Capítulo 4
El cuello
—No puedo darte una hora exacta.
El médico forense habló sin levantar la voz ni dar la impresión de que esperara que alguien insistiera.
Mara estaba sentada frente a él, junto a Laura Serrano, en una sala pequeña del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.
David se había quedado con Sergio para ordenar las primeras declaraciones y las comprobaciones de vehículos.
La autopsia había terminado hacía poco y el informe completo tardaría más.
—No necesito una hora exacta —dijo Mara—. Necesito saber qué margen puedes sostener.
El forense consultó sus notas.
—Con la exposición al frío, la ropa mojada en algunas zonas y el tiempo que el cuerpo permaneció en el exterior, prefiero ser prudente.
La estimación inicial es compatible con la tarde de ayer, pero de momento no voy a estrecharla más de lo razonable.
Tendremos que integrar temperatura, condiciones ambientales y resultados complementarios.
Laura intervino.
—¿La nieve pudo provocar la muerte?
—No. Tampoco una caída accidental explica el conjunto de lesiones. La causa de la muerte es una asfixia mecánica y, con lo que hemos visto hasta ahora, el mecanismo más compatible es una compresión cervical externa.
Mara dejó pasar unos segundos.
—¿Manual?
—Compatible con presión ejercida por una o dos manos. Eso es lo que puedo sostener en esta fase. Hay lesiones en el cuello que encajan con esa mecánica y otras que tendremos que valorar con más detalle. No hay indicios de una ligadura como elemento principal.
La imagen del cuerpo detrás del murete adquirió otro sentido. Hasta entonces, el frío y la nieve habían dejado un margen de incertidumbre sobre lo ocurrido antes de que Álvaro terminara allí. La autopsia cerraba esa parte: ni la exposición ni una caída explicaban la muerte.
—¿Hay lesiones defensivas? —preguntó Mara.
—En manos y antebrazos. No son especialmente llamativas, pero sí compatibles con un intento de apartar o sujetar a quien lo agredía. Hemos recogido las muestras correspondientes.
—¿Debajo de las uñas?
—Entre otras zonas. También hemos tomado material de contacto donde podía haberse producido transferencia. Irá a laboratorio, pero no esperéis resultados inmediatos.
Mara asintió. Aquellas muestras podían terminar siendo decisivas o no aportar nada útil. Todavía era demasiado pronto incluso para saber contra quién tendría sentido compararlas.
—¿Pudo morir donde apareció?
El forense revisó una de las hojas antes de responder.
—No puedo descartarlo únicamente por la autopsia, pero hay elementos que hacen razonable considerar un traslado.
En la ropa aparecen partículas y restos que no parecen proceder solo del punto exterior donde estaba.
Criminalística tendrá que compararlos. Además, la distribución de algunas manchas de humedad y suciedad no encaja de forma sencilla con que permaneciera todo el tiempo en aquella posición.
Laura abrió la carpeta que llevaba encima de la mesa.
—En la planta baja hemos encontrado polvo de obra, restos de pintura y varias zonas alteradas.
—Podría ser relevante si las muestras coinciden, pero cuidado con convertir compatibilidad en identidad. En una vivienda en reformas, esos materiales pueden aparecer en mucha gente.
Mara pensó en la alfombra desplazada, la silla girada y la bandeja caída. Hasta ese momento habían sido alteraciones sin una historia demostrada. Si la comparación situaba a Álvaro dentro poco antes de morir, la planta baja adquiriría un peso distinto.
—¿Puedes estimar cuánto tiempo pasó entre la agresión y un posible traslado?
—No. Pudo ser inmediato o haber un intervalo breve. La autopsia no va a daros un reloj para ese movimiento.
Era suficiente. Mara necesitaba conocer los límites tanto como las conclusiones.
Laura pasó a otra cuestión.
—¿Hay golpes previos?
—Lesiones menores compatibles con un forcejeo. Ninguna explica por sí sola la muerte y, de momento, no veo una agresión con un objeto contundente como mecanismo principal.
—¿Alcohol o tóxicos?
—Las muestras están tomadas. Pendiente de resultados.
Llevaban menos de veinte minutos y ya tenían una base distinta sobre la que trabajar. La nieve seguía siendo importante para reconstruir movimientos y tiempos, pero había dejado de tener cualquier papel como explicación de la muerte.
—Entonces trabajamos con homicidio —dijo Laura.
—Médico-legalmente, con los datos actuales, sí. Muerte violenta de etiología homicida. Si los estudios complementarios obligan a matizar algo, quedará recogido en el informe definitivo.
El forense cerró la carpeta.
—Y una advertencia. No os aferréis demasiado pronto a una estimación horaria. Con estas condiciones, una cifra muy precisa puede dar más seguridad de la que realmente tenemos.
Mara esbozó una sonrisa mínima.
—No pensaba hacerlo.
Al salir, el viento había disminuido. En las aceras de Teruel la nieve se había convertido en una mezcla gris junto a los bordillos, mientras que en las zonas donde nadie había pasado seguía casi intacta. Laura recibió una llamada antes de llegar al coche.
—Es Sergio. Eva Civera ya está en dependencias. Dice que puede quedarse el tiempo que haga falta.
—Que no espere más de lo necesario. Vamos.
Durante el trayecto hablaron poco. Laura conducía mientras Mara repasaba las notas de la autopsia sin intentar convertirlas todavía en una secuencia completa.
Compresión cervical, lesiones defensivas, posible traslado y material pendiente de comparación.
Sabían bastante más sobre cómo había muerto Álvaro, pero casi nada aún sobre quién había estado con él.
Eva Civera esperaba en una sala de entrevistas con un vaso de agua casi intacto delante. Tenía cuarenta y tres años y el cansancio se le notaba más que el llanto. Había llorado, era evidente, aunque en ese momento parecía concentrada en mantenerse útil.
Laura hizo las presentaciones y explicó el propósito de la conversación.
—Ya he hablado con un compañero esta mañana —dijo Eva.
—Lo sabemos. Esto no sustituye aquella primera declaración. Queremos ampliar algunas cosas sobre Álvaro y sus últimos días.
Eva miró a Mara.
—¿Ya saben qué le pasó?
Mara no intentó suavizar la respuesta.
—La autopsia confirma que lo mataron.
Eva apretó los labios y bajó la vista hacia el vaso.
—¿Cómo?
—Por compresión en el cuello.
Tardó unos segundos en volver a hablar.
—¿Lo estrangularon?
—El mecanismo es compatible con una compresión manual. Aún faltan resultados y preferimos no darte detalles que puedan cambiar.
Eva respiró despacio antes de asentir.
Mara esperó hasta que volvió a mirarla.
—Necesitamos conocer mejor a tu hermano durante las últimas semanas. No solo quién podía estar enfadado con él, sino cómo trabajaba, qué decisiones tenía abiertas y qué problemas podían preocuparle de verdad.
Eva se apoyó en el respaldo.
—Álvaro siempre tenía cosas abiertas.
—¿Por el negocio?
—Por todo. Era su manera de trabajar. Si un propietario le pedía una cosa y alguien del pueblo otra, intentaba encontrar una solución para los dos. A veces la encontraba y otras hacía creer a cada uno que estaba más cerca de salirse con la suya de lo que estaba en realidad.
No había desprecio en su voz. Sonaba a una explicación repetida muchas veces.
—¿Eso le generaba problemas?
—Claro, pero casi siempre problemas normales. Uno quería cobrar antes, otro no quería pagar una reparación, una vivienda iba a alquilarse todo el año y el propietario cambiaba de idea porque en temporada podía sacar más dinero. Ese tipo de cosas.
Cierzo Rural vivía precisamente de gestionar ausencias: llaves, mantenimiento, segundas residencias, pequeñas obras y alquileres de propietarios que muchas veces tomaban decisiones desde lejos.
—¿Cuánto sabías tú de la empresa? —preguntó Mara.
—Poco. Lo suficiente para saber si el año iba bien o mal. No llevaba las cuentas ni los contratos. Yo vivo aquí y trabajo en otra cosa. Hablábamos, pero no me contaba cada problema.
—¿Tenía dificultades económicas?
Eva se tomó un momento.
—No diría que graves. Había meses mejores y peores. Dependía mucho de temporadas, obras y encargos. Álvaro había invertido en una furgoneta y en ampliar la gestión de alojamientos. Se quejaba de que todo costaba más, pero no estaba arruinado.
—¿Debía dinero?
—Supongo que, como cualquier empresa, a proveedores o por trabajos pendientes. No sé cantidades.
—¿Y alguien le debía a él?
—Seguro.
Mara no insistió. Las cifras tendrían que salir de documentos, no de una hermana que conocía la situación desde fuera.
—¿Por qué volvió a la comarca?
La pregunta pareció relajarla un poco.
—Vivió fuera unos años. Primero en Zaragoza y luego en Valencia.
Trabajó en mantenimiento para una empresa de apartamentos.
Cuando nuestros padres empezaron a necesitar más ayuda volvió con más frecuencia y acabó quedándose.
Después montó lo suyo. Al principio hacía casi de todo: arreglos, entregas de llaves, calefacciones que fallaban, revisar casas cuando nevaba. Luego fue creciendo.
—¿Le gustaba?
—Sí. Se quejaba mucho, pero sí.
Una sonrisa breve asomó y desapareció.
—Decía que la mitad de su trabajo era cuidar casas de gente que no estaba y la otra mitad explicar a los que sí estaban por qué esas casas seguían vacías.
Mara anotó la frase por lo que decía de Álvaro y de su trabajo.
—¿Hablaba del problema de la vivienda?
—Mucho. Y no siempre quedaba bien.
—¿Por qué?
—Porque estaba en medio. Había gente buscando alquiler para vivir y propietarios que preferían tener las casas cerradas o usarlas por temporadas.
Álvaro intentaba convencer a algunos para hacer alquileres largos, pero también gestionaba alojamientos turísticos.
Según con quién hablaras, era parte de la solución o parte del problema.
—¿Y él qué pensaba?
Eva se encogió ligeramente de hombros.
—Que una casa cerrada todo el año no le servía a nadie. Pero también decía que no podía obligar a un propietario a perder dinero por hacerle un favor al pueblo.
Mara dejó la libreta sobre la mesa.