Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—¿Por qué? —pregunté al fin.

Beth clavó la mirada en mí. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no había arrepentimiento en ellas. Había dolor. Y resentimiento.

—Porque tú siempre lo tienes todo.

La frase cayó en medio de la sala como una piedra.

—Siempre ha sido igual contigo. Un esposo que te adora. Hijos que te aman. Una familia que te sigue eligiendo incluso cuando las cosas se derrumban. ¿Sabes lo injusto que se siente ver eso desde afuera?

Negué despacio.

—Nada de eso ha sido perfecto.

—Pero seguía siendo tuyo —replicó con aspereza—. Mientras yo pasaba la vida intentando sostener cosas que no dejaban de romperse.

Greg avanzó un paso y se colocó, casi por instinto, entre Beth y yo.

—Se acabó. Tienes que irte de esta casa.

Beth dejó escapar una risa queda. No sonaba alterada. Sonaba liberada.

—¿Irme? —repitió con lentitud—. Después de todo lo que me costó llegar hasta aquí.

Un nudo se cerró en mi estómago.

La pequeña bolsa negra seguía entre sus dedos, pero ya no intentaba esconderla. Ahora la acariciaba distraídamente, con una familiaridad inquietante que me recordó de inmediato la imagen del sueño y a Mía entre sus brazos.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme.

Beth sostuvo mi mirada, y en su expresión encontré la confirmación de algo que, en el fondo, ya sabía.

—Lo que tú tienes.

No fue la niebla lo que sentí entonces, sino algo mucho más opresivo. Una presencia densa, asfixiante, cargada de resentimiento.

Las luces comenzaron a parpadear con suavidad.

Greg giró hacia mí, inquieto.

—Valerie... —murmuró.

Beth habló antes de que Greg pudiera intervenir. Cuanto más lo hacía, más evidente resultaba que aquello llevaba años acumulándose dentro de ella.

—¿Sabes lo agotador que es pasar la vida comparándote con otras personas? —preguntó, con la voz quebrada—. Ver cómo parecen avanzar mientras tú te quedas siempre en el mismo lugar.

—Eso no te da derecho a hacer daño —indiqué con rabia.

—No, claro que no —respondió con una risa amarga—. Pero tampoco cambia lo que una siente.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Tú siempre tenías algo que admirar. Una familia unida. Personas que te elegían. Proyectos que salían adelante. Incluso en tus peores momentos había alguien dispuesto a sostenerte. ¿Crees que no veía eso?

—No conoces todo lo que vivimos para llegar aquí.

—Tal vez no —admitió—. Pero cuando pasas años sintiéndote insuficiente, dejas de mirar la realidad. Solo ves aquello que te falta.

Greg frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver Natalie en todo esto?

Beth bajó la mirada unos segundos antes de responder.

—Más de lo que imaginas. Ella tampoco estaba bien, Greg. Llevaba años comparándose con Valerie, sintiendo que nunca era suficiente. Solo necesitaba que alguien confirmara lo que ya temía para que empezara a creerlo por completo.

El silencio que siguió resultó mucho más inquietante que cualquier grito. Porque lo que estaba saliendo a la luz no parecía una historia imposible, sino una cadena de heridas, inseguridades y resentimientos que habían crecido durante demasiado tiempo sin que nadie las enfrentara.

Sentí el corazón acelerarse de golpe.

—Fuiste tú.

Beth esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Natalie llevaba años buscando respuestas fuera de sí misma. Yo solo reforcé aquello que ya estaba dispuesta a creer.

—¿Y todo lo demás? ¿Lo que encontramos en la casa?

No intentó mostrarse vulnerable. Su expresión adquirió una dureza extraña, casi desafiante.

—Hay personas que necesitan pruebas para convencerse de algo —dijo—. Otras solo necesitan símbolos. Cuando alguien está desesperado, termina otorgando poder a cosas que jamás debería.

La observé sin apartar la mirada.

—¿Y las pastillas?

La pregunta pareció divertirla.

—Eso sí fue mío.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

—Me diste acceso a todo, Valerie. La clave de la alarma, tu confianza, tus horarios. Ni siquiera tuve que esforzarme. Las llaves las tenía desde mucho antes; tomé unas de Natalie, hice copias y las devolví sin que nadie lo notara.

Hizo una pausa, casi saboreando el recuerdo.

—Cambiar los frascos fue sencillo. Lo difícil vino después. Cuando tomaste la primera pastilla y ya estabas medio dormida, entré a la casa. Te llevé un vaso de jugo con el resto disuelto. Apenas podías mantener los ojos abiertos. Ni siquiera entendías lo que ocurría.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

—Luego sentí bajar a Jason. Ese maldito niño y su intuición —continuó—. Tuve que irme antes de tiempo. Él siempre fue el problema. Demasiado observador. Demasiado difícil de engañar.

Greg la miraba horrorizado.

—¿Qué demonios pensabas que podías sacar de todo esto?

Beth soltó una risa breve y amarga.

—Porque todo era tan simple. Valerie desaparecía, tú regresabas destrozado, y yo estaría allí para ayudarte a recoger los pedazos. Era el único final que tenía sentido.

Un golpe seco interrumpió el momento.

La puerta principal se abrió de par en par.

Callie entró primero, visiblemente agitada. Detrás de ella apareció la suegra. Esa mujer que siempre me había causado escalofríos.

Al verla, Beth guardó silencio.

La anciana recorrió la sala con una lentitud inquietante. Su mirada pasó por Greg, por mí, por la bolsa que Beth aún sostenía entre las manos, y se detuvo allí unos segundos más de la cuenta.

Nadie dijo una palabra.

Sin embargo, algo cambió en el ambiente.

La tensión que ya flotaba en la habitación pareció condensarse de repente. Sentí una presión extraña en el pecho, una sensación pesada que me obligó a inspirar más hondo.

No se parecía en nada a la presencia de la niebla. La niebla transmitía calma, protección, una especie de compañía silenciosa. Aquello era distinto.

Se sentía antiguo. Denso. Como un resentimiento acumulado durante años.

Fue entonces cuando Greg dio un paso al frente.

—Salgan de esta casa. Ahora.

La mujer mayor no respondió. Se limitó a murmurar algo entre dientes.

No alcancé a distinguir las palabras, pero percibí el efecto que producían. La tensión de la habitación pareció concentrarse de golpe, como si todos los presentes contuvieran la respiración al mismo tiempo.

La madera crujió en algún lugar de la casa. Las lámparas comenzaron a titilar más fuertemente que antes.

Miré hacia las ventanas. La niebla seguía allí.

Se arremolinaba alrededor de la propiedad, cubriendo el jardín y los ventanales con una densidad inusual. Sin embargo, algo parecía impedirle acercarse más. Como si existiera una barrera invisible entre el exterior y nosotros.

Beth siguió mi mirada y sonrió.

—¿La sientes? —susurró—. Esta vez no puede ayudarte.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No.

Aquello no podía estar ocurriendo.

Afuera, la niebla continuaba agitándose con una intensidad casi desesperada, mientras dentro de la casa la atmósfera se volvía cada vez más opresiva.

Greg intentó acercarse a la anciana, pero se detuvo en seco.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

No parecía retenido por una fuerza invisible; parecía paralizado por la confusión, por la velocidad con la que todo se estaba desmoronando.

Los gritos atrajeron a Julie, que apareció en las escaleras. Jason venía justo detrás de ella.

Al verlos, algo cambió en el rostro de Callie. La rabia contenida dio paso a una expresión que apenas reconocí. Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Vi un destello metálico en su mano. Una navaja.

—¡Julie! —grité.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Runo salió disparado desde el pasillo. El gato se abalanzó sobre Callie con un bufido feroz, clavándole las uñas y obligándola a perder el equilibrio justo cuando iniciaba el ataque.

El movimiento fue suficiente para desviar la trayectoria.

Jason reaccionó al instante y se lanzó sobre su hermana para apartarla de allí.

Aun así, la hoja alcanzó a rozarlo. Un corte atravesó su brazo antes de que Callie cayera a un lado.

Julie soltó un grito desgarrador.

Jason cayó de rodillas, llevándose una mano a la herida mientras la sangre comenzaba a deslizarse entre sus dedos. El filo alcanzó su brazo.

Sentí que el mundo se quebraba frente a mis ojos.

Greg consiguió liberarse de la parálisis que parecía haberlo retenido y se lanzó hacia las escaleras en cuanto vio a Jason sangrar.

—¡Aléjense de ellos! —rugió.

Apenas había dado unos pasos cuando la anciana extendió una mano en su dirección.

Greg se dobló sobre sí mismo de repente, como si un dolor insoportable le hubiera atravesado el pecho.

Tropezó contra una mesa auxiliar, perdió el equilibrio y cayó pesadamente al suelo.

—¡Greg! —grité.

Intentó incorporarse de inmediato, pero apenas lograba respirar. Su rostro había perdido todo color y el esfuerzo por mantenerse consciente era evidente.

Y yo...

Yo me quedé inmóvil.

Un pitido agudo me atravesó los oídos. El aire desapareció de mis pulmones. Las piernas dejaron de responderme y terminé en el suelo intentando recuperar el aliento.

Veía a Julie aferrada a Jason. Veía sus labios moverse, sus lágrimas caer sobre él. Pero todo llegaba amortiguado, distante, como si mi mente hubiera decidido desconectarse para protegerse.

Afuera, la niebla se arremolinaba tras los ventanales.

Y mientras observaba a mi familia desmoronarse en medio de aquel caos, una idea me atravesó con una crueldad insoportable: quizá había sobreestimado mi fortaleza. Quizá, después de todo, no estaba preparada para enfrentar algo capaz de rompernos de nuevo.