Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2) Capítulo 1
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Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2)

Bajo la nieve (Los casos de Mara Valdés 2)

Por Elena Montalban Rivas

© inepub.com

Capítulo 1

Detrás del murete

—Lo encontró a las seis cuarenta y nueve. A las seis cincuenta y dos ya había dado el aviso.

La teniente Laura Serrano hablaba sin apartar la vista del pequeño camino que se perdía bajo la nieve.

A su izquierda, la carretera local había quedado reducida a una franja gris entre dos bordes blancos ensanchados por el trabajo de las máquinas; a la derecha, el acceso a la Casa de la Umbría comenzaba detrás de un caballón endurecido que llegaba casi hasta las rodillas.

Mara se protegió los ojos del reflejo. El cielo seguía cubierto, aunque había dejado de nevar hacía poco, y la humedad se colaba por las costuras de la ropa con una insistencia que hacía incómodo permanecer quieto.

—¿El coche fue lo primero que encontró?

—A las seis treinta y siete. Vicente Marco estaba comprobando la ruta y vio un turismo medio cubierto junto a la entrada. Le llamó la atención porque, según él, no estaba ahí cuando pasó anoche con la máquina. Bajó, se acercó y tardó unos minutos en encontrar al hombre.

Laura señaló hacia la casa. Desde la carretera apenas se distinguía el murete de piedra. La nieve había borrado la continuidad del terreno y suavizado los desniveles, aunque no ocultaba la distancia considerable que separaba la carretera de la vivienda.

David Ortega hablaba con uno de los agentes de Policía Judicial junto al turismo.

Mara lo había visto trabajar antes en Madrid, en comprobaciones concretas, pero nunca había compartido con él una investigación completa sobre el terreno.

Se movía deprisa sin necesidad de demostrarlo, preguntaba poco y esperaba las respuestas enteras.

Llevaba casi veinte minutos con el cabo primero Sergio Ibáñez y todavía no había interrumpido a nadie.

—¿Identificación confirmada? —preguntó Mara.

—Álvaro Civera Monreal. Cuarenta y seis años. Llevaba documentación encima y su hermana lo ha reconocido después mediante las fotografías previas al levantamiento. Gestionaba viviendas rurales, mantenimiento y alojamientos turísticos por la zona. Esta casa estaba entre las que llevaba.

—¿Era propietario?

—No. Pertenece a dos hermanos que viven fuera.

Mara dejó el dato donde estaba. Ya tendrían tiempo de volver a él.

Frente a ellas, un especialista de Criminalística salió del recorrido marcado y levantó una mano para indicarles que esperaran.

Dos agentes habían delimitado desde primera hora un itinerario estrecho entre la carretera, el vehículo y la zona del cadáver.

La nieve convertía cualquier desplazamiento en una alteración visible y, al mismo tiempo, poco fiable: unas horas de precipitación podían borrar una huella, mientras que tres personas trabajando bastaban para crear otras veinte.

—La patrulla llegó a las siete y cuatro —continuó Laura—. El sanitario, pocos minutos después. No tocaron el cuerpo salvo para la comprobación imprescindible. Desde entonces hay acceso único y tenemos registrado quién ha entrado y por dónde.

—¿Vicente pisó cerca del cadáver?

—Sí. No podía encontrarlo sin acercarse. Nos ha señalado el recorrido que hizo y el punto donde se bajó de la máquina.

Mara observó la superficie. Había zonas de nieve intacta, otras hundidas hasta la tierra y otras endurecidas por pasos superpuestos. Sin conocer el orden en que se habían producido, aquellas marcas servían de poco.

Laura la miró de lado.

—Pensaba que ibas a preguntar por las huellas.

—Ya me has contestado.

La teniente esbozó una sonrisa breve.

La petición de apoyo había llegado a Madrid después de que la UOPJ de Teruel empezara a reconstruir las primeras relaciones de la víctima.

Un muerto junto a una vivienda rural no bastaba para movilizar a la UCO, pero un gestor que trabajaba para propietarios dispersos por varias provincias, unos movimientos que empezaban a extenderse fuera de Teruel y una investigación condicionada por el temporal sí habían justificado, al menos por el momento, que Alicia Baeza enviara a Mara y a David.

La palabra apoyo importaba. Laura llevaba allí desde primera hora y conocía las actuaciones realizadas antes de que ellos llegaran. Mara no tenía intención de obligarla a repetir diligencias para sentirse al mando de algo que ya estaba en marcha.

—¿Podemos acercarnos?

—Sí. Criminalística ha terminado la primera documentación exterior.

David se reunió con ellas antes de que abandonaran la carretera.

—El turismo es de Civera. Está cerrado y orientado hacia Valdecierna. No parece que llegara hasta la casa.

—Eso ya lo sabemos —dijo Laura—. Lo dejó aquí.

Mara miró el coche.

—Sabemos que está aquí. Lo demás todavía no.

David aceptó la precisión sin molestarse.

El vehículo había quedado a un lado de la embocadura, suficientemente apartado de la calzada para no interrumpir el paso.

La nieve cubría parte del parabrisas y del techo, aunque uno de los laterales presentaba una capa menor.

Criminalística había colocado marcadores alrededor y todavía no había abierto el turismo.

Mara se detuvo unos segundos antes de empezar a subir.

El acceso ascendía con suavidad. No era una pendiente difícil, aunque aquella mañana la nieve acumulada obligaba a levantar más los pies. Entre las pisadas controladas del equipo aparecían trechos de firme: grava compactada, tierra y piedras pequeñas.

—La casa está a unos trescientos metros —dijo Laura.

Mara calculó la distancia antes de echar a andar. En condiciones normales no era gran cosa; aquella mañana, sí. La tarde anterior podía haber significado algo distinto.

El caballón de la entrada formaba una barrera irregular. No era lo bastante alto para detener a una persona, pero un turismo habría tenido problemas para franquearlo sin retirar antes parte de la nieve.

Mara se agachó lo justo para observar el borde que daba a la carretera.

—¿Sabemos cuándo se formó?

—Todavía no. Hubo varias pasadas de vialidad.

—Entonces no lo demos por anterior al coche.

Laura asintió y continuaron.

A mitad del recorrido, la Casa de la Umbría apareció entre los árboles y la ladera.

No destacaba por tamaño ni por antigüedad.

Era una vivienda rehabilitada por fases, con piedra vista en parte de la fachada, enfoscado más reciente en otra y un tejado inclinado sobre el que la nieve se había acumulado de manera desigual.

El nombre parecía deberse únicamente a la orientación: a aquella hora, el sol todavía no alcanzaba directamente la casa.

El camino terminaba en un pequeño ensanche junto a la fachada, con espacio suficiente para maniobrar con un turismo y dejar una furgoneta si se hacía con cuidado. La nieve mostraba demasiadas alteraciones recientes para extraer nada fiable a simple vista.

—La casa está cerrada y preservada —explicó Laura—. No hemos hecho una inspección completa. Solo se comprobó lo imprescindible después de saber que Civera tenía relación con el inmueble. Estamos esperando la autorización y la coordinación necesarias para trabajarla como posible segundo escenario.

Mara se volvió hacia ella.

—¿Por qué segundo escenario?

Laura señaló el lateral.

—Ven.

Rodearon la vivienda siguiendo otro itinerario marcado. La puerta lateral quedaba en la planta baja, a pocos metros de una zona abierta. Más allá había un murete bajo de piedra que contenía un desnivel pequeño.

El cuerpo estaba detrás.

Mara no lo vio hasta encontrarse casi encima del muro. Entonces entendió por qué Vicente había tardado doce minutos desde que encontró el coche.

Álvaro Civera yacía de lado, con una pierna ligeramente flexionada y el cuerpo parcialmente cubierto por la nieve caída durante la noche.

Vestía pantalón oscuro, botas y un abrigo que ya habían documentado antes de apartar la capa necesaria para la inspección.

Desde el camino principal, el murete lo ocultaba casi por completo.

Mara no avanzó más de lo indicado.

El médico forense trabajaba junto al cadáver.

Ella observó sin intentar obtener respuestas que todavía no podían existir.

No había una herida evidente que explicara de inmediato la muerte, ni signos suficientes desde aquella posición para decidir si había fallecido allí o había sido trasladado después.

El frío había endurecido la ropa, conservado zonas de nieve sobre el cuerpo y vuelto todavía menos fiable cualquier cálculo apresurado sobre el momento de la muerte.

—¿Habéis encontrado algún objeto alrededor? —preguntó.

—Nada que podamos relacionar de momento —respondió Laura—. Llevaba el móvil y la cartera. No parece un robo.

Mara volvió la cabeza hacia la casa. Desde la puerta lateral hasta el murete habría unos diez metros, quizá algo menos dependiendo de la trayectoria.

Era poca distancia, aunque por sí sola no demostraba nada.

—¿La puerta estaba abierta?

—Cerrada.

—¿Con llave?

—Cuando llegó Policía Judicial, sí. Falta determinar quién tenía acceso y cuándo.

David miró primero la puerta y después el cadáver.

—Si salió de la casa, no llegó muy lejos.

Mara no respondió enseguida. Podía haber salido de allí, pero también haber llegado desde otro punto o haber sido dejado detrás del muro porque el lugar ofrecía cierta ocultación.

Con un cadáver recién descubierto, varias hipótesis podían parecer razonables al mismo tiempo; el problema empezaba cuando una de ellas adquiría demasiado pronto la apariencia de explicación.

Laura recibió una llamada y se apartó unos pasos. David aprovechó para acercarse.

—Sergio tiene localizado al operario. Está esperando en Valdecierna.

—Que no le hagan repetir lo mismo a cuatro personas distintas.

—Ya ha dado una primera declaración breve. Quieren ampliarla cuando termine aquí.

Mara volvió a mirar hacia la carretera, apenas visible entre los árboles desde aquel punto.

—Quiero que separe muy bien lo que vio esta mañana de lo que vio anoche.

—¿Por la nieve?

—Por el tiempo. La carretera que tenemos delante ahora no es la carretera de anoche.

David observó el camino por el que habían subido.

—Va a ser difícil reconstruirlo.

—Sí, pero habrá que hacerlo.

El forense se incorporó y habló con uno de los especialistas. Mara esperó hasta que terminaron antes de acercarse. Cuando el médico llegó hasta ellos, se limitó a darles lo que podía sostener en aquel momento.

—La muerte es sospechosa y hay indicios suficientes para trabajarla como violenta. No voy a daros un mecanismo aquí; necesito la autopsia. Y, con la exposición al frío, cualquier estimación temporal va a tener un margen amplio.

—¿Hay algo que obligue a modificar ahora mismo la preservación de la casa? —preguntó Laura.

—Nada que pueda deciros antes de examinar el cuerpo en condiciones.

La respuesta era correcta, aunque de momento les sirviera de poco.

Mara volvió a fijarse en el cadáver. La nieve había entrado entre el abrigo y el suelo en algunas zonas; en otras formaba una capa continua.

La parte protegida por el murete había acumulado de manera distinta a la más expuesta.

Criminalística tendría que distinguir entre precipitación, viento, movimientos posteriores y alteraciones provocadas por quienes habían trabajado allí.

Aquello no era una superficie limpia en la que el terreno fuera a contarles una historia completa. El espacio podía aclarar un caso, pero también confundirlo cuando se observaba después de demasiados cambios.

—Quiero volver al coche —dijo.

Laura terminó la llamada.

—¿Has visto algo?

—Quiero mirar todo en la misma dirección.

Regresaron por el itinerario marcado. Esta vez Mara dejó de atender al suelo y se concentró en la relación entre los puntos: el murete, la puerta lateral, el ensanche junto a la casa, los trescientos metros de acceso y el vehículo situado junto a la carretera.

Podían pertenecer a una única secuencia o a varias; lo que no tenía sentido era tratarlos como escenarios independientes solo porque la nieve y la distancia los separaban.

Al llegar a la embocadura, Mara se situó junto al turismo sin invadir el perímetro. Desde allí no se veía el cadáver y apenas se distinguía el murete.

—Vicente encontró el coche a las seis treinta y siete —dijo.

—Sí —respondió Laura.

—Y el cadáver doce minutos después. Si hubiera seguido conduciendo con la máquina, no lo habría visto.

—Tuvo que bajar y acercarse.

Mara señaló el acceso.

—Quiero que todo esto quede documentado como una sola geometría: coche, camino, casa, puerta lateral y murete, con distancias y cotas. Aunque luego descubramos que no forman una única secuencia.

—Criminalística ya tiene mediciones parciales. Les pediré que las integren.

David miró hacia el caballón.

—Con esto delante, anoche no habría entrado un turismo.

Mara examinó de nuevo la masa endurecida de nieve, el borde irregular, la mezcla compactada y la altura. Era fácil imaginar un coche intentando atravesarla y quedándose atrapado.

Precisamente por eso había que desconfiar de la impresión.

—Esta mañana, no —dijo—. Anoche todavía no lo sabemos.

Una ráfaga desprendió nieve fina de las ramas y la dejó caer sobre el camino. Laura llamó a Sergio para coordinar la ampliación de declaración de Vicente mientras David regresaba junto al vehículo.

Mara permaneció unos segundos más en la embocadura.

El paisaje que tenían delante era el resultado de muchas horas de nevada, hielo, máquinas y pasos. La investigación no necesitaba saber únicamente cómo estaba entonces, sino reconstruir cómo había ido cambiando hasta llegar a aquel estado.