y tú lo permitías?
—A veces.
No intentó justificarlo.
David abrió una carpeta.
—Entonces alguien podía tener acceso real a una vivienda sin aparecer ese día en el registro.
—Sí.
—¿También a la Casa de la Umbría?
—No lo sé.
Mara intervino antes de que aquella posibilidad creciera más de lo que permitían los datos.
—Una copia mal registrada no significa que alguien tuviera acceso a esa casa el martes. Primero tendremos que saber de qué llave hablamos.
Marta la observó.
—Gracias.
—No te estoy haciendo un favor. Solo estamos separando cosas.
La mujer asintió.
Sobre la mesa había fotografías de la Casa de la Umbría tomadas en otoño. Mara las comparó con las imágenes de la inspección. Algunas mostraban muebles que seguían allí; otras, zonas todavía en obras.
—¿Quién gestionaba las reformas?
—Álvaro. Yo llevaba presupuestos y pagos. Julián hacía buena parte del trabajo.
—¿Había problemas entre ellos?
—Por dinero.
—¿Cuánto?
—Dos facturas pendientes y varias partidas discutidas. Álvaro decía que algunos acabados no estaban como se habían presupuestado. Julián decía que los cambios se pidieron sobre la marcha y que no pensaba asumirlos gratis.
David tomó nota.
—¿Llegaron a amenazarse?
—Que yo sepa, no. Sí se gritaron una vez aquí.
—¿Cuándo?
—La semana pasada.
Mara recordó lo que Eva había contado.
—¿Julián tenía llave entonces?
—Había devuelto el juego principal, pero podría haber conservado alguna copia antigua si la hizo sin decirlo. No tengo ninguna prueba de que ocurriera.
Aquello ampliaba una posibilidad, pero no añadía todavía un hecho.
Noelia volvió a intervenir.
—También tengo dos incidencias con Nerea Calomarde.
Marta cambió ligeramente de postura. Mara lo advirtió, aunque prefirió esperar a escuchar la respuesta antes de concederle importancia.
—¿Qué incidencias? —preguntó.
—Una petición de alquiler y una anotación posterior de Álvaro: «propietario cambia condiciones».
Marta habló antes de que Mara tuviera que preguntarle.
—Álvaro le prometió una vivienda demasiado pronto.
—Eso ya nos lo contó su hermana. ¿Qué ocurrió exactamente?
—Nerea trabaja por temporadas. Limpieza, hostelería, lo que vaya saliendo. Llevaba meses buscando algo estable y Álvaro creyó que un propietario aceptaría un alquiler anual. Se adelantó al decírselo. Luego el propietario vio lo que podía sacar por fines de semana y cambió de idea.
—¿Nerea amenazó a Álvaro?
—Le mandó mensajes bastante duros. No sé si amenaza es la palabra.
—¿Sabes dónde estaba la tarde del martes?
Marta apartó la mirada hacia el escaparate.
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
David la observó.
—¿No lo sabes o no quieres decirlo?
—No lo sé con seguridad.
Mara esperó unos segundos.
—Entonces dinos qué sabes.
Marta juntó las manos sobre la mesa.
—Sé que Nerea había pedido entrar unos días en una casa vacía mientras encontraba otra cosa.
—¿A quién se lo pidió?
—A Irene.
—¿Y tú cuándo te enteraste?
—Después.
—¿Se lo comunicaste a Álvaro?
Marta negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque iban a ser dos noches. Eso dijeron.
—¿En qué casa?
Marta dio el código de una vivienda de Valdecierna. David revisó una hoja antes de levantar la vista.
—No es la Casa de la Umbría.
—No.
—¿Nerea tenía autorización del propietario?
—No.
La situación era suficientemente clara sin necesidad de exagerarla. La ocupación podía afectar a seguros, responsabilidades y a la relación contractual de Cierzo Rural con el dueño. También podía proporcionar a Nerea una razón de peso para no querer explicar dónde había pasado la noche.
—¿Cuándo supiste que estaba allí? —preguntó Mara.
—El lunes.
—¿Y creías que seguía allí el martes?
Marta vaciló.
—Sí. Creo que sí.
—Antes has dicho que no sabías dónde estaba.
—Porque no fui a comprobarlo.
—No te he preguntado si la viste.
Marta bajó la mirada.
—Vale. Pensé que seguía en esa casa.
David cerró la carpeta con suavidad.
—Y decidiste no registrarlo.
—Decidí darle dos días.
—¿Por qué?
Marta lo miró con cansancio.
—Porque aquí hay gente que trabaja y no encuentra dónde vivir todo el año mientras hay casas cerradas durante meses. Porque, si se lo decía a Álvaro, la habría echado esa misma tarde. Y porque pensé que nadie iba a enterarse.
No parecía pedir comprensión. Se limitaba a explicar una decisión que sabía que no debía haber tomado.
Mara llevaba días encontrando distintas versiones del mismo problema: propietarios ausentes, viviendas cerradas, trabajadores que necesitaban vivir cerca y una pequeña empresa resolviendo algunas situaciones mediante acuerdos que no siempre tenían cabida en un contrato.
—¿Irene tenía llave de esa vivienda?
—Sí.
—¿Se la dio a Nerea?
—Supongo que sí.
—Se lo preguntaremos a Irene.
Marta asintió.
Noelia esperó a que terminara ese asunto antes de continuar.
—Hay otra cuestión. En los documentos de la Casa de la Umbría, Gabriel y Pilar aparecen como copropietarios, pero en la práctica las autorizaciones no están funcionando igual para los dos.
Mara volvió la atención al expediente principal.
—Explícalo.
—Varios encargos recientes proceden únicamente de Gabriel.
Marta se tensó un poco.
—Porque él era quien estaba más pendiente de las obras.
—¿Pilar conocía esos encargos? —preguntó Mara.
—Algunos sí. Otros no lo sé.
—¿Y Álvaro?
—Últimamente intentaba aclararlo.
Noelia siguió revisando la documentación.
—Hay mensajes y notas de trabajo en los que Álvaro pide confirmación de ambos para varios gastos.
Marta tomó una de las fotografías.
—Eso empezó porque Pilar llamó preguntando por algunas cosas de la casa.
—¿Qué cosas?
—Muebles, objetos guardados... Una cómoda, dos lámparas y unas cajas que estaban en un almacén temporal.
—¿Faltaban?
—Álvaro decía que no localizaba todo.
—¿Qué decía Gabriel?
—Que parte se había retirado con permiso.
—¿Con permiso de quién?
Marta dejó la fotografía sobre la mesa.
—Con el suyo.
David iba a intervenir, pero Mara levantó ligeramente una mano.
—¿Álvaro y Gabriel habían discutido por eso?
—Por eso y por dinero. Álvaro estaba cansado de recibir una instrucción de uno y después una pregunta distinta del otro.
—¿Gabriel estuvo en la oficina esta semana?
—No.
—¿Habló con Álvaro?
—Varias veces.
—¿El martes?
Marta frunció el ceño.
—No lo sé.
Noelia respondió desde Madrid.
—Hay una anotación de una llamada con Gabriel a primera hora de la tarde. Todavía estoy comprobando el detalle.
Una conversación entre un propietario y quien gestionaba una reforma no tenía nada de extraordinario por sí misma, así que Mara dejó el dato pendiente de contexto.
—¿Álvaro llevaba documentación de la Casa de la Umbría cuando salió? —preguntó.
Marta señaló una de las cajas.
—Sí. Se llevó una carpeta. Por lo que me enseñaron ayer, es la que encontrasteis con él.
—Está incompleta.
—Entonces faltan cosas.
—¿Sabes cuáles?
—No sin comparar.
—Eso estoy haciendo —dijo Noelia.
Durante los siguientes cuarenta minutos cruzaron carpetas, fechas y códigos.
Aparecieron presupuestos duplicados, mensajes impresos, anotaciones manuales y fotografías cuya numeración no seguía siempre un orden continuo.
El sistema era imperfecto, pero ninguna de aquellas irregularidades permitía hablar de delito.
Sí empezó a aclararse, en cambio, por qué cada nombre había llegado hasta la mesa.
Julián había trabajado en la casa y mantenía un conflicto económico con Álvaro.
Nerea tenía motivos para estar enfadada con él y posiblemente había ocultado dónde pasó al menos parte de aquellos días.
Irene manejaba llaves con una flexibilidad que los registros no reflejaban por completo, mientras que Marta había permitido una ocupación irregular y tolerado excepciones que no quería explicar.
Gabriel, además de ser copropietario, hablaba directamente con Álvaro y aparecía en una gestión de obras y bienes que empezaba a generar discrepancias con su hermana.
Eran razones distintas y tendrían que investigarlas como tales. Que todas resultaran incómodas no las convertía en equivalentes.
Cuando terminaron la llamada con Noelia, Marta se levantó, fue hasta una estantería y regresó con una carpeta fina.
—Esto puede ahorraros tiempo.
La dejó delante de Mara. Contenía un registro de entradas de limpieza y mantenimiento de las últimas semanas. No estaba completo, pero permitía situar quién había trabajado en la Casa de la Umbría y cuándo.
Mara hojeó las primeras páginas.
—Esto no estaba en la caja anterior.
—Porque lo llevaba yo.
—¿Por qué?
Marta se apoyó en el borde de la mesa.
—Desde que encontraron a Álvaro estoy intentando recordar todo lo que dejamos mal apuntado.
—¿Has cambiado algo del registro?
—No.
—¿Has añadido entradas?
—Tampoco.
—Entonces déjalo tal como está.
Marta pareció sorprendida.
—¿No queréis que lo complete?
—Quiero saber cómo estaba antes de que supieras que podía ser importante. Si después recuerdas algo más, se recogerá aparte.
La mujer asintió.
David se inclinó sobre una de las líneas.
—Aquí aparece Irene tres días antes de la muerte.
—Limpieza de obra —dijo Marta.
—Y Julián una semana antes.
—Remates.
David recorrió el resto de la hoja.
—Gabriel no aparece.
—Los propietarios nunca firmaban entrada.
—¿Por qué?
Marta lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque era su casa.
Ese detalle resumía uno de los problemas del registro.
Servía para documentar trabajos y movimientos ordinarios de la empresa, pero no demostraba todas las entradas reales.
Tener una llave no probaba que alguien hubiese estado allí el martes, del mismo modo que no figurar en la hoja tampoco permitía afirmar que no hubiera entrado.
—Quiero que la UOPJ conserve una copia de todo esto en el estado en que está ahora —dijo Mara—. Después podéis seguir trabajando con vuestra documentación habitual, pero cualquier modificación de los originales tendrá que quedar reflejada.
Marta asintió.
David reunió las notas.
—Tenemos cinco nombres claros: Julián, Nerea, Irene, Marta y Gabriel.
—Tenemos cinco personas a las que hacer preguntas distintas —precisó Mara.
Salieron de Cierzo Rural cerca del mediodía. La nieve en Orihuela del Tremedal se había convertido en agua sucia junto a las ruedas de los coches, aunque en las zonas de sombra aún resistía una capa compacta.
David se abrochó la chaqueta mientras caminaban hacia el vehículo.
—Todos tienen algo que ocultar o algo por lo que discutir con Álvaro.
—No es lo mismo.
—No.
Mara miró hacia el escaparate de la oficina. Detrás del cristal, Marta empezaba a recoger los documentos que podían quedarse allí.
La visita había servido para algo más que reunir sospechosos.
La Casa de la Umbría no era una vivienda a la que solo pudiera acceder una persona concreta: había llaves oficiales, copias antiguas, propietarios que no firmaban entradas y una forma de trabajar en la que las excepciones habían terminado formando parte de la rutina.
Saber quién podía abrir la puerta iba a servir de poco si no conseguían demostrar quién la había cruzado el martes.