Capítulo 4 #2
—¿Te comentó algún conflicto concreto estos últimos días?
—Varios.
—Cuéntamelos.
Eva miró a Laura antes de continuar.
—Había discutido con un hombre de las obras. Julián. No recuerdo el apellido.
—Lázaro —dijo Laura.
—Ese. Álvaro decía que tenía que revisar unos acabados antes de pagarle todo y Julián aseguraba que estaba buscando excusas. Creo que llegaron a gritarse delante de gente.
Aquello coincidía con lo que ya tenían.
—¿Alguien más? —preguntó Mara.
—Una chica que buscaba casa, Nerea. Álvaro le había dicho que quizá podía conseguirle un alquiler estable y luego el propietario decidió otra cosa. Ella se enfadó muchísimo y le mandó mensajes. Yo vi uno porque estábamos tomando café cuando llegó.
—¿Qué decía?
—No lo recuerdo literalmente. Algo sobre que estaba jugando con la vida de la gente. No sé si había insultos.
—¿Álvaro se sintió amenazado?
—No. Se sintió mal. Me dijo que había prometido demasiado pronto.
Era la primera vez que Eva describía con claridad un error de su hermano.
—¿Quién más?
—Marta, la mujer que trabaja con él. Últimamente discutían más.
—¿Por qué?
—Álvaro quería ordenar la empresa. Decía que había crecido demasiado para seguir funcionando con favores, llaves en cajones y cosas apuntadas a mano.
—¿Había perdido la confianza en Marta?
—Al contrario. Creo que confiaba tanto en ella que daba por hecho que aguantaría cualquier cambio.
—Eso no suele gustar.
—Ya.
Eva bebió un poco de agua.
—También estaba enfadado porque había copias de llaves que no cuadraban. Ahí salía otra mujer, Irene, creo. La que hace limpiezas.
Laura tomó nota.
Mara no mencionó todavía a Gabriel. Prefería comprobar si Eva llegaba a él sin que el nombre guiara su recuerdo.
—¿Y la Casa de la Umbría?
Eva frunció el ceño.
—Sí. Esa le preocupaba.
—¿Por qué?
—Por los propietarios. Son dos hermanos. Álvaro llevaba semanas diciendo que tenía que cerrar con ellos qué iban a hacer de verdad con la casa. Había obras, cosas que faltaban, gastos que uno aprobaba y el otro decía no conocer... No sé los detalles.
—¿Cómo se llaman?
—Pilar y Gabriel Montalbán.
Mara mantuvo el mismo tono.
—¿Los conocías?
—No. A Pilar creo que la vi una vez hace años. A Gabriel no sabría reconocerlo.
—¿Qué decía Álvaro de ellos?
Eva buscó las palabras.
—Que Pilar quería tenerlo todo claro antes de seguir gastando y que Gabriel tomaba decisiones más rápido.
—¿Eso estaba causando problemas?
—Últimamente sí. Álvaro dijo el domingo que estaba cansado de hacer de intermediario entre dos personas que se suponía que eran copropietarias.
—¿Te contó algo más?
—Que había cosas que no le gustaban.
—¿Qué cosas?
—No me lo explicó. Le pregunté si se refería a facturas y me dijo que no exactamente. Después cambió de tema.
Para Mara, aquella frase solo podía quedar donde estaba: una preocupación todavía imprecisa que tendrían que concretar mediante documentación y declaraciones.
—¿Habló de denunciar algo?
—No.
—¿De dejar la gestión de la casa?
—Dijo que quizá sería lo mejor.
—¿De hablar con Pilar?
Eva cerró los ojos un instante mientras buscaba el recuerdo.
—Sí. Creo que dijo que tenía que hablar con ella antes de seguir autorizando nada, pero no sé si llegó a hacerlo.
Laura intervino.
—¿Cuándo fue esa conversación?
—El domingo por la tarde, en casa de mi madre.
—¿Y ayer hablaste con Álvaro?
—Por la mañana. Poco.
—¿A qué hora?
—Sobre las nueve y media. Puedo mirar el teléfono.
—Luego lo comprobaremos por los cauces correspondientes. ¿Qué te dijo?
—Que iba de un lado para otro y que el tiempo iba a empeorar. Le dije que no se metiera por carreteras malas al final del día.
Eva bajó la cabeza. Mara esperó sin apresurarla. Aquella advertencia había sido probablemente una frase cotidiana cuando la pronunció y solo después había adquirido otro peso.
—¿Mencionó la Casa de la Umbría? —preguntó cuando Eva volvió a levantar la vista.
—No.
—¿A Gabriel?
—No.
—¿A alguien con quien fuera a reunirse?
—Tampoco.
Mara cambió de asunto.
—¿Solía concertar reuniones en las propias viviendas?
—Constantemente. Si había que ver una obra, revisar un inventario o decidir sobre muebles, sí.
—¿Y con el temporal anunciado habría cancelado?
Eva hizo un gesto que casi fue una sonrisa.
—Dependía de quién estuviera esperando. Era muy pesado con eso de aprovechar el viaje. Podía salir para hacer tres cosas y acabar haciendo seis.
—¿Conducía bien con nieve?
—Había crecido aquí. No era inconsciente, pero estaba acostumbrado.
Mara pensó en el turismo aparcado junto a la embocadura y en los trescientos metros que Álvaro había recorrido a pie. Dejar el coche abajo hablaba más de precaución que de temeridad.
Laura tomó el relevo.
—¿Tenía problemas personales? Pareja, deudas privadas, algún enfrentamiento fuera del trabajo.
—Pareja no, al menos ninguna relación estable que yo supiera. Deudas privadas, tampoco. Enfrentamientos... Álvaro podía discutir con medio mundo y tomarse un café con ellos dos días después.
—¿Alguien le daba miedo?
—No que yo supiera.
Mara cerró la libreta.
—No queremos que elijas quién podía querer hacerle daño. Nos sirve más saber quién era tu hermano y qué problemas tenía abiertos.
Eva la miró con menos prevención que al principio.
—Entonces vais a tener trabajo.
Laura le explicó que probablemente volverían a hablar con ella cuando revisaran documentación y teléfonos.
También le pidió que no comentara con empleados o conocidos detalles de la autopsia.
Eva aceptó y después preguntó cuándo podrían recuperar los efectos personales de Álvaro y qué ocurriría con el cuerpo.
Laura respondió con calma, diferenciando lo que dependía de la investigación de lo que correspondía al procedimiento forense y judicial.
Cuando la entrevista terminó, Mara acompañó a Eva hasta la puerta. Antes de salir, la mujer se volvió.
—Capitana.
—Dime.
—Álvaro metía la pata. Bastante. Pero si había prometido algo, casi siempre intentaba arreglarlo.
—Lo tendremos en cuenta.
Eva negó con la cabeza.
—No se lo digo para que piensen bien de él. A veces, para arreglar una promesa, fastidiaba otra.
Se marchó con Sergio, que la acompañaría a recoger unos documentos.
Laura esperó a que la puerta se cerrara.
—Tenemos bastante donde mirar.
—Tenemos conflictos —dijo Mara—. Ya veremos cuáles vienen acompañados de tiempo, acceso y algo que ocultar.
David apareció en el pasillo con una carpeta bajo el brazo.
—He llegado a tiempo para la parte buena.
—No había parte buena —respondió Laura.
—Entonces he llegado justo a tiempo.
Laura le resumió las conclusiones de la autopsia y Mara añadió los nombres mencionados por Eva. David escuchó sin interrumpir.
—Marta, Julián, Nerea, Irene y los dos propietarios de la casa.
—De momento —dijo Mara.
—¿Empezamos por averiguar quién sabía que Álvaro iba a estar allí?
La pregunta le pareció más útil que ordenar a los nombres por el grado aparente de enfado.
—Sí. Y por las llaves. Quiero saber quién podía entrar sin forzar nada, quién había estado en la casa durante las últimas semanas y quién afirma no haberlo hecho.
David miró a Laura.
—Eso nos va a dar media comarca.
—Entonces habrá que reducirla.
Regresaron a la sala de trabajo. Sobre la mesa seguía el plano provisional de la Casa de la Umbría elaborado por Criminalística: puerta lateral, zona de estar, murete, camino.
La autopsia había reducido una parte de la incertidumbre. Álvaro no había muerto por el frío ni por una caída accidental, y la posibilidad de que hubiera sido trasladado obligaba a mirar de otra manera la vivienda situada a diez metros del lugar donde lo encontraron.
El siguiente paso era averiguar quién podía haber estado allí con él.