CAPÍTULO 26 #2
—De acuerdo —respondí con determinación, incorporándome para marcharnos.
Mientras Cris recogía las cartas, Chace guardó en un bolso de cuero oscuro varias ramas secas, pequeños frascos, sal negra, cuarzos y algunas velas.
—No quiero alarmarlos —advirtió Cris—, pero si realmente existen objetos utilizados para sostener todo esto, lo mejor será retirarlos cuanto antes.
—¿Y después? —pregunté.
Chace alzó la vista hacia mí.
—Después limpiaremos la casa y cortaremos todo lo que siga conectado a ustedes.
Sus palabras no me infundieron miedo. Por el contrario, me trajeron una inesperada sensación de alivio.
Cuando nos disponíamos a salir de la tienda, Runo apareció de la nada. El enorme gato gris atravesó el local y se abalanzó contra mis piernas, restregándose insistentemente mientras maullaba. Cuando intenté avanzar, me siguió de inmediato, como si temiera que lo dejara atrás.
—Parece que ya tomó una decisión —comentó Chace con una leve sonrisa.
Me agaché para acariciarlo, confundida.
—¿Qué quieres decir?
Chace observó al gato unos segundos.
—Que Runo es tuyo, Valerie. Siempre lo ha sido. Creo que ya es hora de que regrese contigo.
Sus palabras me dejaron desconcertada. Miré al animal y luego a él.
—No estoy segura de que sea una buena idea —admití—. Después de lo que ocurrió con Mía...
Cris se acercó y apoyó una mano sobre mi hombro.
—Esta vez es diferente —dijo con suavidad—. Ya no eres la misma persona que eras entonces. Ahora tienes la fuerza y la luz necesarias para proteger lo que amas.
Bajé la mirada hacia Runo. El gato permanecía pegado a mí, completamente tranquilo, como si hubiera esperado aquel momento durante mucho tiempo.
Finalmente asentí.
El trayecto hasta casa transcurrió casi en silencio.
La niebla descendía entre las montañas y envolvía la carretera con una belleza hipnótica.
Runo viajaba acurrucado sobre mis piernas, ajeno a todo.
Greg mantuvo una mano sobre la mía durante gran parte del camino, acariciándola distraídamente con el pulgar, como si intentara transmitirme calma.
Al llegar, percibí la casa exactamente igual a como la había dejado: cargada, contenida, como si el aire entre sus paredes llevara demasiado tiempo estancado. Sin embargo, esta vez no me encogí ante esa sensación. La reconocí. Y reconocerla bastó para impedir que me dominara.
Chace no entró de inmediato.
Comenzó a rodear la propiedad con paso pausado, observando el terreno con atención. De vez en cuando cerraba los ojos durante unos segundos, como si escuchara algo inaccesible para el resto de nosotros.
Greg y yo lo seguimos.
Al llegar al jardín lateral que colindaba con la casa de Natalie y Ely, Chace se detuvo en seco.
La niebla empezó a deslizarse entre los árboles del fondo, y sentí cómo un frío ajeno, casi familiar, se posaba sobre mí como un manto.
—Aquí —murmuró.
Se acuclilló junto a un macizo de flores y comenzó a apartar la tierra con las manos.
Greg se inclinó para ayudarlo. No tardaron en encontrarlo.
De entre la humedad del suelo emergió un pequeño frasco oscuro, sellado con un hilo rojizo y una sustancia negruzca endurecida alrededor de la tapa.
Greg se apartó de inmediato.
—¿Qué demonios...?
Con sumo cuidado, Chace recogió el frasco y lo envolvió en una tela negra sin intentar abrirlo.
—No lo toquen.
Mi corazón golpeaba con fuerza contra el pecho, pero no sentí miedo. Sentí ira. Durante tanto tiempo me había preguntado si todo estaba en mi cabeza, y ver aquello con mis propios ojos despertó una indignación feroz.
Greg volvió la mirada hacia mí, y pude distinguir la culpa atravesándole el rostro.
—Val... —susurró.
Negué suavemente con la cabeza. No quería disculpas. No en ese instante.
La niebla continuó desplazándose entre nosotros mientras Chace permanecía observando la casa con expresión inescrutable.
—Esto no se originó aquí —dijo al fin—. Pero alguien dejó la puerta abierta para que entrara.
Greg se pasó una mano por el cabello, visiblemente afectado.
—¿Hay más?
Chace alzó apenas la vista hacia las ventanas del segundo piso.
—Sí.
Y, sin añadir nada más, entró en la casa.
Lo seguimos en absoluto silencio.
Entré observándolo todo con otros ojos. Después de lo ocurrido en el jardín, ya no sabía qué podía estar oculto a simple vista.
Chace recorrió las habitaciones con paso pausado, examinando cada rincón con atención. A ratos se detenía frente a una pared o cerraba los ojos unos segundos antes de continuar. Cris avanzaba tras él, encendiendo pequeñas ramas de salvia y dejando que el humo serpentease por los espacios.
Pronto, el aroma terroso impregnó toda la casa.
Greg permaneció a mi lado en todo momento.
Al llegar a nuestra habitación, Chace se detuvo de golpe frente al clóset. Su mirada descendió lentamente hasta una esquina, oculta tras unas cajas que casi nunca movíamos.
—Aquí también hay algo.
Greg apartó las cajas de inmediato.
Detrás apareció un pequeño envoltorio de tela oscura, sujeto con hilo negro.
Sentí que algo se hundía en mi interior.
—Yo no puse eso ahí —susurré.
—Lo sé —respondió Greg de inmediato.
Chace recogió el paquete con sumo cuidado y lo guardó junto al frasco hallado en el jardín.