Capítulo 3
La planta baja
Criminalística entró primero.
Mara esperó junto al umbral hasta que el especialista que dirigía la inspección les indicó por dónde podían avanzar.
La vivienda llevaba meses sin un uso regular, así que no existía una escena intacta en el sentido más simple del término.
Por allí habían pasado trabajadores, personal de limpieza, propietarios en visitas esporádicas y el propio Álvaro por cuestiones de gestión.
Lo difícil no sería encontrar rastros, sino distinguir cuáles pertenecían a las últimas horas y cuáles formaban parte de la historia normal de la casa.
La planta baja ocupaba casi toda la anchura del edificio.
A la derecha de la entrada había una zona de estar con una mesa rectangular y cuatro sillas; al fondo, una cocina sencilla todavía sin terminar de equipar; a la izquierda, un tramo corto conducía hacia la puerta lateral que Mara había visto desde fuera.
Junto a aquella salida quedaban un pequeño cuarto de instalaciones y el arranque de la escalera.
La casa no daba sensación de abandono, sino de encontrarse detenida entre dos usos.
Había herramientas guardadas en cajas, un rollo de plástico protector doblado junto a una pared y dos lámparas aún sin colocar.
En la encimera descansaban una cafetera, una botella de agua a medias y varios vasos envueltos en plástico. Nada destacaba por sí solo.
—Nos vendrían bien fotografías de referencia —dijo Mara.
Laura, que caminaba detrás de ella, respondió en voz baja.
—La gestora tiene imágenes de las últimas revisiones. Ya se las hemos pedido.
Uno de los especialistas fotografiaba la zona de estar desde varios ángulos. No tocó la silla más próxima a la mesa, separada de las demás y girada hacia la puerta lateral.
Mara se detuvo a dos metros.
—¿La habéis movido?
—No. Estaba así cuando abrimos.
La posición tenía interés, pero todavía no significado. Una silla podía quedar torcida después de una conversación, de una comida rápida o de una visita de mantenimiento. Sin una imagen anterior que permitiera comparar, atribuirle una historia sería llenar un vacío con una hipótesis.
A un lado de la mesa, la alfombra se había desplazado varios centímetros y uno de sus bordes estaba doblado sobre sí mismo. Cerca había una pequeña bandeja metálica caída boca abajo. El suelo no presentaba manchas visibles de sangre.
David se inclinó desde fuera del recorrido marcado.
—¿Forcejeo?
Mara miró la silla, la alfombra y la bandeja. Tres alteraciones próximas podían pertenecer a una misma acción o no tener relación alguna.
—De momento son tres cosas fuera de sitio.
El especialista levantó la vista un instante y siguió fotografiando.
En la pared que daba al exterior había dos ventanas. Una ofrecía una vista parcial del ensanche y la otra quedaba orientada hacia la ladera. Desde ninguna se veía el murete donde había aparecido Álvaro. La puerta lateral, en cambio, comunicaba directamente con aquel lado de la casa.
Mara se acercó cuando le autorizaron a hacerlo. La cerradura no presentaba daños y el marco parecía entero. Junto al umbral quedaban restos de humedad y pequeñas partículas oscuras adheridas al pavimento; Criminalística ya había colocado marcadores y tomado muestras.
—¿Nieve derretida? —preguntó Laura.
—Puede ser agua introducida con calzado —respondió el técnico—. Tendré que verla en laboratorio y compararla con lo que hemos recogido fuera. Aquí también hay barro viejo y restos de obra, así que no voy a separar épocas a ojo.
Mara agradeció la prudencia. Una casa en rehabilitación podía conservar rastros durante semanas sin que nadie les hubiera prestado atención.
En la parte inferior de la puerta había una rozadura sobre el barniz. David la señaló, aunque esta vez no adelantó ninguna explicación.
—Fotografiada y medida —dijo el especialista—. Tampoco sabemos cuándo se produjo.
Mara volvió la vista hacia la estancia principal.
Si Álvaro había estado allí aquella tarde, el recorrido podía haber sido sencillo: entrada principal o lateral, conversación en la zona de estar y salida después.
Que el cadáver hubiese aparecido a pocos metros no bastaba para convertir aquella secuencia en un hecho.
—¿Las botas? —preguntó.
Laura consultó una nota.
—Embolsadas durante el levantamiento. El pantalón también. Se enviarán con el resto de efectos para comparación.
—Que miren especialmente material de obra, tierra del acceso y cualquier resto que pueda relacionarse con este interior.
—Ya está solicitado.
La coordinación resultaba cómoda precisamente porque Laura no esperaba que Mara dirigiera cada diligencia desde que había llegado. La UOPJ llevaba horas trabajando y sabía lo que tenía entre manos.
Siguieron hasta la cocina. Un vaso limpio estaba sobre la encimera y otro, con una marca seca en el fondo, había quedado junto al fregadero. Había también un paquete de café abierto, azúcar y una caja de infusiones.
—Esto se usaba —dijo David.
—De vez en cuando —precisó Laura—. Álvaro venía, igual que personal de mantenimiento y limpieza. Los propietarios también habían estado en otoño.
El especialista tomó muestras de las superficies susceptibles de conservar huellas, aunque nadie esperaba que una cocina utilizada por varias personas ofreciera una identificación sencilla. Mara se fijó en algo más práctico: desde la mesa hasta la puerta lateral apenas había seis o siete pasos.
Al otro lado, detrás del murete, había estado el cuerpo. La cercanía empezaba a adquirir peso, aunque todavía no resolvía ni cómo ni cuándo había llegado hasta allí.
En el suelo de la zona de estar aparecían pequeñas escamas de pintura y polvo claro concentrados junto a un rodapié.
En otra parte había marcas antiguas de arrastre de muebles.
El técnico explicó que tomarían muestras de referencia para distinguir materiales de obras recientes de cualquier transferencia presente en la ropa de Álvaro.
—Aquí ha trabajado gente durante meses —dijo—. Vamos a encontrar medio catálogo de restos.
—Eso también sirve si podemos distinguir qué no pertenece a ayer.
El hombre asintió.
El problema de una escena compartida era precisamente ese: la abundancia podía parecer información cuando solo era acumulación.
Un armario bajo contenía guantes de trabajo, bolsas de basura, productos de limpieza y un juego de herramientas domésticas. Todo quedó documentado sin que nadie lo sacara de sitio. Cerca de la escalera había una caja con trapos usados y dos mopas.
David miró las suelas de sus cubrezapatos antes de cambiar de posición.
—Si alguien limpió algo, aquí tenía con qué hacerlo.
—Y si nadie limpió nada, esos productos seguirían estando ahí —respondió Mara.
David asintió. Desde que habían llegado había empezado a contener la tendencia a convertir cualquier objeto extraño o cualquier conducta evasiva en una dirección inmediata de investigación, y Mara ya no necesitaba corregirlo a cada paso.
Subieron cuando Criminalística autorizó la planta superior.
Arriba había dos dormitorios, un baño y una estancia pequeña utilizada como almacén.
El polvo se mantenía más uniforme. Una cama estaba desmontada y otra conservaba el colchón cubierto por plástico.
Las ventanas cerradas y el aire frío hacían que el piso pareciera mucho menos utilizado que la planta baja.
No encontraron nada que reclamara atención inmediata.
Mara regresó a la escalera. Desde el primer peldaño veía la mesa, la silla girada y parte de la puerta lateral. La diferencia con la planta superior era evidente: abajo había uso reciente; arriba, casi ninguno.
—¿Cuándo vino Álvaro por última vez antes de ayer?
Laura revisó el dato.
—La gestora dice que pasó la semana anterior. Falta fijar el día y si vino acompañado.
—¿Y limpieza?
—Hubo una actuación hace unos días. Estamos identificando a la persona.
David señaló la caja de útiles.
—Entonces tendremos fibras, pisadas y huellas de varias fechas.
—Probablemente.
Aquello era justo lo contrario de una escena cerrada. La casa podía conservar en el mismo espacio rastros del autor y de varias personas inocentes.
Cuando bajaron, uno de los especialistas trabajaba junto a la alfombra. Había encontrado una pequeña pieza de plástico transparente debajo del borde doblado y la fotografiaba antes de recogerla.
David se quedó quieto.
—¿Sabemos qué es?
—Todavía no.
Era un fragmento de pocos centímetros, sin forma suficiente para reconocer su procedencia.
Mara evitó acercarse más.
—Que no gane importancia solo porque estaba debajo de la alfombra.
—No pensaba hacerlo —respondió David.
—Te lo digo a ti y a mí.
Laura oyó la frase y sonrió sin intervenir.
La inspección continuó durante más de una hora.
Se documentaron huellas parciales, restos de calzado, fibras, partículas de obra y superficies de contacto, además de zonas con señales antiguas de reparación y limpieza.
El volumen de material era considerable y, precisamente por eso, necesitaba contexto antes de convertirse en evidencia.
A media mañana, Sergio llamó a Laura desde Valdecierna. Había localizado al operario que debía ampliar declaración y terminado de comprobar el tercer sistema de cámara: tampoco ofrecía una imagen útil del acceso.
—Vicente puede venir cuando terminemos aquí —dijo Laura después de colgar—. Prefiere hacerlo hoy porque mañana entra temprano.
Mara miró el reloj.
—Bien, pero primero quiero acabar con la casa.
No quería saltar de un escenario a otro solo porque apareciera una posibilidad nueva. La declaración de Vicente sería importante para reconstruir la carretera, pero aquella mañana todavía necesitaban saber si la vivienda era algo más que el lugar situado más cerca del cadáver.
Criminalística abrió por último la puerta lateral desde dentro, una vez documentados la cerradura y el umbral. El aire frío entró con fuerza. A nueve o diez metros, detrás del murete, quedaba la zona donde había estado Álvaro.
Mara se situó sin atravesar el límite marcado.
Desde dentro, la distancia parecía todavía menor.
Una persona podía recorrerla en pocos segundos; mover un cuerpo exigiría más esfuerzo, pero no una distancia especialmente grande.
El terreno descendía ligeramente hacia el murete y la nieve de aquella mañana impedía saber cómo había estado la superficie durante la tarde anterior.
—Si murió dentro, llevarlo hasta ahí sería físicamente posible para una sola persona —dijo David.
Mara miró el desnivel y el recorrido.
—Sí.
—Y desde la carretera quedaría oculto.
—También.
Eso ya lo sabían. Lo que aún no podían afirmar era la primera parte de la frase: que Álvaro hubiera muerto dentro.
El forense no había terminado la autopsia y la escena, por sí sola, no permitía decidir si aquellas alteraciones correspondían a una discusión, a trabajos anteriores o a varias acciones distintas.
Laura se acercó con el teléfono en la mano.
—Medicina Legal avisa de que tendrán una primera valoración esta tarde. Nada definitivo.
—Nos basta con que nos digan qué pueden sostener.
Mara regresó a la zona de estar. La silla seguía girada, la alfombra fuera de sitio y la bandeja había sido recogida después de documentarla. Vistas juntas, las tres alteraciones sugerían que allí se había producido movimiento, pero todavía no explicaban qué tipo de movimiento ni cuándo.
—Hasta que tengamos al forense —dijo—, tenemos una casa con alteraciones recientes y un muerto a diez metros.
David se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Y después veremos si pertenecen a la misma escena.
Mara asintió.
Salieron siguiendo el recorrido fijado por Criminalística. Antes de abandonar la vivienda, volvió la vista hacia la puerta lateral.
El exterior había planteado una pregunta de distancias. La planta baja añadía otra más difícil: cuánto de lo que parecía reciente pertenecía de verdad a las últimas horas de Álvaro.
Responderla exigiría comparar la casa, el cuerpo y el tiempo.