Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Trescientos metros

—Desde la curva hasta el desvío hay algo menos de un kilómetro —dijo Sergio Ibáñez—. Desde ahí hasta Valdecierna, unos seis minutos con la carretera limpia.

Mara siguió con el dedo la línea que el cabo primero había trazado sobre una copia impresa del mapa de la zona.

La hoja descansaba en el capó de un todoterreno de la Guardia Civil, sujeta contra el viento por una carpeta y dos teléfonos móviles.

No era el mejor lugar para trabajar, pero les permitía tener delante al mismo tiempo la carretera y el ramal que acababan de recorrer.

Habían dejado la Casa de la Umbría unos minutos antes.

El levantamiento del cadáver continuaba bajo la dirección correspondiente y Criminalística seguía con la documentación exterior.

Mara había preferido aprovechar ese tiempo para ordenar el espacio antes de entrar en la vivienda.

El aspecto del acceso por la mañana podía inducirlos a imaginar una única noche continua de nieve, cuando en realidad cada tramo había podido cambiar de forma distinta a medida que avanzaban las horas.

—¿Y desde Valdecierna hasta esta embocadura? —preguntó.

—Cinco o seis minutos ayer por la tarde, dependiendo del firme. Hoy la comparación sirve de poco porque la máquina ya ha pasado varias veces por la carretera local.

—Eso es precisamente lo que quiero evitar.

Sergio había participado en las primeras diligencias desde poco después del aviso. Rondaba los cuarenta y hablaba con la seguridad de quien conocía bien la zona, pero sin adornar lo que no sabía. Mara apreciaba más esa cautela que una respuesta rápida.

David regresó desde el cruce con una fotografía tomada con el móvil de servicio.

—He medido desde el borde de la calzada hasta donde empieza el camino de la casa. La embocadura tiene algo más de tres metros útiles. El caballón se abre hacia los dos lados, pero el mayor espesor está en el margen que recibe la nieve desplazada desde la carretera.

—Que conste en las mediciones oficiales —dijo Mara—. Nosotros no necesitamos competir con Criminalística.

David guardó el teléfono.

—Ya se lo he pasado al equipo. Era para situarme.

Mara volvió al papel. La carretera principal de referencia, el ramal hacia Valdecierna, el pequeño núcleo y el último acceso a la Casa de la Umbría formaban una secuencia sencilla cuando se dibujaban sin nieve.

El problema era que cada tramo había empeorado a una velocidad distinta.

La vía atendida por las máquinas no podía analizarse igual que el camino privado de trescientos metros donde habían encontrado el coche detenido y, al final, el cuerpo oculto por el murete.

Trazó una línea corta desde la embocadura hasta un rectángulo que representaba la casa.

—Trescientos metros.

—Doscientos noventa y ocho según la medición inicial —respondió Sergio.

—Para trabajar nos bastan trescientos. La precisión irá en el atestado.

Marcó después el ensanche junto a la fachada y, en el lateral, la puerta de servicio y el murete. No intentó dibujar todavía la distribución interior. La casa seguía cerrada y preservada; darle una forma antes de verla sería introducir una comodidad donde aún no había datos.

Laura Serrano se acercó desde el vehículo donde llevaba varios minutos hablando por teléfono.

—Tenemos la autorización. La entrada se hará con Criminalística en cuanto terminen fuera. El juzgado ya tiene la petición y la diligencia queda cubierta. Los propietarios están localizados, pero no vamos a depender de que lleguen hasta aquí con este tiempo.

Mara dejó el bolígrafo sobre la carpeta.

—¿Habéis hablado con los dos?

—Con Pilar Montalbán, sí. El hermano está en camino desde el alojamiento donde pasó la noche. Se llama Gabriel Montalbán Gascón. Los dos son copropietarios.

El nombre ya había aparecido en el resumen de primera hora, pero hasta ese momento solo significaba que la vivienda pertenecía también a él. Mara no quiso darle más peso del que tenía.

—¿Pilar sabía que Álvaro iba a venir ayer?

—Dice que no. Le había pedido que revisara unas cosas de la casa, pero no sabía cuándo pensaba hacerlo. Tendremos que tomarle declaración con calma.

—¿Y Gabriel?

—Ha confirmado que conocía a Civera y que habían hablado alguna vez por la gestión. Nada más por ahora. Sergio ha preferido no hacerle una entrevista larga por teléfono.

Mara miró al cabo primero.

—Bien.

Sergio se encogió ligeramente de hombros.

—Con la carretera como está, bastante tenemos con conseguir que la gente llegue sin convertir cada desplazamiento en otro problema.

El comentario devolvió a Mara al mapa. Valdecierna no estaba aislado.

Había cobertura irregular en algunos puntos, vehículos, alojamientos rurales, trabajadores que entraban y salían y una carretera conectada con el eje de Bronchales y Orihuela del Tremedal.

El temporal había reducido las opciones durante unas horas, pero no había detenido por completo la vida de quienes estaban allí.

—Quiero ver el núcleo antes de volver a la casa.

Laura consultó la hora.

—Tenemos unos veinte minutos.

Era suficiente.

Valdecierna apareció tras una curva suave, reunido en una vaguada que la nieve hacía parecer más uniforme de lo que era.

No llegaba a formar una calle principal clara.

Había viviendas rehabilitadas junto a otras cerradas, una nave pequeña, varios coches con los parabrisas despejados y dos furgonetas aparcadas junto a una construcción de piedra.

El humo de varias chimeneas se confundía con la niebla baja que empezaba a levantar.

Sergio condujo despacio hasta un ensanche y se detuvo sin bloquear el paso.

—Por aquí entra todo el que va a la casa. En coche no hay otro acceso. A pie puedes enlazar con caminos forestales, pero con esta nieve y de noche no es un atajo razonable.

Mara bajó y observó la salida hacia la Casa de la Umbría. Desde el núcleo no se veía la vivienda; la ladera y los árboles la ocultaban antes incluso de que el camino girara hacia la embocadura.

—¿Desde alguna de estas casas se puede ver quién toma el acceso?

Sergio señaló dos fachadas.

—Quizá un vehículo cuando pasa por la carretera local. La entrada concreta queda más adelante. Habría que comprobar los ángulos y, sobre todo, qué visibilidad había ayer a cada hora.

David caminó unos metros hasta el borde del ensanche.

—¿Hay cámaras?

—Municipales, ninguna. Alguna vivienda tiene timbre con cámara y hay una explotación con sistema propio más arriba, pero todavía no sabemos qué cubren ni si grababan ayer.

—Lo reviso con vosotros —dijo David.

Mara dejó la comprobación en manos de él y de Sergio. No necesitaba acompañarlos para que tuviera valor. Se quedó unos segundos junto a Laura, orientando el croquis con el terreno real.

—El coche de Álvaro estaba fuera del acceso —dijo Laura—. Si vino desde aquí, tuvo que hacer el último tramo andando.

—Eso parece.

—Y si otra persona llegó antes, con menos nieve, pudo subir hasta la casa.

Mara dobló el mapa.

—También parece. Pero aún no sabemos cuándo empezó a estar peor el acceso que la carretera local. Hasta que tengamos los partes y hablemos con Vicente, no quiero convertir una diferencia de nieve en una hora.

Laura la miró con una media sonrisa.

—Te estás protegiendo de tu propio mapa.

—Me estoy protegiendo de un mapa hecho después.

Un plano era útil porque ordenaba distancias, pero podía ser engañoso si fingía congelar un terreno que llevaba horas cambiando.

Cuando regresaron a la embocadura, Criminalística había terminado la primera fase exterior. El cuerpo ya no estaba detrás del murete y solo quedaba la marca irregular de la nieve alterada durante el levantamiento, todavía protegida dentro del perímetro.

Mara se detuvo antes de iniciar de nuevo los trescientos metros. Esta vez no contó pasos, sino cambios. El primer tramo era casi llano; después llegaba una ligera subida y, más adelante, dos curvas impedían ver la casa desde la carretera. El ensanche final no aparecía hasta superar la segunda.

Álvaro había recorrido aquel camino a pie en algún momento de la tarde.

Sus botas y el bajo del pantalón tendrían que indicar hasta qué punto podía sostenerse esa reconstrucción.

Los técnicos compararían los restos cuando dispusieran de todo el material; a Mara le bastaba por ahora con comprobar que el trayecto era físicamente posible sin un esfuerzo extraordinario mientras el acceso no estuviera ya bloqueado por la acumulación.

David los alcanzó junto a la primera curva.

—Una de las cámaras privadas apunta demasiado alto y solo cubre una entrada. Otra está apagada desde diciembre. Sergio está comprobando un tercer equipo en una casa del extremo, pero no parece que vaya a darnos la carretera.

—Que lo compruebe igualmente. Y que nadie dé por hecho que no hay imágenes hasta terminar.

—Claro.

La Casa de la Umbría apareció otra vez al fondo. Sin el cuerpo en el exterior, la vivienda parecía más pequeña. Mara sabía que era solo una impresión, pero le resultó útil porque recordaba lo fácil que era permitir que un hallazgo dominara la lectura de un lugar entero.

Un especialista esperaba junto a la puerta principal.

Laura habló con él mientras otro agente documentaba el estado de la cerradura y del marco.

No había signos visibles de forzamiento.

La llave localizada entre los efectos de Álvaro seguía embolsada; no iban a utilizarla hasta que quedara documentada y se decidiera el modo de acceso dentro de la diligencia.

—Tenemos una copia facilitada por la gestora —explicó Laura—. Está identificada y entregada formalmente. La usaremos con Criminalística presente.

Mara se situó a un lado, fuera de la trayectoria de entrada.

Había participado en suficientes inspecciones para saber que los primeros segundos dentro de una habitación podían resultar engañosos.

Un objeto fuera de sitio solo adquiría significado cuando se conocía el lugar que ocupaba antes; sin esa referencia, muchas veces no había más que desorden.

La cerradura cedió sin resistencia. El especialista abrió apenas lo necesario y esperó. Una corriente de aire frío salió de la casa, mezclada con olor a madera, yeso y espacio cerrado.

Desde el umbral se veía una estancia sencilla: suelo oscuro, una mesa de trabajo, parte de una cocina al fondo y muebles cubiertos en algunos puntos por protecciones de obra. Nada permitía saber todavía qué había ocurrido allí.

Mara miró hacia el lateral, donde la puerta de servicio debía comunicar con el terreno del murete. Desde fuera, la distancia había sido de nueve o diez metros. Desde dentro tendrían que comprobar si existía una secuencia que uniera esa salida con Álvaro sin obligar a los hechos a encajar.

Laura esperó a que Criminalística autorizara el acceso.

—Hasta ahora hemos mirado dónde apareció —dijo en voz baja.

Mara se ajustó los cubrezapatos antes de cruzar el umbral.

—Ahora toca averiguar de dónde salió.