Capítulo 5
Dos escenas
La primera comparación llegó poco después de las ocho.
No era todavía un resultado de laboratorio ni una conclusión definitiva. Criminalística había terminado de ordenar las observaciones de la casa y del cuerpo, y Laura quería revisar con Mara qué podía sostenerse ya sin forzar las pruebas.
Sobre la mesa de trabajo había un plano de la planta baja, varias fotografías impresas y una copia del croquis exterior. David ocupaba una silla al otro lado y Sergio Ibáñez permanecía de pie junto a la ventana, con una carpeta bajo el brazo.
Laura señaló la fotografía del abrigo de Álvaro.
—Las partículas claras de la manga y del lateral del pantalón son compatibles, a simple vista y por composición preliminar, con restos de la planta baja. No tenemos todavía una identificación cerrada, pero encajan con materiales de obra presentes allí.
Mara pasó a la imagen siguiente. En la suela de una de las botas aparecían pequeñas incrustaciones grisáceas entre tierra y humedad.
—¿Y esto?
—Mezcla de polvo fino, restos de yeso y material mineral. Lo mismo: compatible con el interior y con la zona de acceso. No podemos decir que una partícula concreta proceda de un punto concreto de la casa.
—Pero sí que estuvo dentro.
Laura miró a Sergio antes de responder.
—Con lo que tenemos ahora, sí. Entre la relación de Álvaro con la vivienda, los rastros en la ropa y la alteración de la planta baja, es razonable dar por acreditado que estuvo allí poco antes de morir.
David apoyó un dedo junto al plano.
—Entonces deja el coche abajo, sube andando y entra en la casa.
El recorrido era lógico y encajaba con lo que sabían, pero Mara no quería que una reconstrucción útil adquiriera la apariencia de algo observado directamente.
—Podemos trabajar con esa secuencia siempre que diferenciemos bien los hechos de la inferencia.
David retiró la mano.
—Hecho: el coche está en la embocadura. Hecho: Álvaro estuvo dentro. Inferencia: recorrió a pie los trescientos metros desde el coche hasta la casa.
—Y es una inferencia bastante sólida —añadió Laura—. No tenemos otro vehículo suyo ni indicios de que alguien lo recogiera.
Sergio abrió la carpeta que llevaba.
—Tampoco hay señales de que el turismo se moviera después de quedar allí. El exterior estaba demasiado alterado por la nevada para obtener una huella limpia, pero la posición y la acumulación son compatibles con que permaneciera toda la noche.
Mara volvió al croquis exterior. La línea entre la puerta lateral y el murete estaba marcada con una distancia de algo más de diez metros.
—¿Qué tenemos sobre el traslado?
Laura cambió de fotografía. El cuerpo aparecía todavía en la posición en la que lo habían encontrado. Otra imagen mostraba la parte posterior del abrigo y el pantalón antes de ser embalados.
—Hay marcas y adherencias que no encajan bien con una simple caída en el punto del hallazgo. El forense ya lo apuntó ayer. Criminalística ha medido entre nueve y once metros, dependiendo del punto exacto de salida desde la puerta lateral y de la trayectoria hasta detrás del muro.
—¿Arrastrado?
—No podemos afirmar que todo el recorrido se hiciera así. Hay marcas en la ropa compatibles con contacto con el suelo y otras zonas que podrían corresponder a haber sido levantado parcialmente. No existe una huella continua que permita reconstruir el gesto.
—¿Una sola persona podría hacerlo? —preguntó David.
Sergio se encogió ligeramente de hombros.
—Álvaro pesaba algo menos de ochenta kilos. En esa distancia, sí. Con esfuerzo, pero sí.
Mara miró otra vez el plano. Desde el primer día la casa y el punto del hallazgo habían parecido muy próximos; ahora podían medir qué significaba realmente esa cercanía. Trasladar el cuerpo no exigía un vehículo, una segunda persona ni una preparación especial.
—¿La nieve permite saber cuándo lo sacaron?
—Muy poco —respondió Laura—. Sabemos que quedó fuera antes de la acumulación principal de la noche, pero afinar más sería dar una precisión que no tenemos. El viento y las pasadas posteriores han alterado demasiado la superficie.
Aquello era suficiente. La nieve podía ayudarles a establecer límites, no a fabricar un reloj.
David hojeó las fotografías.
—Si la agresión fue dentro y el cuerpo salió por la puerta lateral, la casa deja de ser un posible segundo escenario.
—Si la comparación termina de sostenerlo, sí —dijo Mara—. Pasaría a ser la escena principal del homicidio o, como mínimo, de la agresión que lo precedió.
—Y el exterior, la escena de ocultación.
Mara observó de nuevo la fotografía del murete.
—De ocultación parcial. Desde la carretera no se veía, pero quien lo dejó allí tampoco intentó hacerlo desaparecer del todo.
El muro bastaba para retrasar un hallazgo casual desde abajo, no para garantizar que el cuerpo permaneciera oculto.
Laura colocó otra fotografía sobre la mesa. Mostraba la puerta lateral desde el interior.
—No hay signos de forzamiento, ni en esta puerta ni en la principal.
—Eso nos devuelve a las llaves —dijo David.
—O a alguien a quien Álvaro dejara entrar —respondió Mara.
Sergio abrió otra carpeta.
—Tenemos una relación inicial de personas con acceso habitual o potencial. Marta Pina, por gestión; Irene Ferrer, por limpieza; Julián Lázaro, porque había trabajado allí; los propietarios, Gabriel y Pilar Montalbán. Álvaro llevaba su propio juego.
—¿Nerea? —preguntó David.
—No consta con acceso autorizado a esa casa.
Mara se fijó en la última palabra.
—Autorizado.
Sergio captó la precisión.
—Eso. Seguimos revisando copias de llaves y usos informales.
Laura recogió las fotografías de la autopsia y sacó después una funda transparente. Dentro había varias hojas fotografiadas y numeradas. Los originales estaban ya incorporados a la cadena de custodia.
—Esto estaba entre los efectos de Álvaro. Es una carpeta de trabajo relacionada con la Casa de la Umbría.
David se inclinó.
Las copias incluían presupuestos, una relación de actuaciones, fotografías impresas y notas breves. En la portada figuraba el nombre de la vivienda y, debajo, escrito a mano: «revisar con propietarios».
—¿Está completa? —preguntó Mara.
—No lo sabemos.
—¿Por qué pensáis que puede faltar algo?
Laura señaló varios detalles.
—La numeración interna no es continua. Hay referencias a anexos que no aparecen y una de las fundas conserva marcas de haber contenido más papeles.
Mara pasó una página. Una anotación remitía a «inventario fotos octubre». Otra mencionaba una «confirmación de ambos» junto a un presupuesto de carpintería.
—¿Sabemos qué falta exactamente?
—Todavía no.
—Entonces no demos por hecho que alguien retiró documentos.
—No lo estamos haciendo —respondió Laura—. Puede que Álvaro saliera de la oficina con la carpeta ya así, que llevara únicamente lo que necesitaba o que faltaran hojas desde antes.
David observó una fotografía de una cómoda antigua y otra de una lámpara.
—¿Un inventario de muebles?
—Parece —dijo Sergio—. Cierzo Rural gestionaba la casa durante las obras y llevaba también el control de lo que había dentro.
Mara dejó la fotografía en su sitio. Una carpeta incompleta podía significar manipulación, desorden o simplemente que Álvaro había seleccionado determinados documentos antes de salir. No tenía sentido escoger una explicación antes de comparar el contenido con el archivo de la empresa.
—¿El móvil?
—Recuperado y preservado. A la espera de las diligencias y del análisis que corresponda —dijo Laura—. No vamos a tratarlo como un cajón abierto.
—Bien.
No necesitaban acceder a él para resolver las comprobaciones más inmediatas.
—¿Cierzo Rural conserva copia de esta documentación?
—En principio sí. Marta Pina dice que parte está en papel y parte en formato digital. Noelia ya está coordinando desde Madrid el cruce de lo que pueda obtenerse legalmente con lo que nos remita la UOPJ.
Mara pensó en Noelia frente a dos pantallas. Probablemente se movería con más soltura entre una numeración incompleta que cualquiera de ellos entre medio metro de nieve.
—Quiero ver primero lo que la empresa tenía de forma ordinaria, sin reconstruir la carpeta a partir de lo que creemos que debería contener.
Laura asintió.
—Cierzo Rural abre a las nueve. Marta está allí.
—Vamos en cuanto acabemos.
David volvió a la fotografía de la planta baja.
—Si Álvaro llevaba esa carpeta, ¿podemos pensar que iba a reunirse con alguien por trabajo?
—Podemos afirmar que llevaba documentación de trabajo. La reunión todavía hay que demostrarla.
—Eva dijo que solía reunirse en las propias viviendas.
—Sí.
—Y que la Casa de la Umbría le preocupaba.
—También.
David dejó la cuestión ahí.
Laura apartó las copias y extendió el plano completo.
—Entonces, para ordenar lo que tenemos: Álvaro deja el coche en la embocadura, sube a pie, entra en la casa, se produce una agresión en la planta baja, muere por compresión cervical y el cuerpo termina detrás del murete.
Mara levantó la vista.
—Con dos reservas. La agresión en la planta baja es ahora mismo la hipótesis mejor sostenida, pero nos falta la comparación definitiva de rastros para fijarla sin matices. Y no sabemos si la carpeta estaba ya incompleta cuando Álvaro entró.
Laura asintió y Sergio anotó la precisión.
El orden importaba. Si decidían demasiado pronto que alguien había retirado documentos después del homicidio, cualquier hueco en el archivo de Cierzo Rural empezaría a parecer una maniobra del culpable. La investigación podía terminar fabricando una pista a partir de su propia expectativa.
Laura apoyó las manos en la mesa.
—¿Qué necesitas de la oficina?
—El sistema de llaves, relación de personas con acceso, fotografías anteriores de la casa, inventarios, presupuestos, incidencias y todo lo que pueda explicar para qué iba Álvaro allí ayer.
—Eso es bastante.
—Es una empresa que gestiona casas. Deberían tener bastante.
David sonrió.
—Y yo que esperaba una mañana tranquila.
Sergio cerró la carpeta.
—Te has equivocado de oficio.
Durante los siguientes veinte minutos revisaron qué diligencias estaban ya en marcha y cuáles podían realizarse sin duplicar trabajo.
Laura se quedaría con Criminalística para cerrar la documentación de la escena; Sergio coordinaría las primeras ampliaciones de declaración.
Mara y David irían a Orihuela del Tremedal para hablar con Marta Pina y entender cómo funcionaba en la práctica Cierzo Rural.
Antes de salir, Mara volvió a mirar una de las fotografías del exterior.
El cuerpo aparecía detrás del murete, apenas visible desde el punto donde Vicente había tenido que acercarse para encontrarlo.
Todo indicaba que la violencia podía haber empezado en otro lugar y que alguien había elegido después aquel rincón para dejar a Álvaro fuera de la vista de la carretera.
Durante el trayecto hacia Orihuela, David condujo sin intentar llenar el silencio. La carretera seguía húmeda y en las cunetas quedaban acumulaciones irregulares. Había tramos limpios y otros donde el asfalto conservaba una película oscura de agua y sal.
—Nueve o diez metros —dijo después de un rato.
Mara supo a qué se refería.
—Sí.
—No hace falta planificar demasiado para mover un cuerpo esa distancia. Tampoco ser especialmente fuerte.
—No.
David mantuvo la vista en la carretera.
—Entonces el traslado no nos dice gran cosa del autor.
—Nos dice algo del momento posterior. Si esa fue la secuencia, quien lo hizo tuvo tiempo y capacidad para decidir qué hacer con el cuerpo después de la agresión.
—Aunque fuera improvisado.
—Sí.
David guardó silencio unos segundos.
—Sacarlo fuera, dejarlo oculto desde abajo y cerrar la puerta.
—Todo eso habrá que demostrarlo por separado.
—Todavía tenemos bastantes reservas.
—Y nos conviene conservarlas mientras las necesitemos.
Mara miró por la ventanilla. A aquella hora el tráfico era escaso, pero no inexistente. Una furgoneta de reparto apareció en sentido contrario y, unos kilómetros después, pasaron junto a dos operarios que trabajaban en un arcén.
El aislamiento de la sierra era relativo. Había carreteras, negocios, trabajadores, visitantes y propietarios que aparecían o desaparecían según el fin de semana, la temporada o una avería. Cierzo Rural existía precisamente para cubrir esas ausencias.
—La carpeta me preocupa más que el traslado —dijo David.
—¿Por qué?
—Porque, si falta algo, alguien pudo buscarlo.
—O Álvaro no lo llevó.
—Sí.
—O ya estaba incompleta antes.
David aceptó las posibilidades con un movimiento mínimo de cabeza.
—Noelia va a disfrutar.
—No se lo digas así.
—¿Por qué?
—Porque nos mandará otras veinte hojas para demostrar que la palabra «disfrutar» no es exacta.
David soltó una risa corta, la primera de la mañana que no tenía relación con un cadáver.
La oficina de Cierzo Rural estaba en una calle secundaria de Orihuela del Tremedal, en un local estrecho con un escaparate sencillo. Desde fuera se distinguían un mostrador, dos puestos de trabajo y una pared ocupada por archivadores y fotografías de viviendas.
Marta Pina los esperaba junto a la puerta. Rondaba los cuarenta, llevaba el pelo recogido y sujetaba una carpeta azul contra el costado. Con Mara y David mantuvo una cortesía rígida.
—Capitana Valdés.
—Señora Pina.
—Marta, por favor.
Los hizo pasar.
Sobre una mesa auxiliar había preparado varias cajas de archivo, dos llaveros etiquetados y un portátil abierto.
—He sacado todo lo que he podido reunir de la Casa de la Umbría: presupuestos, inventarios, fotografías, entradas de mantenimiento y el registro de llaves.
Mara no tocó todavía los documentos.
—Gracias. Antes de revisarlos, quiero que nos explique cómo trabajabais con esa casa.
Marta respiró hondo.
—Eso va a llevar un rato.
—Lo tenemos.
La mujer dejó la carpeta azul sobre la mesa.
—Entonces será mejor empezar por los propietarios.
Mara tomó asiento. Antes de buscar qué faltaba en la carpeta de Álvaro, necesitaban saber cómo era el archivo completo del que había salido.