Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La Ruptura

VALERIE

Desperté sobresaltada, con el pecho agitado y una sensación húmeda recorriéndome la piel, como si hubiese salido de un lago helado.

La niebla cubría parcialmente la habitación. Ya estaba acostumbrada a verla allí, pero aquella mañana se sentía distinta.

Más densa. Más viva.

Greg seguía dormido a mi lado, ajeno al temblor que me recorría el cuerpo mientras intentaba recuperar el aire y ordenar el sueño que acababa de arrancarme del descanso.

O quizás no había sido un sueño. No lo sentí así. Sentí que alguien había intentado mostrarme algo.

Recordé primero a la mujer.

No podía describir su rostro. Cada vez que intentaba hacerlo, mi mente parecía difuminarlo todo. Solo recordaba la sensación de calma extraña que transmitía y la forma en que su voz atravesaba la niebla.

—Mira.

Eso repetía. Una y otra vez.

Frente a mí se alzaba un espejo enorme cubierto de vaho. No quería acercarme. Algo en mi interior se resistía. Sentía miedo incluso antes de saber qué ocultaba.

—Mira, Valerie—. La mujer insistió.

Y entonces alcé la vista.

Mi reflejo apareció primero. Después comenzaron a surgir otros.

Natalie. Ely. Samuel. Callie. Beth.

Beth sostenía a Mía entre los brazos mientras le acariciaba el pelaje con suavidad. Sonreía.

Desperté en ese instante, con una opresión insoportable en el pecho. Me incorporé despacio y me cubrí el rostro con ambas manos.

No quería interpretar lo que aquella imagen parecía sugerir. No quería desconfiar también de Beth. Había estado a mi lado. Me había apoyado. Había llorado conmigo.

Y, sin embargo...

La visión de Mía entre sus brazos permanecía grabada en mi mente.

—¿Val? —murmuró Greg, aún somnoliento.

Me volví hacia él.

—Tuve otro sueño.

Greg se incorporó de inmediato. Después de todo lo ocurrido, había dejado de restarle importancia a aquellas cosas.

Escuchó en silencio mientras se lo relataba.

No respondió de inmediato. Se limitó a suspirar y estrechar mi mano.

—Quizá sea el miedo el que aún está hablando.

Asentí. Quería creer que era eso.

El momento se interrumpió cuando el teléfono de Greg vibró sobre la mesa de noche. Frunció apenas el ceño al ver la pantalla antes de contestar. Era Georgina.

Su voz sonaba extrañamente apagada. Le dijo que necesitaba verlo unos minutos para despedirse. Había decidido regresar a Canadá esa misma semana.

Cuando colgó, permaneció unos segundos en silencio antes de mirarme.

—Quiere hablar conmigo antes de irse —explicó.

No respondí enseguida. La sola mención de Georgina seguía provocándome incomodidad.

—Puedo verla afuera, si lo prefieres —añadió.

Negué despacio.

—No. Que venga.

Greg pareció sorprendido.

—¿Estás segura?

Asentí.

—No podemos seguir viviendo aterrados de todo el mundo, Greg. Además... —murmuré, recordando las palabras de Cris— ya entendí que esconderme no va a protegernos.

Él se acercó y tomó mi mano con suavidad.

—Y tampoco estás sola —dijo—. Lo que sea que intentaron hacerte ya no tiene el mismo poder. Tú misma lo has demostrado.

Respiré hondo.

—Ya no tengo miedo.

Greg sonrió apenas y acarició mis dedos.

—Lo sé.

Asentí. Y aquella certeza lo cambiaba todo.

Cuando Georgina llegó media hora después, me limité a abrir la puerta y hacerme a un lado para dejarla pasar. Lucía agotada. Las ojeras apenas podían ocultarse bajo el maquillaje, y en su expresión ya no quedaba rastro de la seguridad que había exhibido meses atrás.

—Hola, Valerie... —saludó con cautela.

No respondí, y tampoco me sentí culpable por ello. Simplemente me dirigí a la cocina, dejándolos solos en la sala.

De todas formas, pude escuchar parte de la conversación.

—Gracias por recibirme —dijo Georgina en voz baja.

—No hacía falta que vinieras a despedirte —respondió Greg con tranquilidad—. Pudimos hablar por teléfono.

Hubo un breve silencio.

—Necesitaba hacerlo en persona —confesó ella—. Porque todavía estoy intentando entender qué me pasó estos meses.

Greg aguardó sin interrumpirla.

—Sé que esto no cambia nada, pero necesito decirlo.

Hubo un momento en el que empecé a ver a Valerie de una forma que ahora no entiendo.

Me molestaban cosas que antes ni siquiera notaba.

Todo parecía convertirse en una competencia o en una comparación constante, y terminé convencida de ideas que hoy me resultan absurdas.

Sentí cómo se me tensaba el cuerpo desde la cocina.

—¿Qué crees que pasó? —preguntó Greg.

Georgina tardó unos segundos en responder.

—No lo sé. Supongo que me dejé arrastrar. Cuando pasas demasiado tiempo escuchando las mismas opiniones, las mismas críticas y las mismas versiones de una historia, llega un punto en el que dejas de cuestionarlas. Empiezas a repetirlas como si fueran tuyas.

El silencio volvió a extenderse entre ellos.

—Lo único que tengo claro es que, desde que me alejé de ciertas dinámicas y empecé a tomar distancia, comencé a ver las cosas de otra manera. Con más calma. Y cuanto más lo pienso, menos me reconozco en algunas de las actitudes que tuve.

Greg suspiró profundamente.

—¿Quiénes?

Georgina vaciló antes de responder.

—No lo sé con certeza. Y tampoco quiero señalar a nadie sin pruebas.

Pero hay dinámicas en este lugar que no son sanas, Greg.

Demasiadas comparaciones, demasiadas rivalidades disfrazadas de amistad.

Personas que parecen encontrar validación en los problemas ajenos...

—su voz perdió fuerza por un instante—. Y creo que yo también terminé cayendo en eso.

Después hubo un largo silencio.

—Dile a Valerie que lo siento. De verdad.

No esperó respuesta. Minutos más tarde escuché la puerta cerrarse con suavidad.

Greg y yo apenas hablamos del tema. Él sabía que había escuchado la conversación, y yo comprendía el peso que aquello representaba para él. Después de todo, seguía siendo su hermana.

Tampoco podía decir que sus palabras me convencieran por completo.

Había vivido demasiado como para volver a confiar ciegamente en nadie.

Seguía convencida de que Natalie y su entorno habían desempeñado un papel importante en todo lo que nos había ocurrido.

Sin embargo, hasta entonces siempre había visto a Natalie como el eje de todo aquello.

Pero el sueño había sembrado una duda nueva. Y, aunque me resistía a aceptarlo, la imagen de Beth seguía regresando a mi mente.

Sumado a las advertencias de Cris durante la lectura del oráculo, aquello no hizo más que afinar mi instinto.

Ya no se trataba únicamente de sospechar; se trataba de permanecer alerta.

Algo dentro de mí insistía en que todavía había piezas que no encajaban y verdades que aún no habían salido a la luz.

Cuando Beth apareció en la puerta aquella tarde, con la misma sonrisa afable de siempre, algo dentro de mí ya estaba en guardia. No podía explicar por qué, pero tenía la certeza de que no había llegado únicamente a visitarnos. Ella también pareció percibir el cambio en mí.

—¿Interrumpo? —preguntó apenas cruzó el umbral.

La observé con detenimiento. Cada gesto, cada inflexión de su voz, cada movimiento aparentemente casual. Y odié aquella desconfianza, porque una parte de mí aún quería considerarla una amiga, aunque cada vez me resultaba más difícil sostener esa idea.

Greg la saludó con cordialidad, aunque advertí cierta reserva en su actitud. Los dos habíamos aprendido a ser más cautos.

Beth comenzó a conversar sobre asuntos triviales: el clima, Julie, un nuevo conflicto con Lance, que al parecer intentaba volver a su vida. Todo sonaba normal.

Demasiado normal.

Entonces empecé a notar pequeños detalles. La rigidez apenas perceptible de su sonrisa. La forma en que su mirada recorría la casa a intervalos regulares, como si verificara algo. Como si buscara algo.

Y mientras la observaba, la imagen del sueño seguía golpeando mi memoria con una insistencia imposible de ignorar.

La mujer. El espejo. Beth sosteniendo a Mía entre sus brazos. Sentí cómo se me cerraba el estómago.

—Voy a preparar café —dije, poniéndome de pie con aparente calma.

Beth sonrió.

—No te molestes, estoy bien.

—No es ninguna molestia.

La dejé sola deliberadamente.

Entré en la cocina mientras intentaba controlar el temblor en mis manos. Mi intuición clamaba con tanta fuerza que me costaba respirar con normalidad.

Entonces tomé una decisión. Esperé apenas unos segundos. El silencio de la sala se alteró casi de inmediato. Un ruido leve. El movimiento apresurado de algo desplazándose.

Regresé sin hacer el menor ruido. Y la vi.

Beth estaba arrodillada junto al matero del ventanal. Tenía una mano hundida en la tierra y, en la otra, una pequeña bolsa de tela negra idéntica a las que Chace había encontrado en nuestra casa.

Todo mi cuerpo se tensó.

Al percibir mi presencia, levantó la vista de golpe.

Durante un instante, ninguna de las dos dijo una palabra.

Y entonces comprendí algo más perturbador que el miedo: no estaba descubriendo la verdad. La verdad llevaba mucho tiempo aguardándome allí.

—Valerie, yo...

No me moví. No sentí temor. Sentí una lucidez feroz.

—¿Qué estás haciendo?

—Vi algo extraño sobresaliendo de la tierra y pensé que...

—No.

Mi propia voz me sorprendió. Serena. Inquebrantable.

Beth guardó silencio.

Greg apareció detrás de mí y su mirada se posó de inmediato sobre la bolsa. La tensión se volvió asfixiante.

Ella intentó recomponerse.

—Greg, tienes que entender que Valerie ya no está viendo las cosas con claridad. Todo lo que le han dicho...

—No.

Esta vez fue Greg quien la interrumpió, sin vacilar.

—Ni siquiera lo intentes.

Algo se quebró en la expresión de Beth. Una máscara que, hasta entonces, había permanecido intacta.

La dulzura de su rostro se desmoronó poco a poco y, por primera vez, vi lo que ocultaba detrás de ella.

No era maldad. Era amargura. Una amargura profunda, alimentada durante demasiado tiempo.

—Claro —murmuró, dejando escapar una risa seca—. Al final siempre le crees a ella.

Greg frunció el ceño.

—Beth...

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó, sin prestarle atención—. Que ni siquiera eres consciente de todo lo que tienes.

Sentí cómo se me tensaban los músculos.